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Tatiana Bilbao: “Hoy el fin no es entrar en la enciclopedia, sino en la lista Forbes”

Anatxu Zabalbeascoa
8 min.
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Jordi Socías

Con proyectos repartidos por todo el planeta, la mexicana es la arquitecta más internacional de su país. La política, pasión heredada de su abuelo, el ministro republicano Tomás Bilbao, late en toda su obra: defiende una arquitectura cargada de valores y preocupada por los más vulnerables.

lunes 06 de marzo de 2017

CON PROYECTOS en China, España o Reino Unido, Tatiana Bilbao (Ciudad de México, 1972) es la arquitecta más internacional de su país. Una historia de exilio y cuestionamiento llevó a su familia a asentarse en México y a ella a ampliar miras trabajando para los que menos tienen. Ha aterrizado en Madrid por la mañana, procedente de Nueva York –da clase en la Universidad de Columbia–, para conducir hasta Arévalo (Ávila), donde construye un museo. De madrugada, cogerá otro vuelo a Londres, donde diseña la tienda de Stella McCartney en Old Bond Street, y dormirá en Lyon porque allí culmina un conjunto de viviendas. Aunque compagina este trajín con la crianza de dos hijas, nada en ella delata cansancio. Lo atribuye a la energía de quien hace lo que quiere y a la ayuda de su marido, Sandro, y de su hermana Catia: “Una economista sobrecualificada para llevar mi estudio, pero necesitada de libertad de horarios para atender a sus hijas”.

Comenzó por la vía política, defendiendo la peatonalización del casco histórico de su ciudad. ¿Se cansó? Fue mi tesis, pero creo que entré en política por el legado de mi familia. Para mí, la memoria de mi abuelo arquitecto siempre fue política.

No conoció a ese abuelo vasco, Tomás Bilbao, uno de los fundadores de Acción Nacionalista Vasca, ministro en el Gobierno de Negrín. Era el rojo de la familia. Murió por sus ideales, exiliado en México cuando mi padre tenía 10 años. Había llegado con los ocho hijos que le quedaban y con mi abuela, que era de Zaragoza. A mi bisabuelo no le parecía bien que no fuera vasca.

Su abuelo nacionalista bebió de su propia medicina. Pues sí. Tras perder la guerra se fueron a Francia caminando. Mi abuela con los pequeños en brazos. Mi abuelo con el primogénito, Tomás, que murió, por eso mi padre, que nació en México, se llamó Tomás.

Eso se hacía. Mi abuela no supo que había muerto hasta que se reencontraron en Marsella. Estuvieron allí dos años, hasta que llegó la ocupación nazi. Se fueron a México, a finales de 1942. Mi bisabuelo fue a verlos con un perdón de Franco que mi tío abuelo aceptó. Pero mi abuelo dijo que prefería morir de pie que vivir de rodillas.

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Vivienda de Tatiana Bilbao radicada en Monterrey (México): Casa Ventura. Rory Gardiner

¿Ejerció de arquitecto en México? Murió con 56 años. Aunque mis tías lo niegan, se quedó triste de por vida. A mi abuelo le costó demasiado cambiar.

Tiene una novela detrás. Es necesario entender por qué suceden las cosas. Pasé horas escuchando a mi abuela, que cocinaba espectacularmente. Creo que fue su manera de integrarse con los vascos.

¿De dónde salió su madre? Es hija de alemanes.

¿Judíos? No. Mi abuelo materno llegó huyendo de las ideas de Hitler, otra novela de aventuras.

Una familia comprometida y cosmopolita. Soy producto de dos guerras. Y soy consciente del esfuerzo y la valentía de mis mayores. Tuve una infancia en la que en lugar de cuentos me contaban la historia de mi familia.

¿Ha visitado la arquitectura que su abuelo hizo en España? La verdad, que fuera arquitecto no me parecía ni relevante. En mi familia hay muchos. Pero mi abuelo era un refugiado político, con ideales. Hizo viviendas en varios estilos: racionalista y regionalista. De mayor comencé a buscarlas.

“entré en política por el legado de mi familia. La memoria de mi abuelo tomás bilbao fue más política que arquitectónica”

 ¿Sus padres viven? Sí. Mi padre es físico matemático, y mi madre, física. Él era su profesor en la universidad.

Usted fue asesora en desarrollo urbano del Gobierno de la Ciudad de México. Cuando empecé, intuí que los coches debían salir de la ciudad. Eso en una capital como la mía es ponerlo todo en duda. Yo crecí en la colonia Cuauhtémoc, fui una niña urbana consciente del espacio público. La vida cotidiana se hacía caminando.

¿Hoy no se puede caminar en Ciudad de México? En algunas zonas, por inseguridad. En otras, porque se da prioridad a los coches y no hay aceras.

¿Por qué dejó la política urbanística? Fue una época frustrante de inmovilidad burocrática. Tardé dos años en darme cuenta de que el bien del partido [el Partido de la Revolución Democrática (PRD, izquierda) de ­Cuauhtémoc Cárdenas] estaba por encima del de la gente. Cárdenas era progresista, comprometido e idealista. Pero el Gobierno y sus negociaciones obedecen a los intereses económicos muy por delante de los intereses sociales. Eso es la política, pero yo todavía no lo sabía.

¿Una ciudad puede transformarse en poco tiempo? No sé si tenemos la gestión política para lograrlo. En los últimos cuatro años en México tuvimos sensación de seguridad. Pero se ha perdido.

Con el mismo Gobierno. Sí. Por el descrédito del Gobierno federal. Casos como Ayotzinapa [43 estudiantes desaparecidos] y tantos otros…

¿Hay muchos casos de violación de los derechos humanos impunes? Sí, la desconfianza es absoluta por la falta de poder. Ya no digamos de diálogo. Una sociedad derrotada e inconforme es terreno abonado para criminales.

¿Y por qué quieren quedarse todos en la capital, incluso en la época de más secuestros? Esa es la pregunta: qué hacemos allí. Creo que lo que nos mantiene es su fascinante energía: todavía se siente como una tierra de oportunidades. Mi postura es que, si te vas, te rindes. Y mi aprendizaje vital es que, si te vas, ¿qué dejas?

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Ahora mismo puede elegir: da clase en Nueva York y su marido la sigue. Sí, se puede adaptar. Es editor y tiene un restaurante en Milán.

¿Pertenece a una familia privilegiada? Un restaurante en Milán… Es cuestión de decidir qué riesgos quieres tomar. Mi familia pertenecía a una élite intelectual, pero no económica. Me legaron más valores que plata.

En Ciudad de México sus padres fundaron el colegio Bilbao. ¿Por qué? Daban importancia a la educación. Mi hermana y yo crecimos y mi madre quiso seguir educando niños, y mi padre, dedicarse a la docencia de jóvenes.

Todavía está abierto. Se anuncia “cultivamos el gusto por aprender”. ¿Estudió allí? No, me pilló mayor. Pero mi hermana Catia, sí.

¿Con su madre habla alemán? No. Mi familia materna hizo lo contrario que la paterna. Como protesta por la Alemania nazi mi abuelo borró su pasado. Su familia era fundadora del Colegio Alemán en México, pero él siempre fue proamericano y prohibió que mi abuela hablara a sus hijos en alemán. Lo único germano que nos queda son algunas recetas.

¿Tiene tiempo para cocinar? Me relaja. Pero mi marido me ha desbancado en ese frente. No soporta que en el extranjero la cocina mexicana se reduzca a los nachos. Por eso quiso abrir un restaurante mexicano en Milán.

Ha ido mucho a Bilbao y nada a Alemania. Pero me identifico con el carácter alemán: soy pragmática, organizada, voluntariosa… Aunque también muy directa y franca, como el cliché del vasco.

¿Cómo se cultiva la voluntad? En mi caso con el deporte. Hice gimnasia de alto rendimiento hasta los 18 años: viga de equilibrio y suelo. La perseverancia y la disciplina han marcado mi vida. Mi hermana, que llegó a ser olímpica, sigue por gusto, a los 40 años, y lo hace de maravilla. Yo no hago apenas deporte por falta de tiempo. Soy obsesiva y he pasado de la gimnasia a la arquitectura.

Defiende a la gente con pocos medios, pero fundó su estudio asociada al máximo poder, con Fernando Romero, el yerno de Carlos Slim. [Risas] Es que no era…

¿No era qué? Todavía no era yerno. Presidía la asociación de estudiantes y quería romper la burbuja cultural mexicana y relacionar la creación con el mundo contemporáneo.

Ese perfil de dinamizador cultural de Romero no coincide con la reputación que tiene de querer convertirse en arquitecto estrella. La reputación se la ha labrado él. Pero lo anterior también es cierto. Tenía más revoluciones que los demás, pero me temo que su gran ambición se fue hacia otros derroteros. Sobre todo quiso ser arquitecto estrella. Había trabajado con Koolhaas, Miralles y Nouvel y cuando regresó me ofreció que nos asociáramos para ejercer la arquitectura desde un contexto cultural más amplio. Lo intentamos durante cuatro años.

¿Quién cambió? Los dos. Nos planteamos qué postura debía tener México ante la globalización. Qué importar y qué rechazar. Y nuestras ambiciones crecían hacia fines distintos. Luego él se casó con Soumaya Slim.

¿Tienen relación? No.

¿Separarse era decirle que no le gustaba el camino que había elegido? Me temo que sí.

¿Qué opina del espectacular Museo Soumaya de Romero? Es una obra incorrecta para México. No se entiende dónde está. No se puede construir así en un contexto en el que no existe la tecnología para hacerlo.

“a mis hijas les quiero dar raíces. mi vida, además de esquizofrénica y cambiante, ha sido muy acelerada”

 ¿Está diciendo que en México solo se puede construir de espaldas a la tecnología? Hemos de tener la responsabilidad de construir lo que es posible. Las utopías están para apuntar, pero es la realidad la que arraiga. Me temo que lo que ha hecho que la arquitectura cambie ese rumbo no ha sido el arte, sino el capital. En los últimos 25 años, la arquitectura se ha rendido al capital de manera impúdica. Lo digo también como autocrítica. No siento que me pueda librar de esa afirmación. Me costó tiempo darme cuenta, pero, cuando lo haces, no hay vuelta atrás.

¿Cómo se dio cuenta? Comenzó haciendo casas burguesas de vanguardia. Con McDonald’s llegó la globalización. Y cuando vimos lo que sucedía en el mundo –la arquitectura digital y paramétrica– pensamos: “Vamos a hacerlo nosotros también para no quedarnos fuera”. Lo intentamos con medios no digitales, una locura. Exigió madurez pensar qué podía aportar cada uno.

¿Qué le guio cuando dejó de lado las modas? Buscar mis orígenes y mis valores.

¿Cómo abordará encargos glamurosos como la reforma de la tienda y la casa de Stella McCartney? Aunque ella viva entre pasarelas, no utiliza nada que provenga de animales o que provoque alto impacto ecológico. Ese ideario es muy de fondo. Lo heredó de su madre y es el ADN de su empresa. Es lógico que busque una arquitectura así.

A McCartney le recomendó su trabajo el escultor Anish Kapoor. ¿Lo conocía? No. Había visto mi obra.

¿Se puede tener la misma ambición haciendo viviendas burguesas y arquitectura social? Se puede edificar con poco. En Lyon construyo dos bloques privados y uno público. Los privados pagan el público.

¿El cosmopolitismo ayuda a entender el mundo? Me planteo si no será el arraigo lo que te da la posibilidad de entender más al otro. O si este legado cultural tan revuelto me está jugando una mala pasada. En la sociedad globalizada nos creíamos que lo veíamos todo y ha resultado que no vemos nada. Hay que plantearse como sociedad si hacia donde vamos podemos ir todos. Y si no, que es el caso, tomar medidas. Mucha gente descontenta quiere castigar al establishment. Eso causa que Hillary Clinton se perciba como lo que es: el esta­blishment. Pero que Trump se vea como una solución cuando es la escoria del esta­blishment: el billonario hecho a sí mismo, máximo representante de los valores neoliberales. El sueño americano ya no es democrático, persigue los valores que el mundo lleva persiguiendo desde hace un cuarto de siglo: el enriquecimiento a cualquier precio. Hoy el objetivo vital no es llegar a la enciclopedia, sino a la lista de Forbes. Como sociedad no nos podemos quejar si hemos permitido y producido eso entre todos.

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Los Terrenos, vivienda de Tatiana en Monterrey, México. Rory Gardiner

¿No casarse con un arquitecto la ha acercado al mundo real? Cuando he vivido desconectada del mundo no lo he pasado bien. Cuando comencé quise hacerlo tan bien, acercarme tanto al arte, a la vanguardia y al pensamiento que perdí la conexión con el mundo.

Tengo la teoría de que, salvo raras excepciones, las arquitectas reconocidas no están casadas con arquitectos. Qué chistoso. Es importante que la pareja tenga personalidad y no la vea a una como una amenaza. Pero el tema de género en la arquitectura para mí tiene que ver con la construcción, una cuestión física. Como en todas las profesiones, las mujeres que han destacado han tenido que convertirse casi en hombres.

No se la ve muy hombruna. La generación actual está cambiando las cosas. Y creo que eso debería ser lo que transmitiéramos: que las cosas se pueden hacer de muchas maneras. Aunque el camino nos lo han abierto mujeres que lucharon con fuerza, como los hombres, nos toca aportar otros valores: la intuición, la búsqueda de la integración… Aunque yo los haya perdido en algún momento, me sirve regresar ahí.

Ha tenido hijas in extremis. Con más de 40 años. Quería ser madre a toda costa. Tras un primer matrimonio conocí a mi marido. Y ahora tenemos a Simona, a Alessa y a tres heredados que llegaron con él.

Una familia del siglo XXI. A mis hijas les quiero dar raíces porque yo he tenido una educación con un poco de mucho, pero un mucho de nada. He sido una mexicana que ha tratado de ver México desde distintas culturas y estoy intentando que ellas vean otras culturas desde la identidad mexicana. Mi vida, además de esquizofrénica y cambiante, ha sido muy acelerada. Y tengo la sensación de que las raíces pueden compensar eso.

Pero no parece una mujer tranquila. Ha llegado hoy y mañana vuela a Londres… No creo haber hecho todavía el proyecto que integre valores y arquitectura. Muchos creemos que proyectar México requiere preocuparse por las personas y los lugares que más lo necesitan. La vivienda social mexicana demuestra hasta qué punto se perdió la conexión con la construcción. La preponderancia del mundo financiero en la arquitectura tiene resultados diabólicos. Hay mucho “putrimillonario” entre los constructores y asesores: solo dejaron de edificar sin escuchar cuando los inquilinos abandonaron sus casas y ellos dejaron de vender.

¿Qué lleva a alguien a abandonar su casa? Evitar seguir pagando. Imagine las condiciones para abandonarlo todo. Son suburbios desconectados de las ciudades: ni transporte público, ni carreteras ni colegios. Nadie quiere vivir en la nada.

¿Cómo solucionarlo? Se tienen que producir viviendas en el centro de las ciudades haciendo acuerdos mixtos: que lo privado pague lo público. Pero eso es política y solo se puede lograr legislando. En la ciudad buscamos el contacto, no la dispersión. Para eso llegamos aquí, para juntarnos.

POR Anatxu Zabalbeascoa

La periodista e historiadora Anatxu Zabalbeascoa escribe sobre arquitectura y diseño en El País y en libros como ‘The New Spanish Architecture’, ‘Las casas del siglo’, ‘Minimalismos’ o ‘Vidas construidas, biografías de arquitectos’.