'Pumpkin', la escultura de Yayoi Kusama símbolo de Naoshima en Benesse House. / Mitsue Nagase

Naoshima, en Japón, es un enclave onírico donde Tadao Ando y algunos de los creadores más influyentes del mundo han dibujado una realidad paralela que conjuga descubrimiento, naturaleza, arquitectura y un futuro para sus habitantes.

jueves 22 de septiembre de 2016

CADA ATARDECER, el último ferri deja el puerto de Naoshima cargado de viajeros y visiones. La diminuta isla del Mar Interior de Japón se queda en una penumbra de callejas desiertas que evocan su pasado de pescadores, salinas y basurero industrial.

Se trata de un trampantojo. Porque una colina esconde los nenúfares de Claude Monet y entierra entre el hormigón pulido del arquitecto Tadao Ando luces de otro mundo y una esfera gigante que refleja el cielo. La estatua de la Libertad se yergue empotrada en la clínica de un dentista, y en un museo en el que uno puede quedarse a dormir hay quien se pasea entre un cuadro de Jasper Johns y cien rótulos de neón que se iluminan aleatoriamente, obra de Bruce Nauman.

El parque de Benesse House. Osamu Watanabe

Naoshima posee evocadoras vistas al archipiélago de Seto. Pero resultaría olvidable si no fuera porque, en poco más de ocho kilómetros cuadrados de colinas, playas y verdor, la inspiración de medio centenar de artistas –entre ellos, varios de los más influyentes o cotizados del mundo, como Gerhard Richter, Frank Stella, Yayoi Kusama, Basquiat o Keith Haring, que se suman a los ya citados– crea una realidad paralela.

la experiencia en esta isla es un inolvidable maridaje que no se parece a nada

El impulsor de esta seductora comunión entre naturaleza, arquitectura y arte es un empresario de 70 años llamado Soichiro Fukutake, que lo mismo huye de las urbes como busca a creadores para intervenir en el paisaje. En 1986 promovió un campamento internacional –supervisado por el premiado Tadao Ando– en el extremo sur de una isla rodeada de aguas contaminadas que buscaba escapar de su suerte. Luego, el dueño de Benesse, una gran corporación especializada en la enseñanza, encargó al Pritzker que levantara su mirada minimalista en lo alto de una loma. Así surgió Benesse House, un hotel museo en el que el huésped dispuesto a desembolsar alrededor de 300 euros la noche duerme entre obras de Sol LeWitt o Richard Long, solo para abrir la puerta y desayunar frente a un Warhol o tumbarse sobre dos enormes medallones de mármol dispuestos en un patio.

En el Art House Project, 'Go’o Shrine'. Hiroshi Sugimoto 'Appropriate Proportion' (2002). Hiroshi Sugimoto

Desde hace casi 25 años no ha dejado de fluir el dinero y las ideas. Y también la creciente marea de visitantes, casi medio millón al año, según las últimas cifras. Ando, el boxeador que se formó como arquitecto imitando los dibujos de Le Corbusier, ha construido ocho edificios. El proyecto se ha expandido a dos islas cercanas y este año una docena de ellas viven la Trienal de Setouchi, un festival que traslada el espíritu de Naoshima al bello archipiélago víctima de la industrialización.

La experiencia del visitante es un inolvidable maridaje que no se parece a nada. El viaje –más bien la peregrinación, la isla está a seis horas de Tokio entre trenes bala, convencionales y ferri– depara la primera sorpresa al desembarcar. Una enorme calabaza roja moteada en negro de la artista Yayoi Kusama da la bienvenida en un espigón del puerto. La obra de la anciana japonesa autoingresada en un psiquiátrico (ha instalado otra –Pumpkin, 1994– en tonos amarillentos junto a una playa) se ha convertido en el símbolo de Naoshima.

En la primera imagen, 'Dreaming Tongue/Bokkon-Nozoki' (2006), de Shinro Ohtake. En la segunda, 'Sea of Time ’98', de Tatsuo Miyajima, en 'Kadoya', dentro del Art House Project.

A partir de ahí, cualquier recorrido es una divertida aventura para ciclistas o caminantes. Lo que se describe en los mapas turísticos no siempre resulta evidente, así que es fácil omitir alguna de las instalaciones o esculturas. Poco importa, las sensaciones son incesantes: el descenso acristalado a una sima bajo un santuario del periodo Edo restaurado por el artista Hiroshi Sugimoto; un velo líquido sobre unas luces que mutan del 1 al 9 a la velocidad que desearon 125 vecinos en la penumbra de una casa restaurada…, todo enmarcado en las calles del pueblo de Honmura, donde se desarrolla el Art House Project. Allí los creadores han trabajado con edificios deshabitados. La única construcción nueva es Minamidera, el contenedor que Ando realizó para albergar una inquietante instalación del artista de la luz James Turrell.

En el lado opuesto de la isla, el Chichu Art Museum (que en japonés significa “bajo tierra”) resulta el más sorprendente. Solo desde el aire se perciben los rectángulos y cuadrados que se abren hacia el cielo dejando intocada la loma en la que se entierra. La arquitectura está al servicio de las obras de tres artistas jugando, para abrazarlas, con la luz natural. Cinco grandes pinturas de Claude Monet se contemplan en una estancia construida a medida y en la que hay que calzarse unas chinelas para caminar sobre el empedrado de mármol de Carrara. Son los nenúfares del jardín del artista, que también se ha reproducido a la entrada del museo. James Turrell está presente con sus juegos de luz y el cielo cambiante se refleja en una esfera de dos metros de diámetro de Walter De Maria que gobierna un gran espacio, de aire basilical, con 27 construcciones de madera.

Vista aérea del Chichu Art Museum. Seiichi Ohsawa

Las playas, parques, casas o museos –incluso hay uno dedicado a Tadao Ando y otro únicamente habitado por los trabajos del coreano Lee Ufan– no son los únicos contenedores de arte. En Miyanoura, la creación toma forma de estación marítima o resucita unos recreativos. Incluso se transmuta en unos baños públicos japoneses. A pocos metros del puerto se alza I Love YU, un edificio en el que se han acoplado todo tipo de objetos encontrados por su autor, Shinro Ohtake, para construir dentro un vaporoso sueño en el que una se sumerge, literalmente, en agua caliente y en una suerte de álbum de recortes lleno de referencias pop.

El lema de Naoshima –usa lo que existe para crear– cambió la vida de sus 3.000 habitantes. Han retomado el cultivo del arroz y la confección de cortinas tradicionales, se emplean en la creciente industria turística y comparten té con creadores en bares de aire arty. Y a diario ven caras nuevas con un plano en la mano. Gente asombrada y feliz que sigue rutas únicas, esculpidas por el arte.

POR Ana Alfageme

Durante un tiempo se dedicó a la medicina y desde 1988 es reportera en EL PAÍS. Eso le ha permitido cubrir desde sucesos a temas sociales, pasando por cultura o tendencias. Ha sido redactora jefa de Madrid, responsable de Redes Sociales y de ELPAIS.com. Ahora trabaja en Proyectos Especiales y Branded Content.