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Suicidio, el gran tabú

Xosé Hermida
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María, de 59 años, en una playa del sur, uno de los lugares favoritos de su hijo, que se suicidó en 2013 a los 30 años tras sufrir problemas económicos. / Juan Valbuena

Es el drama más silencioso, del que nadie quiere hablar. No provoca encendidas discusiones en televisión ni obliga a los políticos a pronunciarse. Pero el suicidio se lleva la vida de 4.000 españoles cada año. Sus familias han cargado durante siglos con un estigma que las obligaba a esconderse, como si arrastrasen una vergüenza. Algunos han dicho basta y se han agrupado para romper el tabú. No les importa compartir su dolor si eso sirve al menos para abrir un debate social. Estas son sus historias.

lunes 11 de julio de 2016

LA MEJOR manera que ha encontrado Francisco Sánchez para explicar lo que le pasa es decir que siente “cansancio del alma”. Los antiguos lo llamaban melancolía, la “bilis negra”. Un agujero tenebroso donde nada tiene sentido y no hay futuro, solo un presente de sufrimiento insoportable. Francisco Sánchez –Paco para todos–, un técnico en electrónica de 50 años, empezó a despeñarse el día en que paseaba por las calles de Huelva, su ciudad, y de repente se sintió como si estuviera en un lugar extraño. Luego vino la caída libre, con dos intentos de suicidio. El segundo lo planeó con antelación. Dejó una nota a sus padres diciéndoles que se quedasen tranquilos, que ya no tendrían que cuidarlo más. “Ahora estoy mejor, pero tengo el espíritu cansado. No puedo descartar otro intento”, confiesa.

Para que esté vigilado, Paco, soltero, se ha ido a vivir con sus padres. Ellos le guardan bajo llave las cajas de los medicamentos –toma una docena de pastillas al día– con los que combate el trastorno ansioso-depresivo que le han diagnosticado. Pero es difícil saber y explicar qué le pasa: “¿Por qué?, ¿por qué?… Esa es la pregunta que está siempre ahí”. Su amiga Celes, que ha sufrido el suicidio de un hijo, hasta le hace bromas:

–Pero, a ver, Paco, ¿tú te quieres morir o no?

–Si morirse es no tener ilusión por la vida… Voy con una máscara puesta.

Los familiares de los suicidas se llaman a sí mismos supervivientes. "Es porque nosotros ya no vivimos, solo sobrevivimos", explican

 Cada dos horas y media, una persona se quita la vida en España. La estadística es tan brutal que convierte el suicidio en la primera causa de muerte no natural, con el doble de víctimas que los accidentes de tráfico. Miles de tragedias de las que no se habla, porque la muerte voluntaria es un tabú que ha resistido desde los comienzos de la civilización. Siglos atrás, los cuerpos de los suicidas se enterraban bajo montones de piedras. Ahora se los arrumba tras un muro de silencio.

Las estadísticas oficiales ni siquiera están al día. Las últimas son de 2014 y cifran el problema en 3.910 fallecidos, el mayor número registrado nunca. Los expertos calculan que los datos están infravalorados en al menos un 20% por varias razones, como el deseo de algunas familias de ocultarlo. “Las cifras del Instituto Nacional de Estadística tampoco son muy rigurosas”, asegura Javier Jiménez, un psicólogo que preside la Asociación para la Investigación, Prevención e Intervención del Suicidio (AIPIS). “Otros años comprobamos que había 500 muertos registrados en los institutos anatómico–forenses que no se recogían en la estadística total. Y además se sabe que parte de los accidentes de tráfico son suicidios, también los que se precipitan al vacío por causas sin determinar o los que fallecen por ingesta de medicamentos”.

Paco se ha sentido muchas veces “como un leproso”. Alguna gente no le habla y cambia de acera al verle. Como sus antiguos compañeros de trabajo, el lugar donde se le consumió el alma. “Entré en la empresa a los 15 años y dediqué a ella toda mi vida, de la mañana a la noche, no he hecho otra cosa”, relata luchando contra el temblor de su voz. “Allí se fue generando un ambiente tóxico, incluso violento por parte de los jefes. Un día descubrí que me querían echar para contratar a dos chicos más baratos y me derrumbé. Me dieron una baja por depresión, pero me mandaron una inspección y me decían que no tenía nada”. Paco vive ahora abatido por la sensación de haber malgastado su vida entera. Y todas las noches, en sueños, regresa interminablemente a su puesto de trabajo.

Hay consenso entre los expertos para atribuir la mayoría de los suicidios a trastornos psicológicos. “Muchos estaban latentes y se desencadenan por algún acontecimiento, como una ruptura de pareja o dificultades económicas”, explica Jiménez. La crisis ha coincidido con un repunte de las muertes voluntarias, que aumentaron en 450 entre 2008 y 2014, pero las causas, según los estudiosos, son más profundas.

Para luchar contra su negra sombra, Paco Sánchez se ha unido a otros supervivientes. Así han decidido llamarse, aunque ninguno de los nuevos compañeros de Paco haya puesto en riesgo su vida. Lo que les ha sucedido es que alguien muy próximo se mató por su propia mano. “Y desde entonces ya no vivimos, solo sobrevivimos”, explican. Se conocieron en terapias de duelo en grupo, donde acudieron buscando a alguien que los entendiese de verdad, que también se hubiese visto precipitado a ese abismo de dolor, incredulidad y sentimiento de culpa por no haberlo podido evitar. Alguien que, como ellos, al oír un teléfono o un ascensor, al ver los contornos de una figura familiar en la calle, tuviese por un instante la sensación de que el ser perdido había regresado. Alguien que hubiese vivido el peregrinaje en busca de ayuda psicológica y se hubiese topado con la falta de especialistas para tratar a gente en su situación. Alguien dispuesto, pese a todo, a salir del pozo, a no esconderse, a romper el tabú, a gritarle a la sociedad que han sufrido mucho pero no tienen nada de lo que avergonzarse.

Ha sido como una salida del armario. La primera asociación de supervivientes, Després del Suïcidi, la fundó en 2013 Cecilia Borrás, una psicóloga de Barcelona, tras perder a su hijo Miquel, de 19 años. En Madrid ya existía desde 2009 AIPIS, creada por Javier Jiménez para actividades de prevención supliendo la carencia de programas oficiales. Cecilia y Javier han sido como dos ángeles de la guarda para cientos de personas. Han pasado –y pasan– horas hablando por teléfono con desconocidos que los llaman desesperados, sin saber otro sitio al que recurrir. Su apostolado empieza a dar fruto. Bajo su inspiración, los supervivientes de Huelva han creado la plataforma A tu Lado. Y ya hay otros grupos en marcha para romper el silencio en Canarias, País Vasco o Galicia. Defienden que una parte de los suicidios se podría evitar. Que para ello es esencial que no se oculte el problema y que se apliquen los planes de prevención elaborados por las autoridades sanitarias, pero que apenas se cumplen.

Los testimonios de los supervivientes hablan de muerte y también de vida. Del coraje para sobreponerse a lo indecible y asumir que la mejor manera de mantener el recuerdo del que se fue es seguir adelante. No todos reaccionaron igual. Unos deshicieron de inmediato la habitación del ausente y otros la han conservado con la minuciosidad de un altar. A algunos les gusta repasar viejas grabaciones de los que ya no volverán y otros no se atreven ni a oír sus voces. Pero les une la determinación de intentar que nadie más caiga en ese infierno que para ellos se ha vuelto cotidiano. Estos son sus testimonios en primera persona.

El compromiso

José Carlos Soto Madrigal, 56 años, editor. Olga Ramos, 51 años, informática. Su única hija, Ariadna, de 18 años, se suicidó el 24 de enero de 2015 en Madrid.

“Lo peor es la tortura del ‘y si…’: ‘Y si le hubiese dicho esto, y si hubiese actuado de esta forma…’. Toda la vida de los meses anteriores te pasa por la mente, escudriñas detalle a detalle, conversaciones, miradas, cualquier señal… Y no entiendes nada, te quieres morir.

Los primeros meses no éramos personas. A veces comíamos solo porque venía alguien a traernos la comida. Ella no nos dejó ver absolutamente nada, lo ocultó todo. Intentábamos sonsacarla, pero al final solo hablabas tú. Un día, Carlos le preguntó: ‘Hija, ¿no habrás pensado en suicidarte?’. Y contestó: ‘Papá, qué cosas tienes’. Ariadna era una chica muy madura para su edad. Leía, pintaba, tocaba la guitarra, le gustaban el cine y el teatro… Tenía amigos, era muy querida en el instituto, aunque a veces no encontrase gente con sus inquietudes culturales. Y era muy sensible, se enfadaba si nos oía hablar mal de alguien. Había tenido una adolescencia muy tranquila. Le gustaba estudiar, quería hacer Derecho o Relaciones Internacionales. Se apuntó a un curso intensivo de italiano porque estaba enamorada de la Toscana y pensaba en vivir allí. Hasta que, de un día para otro, en noviembre de 2013, le cambiaron los temarios de unos exámenes y se bloqueó. Nunca la presionamos con los estudios, incluso le decíamos que estudiaba demasiado. Pero nos dijo que tenía un bajón.

"LO PEOR ES LA TORTURA DEL 'Y SI': 'Y SI LE HUBIESE DICHO ESTO. Y SI HUBIESE ACTUADO DE ESTA FORMA", CUENTAN CARLOS Y OLGA QUE PERDIERON A SU ÚNICA HIJA

La llevamos a un psicólogo y le recomendó que dejase de momento el instituto. Con todo, el psicólogo nos tranquilizaba diciéndonos que era una niña supermadura. Ella parecía esforzarse para que nos sintiésemos mejor, se ponía ropa más alegre, música relajante… Sin embargo, no lograba dormir. La llevamos al médico de cabecera, que le recetó Orfidal y Prozac. En los últimos días parecía que estaba mejor. Pero ya lo tenía todo planeado, incluso el día en que libraba el portero del edificio.

La mañana de ese sábado, Olga le dijo: ‘Levántate, que eres lo que más quiero en este mundo y necesito que estés como antes’. Íbamos a ver a unos amigos que ella apreciaba mucho, pero nos dijo que prefería estar en casa. Aunque en los tres meses anteriores Carlos la había acompañado casi todo el día, no era la primera vez que se quedaba sola. Nos dejó una carta en la que decía que nos quería muchísimo, que no soportaba vernos sufrir y que la perdonáramos. Y escribió un párrafo de Borís Pasternak [el escritor ruso tuvo un intento de suicidio] para explicar cómo se sentía.

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Objetos personales de la habitación de Ariadna, una chica de 18 años que se suicidó en Madrid. Juan Valbuena

Tratamos de no recordarla por esos últimos momentos. Fuimos a terapia y nos ayudó mucho. Y sobre todo encontramos a AIPIS. Estamos en la asociación y damos charlas a padres. Ya hemos ayudado a identificar tres posibles casos. Para nosotros lo más importante ahora es que nadie más pase por esto”.

El duelo

Celes Toscano, 50 años, cocinera, viuda. Preside la asociación A tu Lado de Huelva. Daniel, uno de sus dos hijos, se suicidó, con 21 años, el 8 de noviembre de 2013.

“Había que vernos las pintas cuando coincidimos en la terapia de duelo: cómo íbamos peinados, las canas sin teñir, descuidados y vestidos con chándales y sudaderas. Aún el año pasado me compré un pantalón rojo con un blusón, me lo probé dos o tres veces y me lo tuve que quitar, no podía. Tampoco me puedo echar colonia ni pintarme las uñas, es un derecho que te niegas a ti misma. Sigues viviendo, pero tienes tanto dolor dentro que, a veces, cuando estoy sola, digo para desahogarme: ‘Bueno, ahora que tengo media horita, voy a llorar un poco’.

La gente se ha portado muy bien, aunque al principio nadie quería venir a casa. Yo pensaba que me había pasado la cosa más rara del mundo, lo que no le sucede a nadie. El dolor es tan grande que acaba siendo físico, te sale por los poros. ¡Los meses que pasé encerrada! Hasta que me armé de valor y decidí ir al grupo de terapia. Las amigas más cercanas no están de acuerdo en que ahora participe en la asociación, me dicen que no le dé más vueltas. ¡Pero si esto me está ayudando mucho! Si hay que llorar, lloramos; y si hay que reír, reímos.

Yo veía que mi hijo tenía un problema, pero nunca pensé que fuese a llegar a donde llegó. Tenía trastornos del sueño, se podía pasar dos días sin pegar ojo y luego 24 horas durmiendo. Y lógicamente también tenía desórdenes de alimentación, estaba un poquillo nervioso, raro, no se le podía hablar. Lo llevé al médico de cabecera y le dije: ‘Dele unas pastillitas o algo’. Pero el análisis salió bien y nos dijo que no era necesario.

“A LA HABITACIÓN DE DANIEL LA LLAMO EL MUSEO. SIGUE TAL CUAL LA DEJÓ, INCLUSO CON LOS ZAPATOS SUCIOS, ES QUE NECESITO QUE SIGA OLIENDO A ÉL”

Daniel intentó entrar dos veces en el Ejército y no lo logró. Aunque en los estudios iba regular, se acababa de matricular en mecánica. Había tenido una novieta que lo dejó, y se quedó un poco pillado y deprimido. Pero ya estaba con otra, una niña alta, guapita, de melena rubia, con la que iba muy orgulloso. Llevaban tres meses, cuando un día la chica lo engañó y se fue con otro. Daniel se acercó a hablar con ella al instituto. También llamó al chico. Y luego se suicidó. El forense nos dijo que había sido un cortocircuito cerebral. Una de las cosas que más me molestan es que me digan que lo decidió él. ¿Cómo iba a decidirlo él? Fue el sufrimiento el que no lo dejó decidir.

Su hermano, un año y medio mayor, lo ha pasado muy mal. La habitación de Daniel – yo le llamo el museo– sigue tal cual la dejó, hasta con los zapatos sucios. Necesito que siga oliendo a él”.

Seguir viviendo

María, 59 años. Su hijo, de 30, se suicidó en 2013.

“La última cosa que le dije a mi hijo, esa misma mañana, fue que estaba orgullosa de él. Había arreglado sus problemas económicos y era un padre maravilloso para sus dos niñas. Me había llamado para que me quedara con la pequeña. Estaba radiante en la granja escuela haciendo pan con la niña. Por eso, cuando me lo dijeron, quedé en estado de shock. Me parecía un sueño, que me había vuelto loca de repente. En el tanatorio pensaba que aquello era algo ajeno a mí. Ni podía romper a llorar. Me pregunto cuánto dolor y cuánto sufrimiento tenía mi hijo para que ni sus dos niñas lo pudieran atar a la vida. Yo creo que influyó la crisis económica, entre otras cosas.

Ahora pienso que mi hijo presentía que iba a morir joven, porque vivió como murió: rápido. Era casi un crío y ya andaba con dos o tres chicas. Con 22 años tuvo una niña. Era muy impetuoso. Y muy alegre aunque a veces pasaba de golpe a la tristeza. Hacía mucho deporte, tenía un corazón de oro y con un carácter muy emprendedor, muy luchador. Ganó mucho dinero como gruista durante la bonanza de la construcción. Lo invirtió en un piso y un coche. Y tuvo otra niña. Hasta que vino la crisis, se separó, el sueldo se le quedó a la mitad porque tuvo que empezar a trabajar de camarero y los gastos seguían siendo los mismos. Alguna vez lo tuvimos que ayudar. Dejó el piso para alquilárselo a su hermana y así poder seguir pagando la hipoteca. Me contaba que no dormía bien y lo veía más delgado. Pero tenía planes de futuro con una nueva pareja y un trabajo, aunque no fuera su profesión. Parecía que por fin remontaba. ¿Cómo podía pensar yo que mi niño iba a hacer algo así?

Ese día, un cliente del bar donde trabajaba lo acusó de robarle el móvil. ‘¿Para qué, si yo tengo tres móviles?’, le dijo él. Pero el cliente lo amenazó: ‘Soy un alto cargo y te vas a ir a la calle’. Nunca quise averiguar quién era ese hombre, aunque luego supimos que el móvil lo tenía él. A mi hijo se le vino todo encima, debió de pensar que se quedaría sin trabajo. Le dijo a una compañera: ‘No puedo con esto. ¡Qué flojo me siento!’. Al acabar, cogió la bici… y se suicidó.

Tiempo después, a veces aún pensaba que se había ido a Francia o a Alemania. Una vez seguí por el mercado a un chico que de lejos se parecía a él. Poco a poco volví a la realidad. Me iba al mar yo sola para poder gritar. Nadaba hasta en invierno. Me centré en el arte, en la familia y en los amigos. Y ahora estoy aquí para decirle a la gente que, pese a todo, se puede seguir viviendo”.

La culpa

María de la Cinta Rullo Sorribes, 57 años, pensionista por invalidez, casada y madre de un hijo. Su otra hija, Marina, se quitó la vida el 20 de enero de 2008 en Tortosa (Tarragona).

“Se supone que yo también intenté suicidarme una vez, aunque ya no estoy tan segura. Tenía 33 años y dos hijos. Tal vez solo quería olvidarme de la mierda de vida que llevaba y de un marido que me minaba la autoestima. Y tomé pastillas. La psicóloga me dijo: ‘Usted no tiene nada. Solo debe separarse de su marido’. Tardé ocho años en conseguirlo porque él quería quedarse con los niños. Luego me enamoré de una chica y salí del armario por la puerta grande en una ciudad pequeña como Tortosa.

Pasé otros ocho años viendo a Marina sufrir por un trastorno límite de la personalidad. Después de uno de sus más de 50 intentos de suicidio, escribí un poema: ‘Me duele el pasado mañana / me duele el presente / me duele el dolor / me duele hasta el dolor que no siento’.

Siempre fue competitiva hasta con ella misma. Empezó con trastornos de alimentación a los 16 años. Pedimos ayuda en un hospital de Barcelona, pero nos dieron cita para seis meses después. En ese tiempo conoció a un sinvergüenza que la metió en la droga. Su primer intento fue con una sobredosis de heroína. Ese día tuve un presentimiento, fui a casa y la encontré tirada con la goma en el brazo. Yo estaba con los efectos de la quimioterapia por un cáncer de mama. Intentó dejar la droga, empezó a ir a psicólogos… Era una montaña rusa. En los momentos bajos, solo veía un agujero negro. Tras cada intento, la aislaban una semana y, en cuanto el tratamiento hacía efecto…, para casa. Una vez se tragó un imperdible abierto y tardaron cinco horas en sacárselo. Un médico llegó a decirme: ‘Tiene que hacerse a la idea de que acabará consiguiéndolo’. Fue una bofetada. Habían arrojado la toalla, pero yo no podía concebir que algún día no llegaría a tiempo.

Cuando sucedió todo, ya había dejado la droga. Yo trabajaba de noche en una central de alarmas. Por la tarde nos reímos juntas viendo Sexo en Nueva York y me dio un beso cuando me fui trabajar. A medianoche me llamó una vecina con la que había quedado, alarmada porque no le contestaba. Me fui de inmediato y encontré el móvil, el DNI, el bolso…, todo puesto sobre la cama. Llamé a la policía. A las 9.00 me avisaron ellos: ‘Se arrojó al tren de las 7.00’.

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María de la Cinta Rullo siempre recuerda a su hija Marina, que se mató con 24 años, al ver esta es escultura en Huelva. Juan Valbuena

Pedí la baja en el trabajo, pero, al prolongarla por ansiedad, me hicieron la vida imposible. Yo vivía delante de las vías del tren, cada uno que pasaba… me moría. La psicóloga no me dio más solución que cambiar de casa. ¡Pero si era mileurista! Me reventaban los cuchicheos, las miradas acusadoras, las acusaciones directas. Tanto que una persona me dijo: ‘Esto es el fruto de la vida que has llevado’. Y a mí me atormentaba la culpa. Otros me decían que todo se acaba olvidando. ¡Si yo lo que no quería era olvidarla! Cuando no estaba en crisis, era la chica más dulce, cariñosa, trabajadora y simpática del mundo.

Un día que me encontraba mal, mi hijo Marcel me dijo: ‘Mamá, no llores más. Marina está donde quería’. Me aferré a eso y decidí que mi hija iba a estar dentro de mi corazón, que iba a vivir a través de lo que yo viviese. Y que por eso no podía llevar una vida de mierda. A veces aún se me olvida esto, pero aquí sigo, intentando vivir por mí y por ella”.

El cortocircuito

Mónica Rossi Palomar, 48 años, trabajadora social y edil de IU en Huelva. Manuel Eugenio García Serrano, 49 años, socio de una  empresa de economía social de comercio. Uno de sus dos hijos, Jesús, de 18 años, se mató el 15 de junio de 2013.

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Mónica y Manuel, padres de Jesús que se mató con 18 años. Juan Valbuena

“Esa misma mañana había estado tocando la guitarra. Y cinco minutos antes vino de casa de la vecina con un pescado. A la semana siguiente se iba de campamento de verano con los scouts. El día anterior le habló a su padre de proyectos, estaba sacándose el carné de conducir, tenía una novia… Todo fue de un día para otro. Tal vez nosotros no vimos las señales, pero no las vio absolutamente nadie: amigos, familia, vecinos… Puede que se trate de chicos especiales, que viven y sienten de una manera distinta. Jesús solo vivió 18 años, pero tuvo una vida intensísima y plena.

Era muy extrovertido y servicial, se ofrecía para todo. Y muy impulsivo, eso sí. Siempre con una sonrisa, estaba en la tuna de Derecho, era rociero, semanasantero, le gustaban los toros, el flamenco… Aunque también le gustaba el campo, se empeñó en estudiar Derecho. Le fue bien hasta que lo llevaron a un juicio por un caso de violencia de género. Volvió diciéndonos: ‘Yo no podría defender a un hombre así’. Y lo dejó para matricularse en el grado superior de explotaciones agrícolas.

“LE pedimos a todoS que nos hableN con naturalidad y no eviten ninguna palabra. a veces HASTA NOS REÍMOS RECORDANDO COSAS DE JESÚS”

El forense nos dijo que fue un cortocircuito cerebral. Estaba en casa con su hermano Sergio, seis años mayor. Eran las dos de la tarde, se metió en el cuarto de baño y se mató. Dejó una nota que solo decía: ‘Lo siento’. Un vecino acudió a los gritos de Sergio, que escapó a la calle, en calzonas y descalzo. Cuando avisaron a Mónica y la informó una médica del 061, al principio hasta se lo tomó a guasa, tan inconcebible le parecía. Porque es algo que no se puede ni pensar. Para aclarar lo sucedido, la policía nos llevó a los tres a comisaría y nos tuvo allí hasta la una de la madrugada. Nos trataron bien dentro de las circunstancias. Sergio sufrió allí un ataque de ansiedad.

A la semana siguiente, fuimos los tres a un psicólogo que buscamos nosotros. La médica de familia nos veía cada semana y nos desvió a Salud Mental, pero allí tardaron tres meses en atendernos. La experiencia no fue buena. Cuando Eugenio comentó a la psiquiatra lo ocurrido, se puso tan nerviosa que casi tuvo que consolarla él. Le dijo que tendría que medicarse toda la vida. Pues, mira, ya no toma nada. El psicólogo, Juan, fue un apoyo fundamental, pero nos faltaba algo: hablar con gente que supiese lo que estábamos pasando. Por eso acudimos al grupo de duelo de la Asociación de Escucha San Camilo, donde nos encontramos con tres madres en la misma situación y nos ayudó mucho. Sufrimos problemas de pareja y nos peleábamos muy a menudo, pero lo superamos. Somos creyentes y la fe nos ha ayudado. Y nuestra red de apoyo han sido la familia, los amigos y los compañeros de la Hermandad Obrera de Acción Católica. Eugenio ya había pasado una depresión y sabía lo que hacer para no caer de nuevo. Mónica trabaja con personas con discapacidad y eso fue un estímulo, porque cuando volvió al trabajo la trataron con mucho amor y respeto.

Le pedimos a todo el mundo que nos hable con naturalidad, que no eviten ninguna palabra. Sergio ha demostrado una fortaleza sorprendente. A veces hasta nos reímos mucho recordando cosas de Jesús. Pero los primeros meses se despertaba todas las noches con alaridos: soñaba que corría por el pasillo y nunca llegaba al baño. No queríamos dejar la casa, porque en ella habíamos sido muy felices, así que decidimos cambiar el baño entero. Sergio siempre escribe algo en Facebook en los aniversarios del suicidio de Jesús. En el último puso: ‘Tres años y todavía no he aprendido a pensar en ti, a recordarte sin que un nudo atenace hasta mi alma. Tu ausencia a mi derecha es un vaho de incógnitas que solo mi deseo de saber que cuidas de nosotros donde estés alivia”.

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A Jesús, fallecido con 18 años, le gustaba pasear junto a la ría de Huelva (izquierda).  Juan Valbuena

POR Xosé Hermida

Lleva escribiendo para El País desde 1989. Fue durante dos décadas corresponsal del periódico en Galicia y posteriormente delegado en esa comunidad autónoma, donde cubrió acontecimientos políticos, sociales, culturales y deportivos, y sucesos como el desastre del ‘Prestige’. En 2015 se incorporó a la redacción central de Madrid y desde 2017 es responsable del diario en Brasil.