Retrato de Elie Saab

El diseñador libanés creció bajo el ruido de las bombas que caían sobre Beirut y se ha convertido en un nombre imprescindible de la industria de la moda. Opuesto al minimalismo y la androginia, autor de colecciones teñidas de influjo oriental, Saab es el verso libre de la pasarela y uno de los más solicitados en toda gran alfombra roja que se precie de serlo.

miércoles 08 de febrero de 2017

ELIE SAAB viste a las mujeres como si fueran princesas, pero su existencia no ha sido un cuento de hadas. La vida del diseñador libanés empezó más bien como un relato de guerra, teñido por el polvo levantado por las bombas, del que Saab ha conservado un recuerdo turbador. Cuando era pequeño, el apartamento de su familia en Damour, un suburbio costero al sur de Beirut, fue bombardeado durante la guerra civil. “Mi madre y mi hermana fueron heridas. Nos creíamos a salvo, pero ese día entendí que no lo estábamos. Fue el más negro de mi vida”, recuerda desde el cuartel general de su firma en París, donde presenta sus colecciones desde 2003. Aquel niño atemorizado se ha convertido, a los 53 años, en uno de los nombres imprescindibles en la moda internacional y uno de los principales embajadores de su país.

Cuando uno de sus vestidos irrumpe en la pasarela, saab aspira a que tenga “el mismo efecto que una aparición”

Todo empezó como un juego. Para Saab, meterse en este negocio fue una especie de antídoto a ese contexto difícil. “Para mí, la moda es sinónimo de esperanza y de vida. Es un lugar mágico al que conseguí escapar. Una forma de decir no a la violencia, de cultivar el amor en los días difíciles, de decirles que no ganarán”, sostiene. A los nueve años, el joven Elie aprendió a coser. Empezó a diseñar vestidos de novia con manteles y cortinas. Cuando llegó la hora de escoger oficio, no lo dudó. Sus progenitores, comerciantes de madera, no dieron saltos de alegría. “En nuestra región, la moda no era un oficio prestigioso. Después de la guerra, mis padres solo querían que tuviera un futuro tranquilo. La moda se oponía a sus planes”, asegura. El éxito y la fama han terminado decantando la balanza a su favor. “Ahora lo entienden y están contentos. Incluso han llegado a admitir que escogí bien”, dice con una sonrisa maliciosa.

Elie Saab Stephane Cardinale (Getty)

Pudo refugiarse lejos, como tantos otros nombres surgidos de la diáspora libanesa, pero nunca lo hizo. Tras formarse en París a principios de los ochenta, volvió a Beirut para erigir su imperio, pese a que la ciudad siguiera en guerra y solo contara con corriente eléctrica tres horas al día. Hoy vive junto a su esposa, Claudine, y sus tres hijos en una residencia con jardín interior situada en el corazón del viejo Beirut. “Los dos hemos luchado por cambiar la imagen de Líbano, para que dejara de ser un país en guerra y se convirtiera en un destino glamuroso”, confiesa uno de sus mejores amigos, Tony Salamé, propietario de los grandes almacenes Aïshti, quien define a este hombre, tan afable pero retraído, como “uno de los últimos caballeros que quedan”.

Cuando uno de sus vestidos irrumpe en la pasarela, Saab aspira a que tenga “el mismo efecto que una aparición”. Tal vez por eso, hay quien le reprocha una imagen espectral y fantasiosa de la mujer, envuelta en faldas vaporosas y vestidos recubiertos de piedras preciosas, no siempre compatibles con los imperativos de la vida real. Sus colecciones parecen quedar al margen de la masculinización gradual del armario femenino acontecida en el último medio siglo. Los pantalones, por ejemplo, no suelen abundar. La androginia, palabra que jura desconocer, no le dice “nada”. Las conquistas del feminismo tampoco le enloquecen. “No creo en eso. Las mujeres son muy fuertes, más fuertes que los hombres”, afirma.

Elie Saab : Front Row - Paris Fashion Week Womenswear Fall/Winter 2015/2016
Elie Saab, rodeado de algunas de las modelos que participaron en su desfile otoño-invierno 2016. Stephane Cardinale (Getty)

Para Pamela Golbin, conservadora del Museo de Artes Decorativas de París, Saab no hace más que ser fiel a su estilo. “Nunca se ha visto influido por tendencias como lo unisex o el minimalismo. Por ese motivo puede parecer clásico o incluso conservador”, apunta. Para Golbin, las críticas no están justificadas: “Sus diseños no aportan discreción a la mujer, sino que la convierten en protagonista. El feminismo también puede consistir en exhibir el cuerpo de la mujer para empoderarlo. Eso es lo que hace él”.

Saab lleva colgada otra etiqueta: la de diseñador por excelencia para la alfombra roja. En 2002, Halle Berry hizo historia recogiendo su Oscar a la mejor actriz envuelta en uno de sus vestidos. Desde entonces, su nombre se ha vuelto imprescindible en Hollywood, donde su influjo oriental fascina a las estrellas. “Ha habido más golpes mediáticos, pero ninguno como ese”, asiente Saab. La estilista Deborah Waknin-Harwin, encargada de la imagen de actrices como Sandra Bullock, Sofía Vergara o la misma Berry, confirma esa versión. “Antes muy pocos le conocían. Ahora no hay clienta que no me pida sus vestidos”, admite. “Sus diseños favorecen a las mujeres con curvas. Son sensuales, modernos, atemporales, y quedan bien en las fotografías. Lo tienen todo para gustar”. El modista asegura no distinguir entre una mujer anónima y una estrella. “En el fondo, las actrices más famosas son como las demás. Lo único que quieren es estar sublimes”, concluye.

POR Álex Vicente

Periodista cultural asentado en París que escribe para distintos medios españoles como El País, Babelia, S Moda, Icon, ‘Fotogramas’ y ‘Les Inrockuptibles’.