Placeres. tres minutos

La lección (Pascual Pérez)

Martín Kohan
2 min.
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ilustración de Sonia pulido

El boxeo convertido en literatura a través de un recorrido por algunas de las escenas más míticas de la historia de este deporte. En esta cuarta entrega, un episodio de 1949 entre el campeón del mundo Pascual Pérez y un joven amateur.

Domingo 16 de Abril de 2017

Ese chico de 13 años que, en el fondo del gimnasio, practica castigando una bolsa podrá ser uno cualquiera para todos, para todos pero no para mí. ¿Por qué razón? Porque es mi padre (será mi padre, años después). Enjundioso aunque esmirriado, sacude apenas el mamotreto de lona azul que pende delante de él.

De pronto, viniendo desde la puerta principal del gimnasio, la que da a la estación de tren, alcanza a percibirse un revuelo: agitación general y voces altas. Todos dejan lo que están haciendo y miran, también el chico de 13 años interrumpe su entrenamiento. ¿Qué es lo que pasa?

Un acontecimiento mayor: el campeón mundial de peso mosca (peso mosca: todo un oxímoron), el gran Pascualito Pérez, está de visita en el gimnasio. Generoso con la modestia de este galpón perdido del barrio de La Paternal, acude a dejar un saludo y recorrer distribuyendo elogios sus someras instalaciones. Una escolta espontánea, que aumenta con cada paso que el campeón da, constituye comitiva, remeda una recepción oficial.

Así, rodeado de varios, llega Pascualito Pérez hasta el sitio en el que el chico de 13 años transpira junto a la bolsa detenida. Lo saluda, le pregunta su nombre, lo felicita sin motivo visible. Se señala su propio abdomen y le dice al chico que pegue.
–Acá. Justo acá.

Pero ese uno es Pascual Pérez, campeón mundial de peso mosca, orgullo argentino y sudamericano

El chico asesta un golpe modesto, contenido intencionalmente, el golpe atenuado que por nobleza corresponde dar a uno que no se está defendiendo. Pero ese uno es Pascual Pérez, campeón mundial de peso mosca, orgullo argentino y sudamericano. Pascualito sonríe, menea la cabeza.
–¡Pegá fuerte, pibe! ¡Fuerte! ¡Acá!
Abre los brazos, ofrece el abdomen.
El chico toma envión, aprieta los dientes, pega con furia.

Corría el año cuarenta y nueve. “Fue lo mismo que pegarle a una pared. Fue peor que pegarle a una pared”, diría mucho después ese chico, cuando ya no era más un chico, cuando ya era mi padre, cada vez que contaba la anécdota (y la contó numerosas veces). ¿Qué lección dejaba la historia? Porque las historias que contaba mi padre traían, dejaban, lecciones. Para cualquiera, yo supongo que esta: la guapeza de los campeones. Para mí, supongo, esta otra: que esos golpes, los de mi padre, no dolían, o podían no doler, o debían no doler.

POR Martín Kohan