Placeres. cuaderno de viaje

Jardines de Normandía

Santiago Beruete
5 min.
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Mont-Saint-Michel, la pequeña y vistosa isla normanda. / Carma Casulá

Esta región de Francia, que evoca la II Guerra Mundial y el desembarco aliado, se encuentra moteada de islas verdes y floridas. Aquí plantó Monet la que creía su “obra de arte más hermosa”, el cuadro vivo que inspiró sus ‘Nenúfares’.

viernes 25 de noviembre de 2016

ES CASI IMPOSIBLE oír Normandía sin que, de inmediato, acudan a tu mente palabras como “desembarco”, “aliados”, “Segunda Guerra Mundial”, o también estampas sublimes como las del batir de las olas contra los rompientes de la costa atlántica, de la silueta del Mont-Saint-Michel desvaneciéndose en medio de la bruma, de una pradera sembrada de cruces blancas que se pierden en el horizonte o del túnel submarino, casi de fábula de Julio Verne, que atraviesa el canal de La Mancha. Más allá de la épica bélica y de la lírica romántica, esta región del noroeste francés es por naturaleza y vocación una tierra de jardines. Los hay de todos los estilos y tamaños.

Abundan los ‘châteaux’, pequeños versalles en la campiña

Unos están construidos con majestuosas perspectivas y rigor cartesiano, siguiendo la gramática visual del jardín formal (alfombras de césped o tapis vert, parterres regulares meticulosamente podados, avenidas rectilíneas, estatuas, juegos de agua…), como los châteaux de Champ-de-Bataille, Galleville, Beaumesnil o Brécy, a los que se suelen referir las guías locales como “un pequeño Versalles en medio de la campiña”. Otros, por el contrario, imitan a la pintura e intentan reproducir una versión idealizada de la naturaleza, como los parques paisajistas, llenos de misterio y evocaciones de tiempos mejores, de Nacqueville, Saint-Just y Argences. La misma elaborada espontaneidad se aprecia en los jardines ingleses d’Angélique, Mézidon-Canon y Le Champ-de-la-Pierre.

Un campo florido, con Mont-Saint-Michel de fondo. Carma Casulá

No faltan tampoco jardines de autor, resultado de las intervenciones de reputados paisajistas contemporáneos como Pascal Cribier, quien diseñó La Coquetterie (1982) como una moderna granja ornamental; Sylvie y Patrick Quibel, artífices del romántico de formas pero clásico de espíritu Jardin Plume (1998), o Chantal Lejard-Gasson, que concibió el Jardin du Pays d’Auge (1994) como un circuito mental y sensorial a través de diferentes escenas temáticas. Tampoco quedará defraudado quien visite los jardines botánicos de las ciudades de Rouen, Bayeux, Caen, Avranches o el conocido como de la Petite Rochelle, un antiguo huerto campesino en la localidad de Rémalard convertido en un jardin des plantes. Los amantes de las rosas no deberían perderse el Jardín de Rosas Olvidadas de la villa de Balleroy, un auténtico regalo para la vista y el olfato. Fue creado en 1987 por el profesor de horticultura Eric Lenoir con la voluntad de preservar el legado de los floricultores normandos, que conocieron sus días de gloria allá por el siglo XIX. Y aquellos que se sienten atraídos por la sabiduría enigmática de los árboles, que, como escribe Paul Valéry, “exponen en el espacio un misterio del tiempo”, disfrutarán paseando por el arboretum de Boiscorde y el d’Harcourt. Otros lugares para percibir la fragancia de las flores del Edén perdido y gozar del festín de lo efímero, en palabras de Michel Baridon, son el huerto monástico de la abadía benedictina de Saint-Georges; el jardín en movimiento del dominio de Vauville, que reúne más de 900 especies de plantas de todos los confines del mundo creciendo libremente, y el parque de Bois des Moutiers, acondicionado en su día por Edwin L. Lutyens y Gertrude Jekyll, destacados representantes del movimiento Arts and Crafts, que armoniza con refinada maestría arquitectura, paisaje y jardines.

los amantes de las rosas no deben perderse el jardín de la villa de balleroy

Nos ayuda a hacernos una idea del desarrollo que ha alcanzado la cultura del jardín en Normandía el hecho de que existan no menos de 100 que embelesarán al visitante con sus encantos y esponjarán su ánimo. Está claro que el genio del lugar invita a embellecer la naturaleza para disfrute humano, tal vez porque el fértil suelo y las lluvias frecuentes facilitan la tarea al jardinero. Podrías recorrer los cinco departamentos que componen la región (Seine-Maritime, Eure, Calvados, La Mancha y Orne) saliendo de un oasis de verdor y entrando en otro sin tener seguramente la sensación de monotonía o repetición. En algún momento de la travesía por ese rosario de islas en tierra firme que son los jardines, acabarás recalando en la pequeña aldea de Giverny, a orillas del Epte, donde el pintor Claude Monet construyó su paraíso terrestre. Este es, sin duda, el más famoso jardín de una tierra ya famosa por sus jardines.

Había cumplido 43 años cuando este “parisiense de París”, como se presenta en su autobiografía, se retira al campo junto a su compañera sentimental, Alice Hoschedé, y los hijos de la pareja. Siguiendo los consejos de su compañero de fatigas artísticas Gustave Caillebotte y los viveristas Georges Truffaut y los Vilmorin, comienza a sembrar asters, gladiolos, margaritas, rosas trepadoras y otras flores de vistosos colores en platabandas de formas rectangulares delante de la residencia familiar. A medida que su vínculo emocional con ese trozo de tierra convertido ya en su arcadia privada se va consolidando, también va cimentándose su fama como pintor. La cotización al alza de sus lienzos le permitirá, pasados los años, adquirir un terreno de 8.000 metros cuadrados, donde continuará pintando mientras planta, hasta convertirlo en un auténtico vergel acuático que acabará imprimiendo un nuevo rumbo a su pintura y sirviéndole de cauce para expresar su concepción de la luz y el color.

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Casa museo del pintor impresionista Claude Monet en Giverny (Normandía), donde se puede disfrutar de uno de los jardines más conocidos de la región. Carma Casulá

Ese cuadro vivo se convertirá, a decir del maestro impresionista, en su “obra de arte más hermosa”, además de su estudio al aire libre y una fuente inagotable de inspiración. El puente japonés que une las orillas del riachuelo embalsado, la frondosa vegetación de las riberas del estanque, los reflejos cambiantes de la luz y las nubes sobre el manto de agua donde flotan las flores de loto serán el motivo de más de 250 lienzos que saldrán de sus pinceles durante los últimos 30 años de su vida. En ningún otro lugar en el mundo es más cierta la afirmación del poeta del Siglo de Oro español Francisco de Trillo y Figueroa: “En un jardín cabe la inmensidad del mundo”.

El ‘oasis’ de monet inspiró 250 lienzos en sus últimos 30 años de vida

Su idilio con Giverny culminará en el monumental conjunto de ocho paneles decorativos de los Nenúfares, que donó al Estado para conmemorar la victoria de Francia en la Primera Guerra Mundial y que actualmente se exhiben en dos salas elípticas de la Orangerie del jardín de las Tullerías de París. Ese conjunto mural resume por sí solo, si esto fuera posible, el placer sensual e intelectual de los jardines de Normandía. En ningún otro lugar en la Tierra se está más cerca del cielo. Tal vez porque, pese a su materia efímera, son uno de los símbolos más representativos de la eternidad. En ellos se respira tanto la nostalgia del paraíso como la utopía de un mundo mejor. Hoy como antaño, los seres humanos ajardinan sus sueños, engalanan con flores y árboles sus ideas de una buena vida, como si no pudieran vislumbrar la esquiva felicidad sin el verdor de las plantas. Para decirlo con una expresión francesa, son bons à vivre, buenos para vivir.

POR Santiago Beruete

Autor de Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines, publicado por la editorial Turner (Noema).