Placeres. Tres minutos

Impaciencia (Juan Domingo Roldán)

Martín Kohan
2 min.
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ilustración de Sonia pulido

Le llamaban Martillo. Sobre el cuadrilátero era un argentino con el tabique torcido al que le costaba respirar. Pero cada vez que sonaba la campana, se convertía en un caballo desbocado. La certeza de que la vida es larga nunca fue con él.

Domingo 28 de Mayo de 2017

QUÉ ES la paciencia, a fin de cuentas? ¿Qué significa saber esperar? Martillo no respira nada bien, y es probable que Hagler lo sepa. Tiene torcido el tabique nasal, el aire pasa poco y pasa mal por su nariz oblicua. Pero no quiere operarse por nada: le tiene miedo a la operación. A eso sí le tiene miedo (y a nada más, que yo sepa).

Trabajamos más de un año con Martillo para enseñarle a dosificar el esfuerzo, a regular el aire, a ser paciente. Si se apura, se ahoga: Martillo lo sabe bien. Economía aeróbica, le dijo Tito, y Martillo asintió, entendió lo que querían decir esas palabras que no entendía.

Lo miro ahora, después del himno, quitada la bata, a punto de salir a pelear con Hagler. Luce sereno, serio pero controlado. “Tranquilo, Martillo”, le dice Tito, “tranquilo, que son 12 rounds”. Martillo asiente. La campana va a sonar, bajamos del ring, lo dejamos solo. La campana suena, la pelea empieza.

Trabajamos más de un año con Martillo para enseñarle a dosificar el esfuerzo, a regular el aire, a ser paciente.

¿Martillo se transforma de repente en otro o fue siempre este que vemos y no alcanzamos a darnos cuenta? ¿Otro hombre, que es él, se apoderó de él, o estuvo siempre ahí y nosotros no lo advertimos? Empieza la pelea y Martillo salta feroz, apurado, desesperado. Como un caballo desbocado, sí; como un toro soltado al ruedo, en efecto. Sale muerto de ansiedad, a acabar con todo muy pronto. Muy pronto, lo antes posible, en un round, en medio round: ya mismo.

Martillo se agita, después jadea, después boquea, por fin se ahoga. Hagler cae, pero se levanta. Martillo, en cambio, cuando caiga, ya no va a levantarse más. Perderá, perderemos, olvidando todo el plan, las lecciones de paciencia, el saber esperar el momento, la certeza de que la noche es larga, que la vida misma lo es.

Tito está furioso con él (se nota en que lo llama Roldán, en que no le dice Martillo). Rompe cosas en el vestuario y en la cena no prueba bocado. Yo, en cambio, no le digo nada; yo, en cambio, no le reprocho nada. Una palmada en el hombro, acaso dos, y nada más. ¿Palabras? Ninguna. ¿Para qué, si no las tengo?

Martillo no levanta los ojos: la vista tan perdida como él. ¿Qué puedo decirle yo? Llegamos al hotel, de madrugada, entro en mi habitación y pido línea a la operadora. Llamada internacional, sí. Ni me fijo en la diferencia horaria. Mabel me pidió un tiempo, sí. Un tiempo para pensar tranquila. Me pidió que no la llamara, sí. Que no habláramos hasta después del viaje. ¿Qué puedo reprocharle yo a Martillo, al pobre Martillo, al bueno de Martillo? Suena el teléfono en la casa de Mabel, que todavía, por ahora, es la mía. Suena y suena y espero que atienda. Si no atiende, me muero.

POR Martín Kohan