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Documentos. ENSAYO

Viet Thanh Nguyen. ‘Estados Unidos y yo’

Viet Thanh Nguyen
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Viet Thanh Nguyen, en Vietnam en 1973 o 1974. / Viet Thanh Nguyen

Fue un niño refugiado vietnamita en Estados Unidos y hoy es profesor de la Universidad del Sur de California y ganador del Premio Pulitzer por su primera novela, ‘El simpatizante’. Esta es su visión de un país contradictorio, levantado por inmigrantes como él, hoy en el punto de mira.

viernes 18 de agosto de 2017

Soy un refugiado, un ciudadano americano y un ser humano, cosa que me parece esencial afirmar ahora que al parecer son muchos los que consideran estas tres identidades irreconciliables. En marzo de 1975, mientras Saigón estaba a punto de caer, o al borde de la liberación —dependiendo del punto de vista desde el que cada uno lo vea—, me convertí en un refugiado y, como consecuencia de ello, mi condición humana quedó temporalmente suspendida.

Mi familia vivía en Buon Me Thuot, una población famosa por su café y por ser la primera en caer en manos de los comunistas. Mi padre estaba en Saigón en viaje de negocios y mi madre no tenía manera de ponerse en contacto con él. Así pues, nos cogió a mi hermano de 10 años y a mí —que por aquel entonces tenía 4— y juntos emprendimos un viaje a pie de 184 kilómetros para llegar hasta el puerto más cercano, que estaba en Nha Trang (reconozco que a mí puede que me llevaran en brazos). Por lo menos era cuesta abajo. A diferencia de mi hermano, yo era demasiado pequeño y no recuerdo a los paramilitares muertos que colgaban de los árboles. Doy gracias a Dios por no ser capaz de acordarme de las escenas de terror y caos que sin duda deben vivirse cuando estás tratando de encontrar un bote en unas circunstancias así. Finalmente, conseguimos llegar a Saigón para reunirnos con mi padre y un mes después —cuando llegaron los comunistas— tuvimos que repetir la misma pelea desesperada para salvar nuestras vidas. Ese verano llegamos a Estados Unidos.

“los refugiados encarnan una posibilidad inquietante: que nuestros hogares están a una catástrofe de distancia de ser arrasados”

Pronto comprendí que en Estados Unidos —patria del mítico sueño americano— ser un refugiado es visto como algo contrario al espíritu nacional. El refugiado es una encarnación del miedo, del fracaso y de la huida. Muchos norteamericanos piensan que ellos no pueden convertirse en refugiados, aunque les parece perfectamente normal que algunos refugiados quieran convertirse en ciudadanos norteamericanos para dar un paso más en el camino hacia el paraíso.

Convertirse en un refugiado significa que el país del que procedes ha estallado y que, al hacerlo, se ha llevado consigo todo aquello que garantizaba tu humanidad: un gobierno eficaz, un cuerpo de policía que en su mayor parte no se dedica a asesinar a la gente, fuentes fiables de agua potable y suministros alimentarios, una red eficiente de alcantarillado (no conviene subestimar la importancia que tienen las redes de alcantarillado en lo que respecta a nuestra humanidad; los refugiados saben bien que vivir entre sus propios desechos es precisamente lo que confirma su condición infrahumana en tanto que despojos de la comunidad internacional).

Yo tuve más suerte que muchos refugiados, pero aún sigo aterrorizado por la experiencia. Después de llegar al campo que se había levantado en Fort Indiantown Gap (Pensilvania) con cuatro años, me separaron de mis padres y me llevaron a vivir con una familia de acogida de raza blanca. La teoría era, según creo, que las cosas serían más fáciles para mis padres si no tenían que ocuparse de mí. Aunque tal vez se debiera a que no había nadie dispuesto a acogernos a todos a la vez. Sea como fuere, ser separado de mi familia fue otra señal de que mi propia vida ya no estaba ni en mis manos ni en las de mis padres. Estaba a merced de unos extraños y tuve la enorme suerte de que fueran unas personas amables que todavía hoy se acuerdan de los alaridos que pegaba cuando me separaron de mi familia.

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Viet Thanh Nguyen, en una imagen actual. MARTIN BUREAU/AFP/Getty

Igual que los sin techo, los refugiados son encarnaciones vivas de una posibilidad verdaderamente inquietante: que todos nuestros privilegios como seres humanos son en realidad bastante precarios y que nuestros hogares, nuestras familias y nuestros países se encuentran a tan solo una catástrofe de distancia de quedar completamente arrasados. Cuando vemos que los refugiados son internados en campos, cuando alguno de ellos se atreve incluso a exponer públicamente cómo de dormidas están nuestras conciencias, nuestra respuesta suele consistir en negarnos a reconocer que podamos ser como ellos y en hacer todo lo que está en nuestra mano para no asumir las responsabilidades que tenemos con ellos.

Nuestros mejores instintos nos han dicho siempre que lo correcto desde un punto de vista moral es ser hospitalarios, ayudar a los necesitados y compartir nuestros recursos. Las razones que nos inventamos para no hacer ninguna de estas cosas son simples racionalizaciones. Tenemos recursos suficientes para compartirlos con los refugiados, pero preferimos gastarlos en otras cosas. Somos capaces de vivir junto a extranjeros y personas diferentes, pero solemos sentirnos incómodos y no nos gusta esa sensación. Tememos que la gente diferente a nosotros vaya a matarnos y, por lo tanto, los alejamos de nosotros.

Nuestro destino como refugiados suele estar determinado por una serie de políticas dictadas por quienes diseñan también las operaciones militares. En mi caso, Estados Unidos lanzó más bombas sobre Vietnam, Laos y Camboya que sobre todo el continente europeo durante la Segunda Guerra Mundial. Estos bombardeos contribuyeron también a que el número de refugiados aumentara y, como consecuencia del sentimiento de culpa que esto produjo en los norteamericanos y de su furibundo anticomunismo, el Gobierno de Estados Unidos se vio obligado a acoger en 1975 a 150.000 vietnamitas. A lo largo de la siguiente década, tuvieron que autorizar la llegada de cientos de miles más y de algunos refugiados de otras partes del sureste asiático. Estados Unidos hizo mucho más que los países vecinos, la mayor parte de los cuales se negaron a aceptar a los boat people, o se limitaron a reunirlos en campos a la espera de encontrar un país como Estados Unidos que quisiera acogerlos. Aceptar a estos refugiados fue la prueba de que Estados Unidos estaba dispuesto a pagar la deuda que había contraído con sus aliados survietnamitas y los refugiados, por su parte, se convirtieron en un recordatorio de lo horrible que es la vida bajo un régimen comunista. De nosotros se esperaba que nos mostráramos agradecidos por haber sido rescatados de una vida así, cosa que muchos de nosotros hicimos y seguimos haciendo.

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Viet Thanh Nguyen junto a sus padres y su hermano, Tung, en Estados Unidos en 1976. / VIET THANH NGUYEN

Como escribí en mi novela El simpatizante [editado en España por Seix Barral], “aun así, el mío era uno de aquellos casos desafortunados que suscitaban la pregunta de si el hecho de que yo necesitara la caridad americana no sería quizá consecuencia de que antes me habían suministrado ayuda esos mismos americanos”. Ya veis que soy un mal refugiado. Y lo soy porque no he podido evitar darme cuenta de que mi buena estrella fue tan solo el resultado de un golpe de suerte administrativo y de las políticas migratorias de Estados Unidos, en las que siempre se ha considerado a los asiáticos una minoría modélica. Si hubiera sido un haitiano en los setenta o en los ochenta —es decir, alguien negro y pobre—, no me habrían acogido jamás. Tampoco me acogerían hoy si fuera centroamericano, y eso a pesar de lo mucho que Estados Unidos ha desestabilizado esa región apoyando a regímenes dictatoriales y creando las condiciones adecuadas para una economía basada en el tráfico de drogas y sacudida por las guerras que ese tráfico genera. Soy un mal refugiado porque insisto en ver las razones históricas que causan las olas de refugiados y también las que explican por qué se deniega el estatus de refugiado a determinadas poblaciones. Las autoridades norteamericanas han preferido categorizar a los centroamericanos como inmigrantes, lo cual impide que se cuestione el impacto que ha tenido la política internacional estadounidense sobre sus países de origen. El inmigrante es el extranjero que ha llegado a un país a través de los cauces adecuados. El inmigrante es alguien que quiere desplazarse, a diferencia del refugiado, que es obligado a desplazarse. En comparación con el refugiado, el inmigrante es alguien maravilloso. Porque hace de Estados Unidos un lugar maravilloso. O un lugar grande. Se me ha olvidado cuál es la palabra apropiada. Sea como fuere, aquí están las famosas palabras que figuran al pie de la Estatua de la Libertad: “¡Dádmelos a mí, los exhaustos, los pobres, / las masas hacinadas que anhelan respirar en libertad. / Los desventurados desechos de vuestras rebosantes playas, / enviádmelos a mí, todos esos desdichados y los que han sufrido el rigor de las tempestades! / ¡Yo elevo mi faro detrás de la puerta dorada!”.

Aunque esto no siempre ha sido verdad. La actual ola de xenofobia que se percibe en Estados Unidos y que se dirige contra los refugiados, los inmigrantes indocumentados —sus parientes más cercanos— e incluso también contra los inmigrantes legales, tiene raíces muy profundas. Los Estados Unidos de América se han levantado gracias al trabajo de los inmigrantes y siempre han estado dispuestos a acoger a los extranjeros, pero, como país, también son un producto del genocidio, la esclavitud y el colonialismo.

“MI FAMILIA ES EL PERFECTO EJEMPLO DE MINORÍA MODÉLICA. PERO NO TENDRÍA QUE SER NECESARIO TRIUNFAR DE ESTA MANERA PARA SER ACEPTADO”

Estas dos caras de los Estados Unidos de América son contradictorias pero coexisten, como también ocurre en otras democracias liberales occidentales. Y así, a pesar de que en Estados Unidos el 51% de las nuevas empresas con un capital superior a los 1.000 millones de dólares han sido creadas por inmigrantes y de que todos los galardonados con el Premio Nobel en el año 2016 eran inmigrantes, el país les ha dado sistemáticamente la espalda. Todo comenzó en el año 1882, cuando se prohibió la entrada a los ciudadanos de origen chino. La excusa entonces fue que representaban una amenaza de índole económica, moral, sexual e higiénica para los norteamericanos de raza blanca. Hoy esas razones nos resultan absolutamente ridículas. Aunque deberían también permitirnos ver lo grotesco que es el miedo contemporáneo hacia los musulmanes: hay en él tanta irracionalidad como en el racismo con el que se trató a los inmigrantes chinos. A través de diferentes iniciativas legislativas, en 1924 se consiguió poner fin a la inmigración de personas que no pertenecieran a la raza blanca, y aunque la puerta volvió a abrirse lentamente con la revocación de la ley para la exclusión de la minoría china en 1943 (momento a partir del cual se permitió la entrada de 105 inmigrantes de origen chino al año), Estados Unidos no abrazó una política migratoria completamente abierta hasta la aprobación de la ley de inmigración en 1965.

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Viet Thanh Nguyen, entre su padre, Joseph, y su hermano, Tung, en una imagen reciente.

Estados Unidos quedó definido por esa ley, gracias a la cual llegaron hasta sus ciudades una gran cantidad de inmigrantes asiáticos y latinoamericanos que transformaron por completo el país (y para bien, porque sin ellos la comida en Estados Unidos sería tan horrorosa como en la Inglaterra previa a la aparición de flujos migratorios). Pero los prejuicios siguen existiendo. Se dejan ver por ejemplo en la corriente de opinión contraria a los inmigrantes indocumentados. Quienes se oponen a ellos insisten en que debemos dar preferencia a los inmigrantes legales, pero sospecho que una vez se haya expulsado a los indocumentados, estas personas tan sensatas empezarán a decirnos que hay demasiados inmigrantes en general.

En realidad, mi familia es el perfecto ejemplo del tipo de minoría modélica que puede servir para refutar este argumento. Mis padres se convirtieron en respetables comerciantes. Mi hermano fue a Harvard tan solo siete años después de llegar a Estados Unidos sin saber una palabra de inglés. Yo he ganado el Premio Pulitzer. Podríamos aparecer en uno de esos carteles que nos hablan sobre cómo contribuyen los inmigrantes a hacer de Estados Unidos un gran país. Y en cierta forma, lo hacemos. Pero no tendría que ser necesario triunfar de esta manera para ser aceptado. Que los inmigrantes indocumentados o legales no sean todos ellos potenciales multimillonarios no es motivo suficiente para excluirlos socialmente. ¿Qué hay de malo en que su destino sea que los expulsen del instituto y se pongan a trabajar como cajeros en un establecimiento de comida rápida? En lo único que los convierte eso es en seres humanos iguales al norteamericano medio, y tal vez me equivoque, pero nadie parece estar hablando de deportar a los norteamericanos medios.

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Viet Thanh Nguyen, autor de El simpatizante, firma ejemplares de su novela.

Los norteamericanos o europeos medios para quienes los inmigrantes representan una amenaza laboral son incapaces de ver que los verdaderos culpables de su difícil situación son la clase empresarial y todos aquellos que sacan tajada y están encantados de que quienes lo están pasando mal se enfrenten entre sí. Los intereses económicos de las minorías rechazadas y de la clase media que vive aterrorizada son los mismos, pero son muchos los que no pueden verlo a consecuencia del pánico que sienten hacia el diferente, el refugiado y el inmigrante. En sus manifestaciones más descarnadas, esta actitud es puro racismo. En sus manifestaciones más contenidas, suele adoptar la forma de un discurso en torno a la defensa de nuestras culturas de acuerdo con el cual la pobreza es preferible a la impureza étnica. Este miedo es una fuerza poderosísima que hasta a mí, debo admitirlo, me tiene asustado.

Pero entonces me acuerdo de mis padres, que eran más jóvenes que yo cuando lo perdieron todo y se convirtieron en refugiados. Y no puedo evitar recordar cómo, después de establecernos en San José (California) y de que mis padres abrieran una tienda de productos vietnamitas en el decadente centro de la ciudad, en el escaparate de uno de los establecimientos vecinos alguien puso un cartel donde podía leerse: “Otro americano expulsado de su negocio por los vietnamitas”. Pero, por muy asustados que estuvieran, mis padres no cedieron al miedo. Y pienso también en mi hijo —que tiene más o menos la misma edad que yo tenía cuando me convertí en un refugiado— y, aunque no quiero que esté asustado, sé que lo estará. Lo importante es que tenga la valentía suficiente para superar ese miedo. Y la manera de superarlo consiste en exigir que Estados Unidos sea el país que debe ser y puede ser: un país capaz de soñar con la mejor versión de sí mismo.

POR Viet Thanh Nguyen