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Placeres. Reportaje

Estos son los artesanos que triunfan en la Red

Almudena Ávalos
5 min.
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Gianfranco Tripodo

Son la nueva generación de artesanos de España. Son cosmopolitas y defienden a ultranza la cultura local. Gracias a Internet sus creaciones no conocen fronteras.

martes 22 de agosto de 2017

HAN CRECIDO RODEADOS de oficios en peligro de extinción, labores casi olvidadas como la cestería, el bordado, el arte plumario o los mosaicos de baldosas hidráulicas. La mayoría de estos jóvenes tiene estudios universitarios, pero tomaron la decisión de dejarlo todo y convertirse en artesanos, para disgusto de sus familias. Buscaron a los mejores maestros con los que formarse, aunque en algún caso lamentan que ciertos artistas de la vieja guardia se mostraron reticentes a romper el secretismo de su oficio. Esta nueva generación de creadores comparte la valentía de ir a contracorriente sin entender de modas, apostando por su marca personal. Se afanan en investigar la cultura de sus respectivos oficios y luchan por defender el valor de sus piezas artesanales. Estos cuatro emprendedores son un ejemplo de cómo está creciendo un mercado que busca la calidad frente a la producción industrial. Una demanda que se aprecia más fuera de España, pero cuyo discurso comienza a calar en nuestra sociedad. Oficios españoles semiabandonados que, a través de Internet, se dan a conocer y se convierten en el nuevo lujo.

La artista de las plumas

— La plumista Henar Iglesias creció jugando con los alfileteros de su madre, la conocida maestra sombrerera Charo Iglesias. “Un día, cuando tenía ocho años, cerraron el único local de plumas que existía en Madrid. Me marcó mucho pensar que ese oficio ya no lo haría nadie. Entonces supe que yo me encargaría de ello”, recuerda. Ahora trabaja junto a su progenitora en el taller donde pasó su infancia.

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Experta en tocados y sombreros, la plumista Henar Iglesias se ha iniciado en el mundo de la decoración aplicando la misma técnica del mosaico de plumas que utilizan los amantecas mexicanos para la elaboración de sus originales cuadros. / GIANFRANCO TRIPODO

— Henar, de 36 años, compra el delicado material con el que trabaja a cazadores y polleros de confianza, aunque en alguna ocasión lo ha importado de Asia. En ocasiones le han dado aves exóticas muertas y ha rescatado el plumaje que le interesaba. “Por eso aprendí taxidermia”, explica. Después las guarda en cajas de cartón nombradas por el tipo de animal (ánade real, faisán, gallo, perdiz…). Luego, de manera minuciosa, las escoge, plancha y las monta una a una. En pocas horas elabora un tocado, una pajarita o un sombrero, que puede alcanzar los 1.200 euros.

— Le encanta impartir clases de plumas, tocados y flores en el madrileño centro de Tecnología del Espectáculo. El resto del tiempo lo dedica a la investigación y desarrollo de este particular arte. Su sueño es convertirse en una amanteca, los artesanos mexicanos que llevan creando “auténticas maravillas” con el plumaje desde la época prehispánica y colonial.

El espartero de Malasaña

— Javier Sánchez Medina, de 40 años, es un artesano del esparto. De pequeño hacía manualidades que acababa regalando al primero que le dijera que le gustaban. Pero nunca pensó que podría ganarse la vida con ellas, ni mucho menos que Sarah Jessica Parker le compraría una. “Soy de Badajoz, y en las provincias parece que lo único que te garantiza un futuro seguro es una oposición o una carrera”, cuenta. “Llegué a abrir un gimnasio pensando que el deporte era mi vida. Pero me di cuenta de que no me sentía realizado”, añade. Entonces se arriesgó. Cerró el negocio y se trasladó a Madrid para aprender restauración. “Quería tener mi propio sello y empecé a probar con mimbres y médulas para hacer espejos. Luego los colgaba en Instagram y empezaron a llegar los pedidos”, explica. Trabajaba desde casa hasta que un día al acostarse descubrió serrín en su cama. “Ahí decidí buscar un local”. Han pasado dos años y ahora elabora los mismos espejos en su coqueto taller de Malasaña.

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Quiero recuperar el viejo oficio de la espartería. Utilizo los materiales de siempre, pero con diseños más actuales”, dice Javier Sánchez. “Los viejecillos que hacen alforjas y persianas de exterior están desapareciendo y lucho para que no se pierda la tradición”, dice. / GIANFRANCO TRIPODO

— Pero con lo que realmente ha alcanzado la fama este joven espartero ha sido con sus originales cabezas de toro, burro, búfalo y otros animales que tarda unos cinco días en crear, a base de pleita e hilo de bramante, y que vende a partir de 130 euros. Su buen hacer llegó a oídos del famoso interiorista estadounidense Nate Berkus, quien le invitó a la feria anual de diseño de Beverly Hills (California). “Gracias a eso comenzaron a lloverme pedidos internacionales y ahora la mayoría de mis ventas son online”. Eso no quita para que alucine todavía cuando recuerda a Sarah Jessica Parker en su local. “Entró, se interesó por todo, se llevó dos piezas, las colgó en sus redes sociales, me etiquetó y mi Instagram ardió. Desde entonces hay gente que me dice: ‘Quiero lo mismo que se llevó ella”.

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Yolanda Andrés. bordadora; y Javier Sánchez Medina, espartero. / GIANFRANCO TRIPODO

Bordadora prodigiosa

— Yolanda Andrés, de 44 años, trabaja rodeada de cestas de bobinas de hilo, lanas, telas, bordados, alfileteros y recipientes con tijeras de diferentes tamaños y colores.

— Las paredes de su luminoso taller están decoradas con lo más representativo de su trabajo. Desde retratos bordados (que le llevan unas 220 horas de elaboración y cuyo precio asciende a 3.900 euros) hasta paisajes, frases, animales, sudaderas y bolsos. En este lugar, donde siempre suena música de fondo, no es difícil imaginar a la niña que creció en una mercería de un pequeño pueblo zamorano y que ha acabado siendo una prestigiosa bordadora.

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Yolanda Andrés creció rodeada de hilos. “En Zamora había mucha tradición de cultivar lino, hilarlo y hacer fardelas (sacos para meter los cereales), en las que cada familia bordaba sus iniciales con punto de cruz para saber a quién pertenecían”, cuenta. / GIANFRANCO TRIPODO

— En 2008, Andrés trabajaba como diseñadora gráfica cuando se quedó embarazada y tuvo un parto prematuro. “Mi hija pesó 900 gramos”. Estuvo seis meses en la UVI y luego dos años en casa con una máquina de oxígeno. “Me apetecía dibujar, pero como no podía usar pinturas por la toxicidad empecé a recuperar los hilos de la mercería y los costureros antiguos de mi abuela”, recuerda. “Después me hice con el local, comencé a vender, a colaborar con firmas como Carolina Herrera y a impartir talleres. A veces pienso que es una moda que se va a acabar, pero mientras dure seguiré con mi aguja”.

El Picasso de las baldosas

— El mosaísta Iván Alvarado es capaz de dar vida al suelo con cemento, mármol y pigmentos. Las baldosas hidráulicas que él diseña, decoradas con originales mosaicos, embellecen mercados, restaurantes, oficinas, panaderías o bancos.

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Iván Alvarado defiende la importancia del orden y la limpieza para diseñar las baldosas hidráulicas. “Hay que ser meticuloso porque se te va una gota y se queda la marca”, explica el alicantino. / GIANFRANCO TRIPODO

— De pequeño, este alicantino de 42 años se colaba en casas abandonadas y se llevaba trozos de suelo con dibujos. Pero tuvieron que pasar algunas décadas para que encontrara su vocación. Después de estudiar diseño de mobiliario, Alvarado buscaba algo que estuviera más relacionado con la artesanía. “En 2002 descubrí que, aparte de la cerámica manual, la baldosa hidráulica era el único pavimento que te permitía hacer lo que quisieras”, cuenta. “Pero en España solo lo trabajaban cuatro personas y no querían explicar cómo lo hacían”. Entonces llamó a la puerta adecuada, la del artesano menorquín Miguel Adrover. Gracias a él, en un año adquirió el conocimiento para hacer tramas (moldes sobre los que se echa la pintura para imprimir el dibujo a la baldosa).

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Gianfranco Tripodo

— También aprendió a usar con maestría los morteros y la prensa. Poco después lanzó su primera colección de suelo hidráulico. La llamó Artistas por los suelos. “Con ella quise recuperar lo que se hacía en Barcelona cuando las fábricas invitaban a Gaudí o al arquitecto Puig i Cadafalch a crear diseños”. Reconoce que le ha costado salir adelante, pero que la cartera de clientes ha ido en aumento. “Hay mucha gente que si tuviera que hacer una de mis baldosas las vendería a más de 200 euros”. No es su caso. Las suyas cuestan entre 43 y 140 euros.

POR Almudena Ávalos