2113TRESMINTUTOS
Placeres. Tres minutos

La verdad (Mike Tyson)

Martín Kohan
2 min.
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Ilustración de Sonia Pulido

En la última etapa de su carrera, el que fuera dos veces campeón de los pesos pesados se dejaba caer por miedo. Con el relato de uno de esos combates en los que dejó ganar al otro arranca una serie dedicada a peleas históricas.

Domingo 26 de Marzo de 2017

CAE EL MAZAZO impiadoso, se sabe su ferocidad. Lo ve venir en un instante, tan veloz que es a un mismo tiempo la amenaza y su concreción. Ese golpe aturde y desmaya, incluso cuando por ventura pueda no ser del todo pleno, daña para siempre, deforma lo que sea que encuentre (una cara, un parietal, una memoria, un entendimiento). El guante rojo no parece un guante, sino una bola de hierro, y puesto que hará lo que haría una bola de hierro, no importa que en verdad sea un guante.

El miedo y los reflejos se ayudan mutuamente. A una velocidad letal, la de la destrucción, alcanza a oponerle otra, astuta, la del esquive. Inclina el torso, alza una mano, aparta la cabeza. No es un ardid del boxeo lo que lo inspira, es su instinto de supervivencia. Le sale bien: el golpe criminal le pasa cerca, muy cerca, casi lo roza, suena un silbido; pero por fin pasa de largo y se aleja, rotando por su propio impulso.

Entonces, qué hace: se deja caer. Como si el golpe lo hubiese impactado. Se deja caer: que gane el otro

Se salvó, pero alcanza a pensar (pensar no es la palabra exacta, esa ráfaga de pura intuición es menos que un pensamiento) que después de ese golpe vendrá fatalmente otro, vendrán fatalmente otros, y que alguno no podrá esquivar, algunos no podrá esquivar. Y le llegará no solamente la derrota, sino también la destrucción, lo irreversible. Entonces, qué hace: se deja caer. Como si el golpe lo hubiese impactado. Se deja caer: que gane el otro. Si igual iba a ganar el otro. Se deja caer y espera a que le cuenten hasta diez. El otro es el gran campeón, y él por su parte cobrará su buena bolsa.

Más tarde, pasada la medianoche, está terminando de cenar en un salón reservado de su hotel. Su hermano y su entrenador le hacen compañía. De pronto, se abre la puerta: sin brusquedad, pero con firmeza. ¿Quién es? Es el campeón. Él se pone de pie cuando lo advierte. Viene a buscarlo, ¿qué quiere? Los dos se miran y él comprende. Viene a darle, a mano limpia ahora, el golpe que en el ring pareció existir pero no existió. Precisa hacerlo, no tiene opción, aunque sea acá, donde nadie lo sabrá, aunque sea ahora, cuando todo terminó, porque sin eso su victoria no sería verdadera.

POR Martín Kohan