Mandy Barker

Cada año, ocho millones de toneladas de plástico llegan al mar: el 2050 habrá más cantidad de plásticos que de peces. Inventores, científicos y políticos intentan poner freno a la catástrofe.

lunes 13 de junio de 2016

1. Un desafío global

Toneladas de fragmentos de plástico se acumulan en los mares. En todo el mundo, inventores, científicos o políticos trabajan en distintas soluciones. Desde la creación de un material biodegradable a partir de cáscaras de gambas hasta repensar la manera de consumir.

Por Silvia Blanco

Durante siete meses, la expedición española Malaspina recorrió los océanos de todo el mundo con dos barcos. Entre 2010 y 2011 trazó una línea de Cádiz a Río de Janeiro, de Ciudad del Cabo a Perth, de Honolulú a Cartagena de Indias y de nuevo al puerto gaditano. Ese viaje científico alrededor del planeta buscaba estudiar el impacto del cambio climático en la vida marina. Se extraían muestras tomadas a diferentes profundidades, que podían llegar hasta los 4.000 metros. El investigador Andrés Cózar, que seguía el trabajo de los barcos desde tierra, empezó a darse cuenta de algo inesperado. Al procesar las muestras en el laboratorio, veía que ahí, flotando junto a los más variados microorganismos, había plástico. Aparecía en todas las mediciones, también en las que se hicieron a miles de kilómetros de la costa. Tropezó con el plástico en todas partes, incluso en medio de ninguna parte.

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Envases de comida para llevar y productos de limpieza. Mandy Barker

Dos años después, en 2013, Cózar y un equipo de científicos dibujaron el primer mapa global de la contaminación por plástico en superficie. Primero señalaron cinco grandes zonas de acumulación, en los llamados giros subtropicales. Como descomunales remolinos, “funcionan igual que cintas transportadoras del plástico que van lamiendo de los continentes”, explica Cózar, de 40 años, en su pequeño despacho del Campus del Mar de la Universidad de Cádiz. Luego añadieron el Mediterráneo, ahora analizan el mar Rojo y el Ártico, y desde entonces esa geografía sucia y flotante se ha hecho algo más nítida. Han bastado unas décadas de uso masivo del plástico para generar un problema de contaminación marina que ahora la ciencia trata de abordar. Todavía hay muchas incógnitas, pero algunas estimaciones ayudan a ir viendo el contorno del desastre. En 2050 habrá en el océano más toneladas de plástico que de peces, según una proyección de la Fundación Ellen MacArthur, que promueve una economía que convierta los residuos en recursos. Cada año entran al mar unos ocho millones de toneladas. China, Indonesia y Filipinas encabezan la clasificación de los países que más cantidad arrojan, según un estudio publicado en Science en 2015, y los 20 primeros –todos en Asia y África, excepto Estados Unidos y Brasil– son responsables del 83% del plástico mal gestionado que puede acabar en el mar.

Las investigaciones se han multiplicado en todo el mundo en los últimos seis años. La alerta ha llegado a los ciudadanos, a los negocios y a algunos Gobiernos. Mientras, el mar va dejando pruebas en la playa. Del tamaño, por ejemplo, de 13 cachalotes muertos a principios de año en la costa alemana; aunque no los mató, tenían la barriga llena de plástico. O en el tubo de muestras de laboratorio, donde adopta una forma menos amenazante pero más problemática: el enemigo son trocitos de colores como granos de arroz. Esos microplásticos eran antes botellas, tapones, redes, cualquier cosa, y se han ido fragmentando hasta hacerse tan pequeños que son muy difíciles de eliminar y fáciles de tragar. “Los científicos estamos desconcertados respecto a los efectos de la amenaza de los microplásticos. Pueden ingerirlos animales muy pequeños o grandes depredadores. Incluso los humanos. Contienen un cóctel de contaminantes cuyo impacto es difícil de evaluar”, afirma Cózar. Hay algo todavía más pequeño e inquietante, un residuo plástico que se mide en micras y que puede ser “ingerido y asimilado, incorporado al tejido del organismo”, explica.

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Formas extrañas que adoptan los objetos al degradarse. / MANDY BARKER

Los giros subtropicales donde se acumu­la el plástico se imaginaban hace unos años como gigantescas islas compactas y flotantes. Es un mito, pero sirvió para llamar la atención sobre un problema global y complejo del que cada vez más ciudadanos son conscientes. Ese interés explica que, en solo 100 días, un chico holandés de 21 años, ­Boyan Slat, lograra que 38.000 personas de 160 países donaran, en conjunto, dos millones de euros para financiar lo que él llama “la mayor limpieza del océano de la historia”. Su plan consiste en extraer en 10 años casi la mitad del plástico del giro del Pacífico Norte. Para eso ha diseñado un conjunto de barreras flotantes de 100 kilómetros capaces de acumular el residuo sirviéndose de la propia corriente oceánica. La ONU le ha concedido su principal premio medioambiental; en enero presentó su idea en el Foro de Davos y este mes lanzará al mar del Norte el primer prototipo –a escala, tendrá solo 100 metros– para ver si funciona.

 “Cuando tenía 16 años, fui a bucear a Grecia y me crucé con más bolsas de plástico que peces”, cuenta Slat por teléfono. “Empecé a pensar en cómo se podía limpiar. El mar es gigantesco, así que se tardarían miles de años y millones de dólares en recogerlo. Por eso se me ocurrió la idea de usar el movimiento del océano para que el plástico se concentre en un punto”, explica. Slat es un tipo ocupado. Él y la empresa que fundó a los 19 años, The Ocean Cleanup (la limpieza del océano), suscitan gran expectación. Un equipo de 38 ingenieros, oceanógrafos y científicos trabaja en Delft, en Holanda, junto a un centenar de voluntarios. El año pasado publicaron un estudio de viabilidad e hicieron una expedición con 30 barcos por el giro del Pacífico Norte. “La de antes me parece otra vida”, cuenta Slat, que pasa mucho tiempo con grandes inversores, tratando de convencerlos de que pongan dinero en esto. “Ahora dedico bastante tiempo al desarrollo tecnológico del proyecto. Soy un inventor, pero también tengo que prestar atención a conseguir dinero”. Hace unos tres viajes de media al mes. Los nombres y las cantidades que aportan los inversores con los que se reúne son secretos.

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Numerosos juguetes de plástico encontrados en Hong Kong. Mandy Barker

El plan de Slat ha contribuido a colocar la contaminación marina por plástico en la agenda de los medios de comunicación, las grandes multinacionales y un puñado de países. Pese al entusiasmo que genera, varios activistas y científicos creen que, más allá de ayudar a concienciar –algo que le alaban–, todo esto es poco eficaz y caro. “Existe el riesgo de que con ese sistema atrape a numerosos invertebrados que flotan a la deriva. Además, el océano es demasiado vasto para limpiarlo y lo que encuentras muy lejos de la costa es microplástico mezclado con la vida marina”, cuenta por teléfono desde Los Ángeles Marcus Eriksen, quien lleva años estudiando el problema y dirige el instituto 5 Gyres. “El foco debería estar en tierra, hay que evitar que los microplásticos lleguen al mar”.

Algo parecido piensa Nicholas Mallos, director del programa de basura marina de Ocean Conservacy, una organización de protección del mar con sede en Washington. “Durante 30 años, hemos organizado la mayor limpieza costera internacional. En esas zonas litorales es donde se concentra la vida marina y además actuamos sobre los lugares donde la basura plástica entra en el mar. Por ejemplo, vamos a las desembocaduras de los grandes ríos, donde hay muchos objetos de plástico antes de que puedan llegar al mar y dispersarse”, explica.

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Slat no parece muy preocupado por esas críticas. “Nunca se puede tener la certeza de que todo irá bien, pero la historia está llena de ejemplos de problemas, inventos, de gente que dice que algo no se puede hacer… y luego se hace”, afirma. Lo consiga o no, la suya es una más de las medidas que están en marcha en todo el mundo, en una batalla que en la que cada cual parece estar luchando por su cuenta. Algunas, como la de Ocean Cleanup, son propuestas para el aquí y ahora y se centran en corregir una pequeña parte del problema. Otras plantean la necesidad de un cambio estructural; algo que trastoque la manera de consumir y de producir. Y eso, para empezar, necesita de voluntad política.

La Comisión Europea presentó en diciembre un paquete de medidas para emprender la transición a la economía circular: un sistema en el que los productos se reutilizan, se reparan, se alquilan, se reciclan. En ese bucle, la basura no existe. Hay una estrategia específica para plásticos. “Buena parte de la contaminación marina es plástico, sobre todo envases. Solo se recicla alrededor del 25% de todos los residuos plásticos y casi el 50% todavía se entierra en vertederos en la Unión Europea. Es demasiado”, dijo el 20 de abril el comisario de Medio Ambiente, Karmenu Vella, en una conferencia en Bruselas.

En la Comunidad Valenciana, el Gobierno pretende probar un sistema de depósito, devolución y retorno de envases de bebidas. El proyecto, que sería el primero en España, prevé que el consumidor pague un depósito de 10 céntimos al comprar una lata, una botella de vidrio o de plástico, o un tetrabrik de zumo, cerveza, agua o refresco, y que se le reembolse cuando devuelva el envase. Lo puede hacer en un supermercado, en una gasolinera, en un bar… y también en uno distinto de aquel en el que lo compró. “No estamos inventando nada”, afirma Julià Álvaro, secretario autonómico de Medio Ambiente y Cambio Climático de la Generalitat Valenciana. “De pequeño, recuerdo que llevaba las botellas a la tienda. Esta economía de usar y tirar está caducando”. Álvaro explica que demasiados residuos están donde no deben: en la calle, en los parques y en las playas. Cada día se venden en la Comunidad siete millones de envases de bebidas. De ellos, asegura Álvaro, cinco millones no acaban en el contenedor adecuado y su destino final es un vertedero o directamente tirados en la naturaleza. Otros muchos terminan en el mar. Su departamento ha calculado que todo eso que no se aprovecha vale unos quince millones de euros al año. “Encaja con la idea de la economía circular porque queremos convertir cinco millones de envases que ahora mismo son residuos en recursos aprovechables”, argumenta. En verano está previsto que se redacte el borrador de la ley para implantar un sistema que funciona en varios países europeos, como Alemania, Suecia, Noruega o Dinamarca, y en algunos Estados de EE UU, como California o Nueva York. Ahora el destino de ese material recuperado sería el reciclaje, pero en una fase posterior se plantean incluso impulsar la reutilización.

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En Penalty, la fotógrafa contactó con voluntarios de todo el mundo a través de las redes sociales para recoger balones de fútbol de la orilla o del mar. Mandy Barker

La polémica que ha generado la propuesta da una idea de lo valioso de estos desechos. La iniciativa valenciana ha chocado con Ecoembes, la organización que gestiona el reciclaje y agrupa a la industria del envasado y la distribución. “Ese plan no tiene un objetivo ambiental”, dice una portavoz. “Apenas logra mejorar el reciclaje global, y la logística que necesita multiplica las emisiones de CO2. Es un sistema paralelo y una operación comercial encubierta”.

Al otro lado del mundo, en Singapur, Javier G. Fernández trabaja en sacar del laboratorio y darle un uso industrial al que se considera uno de los materiales del futuro, el shrilk. Una alternativa biológica al plástico flexible y resistente. “La gran ventaja es que se degrada. Lo tiras en tu jardín y las plantas pueden crecer en ese lugar. No alteramos la molécula, lleva miles de años ahí”, cuenta por teléfono el científico de 34 años desde la Universidad de Tecnología y Diseño (SUDT) del país asiático.

Fernández dio con el shrilk hace cuatro años, cuando investigaba en el Wyss Institute de Harvard. Pasó, cuenta, encerrado 10 horas diarias durante tres meses en la Biblioteca de Zoología de la Universidad de Harvard. “Estudiaba el esqueleto externo de los artrópodos. Quería saber cómo está hecha una cáscara de gamba a nivel molecular, un ala, los caparazones de los mejillones”. Mezcló una sustancia presente en las cáscaras de las gambas, la quitina, con proteínas de la seda. Tomó esas moléculas sin alterarlas y las organizó del mismo modo en que lo haría la naturaleza. Ese fue su hallazgo.

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El otro descubrimiento importante de su carrera ocurrió por accidente. Lo publicó el año pasado. “Fue todavía en Boston. Estábamos estudiando la estructura mucosa de los peces porque creíamos que podía tener quitina y queríamos saber dónde la producen”. Durante un par de meses, el laboratorio se impregnó del olor de pieles enteras de salmón, de carpa. Iban descartando las molécu­las que no interesaban para buscar las que sí. “Pero en ese proceso de filtrado había algunas que se comportaban como un ruido constante y difícil de eliminar. Decidimos averiguar qué era aquello tan estable y que no se degradaba. Era plástico”, cuenta Fernández, que, al igual que el investigador Cózar, advierte de que es una frontera para la ciencia. “No sabemos la magnitud del problema, no sabemos cuándo va a explotar y no sabemos los peligros que tenemos por delante”.

Ahora Fernández trata de dar un salto de escala en Singapur. Pasar a la fabricación industrial. “Nuestra prioridad hoy es el empaquetado. Hemos hecho prototipos de pinzas de la ropa, cajas de huevos, vasos…”, explica. “El shrilk puede ser una alternativa al plástico en algunas aplicaciones, pero la solución al problema de la contaminación por plástico no es ni única ni mágica. Creo que no habrá un único gran sustituto del plástico: no podemos terminar produciendo gambas para hacer botellas, en el caso de que fuera el ­shrilk”, dice. “Hace falta implicar a la ciencia, a los políticos y a los ciudadanos”.

2. Pescar las botellas para hacer ropa

Desde un barco de arrastre que llega a puerto en Villajoyosa, en Alicante, seguimos la metamorfosis de los desechos plásticos que sacan del mar los pescadores. Las botellas y objetos abandonados se convierten en hilo y luego en prendas que presumen de su fabricación sostenible.
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Por Elsa Fernández-Santos

Excepto un lingote de hachís, que vuelve de la red directo al mar como una patata caliente, toda la pesca es útil en el Playa del Moro, el barco arrastrero que ha zarpado a las 4.30 del puerto de Villajoyosa (Alicante). Entre redes y aparejos, los cinco pescadores que forman la tripulación han admitido un nuevo trasto a bordo: un cubo de basura azul que aguarda a babor para contener los zapatos, compresas, cristales y botellas de plástico que cada día se pescan junto a los salmonetes, pulpos, rapes, espardeñas, peces gato o pescadillas. Puntuales, llegarán 12 horas después a la lonja del puerto.

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Los pescadores recogen el plástico en las redes. Mandy Barker

Mientras el pescado se subasta, el cubo de basura emprenderá un intrincado camino que convertirá gran parte del plástico pescado en prendas de ropa. Una aventura sostenible que lleva el sello de Ecoalf, la empresa española que desde 2009 ha logrado convertirse en una marca puntera en ropa reciclada y que desde el pasado septiembre está embarcada en un ambicioso proyecto de fabricación textil a partir de la basura recogida en el fondo del mar.

El Playa del Moro es de los pocos barcos de Villajoyosa (salen unos 25 cada madrugada) que tenían por costumbre no devolver la basura al mar y por eso fue de los primeros en apuntarse a la iniciativa de Javier Goyeneche, presidente y director creativo de Ecoalf. En el bar del puerto, a Goyeneche, de 45 años, le conocen como “el de los plásticos”. “Buen chaval este Javier”, dice el capitán, Jerónimo Sellés, sobre el creador de una marca cuyo mensaje sostenible seduce a diseñadoras como Sybilla, que prepara una colección cápsula, y luce el público más variado: desde las puntillosas editoras de moda hasta el miembro de Podemos Íñigo Errejón, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, o el actor estadounidense Richard Gere. “Me gusta pensar que somos una marca transversal”, asegura Goyeneche.

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El plástico pasa a grandes contenedores metálicos. / MANDY BARKER

En pocos meses, lo que nació como una idea algo peregrina dado el mal estado de la basura marina se ha consolidado como un proyecto de futuro que, bajo el nombre de Upcycling the Oceans, pretende tener un efecto dominó. Solo en el Mediterráneo, destaca Goyeneche, se pudren más de tres millones de toneladas de basura, de los cuales la mitad es plástico. Una botella de PET (el tereftalato de poliestireno con el que Ecoalf fabrica muchos de sus tejidos) tarda alrededor de 400 años en degradarse. De momento, los datos son optimistas, y desde septiembre se han recogido 34 toneladas de basura y se han fabricado 13.000 metros de tejido. Además, según pasan las semanas, aumentan los barcos que se apuntan al proyecto de forma altruista. “Si se llega a pagar, lo suyo sería hacerlo a las cofradías”, apunta Goyeneche. Para los arrastreros, se trata también de una sutil operación de lavado de cara de un oficio perseguido por los movimientos ecologistas, que consideran que su forma de pesca ejemplifica el dicho popular de matar moscas a cañonazos, una práctica que destroza el hábitat cada vez que remueven con sus redes (unas tres veces por jornada de trabajo) el fondo marino.

Ante las críticas, los pescadores tienen su particular filosofía. Con las botas cubiertas de agua y de fango en el puente de su barco, Sellés lo resume así: “Dicen que los arrastreros nos cargamos la posidonia [planta endémica del Mediterráneo], pero cuando mi abuelo pescaba ya no existía. Esto es como cuando se remueve la tierra del campo, saca los minerales para que se los coman los peces. No es malo. En la tierra se cargan los pinos y nadie dice nada. Bien no lo hacemos ninguno”. Dicho esto, los arrastreros parecen tener los días contados. En el Playa del Moro, una embarcación con ese aire desvencijado y rudo del barco de la película Tiburón, la tripulación lamenta la muerte de su oficio: “Hoy los jóvenes no quieren saber nada de esta vida, es demasiado dura. Todo el día en el mar para luego llegar a casa y solo poder dormir del cansancio”.

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Se convierte en hilo y se acaba el proceso con la fabricación de prendas. Mandy Barker

Ecoalf ha tenido la complicidad de Nacho Llorca, presidente provincial de cofradías, que vio en la iniciativa una forma de cambiar la imagen de los pesqueros. “La basura que recogemos llega en su mayoría de los cauces de los ríos, arrastrada por la lluvia al mar. Nos alegramos de contribuir a limpiar el fondo marino”.

Actualmente, 160 barcos de arrastre de la costa de Levante sacan entre cuatro y seis kilos de desechos por barco al día. Aproximadamente el 60% es plástico y el 18% de botellas PET, esas de las que bebemos el agua o los refrescos. La basura que llega del mar, y que ya en tierra se deposita en tres cubos metálicos enormes, seguirá un proceso de selección para que se pueda fabricar la materia prima de escama y granza que acaba en hilo y tejido. “Parte de la complejidad del proyecto está en la baja calidad de los residuos que sacan los pescadores; el sol, la sal y el agua convierten en inútil para reciclaje mucha de la basura”, explica Goyeneche.

En sus etiquetas, Ecoalf presume del carácter sostenible de sus prendas (“esta chaqueta se ha fabricado con 40 ­botellas de plástico”, reza una de mujer) y del origen de sus tejidos, ya sea de redes de peces, botellas o neumáticos de Corea, Taiwán y Portugal. El círculo perfecto de la sostenibilidad se podrá cerrar el día que estas prendas recicladas se puedan a su vez reutilizar para obtener nuevos tejidos, algo que ya se está investigando en otros países. Pero para su proyecto Upcycling the Oceans todo empieza y acaba en España.

De la costa de Valencia, donde se selecciona el plástico útil para convertirlo en granza de polímero, es decir, en bolitas de plástico, se traslada a ANTEX, una fábrica en Anglés (Girona) encargada de procesar el polímero para generar el filamento de los hilos que viajarán a la última parada, en Santander, donde se confecciona el tejido.

Marta Molist, directora de investigación y desarrollo de ANTEX, asegura que el hilo de reciclado no es una moda pasajera, “es algo que ha llegado para quedarse, cada vez fabricamos más”. Hasta ahora, matiza, con residuos terrestres. “Es la primera vez que lo hacemos con desechos marinos, hemos tenido que adaptar nuestras máquinas hasta lograr un filamento con buenas propiedades. Empezamos con pruebas piloto, para ver si era posible una producción industrial, y ahora incluso estamos trabajando con grosores de hilo diferentes”.

Juan Pares, presidente de Textil Santanderina, explica la complejidad de transformación de ese hilo en tejido. Desde su empresa familiar, nacida en 1921, llevan una campaña de sostenibilidad cada vez más avanzada. “Desde nuestra fábrica [en Cabezón de la Sal] vemos los prados verdes, las ovejas y las vacas, y quizá ese paisaje nos ha hecho tomar conciencia. Tenemos la obligación de lograr que las tendencias de moda sean cada vez más sostenibles y, en ese sentido, empresas como Ecoalf o las americanas Patagonia y Ellen Fischer, son una verdadero ejemplo”. Explica que cada vez hay más marcas, incluidas Inditex o H&M, preocupadas con estos asuntos, pero pocas coherentes al 100%. “Nosotros trabajamos en moda y en tejidos técnicos, como la ropa de los bomberos de Múnich o del ejército de tierra español. Ecoalf es pequeño y para nosotros supone un gran esfuerzo, pero merece la pena por su concepto”.

Quizá la aventura de limpiar el fondo del mar con unos cuantos barcos pesqueros sea una quimera similar a barrer el desierto con una escoba, pero resulta conmovedor ver a un viejo pescador, curtido por el sol, el agua y la sal, arrastrar un cubo de basura con ese orgullo que los hombres rudos le imprimen a todo y sentenciar orgulloso: “Si nosotros no hacemos esto, no lo hace nadie”.