jueves 09 de marzo de 2017

ME INVITARON a una fiesta con un código de indumentaria estricto: a la moda de 1977 y en tonos “rojos rusos”. Me chocó la precisión. ¿Por qué 1977 y por qué rojos rusos? En ruso, rojo quiere decir bonito. No acostumbro a vestir de rojo, pero me apetecía salir. Así que me puse a rastrear concienzudamente en mi armario y mi memoria. Rápidamente llegué a tres conclusiones: acumulo mucha ropa de diversos estilos, tengo prendas de todos los colores y en 1977 se cumplieron 60 años de la Revolución Rusa. Con un vestido nuevo de inspiración ochentera y unas medias rojas de rejilla, compuse un conjunto de época indeterminada pero resultona, y me presenté en la fiesta con ganas de bailar.

Los ‘revivals’ son tan recurrentes que nada vuelve porque ya está todo aquí y ahora. Espacio y tiempo se comprimen

La cita era en una cava que se parecía tanto al Cavern Club de Liverpool, donde comenzaron los Beatles, como a un tugurio punk sin salida de incendios. Podíamos estar a finales de los setenta si no fuera porque no había humo dentro del local y porque la música era tan variada como el atuendo de los invitados. El motivo de la fiesta y de la indumentaria resultó ser el cumpleaños de una guapa mujer nacida en 1977. Vestía unos pantalones acampanados y una chaqueta corta de pelo al estilo del año de su nacimiento, pero resultaba del todo actual. Lo mismo ocurría con el resto de los invitados. La joven inglesa que vestía impecablemente a la moda de 1982 (el año en el que nació) no habría desentonado en cualquier otra reunión. Nos veíamos todos tan “del momento” que íbamos preguntándonos unos a otros si lo que llevábamos puesto era vintage de verdad o una recreación. ¿Estábamos viajando en el tiempo?

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Modelo con un conjunto de Loewe de la temporada primavera-verano 2017. Manuel Braun

Un simpático invitado sevillano revive la juventud de sus padres con unos pantalones verdes acampanados “que ya tenía” (no me atrevo a preguntarle por qué) y una camisa de cuello picudo, comprada al peso ese día en una tienda vintage. Me mira con incredulidad cuando le sugiero que reutilice su camisa setentera con unos tejanos esta primavera. Sin embargo, es evidente que el supuesto regreso a 1977 no es un viaje en el tiempo, sino un paseo por nuestro ecléctico presente. Bienvenidos al siglo XXI. Se lleva todo. Están de moda los pantalones acampanados y los de pinzas, las bermudas y los hot pants, los capris y los pitillos. Las faldas están fuera de toda medida: maxis, minis y lo que sea. Se llevan todas las décadas y todos los colores –rojos rusos incluidos– en total look o en salvajes combinaciones. La conexión arte-moda prosigue y las corrientes artísticas se reactualizan en nuestra indumentaria: impresionismo y barroco, surrealismo y cubismo. El arte no pasa de moda.

Ir a la moda pasó de moda. La total libertad estilística ya está aquí. La pregunta es si podemos evitarla

El pensador británico David Harvey definió nuestra época posmoderna por su aceleración: la enorme mejora de los transportes y comunicaciones favorece el movimiento, las distancias se acortan, las corrientes de información son marea, los flujos económicos se transnacionalizan y las migraciones dibujan y desdibujan fronteras. El cambio es incesante, la rapidez vertiginosa, pero, al mismo tiempo, se da una extraña permanencia. Los revivals son tan recurrentes que nada vuelve porque ya está todo aquí y ahora. El espacio y el tiempo se comprimen. Todas las épocas se dan cita en el presente y se combinan entre ellas. Todo parece estilísticamente posible. Las opciones se liberan y multiplican, pero quizás también nos aferran.

Se dice que el presente exige cortes decididos, volúmenes osados, valentía ante los giros insospechados. Cuando la incertidumbre reina, amar el peligro es fortaleza. Se nos insta a disponernos a nuevas aperturas, a vivir formas de relación diferentes, a asumir combinaciones inesperadas. Debemos emprender, reinventarnos, evolucionar, hacer de la crisis una oportunidad. La versatilidad es la mejor estrategia para reducir la caducidad profesional. En 1977, la editora de moda Brigid Keenan afirmó: “Las modelos cuyas carreras duran años son los camaleones que pierden sus propias identidades siguiendo la moda del momento”. La maniquí se estaba convirtiendo en icono cultural. Hoy en día, es arquetipo de identidad y su mutabilidad camaleónica se promociona como un valor para hombres y mujeres. En épocas de aflicción, se hace necesaria la capacidad de transformarse. Ante la precariedad actual, ser camaleónica ya no es solo una virtud de la buena maniquí, sino que se ha convertido en una estrategia generalizada de adaptación. A todos se nos exigen nuevas competencias, movilidad geográfica y maleabilidad para sobrevivir en un mercado de trabajo extremadamente volátil.

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Modelos con diseños de Moschino. Vuelven los volantes, vestidos lencería y faldas en todos los largos. L’Estrop

¿Hay evolución sin revolución? El actual eclecticismo de la moda es propio de una sociedad –relativamente– ­opulenta. A pesar del rápido avance de la pobreza en Europa, la fast fashion crea armarios profusos, abiertos a la creatividad estilística. Disponemos de ropajes para todo momento y ocasión. Ilusionadas con nuestra capacidad de elección, exploramos facetas de nuestra personalidad y la hacemos visible. Ante las adversidades, nos desmontamos, nos volvemos a montar y remontamos. Somos poliédricas. Nos parecemos a Las señoritas de Aviñón, esas mujeres de Barcelona con las que Picasso inauguró el cubismo y revolucionó el arte. Al igual que las señoritas cubistas, yuxtaponemos estilos que expresan nuestra polifacética identidad. Simultaneamos una multiplicidad tal de ángulos y facetas que corremos el riesgo de perdernos en ellas.

Ir a la moda pasó de moda. La total libertad estilística ya está aquí. La pregunta es si podemos evitarla. Inmersas en un mar de tendencias, permanentemente abiertas a nuevas posibilidades, se espera que vistamos adecuadamente nuestra (¿imposible?) multiplicidad de roles. Podemos escogerlo todo, menos no escoger. Quedemos vigilantes: la innovación prosigue. Debemos modelarnos adecuadamente, llevarnos a nosotras mismas, convertirnos en marca única y saberla comunicar… ¿Podemos detener el torbellino un momento? Si queremos tomarnos seriamente la tendencia cubista sin devaluar el arte en el que se inspira, deberíamos también explorar nuestra realidad más allá de lo visible. Otro aniversario se acerca. Otra oportunidad para modificar puntos de vista. ¿Estamos preparadas para cambiar de dimensión? ¿Nos atrevemos? ¿Qué vamos a ponernos?

POR Patricia Soley-Beltrán

Doctora en Sociología del género por la Universidad de Edimburgo y docente universitaria, recibió el Premio Anagrama 2015 por '¡Divinas! Modelos, poder y mentiras'. Trabajó como modelo entre 1979 y 1989 y actualmente presenta el programa Terrícoles en Barcelona Televisió (BTV).