Annie Novak trabaja sobre su cosecha de chiles con el Empire State al fondo. / Jackie Snow

Pertenece a una nueva generación de agricultores urbanos que no quisieron aislarse del mundo en una finca lejana a la ciudad. Sobre una azotea construyó un inmenso huerto a cinco pisos de altura en el barrio de Brooklyn. Allí crecen las tomateras, engordan las coles y despuntan los espárragos. Libres corretean los conejos, cacarean las gallinas y trabajan las abejas en sus colmenas.

Miércoles 07 de Junio de 2017

SI KAREN BLIXEN tenía “una granja en África, al pie de las colinas de Ngong” —­lo cual era totalmente posible—, Annie Novak posee su particular finca agrícola orgánica en una azotea de Eagle Street, en el neoyorquino barrio de Brooklyn, a cinco pisos de altura —lo que no deja de ser sorprendente—. La llamada de la tierra —“mi epifanía”, lo denomina ella—, sin embargo, no le llegó a Novak en territorio americano, sino en Ghana, donde se encontraba realizando un proyecto de tesis universitaria sobre chocolate, agricultura y desarrollo, siendo la palabra clave “chocolate”.

“Fue la primera vez que pensé que no sabía de dónde provenía la comida”, confiesa Novak

Un compañero de clase se ofreció entonces para enseñarle la plantación de cacao de su padre, “quien, además de un hombre de negocios, era el sacerdote vudú del pueblo”, rememora esta joven de 34 años —­que aparenta 25—. Novak relata que tras más de tres horas de caminata bajo el sol comenzó a impacientarse —“¡pero no a quejarme, eh! ¡Soy católica!”—, ya que no veía ni rastro del ansiado chocolate, y preguntó cuánto quedaba para llegar. “Ahí lo tienes”, fue la respuesta tranquila de su anfitrión. El chocolate estaba frente a sus ojos, a su alrededor, plantado por toda la colina y más allá de donde la vista le alcanzaba. Pero ella no lo veía. No lo podía ver.

“Fue la primera vez que pensé que no sabía de dónde provenía la comida”, confiesa Novak. “Me di cuenta de que nunca había visto una semilla o el árbol del cacao. Fue como una iluminación que se convirtió en una obsesión”.

2123 creadores 01
2123 creadores 02
Vista del huerto sobre la azotea de un edificio de cinco plantas en Brooklyn y zanahorias recién recogidas. / ANNIE NOVAK

Por increíble que parezca, miembros de las nuevas generaciones urbanas en Estados Unidos no han tenido acceso a frutas o verduras frescas —de precios desorbitados—; son miles y miles de personas que no suman manzana más árbol, que creen que los espárragos crecen ya con la goma alrededor del manojo, todo limpito de tierra.

Aunque hoy esté en Madrid dando una charla por ser pionera en cultivar a gran escala en las azoteas de los edificios, las manos de Novak lucen los efectos de pasar mucho tiempo trabajando la tierra. Y eso le hace feliz.

Su lema es que cualquiera puede construir en un tejado. Hoy, en Nueva York puede llegar a haber más de 900 huertos de altura. Y aporta un dato sobre Europa: “En Múnich, las nuevas construcciones deben garantizar espacio en el tejado para un huerto”.

2123 creadores 04
Novak (a la derecha) conversa con dos de sus ayudantes antes de preparar la tierra. Jackie Snow

Novak huye de la etiqueta que califica estas iniciativas de “moda”. “Es un movimiento global”, asegura. Y no es nuevo. Desde los jardines de Babilonia, cinco siglos antes de Cristo, hasta los “huertos para pobres” de las ciudades industriales del XIX, por placer o necesidad, la agricultura se ha adentrado en las áreas urbanas.

POR Yolanda Monge

Yolanda Monge ingresó en EL PAIS en 1998 en la sección a la que siempre quiso pertenecer: Internacional. En plena guerra de los Balcanes, Kosovo fue su primer destino como enviada especial. Desde entonces y hasta 2005 cubrió acontecimientos en Afganistán, la guerra de Irak o el conflicto de Sudán. En 2005 se trasladó a Washington como corresponsal, desde donde escribió sobre sucesos y catástrofes humanas, los presos de Guantánamo o varias elecciones presidenciales -entre ellas la llegada de Obama a la Casa Blanca-. Tras 11 años en EE UU, ha regresado a Madrid para incorporarse a EL PAIS SEMANAL.