Un participante de Pitti Immagine, la feria de moda masculina más importante de Europa.

En una huida de la extravagancia, la industria apuesta por alejarse de piruetas creativas y reivindicar los vaqueros y las camisetas en un intento de acercarse a una nueva clientela.

miércoles 11 de octubre de 2017

CORRÍA JUNIO de 1997 y la revista The Face celebraba la última tendencia con reverencia casi filosófica: “Te hace sentir fresco, limpio y sano. Es el uniforme de la gente que no lleva uniforme”. El oráculo británico que dictaba mensualmente qué estaba de moda, qué estaba fuera y qué volvería pasado mañana se refería al khaki. El khaki, ese tejido de gabardina beis con el que se hacen los chinos, pantalón que uno asocia a la clase media y a la mediana edad, y justo el que no se suele ver ni en un desfile ni en un club. En esa época la industria de la moda estaba saturada de tendencias radicales y vio la luz en la normalidad. “La mayoría de los chicos quieren que les consideren hombres, pero visten como eternos estudiantes”, razonaba la publicación. Para ellos, Calvin Klein o Ralph Lauren lanzaron líneas de difusión con las que llenar sus armarios de básicos de marca. No solo chinos, sino también sudaderas, vaqueros y camisetas. Frescos, limpios y sanos. Como los personajes de una serie familiar.

Esta temporada, dos décadas después, la normalidad ha vuelto a la primera plana de la moda. La colección de Balenciaga es una reflexión irónica sobre los arquetipos indumentarios que pueden convivir en un gran edificio de oficinas: desde los trajes de los directivos hasta los plumíferos de los mensajeros, pasando por las sudaderas de los diseñadores gráficos (para subrayar la cuestión, la sala donde tuvo lugar la presentación, el pasado enero en París, estaba forrada de moqueta gris y amueblada con anodinas sillas de oficina). Mientras, Dries Van Noten firma una sólida colección de básicos sobredimensionados. Y Miuccia Prada hurga en el estilo estudiantil de los años setenta y saca conclusiones fascinantes por lo inocuas: su apuesta de la temporada es un pantalón de pana con jersey de pico y camisa azul.

Algunos ven en este gusto por la normalidad un bálsamo, algo controlable en un mundo imprevisible

Por supuesto, vista de cerca, la ropa de estas colecciones no tiene nada de normal. Los trajes de Balenciaga son una parodia de lo más aburrido del mercado y tienen los hombros exagerados y el tiro muy bajo. Sus sudaderas son extragrandes y los jerséis con logo, aunque parecen parte del uniforme de una contrata de mantenimiento, copian la gráfica de Bernie Sanders y tienen la parte trasera separada del elástico, de forma que la espalda adquiere un volumen parecido al de una bomber. La ropa de Dries Van Noten es una interesante versión, con los patrones revisados y sensibilidad punk, de algo que podrías haber encontrado en un mercadillo. Y lo que hace Prada también parece de segunda mano, pero solo de lejos: los remates de piel y las proporciones ligeramente alteradas de sus cazadoras de paño forman parte del saber hacer de la primera división del lujo. Un lujo que, según declaraba la diseñadora a la revista Vogue, era una respuesta “a la grandilocuencia de la moda. Quería ir al extremo opuesto. Hacer algo más humano, más simple, más real”. Más real, pero apto para unos pocos.

Que la moda de hombre intente huir de la extravagancia no es nuevo. De hecho, no sería noticia si no fuera porque forma parte de un movimiento más amplio que trasciende la pasarela, y que engloba la urgencia de la industria por acercarse a una clientela nueva que se parece poco a las anteriores y el auge de la ropa de la calle. Por ropa de la calle se entiende streetwear: una constelación de firmas independientes nacidas entre aficionados al skate, en contacto con la vanguardia del arte y la música, especializadas en camisetas y sudaderas que producen en cantidades reducidas. La británica Palace Skateboards o la estadounidense Supreme son dos buenos ejemplos de las dimensiones de este fenómeno. La primera ha decidido responder al fanático deseo por su producto reduciendo aún más sus canales de venta y la segunda ha colaborado con Louis Vuitton en una colección de ropa y accesorios de la que, por supuesto, ya no queda nada.

Los básicos pueden abrir la puerta de esa deseada cartera de clientes jóvenes, pero la búsqueda de credibilidad callejera siempre ha sido un asunto espinoso

Los básicos pueden abrir la puerta de esa deseada cartera de clientes jóvenes, pero la búsqueda de credibilidad callejera siempre ha sido un asunto espinoso para el establishment. A finales de los años noventa, cuando las marcas grandes copiaron el agresivo atuendo que cultivaba cierta juventud urbana —pantalones de combate, zapatillas futuristas y aparatosos plumíferos—, se les acusó de impostura. Que la moda adoptara esa estética era “el equivalente actual a María Antonieta jugando a ser campesina”, dijo el periodista James Sherwood en The New York Times. El diseñador que se concentró en la ropa cotidiana y cambió las normas del juego sorteando la apropiación fue el vanguardista austriaco Helmut Lang. Michael Kardamakis, propietario de Endyma Garments, una tienda online especializada en ropa vintage del creador, explica su influencia: “Tomó las prendas que todo el mundo tiene y las convirtió en moda de primer orden. Sus vaqueros eran como los Levi’s 501, pero más favorecedores, y los fabricaba en acabados nunca vistos. Sus camisetas pasaban por un proceso que las hacía más suaves, como si hubieran sido usadas durante años. Su sastrería era atemporal, pero contenía subtextos, como un arnés oculto en el interior”. El austriaco se retiró de su marca en 2005, pero su influencia está en todas partes. La firma que lleva su nombre acaba de desfilar en Nueva York con un nuevo diseñador, Shayne Oliver, y ha lanzado una serie de reediciones de los clásicos con los que el fundador cambió la cara de la moda hace 20 años.

Algunos ven en este presunto gusto por la normalidad un bálsamo, algo controlable en un mundo catastrófico e imprevisible. Dries Van Noten, por ejemplo, describía su colección como “optimista”. Otros no ven más que una tendencia cíclica, una pirueta esnob y una oportunidad para vender sudaderas más caras de la cuenta a un consumidor joven o inconsciente, o las dos cosas a la vez. También puede que, sencillamente, todo esto sea la respuesta del mundo de la moda a un cambio en nuestras costumbres: si la relajación de los códigos indumentarios ha convertido los básicos del fin de semana en la nueva ropa de diario, tiene sentido que se nos ofrezcan más y mejor. El diseñador irlandés Jonathan Anderson, famoso por no llevar las controvertidas prendas que diseña, certificó la tendencia en su último desfile, el de la próxima primavera, lleno de camisetas, jerséis y vaqueros. “Esta es ropa que sí me quiero poner”, dijo en el backstage. Incluso es posible que estemos ante una tendencia de mucho más recorrido. Que, desde aquella revolución de los noventa, las cosas no hayan cambiado tanto. Kardamakis secunda esta opinión: “¿Acaso los básicos han dejado de ser relevantes en algún momento?”.

POR Daniel García López

Ha trabajado entre otras para las revistas Marie Claire, Vanidad, Vanity Fair y Elle. En la actualidad es director de moda de ICON y sigue colaborando con otras publicaciones como El País Semanal.