Reportaje.

Un falso recuerdo me llevó a la cárcel

Mónica Ceberio Belaza
1 min.
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Los recuerdos conforman la identidad de una persona, su hilo autobiográfico. Pero la mente puede rememorar acontecimientos que nunca sucedieron y modificar otros. En un proceso judicial, estos fallos pueden tener consecuencias dramáticas. ¿Hasta dónde llega la fiabilidad de los testigos? Siete de cada diez condenas a inocentes se producen por errores de víctimas y testigos al identificar a un supuesto culpable.

domingo 12 de marzo de 2017

La vida de Juan Francisco cambió en cinco minutos. Los que transcurrieron desde que entró tranquilo en el cuartel de la Guardia Civil en el que lo habían citado sin decirle para qué hasta que le contaron que era sospechoso de haber cometido una violación cinco años atrás. De allí, sin darle mucha más información, le llevaron a la prisión madrileña de Soto del Real. Su esposa había dado a luz tres días antes y estaba aún en el hospital con el niño recién nacido, recuperándose de una cesárea. Él no volvió a ver a su hijo hasta 40 días después y tardó dos años y medio en demostrar su inocencia. Una mujer que le había visto en un supermercado decía estar totalmente convencida de que había sido él quien la había violado, pegado, amenazado y robado una madrugada de noviembre en una zona de mala muerte de Collado Villalba, un pueblo del noroeste de Madrid.

“No pude dejar de llorar durante los 40 días que pasé en la cárcel”, recuerda ahora, años después. “Perdí 13 kilos. No entendía nada. Todo era como una película de terror. ‘Tomadme cualquier muestra de ADN, lo que queráis’, les decía. Pero los investigadores no tenían restos biológicos de la agresión ni huellas dactilares. Me puse totalmente a su disposición, pero al mismo tiempo sentí una impotencia increíble. En el juzgado casi no me dejaron hablar ni explicarme. Además, ¿cómo demuestras que una madrugada de hace cinco años estabas en tu casa durmiendo con tu mujer en vez de en la calle violando a una chica? ¿Cómo demuestras que la víctima, a quien no conoces, se está equivocando? Es para volverse loco”.

La larga conversación en la que relata su caso es telefónica. Juan Francisco, que no se llama así y pide que se mantenga su identidad oculta, tiene el episodio guardado bajo llave y no quiere una entrevista presencial. Después de saber a través de su abogado que una periodista quería hablar con él, no ha podido dormir bien. Dice que prefiere no recordar, que fue una pesadilla inimaginable. Lo detuvieron en 2010 y logró que la Audiencia Provincial de Madrid lo absolviera el 9 de septiembre de 2013. Al final, accede a contar lo ocurrido porque cree que algo así puede sucederle a cualquiera. Le pasó a él, un empresario de clase media alta con esposa, un hijo recién nacido, una familia bien avenida y pudiente y una vida totalmente ajena a los juzgados y a la marginalidad. Tenía entonces 37 años.

“¿cómo demuestras que una noche de cinco años atrás estabas durmiendo en casa y no  violando a una desconocida ? es para volverse loco”

¿Qué mecanismos operan en la mente de una persona que identifica con total seguridad a un inocente como culpable? Muchas veces pensamos que la memoria es una grabadora que va almacenando recuerdos que se alojan en el cerebro y que permanecen allí intactos incluso si no podemos acceder a ellos. De acuerdo con esta teoría, si logramos abrir esa ventana, la imagen aflora clara y exacta. Pero la psicología experimental y la práctica forense muestran otra realidad: que la memoria es dúctil, frágil y poco fiable; que puede añadir recuerdos de cosas que nunca sucedieron, modificar otros y, a través de las técnicas adecuadas, ser manipulada por terceros. En definitiva, que la mente mezcla muy fácilmente realidad y ficción a la hora de construir nuestro pasado.

Es lo que enseña a sus alumnos Margarita Diges Junco, catedrática de Psicología de la Memoria de la Universidad Autónoma de Madrid y autora, entre otros, de Testigos, sospechosos y recuerdos falsos (Trotta, 2016). En su seminario sobre periciales forenses analiza tanto los fallos de la memoria como la sugestión que puede crear de la nada un recuerdo falso o provocar que alguien confiese un delito que jamás cometió. Uno de los objetivos de la asignatura es aprender a valorar la fiabilidad de las pruebas de reconocimiento visual.

La ONG estadounidense Innocence Project, que ha logrado la excarcelación de 349 presos desde 1992 gracias a pruebas de ADN –algunos de ellos en el corredor de la muerte a la espera de ser ejecutados–, asegura que, según sus estudios estadísticos, el 71% de las condenas a inocentes tiene su origen en identificaciones erróneas llevadas a cabo por víctimas y testigos. En España, los experimentos psicológicos de Diges también dan cuenta del inmenso margen de error que tiene esta prueba. En uno de ellos, en el que participaron 300 personas, solo el 28% identificó correctamente a un hombre presente en una rueda de reconocimiento a quien todos habían visto previamente (es decir, el 72% falló). Y cuando el sospechoso no estaba, la mitad de la gente señaló a un inocente como culpable.

Aparte de los estudios, la práctica judicial es contundente. Muchas veces, víctimas que han identificado con total seguridad a alguien como su agresor cambian de idea cuando aparece un segundo individuo contra el que hay más indicios, al que vuelven a reconocer “sin ningún género de dudas”. Es la prueba de la falta de relación entre la seguridad del testigo y la exactitud de su recuerdo. Aunque en España no existe una organización como Innocence Project, durante los últimos 10 años los medios de comunicación han publicado una veintena de casos sangrantes. Como los del gaditano Rafael Ricardi y el holandés Romano van der Dussen, presos durante 13 y 12 años, respectivamente, por violaciones que no habían cometido.

La mujer que identificó a Juan Francisco como su violador trabajaba como vigilante de seguridad en un supermercado al que él acudía a menudo a hacer la compra. Habían pasado casi cinco años desde la agresión sexual cuando le vio en uno de los pasillos cogiendo un zumo y fiambre de pavo. Le siguió hasta el aparcamiento, anotó la matrícula del coche y llamó a la Guardia Civil. A partir de ahí, le señaló con total certeza como culpable en una fotografía, en una rueda de reconocimiento posterior y en el acto del juicio.

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Él sigue aún desconcertado. “La primera descripción de la mujer hablaba de un hombre de tez clara, con ojos claros y con pelo corto claro, como rapado”, recuerda. “Mira, te mando mi DNI de entonces por WhatsApp para que veas cómo soy”. La foto muestra a un hombre con perilla, calvo, moreno, con pelo negro y ojos oscuros. La profesora Diges y su compañera Nieves Pérez-Mata estudiaron el caso y elaboraron un peritaje para la defensa en el que incidían en estas discrepancias y argumentaban que las circunstancias del delito (noche cerrada, poca luz y mucho estrés) complican que la víctima pueda tener una buena percepción de los rasgos físicos de su agresor. Defendieron además que el largo tiempo transcurrido entre el delito y la identificación, casi cinco años, era “una amenaza a la fiabilidad de la memoria de tal magnitud que difícilmente superaría el nivel de aciertos por azar”.

El abogado de Juan Francisco, Eduardo Sánchez-Cervera, recuerda a la perfección el caso. Fue su segundo letrado. El primero logró que le revocaran la prisión provisional tras 40 días entre rejas gracias a las dudas sobre la identificación. Dejó el caso por motivos personales, pero fue un apoyo importante durante todo el proceso. Porque el calvario fue largo. El fiscal y la acusación particular pedían para él 10 años y medio de cárcel.

“La única prueba posible de que a la hora de la agresión sexual estaba en su casa durmiendo era la declaración de su exmujer, con la que vivía cuando se cometió el delito”, explica Sánchez-Cervera en una cafetería junto a su despacho, en el madrileño barrio de Salamanca. “Así que buscamos todo lo que pudiera corroborar su inocencia. Probamos que no había ninguna llamada a esa hora desde su teléfono (la chica había declarado que el agresor parecía estar hablando por el móvil cuando se cruzó con él). Presentamos un correo electrónico de trabajo que envió con total normalidad tres horas después de la violación. Recopilamos decenas de fotos que mostraban que en esa época llevaba perilla (el violador no la tenía). Encargamos peritajes psicológicos sobre su personalidad. Y hablamos con todos sus amigos, su entorno profesional y su familia. Nadie dudó de él. Ni siquiera su exesposa, con la que no tenía apenas relación cuando fue arrestado”.

la ley de enjuiciamiento criminal  debería prohibir  las condenas  basadas solo en la identificación de un testigo, defiende el juez lópez ortega

“Otra cosa que a mí me llamaba la atención es que la violación se produjo en un sitio desapacible y aparentemente peligroso, a la entrada de un paso subterráneo de la autopista A-6”, argumenta el abogado. “Juan Francisco es una persona muy normal. Nos parecía inverosímil que estuviera merodeando por esa zona a las seis de la mañana. Dentro de la dificultad que tiene probar un hecho negativo, que alguien no ha delinquido, presentamos abundante prueba indirecta y logramos la absolución”. La sentencia se basó en las “serias dudas de fiabilidad” de los reconocimientos llevados a cabo a lo largo del procedimiento.

¿Por qué estaba tan convencida la víctima, de cuya sinceridad no dudaron los magistrados? Su agresor tenía una mancha debajo de un ojo, según declaró. Juan Francisco tiene una marca en la cara, ladeada, en la mejilla, que pudo activar la formación de un recuerdo falso. Además, él iba a menudo a hacer la compra al supermercado en el que ella trabajaba –algo que acreditó su abogado con las facturas–, lo que puede explicar que su rostro le resultara familiar.

A veces es alguna similitud física entre el delincuente y la persona lo que provoca el fallo en la memoria. Otras veces el error procede de una sugestión. Los investigadores inducen al testigo voluntaria o involuntariamente a través de un reconocimiento fotográfico o una rueda no realizados correctamente.

Juan José López Ortega es magistrado de la Audiencia Provincial de Madrid y uno de los jueces que más atención han prestado a la psicología del testimonio. Conoció los estudios de esta disciplina en los noventa y los casos que ha llevado le han confirmado que la identificación es una prueba, como él dice, “intrínsecamente muy poco fiable”. “Tiene porcentajes de error muy altos”, afirma contundente en una entrevista celebrada en la Universidad Carlos III de Madrid, donde da clase. “Como juez es muy difícil sustraerte a la potencia que tiene una víctima reconociendo a un sospechoso y que te dice que está totalmente segura”, admite. “Pero hay que hacerlo. Puede estar confundida. No se debería fundamentar una condena en esta prueba si no hay otro elemento que corrobore la culpabilidad”.

La solución, según el magistrado, no es tan complicada. Argumenta que, en un mundo en el que estamos controlados a través de todo tipo de dispositivos (teléfonos móviles, cámaras de videovigilancia, redes sociales, tarjetas de crédito) y del rastro de ADN que dejamos, una buena investigación debería reforzar o descartar la validez del reconocimiento de un testigo. “Hay que exigir que se inviertan más esfuerzos y recursos en averiguar la verdad”, opina. “Cuando existe una identificación, se debe seguir trabajando para buscar huellas, ADN, matrícu­las, todo. Sin tomar atajos. Porque, cuando se analiza minuciosamente una condena errónea, casi siempre se comprueba que ha habido fallos en la investigación”.

Algunos casos son demoledores, como este que recoge un auto de la Audiencia Provincial de Madrid de 9 de febrero de 2005. Un hombre había atracado un supermercado madrileño a punta de navaja. Después se dio a la fuga y se subió a un autobús de la EMT. Tras forcejear con el conductor, saltó por la ventanilla del vehículo, echó a correr, superó una valla, entró en el hospital Gregorio Marañón y, tras salir de nuevo por la calle del Doctor Esquerdo, se metió en un coche y obligó a su dueño a llevarle al barrio de Moratalaz. Las descripciones del delincuente que hicieron los seis testigos que se encontraron con él no coincidían entre sí –algunos le habían visto escasos segundos–. A pesar de ello, todos señalaron con certeza a una misma persona en los álbumes de sospechosos de la policía.

El hombre llegó a ingresar en prisión, donde probablemente habría permanecido hasta el día del juicio de no ser porque su hermana presentó varios informes médicos del hospital de la Princesa acreditando que padecía artrosis vascular y diversas afecciones de cadera y rodillas que le obligaban a ir con muletas y, desde luego, imposibilitaban que fuera el autor de unos delitos cometidos con la destreza de un atleta. Pero si no hubiera estado enfermo, le habría resultado muy complicado defender su inocencia frente a seis testigos seguros de su culpabilidad.

¿Se pueden evitar las penas de prisión injustas debidas a fallos de la memoria? El anteproyecto de Ley de Enjuiciamiento Criminal que preparó en 2011 el Ministerio de Justicia abordaba esta cuestión por primera vez

El magistrado del Tribunal Supremo Perfecto Andrés Ibáñez opina que en esta materia se han acumulado dos carencias: “Una, la falta de información entre los jueces sobre cómo opera la memoria. Otra, una mala cultura de la jurisdicción fundada en un sentido psicologista y autocrático de la libre convicción del juez, que, supuestamente, podría decidir una condena basándose en las impresiones obtenidas de la lectura del lenguaje verbal y gestual del imputado y de los testigos. Ambas cosas han sido seguramente la fuente de muchos errores. Algo está cambiando, pero no todo lo que sería necesario ni al ritmo preciso”.

¿Se pueden evitar las penas de prisión injustas debidas a fallos de la memoria? El anteproyecto de Ley de Enjuiciamiento Criminal que preparó en 2011 el Ministerio de Justicia encabezado por el socialista Francisco Caamaño –que no llegó a ser aprobado por el Parlamento debido al cambio de Gobierno de finales de ese año– abordaba esta cuestión por primera vez. En su elaboración participó el juez López Ortega. La norma prohibía que la identificación visual del acusado sustentara una condena a no ser que fuera corroborada por otros elementos de prueba. “Con el altísimo margen de error que tienen los reconocimientos, creo que es la única solución”, defiende el magistrado, que confía en que el nuevo código procesal penal, que previsiblemente se aprobará a lo largo de esta legislatura, incluya una regulación sobre este asunto.

Su anteproyecto incluía también nuevos requisitos sobre cómo debe llevarse a cabo una rueda de reconocimiento para ser fiable (como que el funcionario que la dirija no conozca la identidad del sospechoso, para que no pueda sugestionar al testigo) y obligaba a que la composición fotográfica policial que se muestra a las víctimas incluya un mínimo de 40 imágenes de personas de similares características. “La primera identificación es muy importante”, indica la psicóloga Diges. “Si el testigo ha sido conducido por vías inadecuadas a señalar a alguien en un álbum, en la rueda en vivo seleccionará ese mismo rostro. Es importante recalcar que las víctimas no tienen culpa de nada. No son responsables de si su memoria es buena o mala y mucho menos de equivocarse si han sido sugestionadas. El problema está en cómo se investiga y en el valor que se concede a esa prueba”.

Juan Carlos Mata sufrió también los efectos de la fragilidad de la memoria. Fue acusado de una serie de robos con violencia e intimidación que se produjeron a finales de 2012 en Moratalaz, en Madrid. El delincuente tenía “aspecto de toxicómano”, según declararon los testigos. Mata es un chico enfermo, con la cara chupada, con antecedentes, en cuyo cuerpo se aprecian notablemente los efectos de las drogas. Una de sus ruedas de identificación fue exactamente lo que nunca debe hacerse: aparece rodeado de cuatro personas fornidas que nada tienen que ver con él. Era el único que encajaba con la descripción.

Antes de los reconocimientos presenciales, a algunos testigos se les exhibieron álbumes de sospechosos y a otros una composición fotográfica en la que aparecía Mata con otras tres personas que no se parecían a él. Todos los testigos lo señalaron. Estuvo acusado en nueve procedimientos penales y un juzgado que investigaba dos de los delitos decretó prisión provisional. Pasó nueve meses en la cárcel. “Fue durísimo”, recuerda. “Porque estaba enfermo y porque psicológicamente es muy difícil encajar que estás encerrado por algo que no has hecho”. En todos los casos logró demostrar su inocencia –algunos ni siquiera llegaron a juicio– gracias a coartadas irrebatibles apoyadas por el centro de la Cruz Roja en el que vivía en ese momento. Si no las hubiera tenido, quizá su suerte habría sido bien distinta. Como la de tantos otros inocentes.

Lea la entrevista a Elizabeth Loftus, experta mundial en los estudios de fiabilidad de los recuerdos, por Pablo Ximénez de Sandoval.

POR Mónica Ceberio Belaza

Especialista en reportajes de fondo de temas sociales y jurídicos, ha sido redactora jefa de la sección de reportajes de El País. Premio Ortega y Gasset de periodismo digital 2014 como coautora del especial multimedia En la calle, una historia de desahucios y premio del Gobierno contra la violencia de género 2009 por La esclavitud invisible, una serie sobre la trata de mujeres