Los trajes a medida viven una nueva edad de oro gracias a una generación que reclama acabados personalizados frente a la uniformidad

sábado 11 de marzo de 2017

ATAVIADA CON un conjunto de estética hipster, una anciana saluda con un corte de mangas desde la pechera de un jersey. La procaz prenda, en blanco y negro, cuelga de un perchero ­dispuesto en una de las salas de prensa de Pitti Uomo, la feria de las tendencias mascu­linas por excelencia que se celebra en Florencia. Su creador, Carlo Volpi, ha ganado la versión italiana del premio Who’s On Next para jóvenes diseñadores. Esa abuela punk, dice, es el “símbolo” de su colección. La inspiración le llegó desde “los clubes nocturnos, y en general de todo lo que le da asco a la gente”. Tejidas con lana, sus ropas buscan recuperar la tradición artesanal para actualizarla, darle una vuelta de tuerca. Todo, subraya, por una cantidad más o menos asequible de euros. “Creo que es mejor tener buen precio que buena calidad”, sentencia el modista florentino. “Cada vez menos gente está interesada en la calidad. Y los que sí lo están compran marcas como Brunello Cucinelli”.

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Traje de la colección PS by Paul Smith presentada en Pitti Uomo.

En pleno ecuador de la feria, una afirmación así merece ser contrastada. A un escaso centenar de metros, desde su estand en la sede de Pitti, el aludido Cucinelli se dirige poco después de la intervención de Volpi a las cámaras de televisión. Muestra al objetivo su nueva colección, fundamentada en la mezcla de acabados, colores y tejidos. Sus chaquetas esconden un patronaje arquitectónico. Sus pantalones tienen un remate perfecto. Le consultamos: ¿piensa él, el rey del cachemir, que los compradores están ahora menos dispuestos a dejarse el dinero en ropa? “No estoy totalmente convencido”, responde el diseñador. “De lo que sí estoy seguro es de que ahora la gente quiere adquirir artículos especiales y exclusivos, artesanos”. Ante el desplazamiento del gusto hacia lo informal, teoría comprobada –entre otras muchas señales– por el imparable éxito del athleisure (esa hasta no hace tanto inaudita combinación entre lo elegante y lo deportivo), Cucinelli confirma que la sastrería, uno de los emblemas de su empresa, no solo sobrevive en paralelo a las tendencias contemporáneas. De hecho, su evolución no deja de mirar hacia arriba. Cada vez más hombres, incluidos los más modernos, compran trajes. Y cada vez más los quieren a medida.

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En la primera imagen, desfile de la colección primavera-verano de Gucci. En la segunda, diseño de Brunello Cucinelli.

Las apuestas de firmas de distintos perfiles –desde clásicas como Ermenegildo Zegna hasta vanguardistas como Vetements– confirman que el sector de la sastrería, sinónimo de calidad, está en alza. Renovado, pero en constante crecimiento.

“El hombre moderno ya no se viste para una ocasión, sino para un estilo de vida”, asegura Tommy Hilfiger

Zegna, una de las insignias globales del lujo masculino, lleva en el negocio desde 1972. Desde la compañía explican que, para sus chaquetas y abrigos, los clientes pueden elegir entre más de 500 telas ­diferentes, ­pa­trones y colores exclusivos. “Todo se realiza de manera artesanal, puntada tras puntada, hasta la costura de la etiqueta con el nombre del cliente”. En solo unas semanas, este será poseedor de un conjunto único, cuyas más de cien piezas habrán sido ­seleccionadas y tratadas según su particular sensibilidad y preferencias. ­Sabedora de la progresiva inclinación hacia lo informal, la firma lanzó en 2014 el proyecto Casual Luxury, con el que se incorporaron chaquetas desestructuradas o prendas de cachemir a los trajes a medida.

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Asistentes a Pitti Uomo en Florencia en junio de 2016.

Bajo la actual dirección de Alessandro Michele, en Gucci han decidido igualmente experimentar con los códigos a base de una selección de siluetas y la combinación de tejidos. En Tommy Hilfiger siguen un camino parecido. “Nuestros diseños combinan la sastrería tradicional con otros estilos más relajados que encajan con las necesidades del hombre de hoy”, explica el diseñador neoyorquino, quien también presentó colección en Pitti. “El hombre moderno ya no se viste para una ocasión, sino para un estilo de vida”. La manera de unir ambas tendencias, lo de ahora con lo de siempre, pasa por alcanzar una formalidad desplegada en su justa armonía. “Esto significa llevar siempre prendas de ­sastrería en la parte de arriba”, recomienda Cucinelli, cuya empresa, que da trabajo a 1.400 personas, facturó 414,2 millones de euros en 2015. “Lo que necesitas es un estilo reconocible y chic, y eso te lo proporciona ­normalmente la chaqueta. Por el otro lado, los pantalones los puedes alternar: con un solo pliegue, con dos, un poco más anchos…, y es esta mixtura lo que transforma el tono de tu look”.

La firma Hackett London facturó 3 millones de euros con su división de sastrería a medida el año pasado

Los tiempos cambian y las marcas se ven obligadas a hacer equilibrios caminando sobre lo que Hilfiger denomina “la fina línea que separa el deseo de innovación y la importancia de mantenernos fieles a nuestra herencia”. Además, “estamos viviendo un momento de cambio entre los sastres de toda la vida y una nueva generación”, agrega Manuel García, director creativo de García Madrid, que coincide en señalar que “en estos momentos de globalización de la moda, del producto rápido, el cliente busca de nuevo ese servicio más personalizado”. “Nosotros llevamos trabajando el hecho a medida en nuestras tiendas tres años”, agrega, “y cada vez vamos a más”.

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Desfile de primavera-verano 2016 de Ermenegildo Zegna.

Graham Simpkins, responsable en Hackett London, asegura que durante los últimos siete años han percibido “un aumento muy grande en el crecimiento del hecho a medida” en sus tiendas de todo el mundo. Afirma que el año pasado facturó unos tres millones solo con esta rama del negocio, cuyas cifras totales rondaban en 2015 los 250 millones de euros. “Cada cliente pide algo diferente y no hay dos pedidos iguales: a la mayoría de los hombres les gusta vestir para reflejar su personalidad”.

Brunello Cucinelli: “Se presta cada vez más atención a dónde y cómo se manufactura la ropa”

Ya lo había dicho Brunello Cucinelli: frente a la fast fashion y su producción masiva, el lujo ha hallado ­resguardo en lo propio y exclusivo. También en lo que no se consigue en un solo segundo, sino que requiere de una espera y genera expectativas. De hecho, inspirado por su “maestro Epicuro”, Cucinelli ha desarrollado una triple teoría que arrojaría luz sobre el “cambio cultural” que el italiano percibe: “Junto a una voluntad de poseer cosas únicas”, indica, “ahora se da un claro rechazo del ­consumismo: las cosas ya no se desperdician o se tiran, sino que se utilizan. Además, se está prestando ­muchísima atención a dónde y cómo se manufacturan los productos, para saber si se ha afectado a las personas o a la naturaleza de algún modo durante el proceso”.

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Modelos de la última colección de García Madrid.

Las coloridas palabras que pinta el modista resultan elocuentes, si bien entre los entendidos resuenan ecos de las no pocas voces que ya han sentenciado la sastrería al olvido. “Se habla de la muerte del traje, pero yo no veo que eso esté ocurriendo. Cada vez es menos común ir con ropa formal al trabajo, pero la gente lleva trajes en las ocasiones especiales”, refuta Paul Smith, invitado especial en Pitti, donde incluso la influyente crítica Suzy Menkes percibió –y escribió en la web internacional de Vogue– que “el péndulo de la moda está balanceándose de nuevo” hacia la sastrería. A juzgar por la colección que Smith presentó en la ciudad toscana, seguramente habría quien no lo hubiera dicho: montados en bicicleta y lanzándose vasos de agua por encima, los modelos lucían prendas impermeables, reflectantes o con un sistema antiarrugas. El quid reside en que son ­precisamente esas innovaciones tecnológicas las que perfilan el futuro (también el presente) de los trajes, sean o no a medida: “Moda es cambio, y nosotros sabemos ­observar, escuchar y adaptarnos”, certifica Manuel García. “Es algo que va en nuestro ADN: estamos en evolución continua”. Con la progresiva relajación de los códigos de género en la ropa –ya no se crea tanto para el hombre o para la mujer como para todo el mundo–, quizá sea esa la próxima cima. “La sastrería es un clásico que puede vestir cualquiera”, cuenta Tommy Hilfiger. “Este mismo año nosotros presentaremos una colección cápsula para niños. La sastrería tradicional es algo del pasado: ahora lo que se lleva es mezclarlo con piezas que sean más casual y divertidas. Por suerte, yo tengo a mis hijos, que me ayudan a estar al tanto de lo que se considera cool”.

POR Silvia Hernando

Redactora especializada en cultura. Ha trabajado en Cinco Días, El País y el diario digital Infolibre. Antes fue gestora cultural en una galería de arte contemporáneo y en la Embajada de España en Argelia, también pasó por un gabinete de comunicación. Estudió Historia del Arte y Traducción e Interpretación y después cursó el máster de periodismo de El País.