Documentos. Arte

El álbum secreto de Sorolla

Publio López-Mondéjar
3 min.
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Autorretrato familiar del fotógrafo Antonio García (de pie, al fondo) realizado en 1907. Sorolla aparece sentado, a la izquierda, encendiendo un puro. / Antonio García

El pintor Joaquín Sorolla se sirvió de la cámara para capturar todo aquello que escapaba a la fugacidad de la mirada. La fotografía ocupó un lugar privilegiado en su obra y también en su vida: se codeó con los maestros de la época y atesoró una nutrida colección de instantáneas. Ahora una exposición nos permite asomarnos al excepcional álbum que recoge los momentos clave del universo del artista valenciano.

sábado 01 de abril de 2017

EN LA VIDA del pintor Joaquín Sorolla (Valencia, 1863-Madrid, 1923), la fotografía ocupó un lugar fundamental. Así lo atestigua su cercanía con algunos de los grandes profesionales españoles de su tiempo como Antonio García, Christian Franzen, Alfonso, Campúa, Guillem Bestard, Venancio Gombau, Rioja de Pablo y González Ragel. Especialmente estrechos fueron sus vínculos con los dos primeros: su suegro, Antonio García, el gran patriarca de la fotografía valenciana, y el danés Christian Franzen, el más importante retratista y reportero de la España de la restauración y la regencia. Con García compartió Sorolla sus años de formación en Valencia, y en su estudio realizó en su juventud faenas de iluminación y retoque. A Franzen comenzó a tratarle al poco de instalarse en Madrid, en los días finales del siglo XIX. A ambos los retrató el artista en dos obras admirables, no solo por su propia excepcionalidad en la producción artística española, sino también por su carácter de homenaje y celebración de las disciplinas pictórica y fotográfica.

Sorolla pintando Charro a caballo en los campos de Salamanca en 1912. Venancio Gombau

La afinidad de Sorolla con los fotógrafos se mantuvo también en sus viajes por Estados Unidos, donde le retrataron profesionales de la talla de W. A. Cooper, William G. Hollinger, Sebastian Cruset, George Harris, Martha Ewing y Gertrude Käsebier –de esta época destaca precisamente el retrato que esta, miembro ilustre del movimiento Photo-Secession, le tomó en Nueva York en 1909–. La proximidad con los fotógrafos fue decisiva en la creación de la visión fotográfica de Sorolla. Las fotos le sirvieron para observar detalles de las cosas que, como advirtió Proust, el ojo humano no era capaz de percibir debido a la fugacidad de la mirada. De la fotografía apreciaba el artista lo que tiene de azaroso, el carácter de pasado que alcanzan las instantáneas en el momento mismo de la toma, su cualidad de testimonio y de fuente de memoria. Las crecientes exigencias de su obra, sobre todo cuando inició su monumental Visión de España en 14 paneles (1912-1919), lo llevaron a buscar el auxilio de la fotografía: a menudo tuvo que recurrir a aquellas imágenes amarillentas, que encontraba el pintor Gutiérrez Solana expuestas en los escaparates de los estudios de Castilla, “de tipos del país, con sus trajes característicos, que ya no se sacan más que en los juegos florales”. Más que valerse de las fotos para refrescar los huecos de su memoria, trató siempre de acercarse a sus realidades ocultas y superpuestas. Era plenamente consciente de que solo la cámara era capaz de mostrarle lo que ya no existía, lo que había sido barrido por la desconsideración del tiempo.

El interés de Sorolla por la fotografía también se advierte en la nutrida colección de imágenes que llegó a reunir en vida de autores diversos y diferentes épocas, estilos y geografías. Entre ellas, además de numerosos retratos, no faltan cientos de estampas de sus escenarios personales más queridos: las playas de la Malvarrosa y el Cabañal, los trajines de los pescadores que guiaban a los bueyes uncidos por parejas, las barcas o la Casa dels Bous, que estaba frente a la antigua lonja de pescado y en la que solía guardar el pintor sus lienzos y aparejos. Las fotografías nos muestran a Sorolla en estos ambientes marineros, trabajando con el caballete bien anclado en la arena, contemplando extasiado el espectáculo inagotable del mar, la ondulación de las olas, el imperceptible movimiento del sol, la mágica reverberación de la luz, dichoso en su paraíso creativo en el que guardaba su tesoro de sol y de luz, como pronto percibió Juan Ramón Jiménez. “Cuando uno entra en el estudio de Sorolla parece que se sale a la playa o al cielo; no es una puerta que se cierra con nosotros, es una puerta que se abre al mediodía”.

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Fotografía de Sorolla trabajando en el cuadro Niños en la playa en Valencia en 1917.

Durante largos años, Sorolla fue tan cuestionado por los sectores más burocráticos de la crítica como apreciado por el público de todo el mundo. Hoy el pintor mantiene intacta la estimación popular y su obra se ha ganado también el respeto del entendido. Como había pronosticado Pío Baroja, el gran maestro valenciano ha superado en los últimos 30 años el olvido de décadas para alcanzar el reconocimiento universal. La exposición Sorolla en su paraíso se centra en la imagen del pintor más que en su obra, y en ella lo podremos ver rodeado de las personas de su círculo familiar y afectivo, abandonado al ejercicio de su oficio en los ámbitos infinitos de la naturaleza, desde la orilla del mar hasta la vastedad de los campos de Castilla. Un monumento iconográfico de inapreciable valor que nos acerca a la imagen íntima y pública de este hombre sencillo y acogedor de menguada estatura que se convertía en gigante cuando cogía los pinceles.

POR Publio López-Mondéjar

Es comisario de la exposición 'Sorolla en su paraíso. Una visión fotográfica de Joaquín Sorolla', que se inaugura el próximo 7 de abril en el Museo Sorolla de Madrid.