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Un empleado rellena los moldes con jabón líquido. / GIANFRANCO TRIPODO

Lush ha transformado la cosmética con sus productos frescos envueltos en mensajes activistas. Viajamos hasta la costa británica para conocer su laboratorio.

Miércoles 12 de Abril de 2017

Como otro martes cualquiera, el pescador Pete Miles se dispone a arrancar su barca y navegar por la bahía de Poole. Son las 7.30, sopla viento del Este y el termómetro apenas supera los cinco grados en este pueblo costero al sur de Reino Unido. Miles, de 53 años, pone rumbo a Brownsea Island, la más grande de la zona, para recoger algas, un ingrediente básico en la elaboración de uno de los champús más conocidos de Lush. La firma de belleza que ha revolucionado el mundo de la cosmética gracias a sus productos naturales con fecha de caducidad compra cada semana unos 35 kilos de algas a este marinero. “Llevo 20 años trabajando con ellos”, dice Miles mientras amarra el bote en una zona rocosa del hermoso islote situado frente a Poole. En esta localidad se encuentra la sede de Lush y su fábrica matriz. Miles conoció a Mark Constantine, presidente de la marca, en el restaurante que el pescador regenta en el pueblo. “Le encanta cómo preparamos nuestra merluza”, cuenta este hombre de ojos azules y voluminosa melena grisácea que parece el vocalista de una banda de rock de los ochenta. “Antes ellos traían las algas del norte, pero después vieron que el material de su propia bahía era de mejor calidad”, añade. Así empezó una relación que demuestra la manera tan cercana de hacer negocios de una compañía global que llega a facturar al año más de 800 millones de euros y que emplea a unos 15.000 trabajadores.

lush utiliza las algas de la bahía de poole y el carbón vegetal de sus bosques para hacer cosméticos caseros

“Los beneficios y la ética no tienen por qué ir por separado”, considera Mark Constantine, su cofundador y presidente, un hombre que se ha propuesto cambiar el mundo con divertidos jabones o bombas de baño envueltos en mensajes activistas. Sentado en un sofá de la cantina, el espacio de recreo de las oficinas centrales de la empresa, este tricólogo (experto en cuero cabelludo) explica su filosofía de trabajo: “Un buen equipo debe apoyarse siempre. La gente no es buena o mala en su empleo. Todo el mundo pasa por diferentes rachas. Y para crear y producir más rápido se necesita esa complicidad”. La misma que él ha tenido con las otras cuatro cofundadoras de la firma de belleza: Helen Ambrosen, Rowena Bird, Liz Weir y Mo Constantine, su esposa. “No hubiera podido sacar esto adelante sin ellas”, reconoce este hombre de 64 años. Estos cinco amigos llevaban desde los años setenta dedicados a la cosmética. Una de sus antiguas empresas (Constantine & Weir) llegó a ser una de las proveedoras de la famosa cadena inglesa The Body Shop.

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Polvos de las bombas de baño, y mascarillas frescas de la firma. / GIANFRANCO TRIPODO

Después de varios proyectos, Lush surgió en 1995. Entonces decidieron instalarse en una vieja casa del número 29 de High Street, en el centro de Poole. Lo primero que hicieron estos hippies fue ir al supermercado a comprar fruta y verduras. Tenían claro que su nueva marca seguiría manteniendo los mismos preceptos que ellos siempre han defendido: que sus productos no se testaran con animales, que los ingredientes fueran naturales y que a través de ellos se hicieran campañas a favor de causas medioambientales y en defensa de los derechos humanos. Por ejemplo, destinan cada año alrededor de 10 millones de euros a proyectos solidarios. “Siempre intentamos sacar adelante el negocio de la misma manera que sacaríamos adelante a nuestra familia: siendo decentes, sin abusar de la gente, protegiendo la naturaleza”, sostiene Hilary Jones, directora de ética profesional de la marca, desde su despacho, una buhardilla decorada con divertidas cabezas de zorro de papel de diferentes colores. Volviendo a la historia del nacimiento de la firma, mientras Constantine, su mujer, Mo, y su colega Helen Ambrosen inventaban recetas y creaban nuevos productos en el primer piso de High Street, el resto del equipo los ponía a la venta en la planta baja. Uno de los primeros cosméticos fue el jabón de plátano, al que llamaron Banana Moon.

Fachada del número 29 de High Street, el primer establecimiento de la compañía cosmética. GIANFRANCO TRIPODO

Desde entonces, las tiendas de Lush se han expandido por todo el mundo (hay más de 900 establecimientos en 49 países). Al entrar en cualquiera de estos locales, lo primero que llama la atención es el fuerte y embriagador olor a toques frutales mezclados con cítricos, un aroma a golosina y otras especias. Aquí los acondicionadores sólidos para el pelo pueden tener forma de chupachús, el jabón de bizcocho te incita a darle un mordisco y alguna mascarilla facial incluye todo el diente del ajo como si lo hubieras sacado del frigorífico. Para garantizar esa frescura, el proceso de elaboración y distribución debe ser rápido. Por esta razón, la compañía tiene siete fábricas repartidas por todo el mundo.

Uno de los productos estrella de Lush son las bombas de baño. Cada año, la compañía produce más de 36 millones en todo el mundo

Las algas que por la mañana ha recogido Pete Miles en la bahía acaban al mediodía en la Kitchen, una especie de cocina en la que Lush elabora artesanalmente productos para la venta online. Dan Lewis, de 24 años, es el encargado de preparar el champú Big. “Es buenísimo para dar volumen al pelo”, explica este joven que viste vaqueros y una gorra deportiva. Lewis pone primero a hervir agua en una olla y luego añade un par de limones, limas y las algas. Él cumple a la perfección el estereotipo de empleado de Lush: veinteañero, moderno, vegetariano y un apasionado de su trabajo. “Cuando ya está lista, mezclamos el líquido con glicerina, añadimos un poco de fragancia, sal marina y aceite de coco virgen extra”. Justo al lado de la Kitchen se encuentra la nave industrial donde se fabrica uno de los productos estrella de Lush: las bombas de baño. Cada año, la compañía produce más de 36 millones de estas bolas en todo el mundo. En esta nave, que recuerda a un mercado de las especias, con enormes cajas de polvos de todos los colores, sacos de henna india y multitud de moldes que dan forma a las diferentes bolas, trabajan cientos de chicos y chicas que rara vez superan los 40. “Yo empecé así, empaquetando las bombas”, cuenta orgulloso Matt Bradbrook, de 31 años. Él ahora se encarga de enseñar a los principiantes el funcionamiento industrial de Lush.

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Retrato de Mark Constantine, presidente de la compañía, y algunos jabones de Lush. / GIANFRANCO TRIPODO

“La mayoría de mis empleados son más apasionados en algunos temas que yo mismo”, asegura Mark Constantine, el presidente la firma, que sigue inventando nuevos cosméticos junto el resto de cofundadoras en su laboratorio del número 29 de High Street, donde empezó todo. Bajo su apariencia de hombre tranquilo –que en otra vida le hubiera gustado “ser mayordomo”–, ha creado una marca con un marcado acento político. Lush protagoniza cada año campañas activistas con temas que poco tienen que ver con la estética (contra las corridas de toros, la violencia de género o la transfobia, entre otros).

Pero si hay algo que le obsesiona a este peculiar inglés es la naturaleza. Esa misma fijación le ha llevado a explorar todas las posibilidades que le ofrece su tierra (Poole y los alrededores del condado de Dorset, al sur de Reino Unido) para la fabricación de algunos de los productos. Como ha hecho con el carbón vegetal que extrae Jim Bettle de un bosque cercano. A Mo Constantine, su esposa, se le ocurrió hacer un jabón con el material utilizado por muchas abuelas para preparar el brasero. Según cuentan desde la firma, este ingrediente exfolia y da brillo al rostro sin ser agresivo. “Me gusta ayudar a la gente y por eso intentamos crear fórmulas para todo tipo de pieles”, dice Constantine, un enamorado de los pájaros que hace seis años recibió de la reina Isabel II la medalla del Imperio Británico por su contribución al mundo de la ­cosmética.

POR María Hervás

Licenciada en Periodismo y master de Diplomacia y Relaciones Internacionales por la Escuela Diplomática. También fue alumna en la escuela de El País. En 2012 se incorporó a la sección de Madrid de este periódico. Durante dos años editó el suplemento ‘The New York Times International Weekly’ publicado en el diario. Ahora en El País Semanal.