Laurence Nicolas, CEO de la división timepieces de Dior. / Franco P. Tettamanti para Dior

La gran relojería tiene ahora más que ver con la estética y la artesanía que con la medición del tiempo. La CEO de la división de Dior analiza la evolución del sector.

miércoles 03 de mayo de 2017

U N RELOJ puede contener un jardín, también la cueva de Alí Babá. La cuenta del tiempo pesa poco en el frondoso vergel de rubíes y diamantes del Grand Soir Botanic, una pieza única que Dior ha puesto a la venta por más de 200.000 euros en la última feria Baselworld, el encuentro de relojeros más importante del mundo que se celebra cada primavera en Basilea (Suiza). Pero ¿quién compra relojes cuando la hora está presente en nuestro móvil, en la pantalla del ordenador y en tantos electrodomésticos? El resurgir de este sector tiene más que ver con la imaginación y los oficios artísticos que con la tecnología y la medición del tiempo. Laurence Nicolas, CEO de la división de relojería y joyería de Dior, habla del hedonismo de los usuarios. “Un reloj es hoy un aparato de emociones, no un símbolo de precisión ni una máquina racional”, asegura esta ejecutiva. Lo saben los artesanos que llegan a trabajar en La Chaux-de-Fonds, la capital relojera del planeta donde Daniel Jeanrichard inició, a mediados del siglo XVIII, no solo una industria, sino también la manera de transmitir su conocimiento. Cien kilómetros hacia el noreste, en Basilea, se reúnen cada año las maisons de haute couture relojera para presentar sus nuevos modelos. La pericia de los artesanos más sagaces es la responsable de que los relojes suizos estén ahora en manos de quienes son capaces de trabajar mejor la fantasía que la precisión. Sin embargo, salta a la vista que el despilfarro de imaginación de estos cronógrafos los convierte en joyas paradójicas: se necesita una lupa para ver los 200 componentes que construyen el microcosmos de la esfera del Grand Soir Botanic de Dior. Estamos en la era de los relojes secretos. “El lujo íntimo”, lo llama Nicolas.

Recreación del vestido Zaire (temporada otoño-invierno de 1954) de Dior que ha inspirado algunos de sus nuevos relojes.

Uno de los consumidores que asistieron a la última edición del evento suizo (celebrado a finales de marzo) se interesó por uno de los vergeles de piedras preciosas recreados en las esferas de la colección de los ocho Botanic que presentaba la casa francesa. “Despídase, ya solo podrán verlo el coleccionista y sus amigos”, sentenciaba su responsable de comunicación. La firma de moda juega con esa ambigüedad entre la exhibición y el misterio que se esconde en cada uno de sus relojes, a los que Dior bautiza como timepieces. Laurence Nicolas cuenta que todas sus piezas tienen maquinaria suiza, pero algunos acabados los ultiman en el atelier parisiense donde firman sus vestidos de noche. Los modelos que han construido los 70 años de historia de la empresa han inspirado algunas de esas esferas. Tanto es así que la última colección presentada en Basel­world estuvo arropada por miniaturas de algunas de sus prendas couture más icónicas.

“Un reloj es un aparato de emociones, no un símbolo de precisión ni una máquina racional”

“Nuestros joyeros trabajan con la misma exigencia que monsieur Dior le imprimió a la marca cuando la creó: el interior debe ser tan perfecto como el exterior”, apunta la presidenta de la división. Tal vez por eso casi todas las colecciones rinden homenaje al creador de la firma: de los jardines que cultivaba a las constelaciones en las que apoyaba su superstición, pasando por la rosa de los vientos que, en 1946, encontró frente al número 30 de la Avenue Montaigne de París, donde levantó su taller. “El diablo está en los detalles”, recuerda Nicolas. En elementos que a veces son tan espectaculares como las 25 plumas de Gallus gallus –el ancestro asiático de los gallos domésticos– que forman parte de la maquinaria del Grand Bal Plume, un capricho complejo porque la masa oscilante que marca las horas debe tener un peso específico. Tanta sofisticación “dificulta la lectura de la hora”, admite Nicolas. “La técnica está al servicio de la creación. Casi todas las marcas trabajan la precisión y luego buscan una estética. Nosotros funcionamos al revés”, añade.

Pero ¿cómo ha conseguido legitimidad una marca como Dior, sin raíces en el mundo de la relojería? “No estamos aquí para crear reducciones femeninas de los relojes masculinos. Diseñamos para mujeres que se oponen a eso. Tratamos de ser leales al legado de Christian Dior, un hombre que quiso hacer de cada mujer una princesa única y diferente, no la versión seriada de la princesa del cuento de hadas”.

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Rainer Mutsch, diseñador del modelo True Stratum, de Rado.

Feria de Basilea, diseño en hora

BASELWORLD se dispu­­ta con el Salón Internacional de Alta Relojería (SIHH, en sus siglas en francés) de Ginebra la reunión anual de los relojes más inesperados, y de los pabellones más lujosos. El premio Pritzker de arquitectura Toyo Ito firmó hace un lustro el que todavía utiliza Hermès, que ya ha anunciado su traslado a Ginebra en la próxima edición. En Basilea se dan cita las grandes marcas relojeras, las casas de moda y las de alta costura. Desde clásicos de la alta relojería como Patek Philippe o Rolex hasta firmas más accesibles como Calvin Klein.

El elegante modelo Chic de esta última casa confirma, con su esfera vacía, el peso creciente del diseño en esta industria. Sin embargo, como sucede con las piezas de otras firmas, no facilita la lectura de la hora.

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Exposición de miniaturas de una colección de vestidos en el pabellón de Dior durante la feria de Baselworld (Basilea, Suiza).

En Rado apuestan también por esta estética depurada. El austriaco Rainer Mutsch, diseñador del True Stratum (2.160 euros), ha buscado “hacer visibles las tres dimensiones de su esfera”. Los detalles de este modelo, realizados en la cerámica tecnológica que es el ADN de esta marca, son casi invisibles. Aunque demuestran que, incluso en los relojes más deportivos, el ingenio, por encima de la precisión, es el argumento que ha transformado los relojes de máquinas del tiempo en símbolos exclusivos.

Aunque también hay lugar para trabajos preciosistas, auténticos alardes artesanales como los modelos Petite Heure Minute (39.400 euros), de Jaquet Droz, que llevan un león o un flamenco dibujados a mano en las esferas. O el Villeret 8 Jours ­Manuelle (151.000 euros), de ­Blancpain, una pieza única en cuya esfera dos vacas combaten ante la montaña mítica de Matterhorn. Historiados o futuristas, ratifican el auge del reloj artístico sobre el ­puramente técnico.

POR Anatxu Zabalbeascoa

La periodista e historiadora Anatxu Zabalbeascoa escribe sobre arquitectura y diseño en El País y en libros como ‘The New Spanish Architecture’, ‘Las casas del siglo’, ‘Minimalismos’ o ‘Vidas construidas, biografías de arquitectos’.