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Extra moda. Industria

Las mil y una vidas de la camisa

Carlos Primo
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Baruc, Corazón, Baruc / Ximena Garrigues y Sergio Moya

Hoy ocupa el espacio más noble del armario tras desbancar al traje y la corbata en la indumentaria cotidiana. Esta prenda seduce a nuevos consumidores acogiendo interpretaciones cada vez más individualizadas.

martes 14 de marzo de 2017

EL GURÚ de la elegancia Hardy Amies escribió en 1964: “La camisa es la prenda más importante de la indumentaria masculina después del traje”. Pero aquellos eran otros tiempos. En el siglo XXI no todos los hombres visten terno. Incluso hay algunos que no tienen ninguno en el armario, o que apenas lo usan. Sin embargo, todos tienen una buena camisa. Formal o informal. Recta o entallada. Blanca, estampada, de cuadros. De cuello abierto o con botones. De algodón, de franela. Para llevar con corbata, con pajarita y esmoquin o suelta, por fuera del pantalón. Consolidada como el mínimo común denominador del atuendo masculino, esta prenda universal vive tiempos de auge y redefinición. Hoy, los nuevos enfoques empresariales conviven con rituales centenarios. Mientras tanto, los ojales bordados a mano alternan con el diseño conceptual y la inmediatez de la venta online. Los cuatro proyectos españoles que aparecen en las siguientes páginas representan otras tantas formas de aproximarse a un producto a la vez sencillo y complejo. Una dualidad, paradójicamente, que constituye el mejor retrato de los tiempos que corren.

La guayabera del presidente Santos

Baruc corazón. Baruc

El pasado 26 de septiembre, Baruc Corazón recibió un whatsapp de un amigo avisándole de que, en la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno de Colombia y las FARC, el presidente Juan Manuel Santos vestía una guayabera creada por él. “La prenda le llegó porque alguien debió regalársela. Fue una sorpresa, porque Colombia es el país de las guayaberas”. Aunque involuntario, el gesto del político venía a revalidar la trayectoria de un diseñador que ha dedicado la última década a explorar los límites de la moda. “Con el nuevo siglo me di cuenta de que el mundo había cambiado, pero la moda seguía igual”, explica este madrileño que antes trabajó con Jesús del Pozo y Missoni.

"Un buen diseño tiene que serlo para todo el mundo, y para siempre”.

“En lugar de hacer una firma con colecciones y temporadas al uso, decidí apostar por una prenda atemporal y unisex. Un buen diseño tiene que serlo para todo el mundo, y para siempre”. La solución a su indagación fue la camisa –“la prenda más universal, porque la llevan hombres y mujeres en todo el mundo”–, a la que sometió a una exhaustiva revisión para modificar aquellos aspectos que consideraba obsoletos: su camisa tiene un cuello que recuerda al estilo Mao, pero es más elevado, con trabillas que lo mantienen rígido, y ojales. Los botones frontales están ocultos por una tira de tejido (“la corbata debería ocultarlos, pero ya no la utilizamos”) y los materiales son siempre naturales: algodón y lino orgánico.

Aquella primera creación, presentada en 2006, ha dado paso a variaciones como la kurta y el caftán, inspirados en las camisas típicas de Asia y el norte de África, y la guayabera, que también funciona como sobrecamisa. Nada más. El repertorio de Baruc consiste en pocas fórmulas depuradas capaces de atraer a una clientela cosmopolita que acude a su tienda online y a su showroom madrileño. “No se trata de hacer muchas prendas para vender en un mercado local, sino de apostar por una sola para vender en todo el mundo”, concluye.

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Carmen Álvarez Olave. Camisería Burgos Ximena Garrigues y Sergio Moya

 Vestir a los nuevos ‘gentlemen’

Carmen Álvarez Olave. Camisería Burgos

Ahora que la industria ha redescubierto el valor de la artesanía, quienes llevan décadas jugando en esa liga reivindican su estatus de veteranos. La Camisería Burgos se inauguró en 1906 en la madrileña calle de Cedaceros. Su fundador, Julián Burgos, quiso crear un negocio al modo británico: importó de Londres no solo el mobiliario, sino también una metodología que no existía en el Madrid de principios de siglo. Hoy este negocio centenario conserva sus muebles intactos y sigue siendo único en su especie: una empresa familiar cuyo fuerte es confeccionar camisas artesanales a medida.

Carmen Álvarez Olave dirige el negocio desde 2009, cuando decidió abandonar su carrera en el sector tecnológico para capitanear el negocio que su abuelo, Santiago Olave, había adquirido pocos años después de su fundación. Ella es la incorporación más reciente de una compañía cuyos empleados acumulan una antigüedad de hasta cuatro décadas. Francisco fue contratado como cortador en 1977. “Todo sigue igual que en mi primer día de trabajo, aunque ahora tenemos ordenadores”, bromea. Él es quien toma las medidas al cliente –11–, crea los patrones personalizados y corta el tejido para asegurarse de que todo encaja. Después llega el turno de las preparadoras (que ensamblan las piezas), las rematadoras (que se encargan de detalles tan delicados como bordar los ojales a mano) y las planchadoras. En total, nueve horas de trabajo por unidad y un plazo de espera de un mes. El precio de las camisas comienza en 200 euros y puede llegar hasta 400 si se emplean tejidos tan lujosos como el algodón Sea Island. Las posibilidades de personalización son casi infinitas. Los empleados recuerdan los encargos más peculiares, como la fusión de camisa y calzoncillo que emplean los directores de orquesta para mantener la prenda perfectamente ajustada en el momento más álgido de la sinfonía. Asegura Álvarez Olave que sus clientes internacionales buscan acabados artesanales –y precios– ya extintos en otras capitales. También que, aunque atesoran una clientela fiel, su reto es hacer saber a las nuevas generaciones de gentlemen que en pleno centro de Madrid sobrevive una de las camiserías más prestigiosas de Europa.

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Ricardo Fraguas, Mirto Ximena Garrigues y Sergio Moya

Ahuyentar la monotonía

Ricardo Fraguas. Mirto

Sabes que el día de mi boda llevé una camisa de Mirto?”. Ricardo Fraguas (Madrid, 1966) asegura haber perdido la cuenta de las veces que ha oído esta frase. El director general de Mirto asume el reto de trazar el futuro de una firma fundada hace 60 años por su padre y que, para tres generaciones de españoles, es sinónimo de camisería industrial de calidad. “Mi padre detectó una cierta monotonía en los diseños y decidió probar a ir más allá del blanco y el azul, a viajar y a investigar”.

La consecuencia de aquello, hoy, es una compañía que produce un millón de prendas al año. Más de la mitad de ellas son camisas, y todas se confeccionan en la sede de la empresa, una fábrica ubicada a menos de 10 kilómetros de la Puerta del Sol, en el polígono empresarial Julián Camarillo. “Cuando se construyó el edificio en los años setenta, el arquitecto lo diseñó con la idea de que en el futuro se le pudieran añadir más plantas”, dice Fraguas.

Es cierto que hoy es más alto que el original, también que, al igual que la empresa, ha crecido sin trompicones. Con una estructura cimentada en una red de puntos de venta multimarca y grandes almacenes, la fortaleza de Mirto no reside tanto en el uso del branding como en el producto: tejidos de calidad suministrados por proveedores internacionales, patrones realistas y una confección precisa. Cada ejemplar está compuesto por unas 18 piezas que se cortan, ensamblan y rematan en un proceso que comprende 80 operaciones distintas y que, si se hiciera de forma lineal, permitiría obtener una camisa cada 30 minutos. Fraguas defiende la importancia del proceso industrial. “Las camisas se siguen haciendo como siempre, pero ahora tenemos máquinas que nos ayudan a mejorar”, explica. Solo así, subraya, se pueden obtener piezas homogéneas y fiables, fáciles de encontrar, de comprar, de llevar y de conservar. Y solo así se puede sobrevivir durante 60 años.

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Rubén Fernández. Imiloa Ximena Garrigues y Sergio Moya

Espíritu aventurero

Rubén fernández. Imiloa

Durante los ochenta, el boom del denim sorprendió a Rubén Fernández trasteando en la tienda de ropa que su abuelo tenía en Ponferrada. “Siempre me llamó la atención el mundo textil”, explica. Sin embargo, la moda no fue su primera vocación. Fernández trabajó como diseñador gráfico, multimedia y fotógrafo hasta que, en la primavera de 2015, se planteó probar suerte en un sector distinto. “Nunca me ha interesado demasiado la moda en el sentido creativo, sino como modelo de negocio. Al principio no tenía claro el producto que quería hacer y me dediqué a buscar una prenda que me gustara, utilizara a diario y cuyo diseño no fuera excesivamente complicado”.

La solución estaba en su propia historia: en las camisas vaqueras y de cuadros que lo habían cautivado de pequeño. “La prenda cumple los requisitos que buscaba y además es atemporal”, precisa. El siguiente paso fue buscar proveedores, que encontró más cerca de lo que esperaba: en Gijón, donde reside. “Trabajo con un pequeño taller familiar que lleva 40 años confeccionando con un equipo de 10 personas”, relata. “Cuando les presenté mi proyecto me dijeron que era una locura, pero estaban dispuestos a ayudarme”. Dicho y hecho: en septiembre de 2015 ya tenía en su almacén sus primeras 180 camisas. La segunda producción, en mayo de 2016, creció hasta las 300 unidades. Un sistema de distribución en tiendas multimarca y venta online ha hecho que la tercera tanda aumente hasta las 3.500.

Ante este volumen de producción, Fernández ha tenido que recurrir a fábricas de Portugal que complementen el trabajo, más artesano, del taller gijonés. Su receta está clara: camisas sport de corte relajado, con bolsillos frontales y corte recto cuyo precio oscila en torno a los 80 euros. El nombre de su firma, Imiloa, remite a Hawái y al espíritu cosmopolita de la generación digital. Asegura Fernández que en este tiempo ha podido comprobar que la gran ventaja del público masculino es que, si algo le gusta, repite.

POR Carlos Primo