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Sergio Llull, el dueño del último segundo en el basket

Faustino Sáez
10 min.
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Llull debutó con el Madrid en 2007, donde es todo un icono. / Sofía Moro

Su facilidad para encestar en los instantes decisivos lo ha convertido en el mejor jugador del baloncesto europeo. La NBA no le quita el ojo, pero él se resiste a dejar el Real Madrid. Su nombre se ha convertido en el grito de guerra de la afición blanca. Así se forja la leyenda de un deportista indómito.

domingo 30 de abril de 2017

LA TRAMONTANA es un viento inclemente y tenaz que sacude con fuerza episódica Mahón, el extremo más oriental de la cartografía española. Cuando llegaban las lluvias o las frías turbulencias a la ciudad, los niños del colegio de La Salle se recogían apiñados en el pabellón del centro escolar para continuar con su bullicio de carreras, botes y encestes. Para los mayores, las pistas principales; para los pequeños, apenas unos palos de color naranja con una base y un aro, sin tablero. En aquella amalgama comenzó a abrirse paso, en los primeros años de la década de los noventa, la pasión por el baloncesto del que ahora es el jugador más decisivo de Europa. Sergio Llull representa la aleación perfecta de talento, perseverancia e intrepidez. A todo ello añade un fascinante pacto con el cronómetro. “Se trata de dominar tiempo y espacio. Entrenamos mucho y jugamos 100 partidos al año. Las dimensiones de la cancha me las conozco de memoria. Siempre tengo localizado el aro para dar la intención, el arco y la fuerza necesarios al balón para meterla”, cuenta el base del Real Madrid. “En alguno de esos tiros influye la suerte, pero hay mucho de repetición, de reflejo aprendido desde la infancia. Muchas canastas entran por convicción y por deseo, no por técnica. Hay que creer hasta el final. La suerte es para el que la busca, para el que trabaja e intenta esforzarse siempre”, relata para explicar su ecuación de la parábola. La misma que le ha llevado a protagonizar con éxito tantos finales inverosímiles en los últimos tiempos.

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El deportista en Valdebebas. Sofía Moro

A la cita en las pistas del madrileño pabellón de Valdebebas llega vestido con el traje de faena para la sesión de fotos y acariciando la pelota. A sus 29 años, Llull encarna la imagen de un deportista en plenitud. Iluminado, febril y heroico, el menorquín domina los partidos con bravura y simboliza un homenaje a la competitividad. “Necesito la adrenalina de disputar un título cada tres meses, la pasión de las finales. Ese es uno de los grandes motivos por los que me quedo aquí y no me marcho a la NBA. Allí tienen la mejor liga del mundo y jugaría con los mejores, pero yo quiero hacer historia en el Madrid”, explica. “Me apasiona la sensación de ganar. Es algo brutal. La felicidad es estar donde quieres, sentirte a gusto contigo mismo y tener la vida que deseas al lado de los que te quieren. El dinero no lo es todo”, añade. Elegido en el puesto 34º del draft (lista de los nuevos jugadores seleccionados por los equipos del campeonato estadounidense) de 2009 por los Denver Nuggets, que después traspasaron sus derechos a los Houston Rockets, Llull ha respondido siempre con negativas a la NBA, la última en el verano de 2015. La franquicia texana volvió entonces a la carga ofreciéndole un contrato irrechazable de 24 millones por tres años. Dudó como nunca. Pero, finalmente, la propuesta de ampliación de contrato que le ofreció el Real Madrid hasta 2021 le reafirmó en su idea de quedarse aun cobrando tres veces menos que en EE UU. “No le doy muchas vueltas a la renuncia. Hay muchos que sueñan con jugar en la NBA; yo desde pequeño anhelaba estar donde estoy y sigo viviendo ese sueño”, repite cada vez que se reabre el debate. Los que le conocen afirman que ser dueño de su destino es la mayor demostración de un carácter indomable forjado desde niño. Quedándose abrillanta sin cesar un estatus que se resetearía en la meca del baloncesto. La invitación sigue latente, pero en su horizonte inmediato solo está el reto de agrandar la colección de títulos con su equipo y la boda con Almudena, el 1 de julio, tras seis años de noviazgo.

“La felicidad es estar donde quieres y tener la vida que deseas. el dinero no lo es todo”

Maniático del orden y la limpieza, apasionado del marisco y el helado de vainilla, admirador –“como todos”– de Michael Jordan, madridista de cuna, asiduo al Bernabéu, fotógrafo de las celebraciones de su equipo, recolector de todas las redes de la gloria, disc jockey del vestuario blanco y de la selección, y disfrutón de la vida, Llull comenzó a jugar al baloncesto nada más salir de la escuela infantil y no tiene pensado parar nunca. “No sé aún qué quiero ser de mayor”, confiesa. El hijo de Toñi, empleada de la Transmediterránea en el puerto de Mahón, y de Paco, alero tirador en sus tiempos mozos y después dueño de una aseguradora en la isla, creció dando lustre a su expediente de buen estudiante destacando en matemáticas, flojeando en filosofía y sufriendo en plástica. Los piques con su hermano Iván, cinco años menor, a la Play y en las pachangas de la habitación forjaron una personalidad irreductible que eclosionó en el partido que marcó su porvenir. “No me gusta perder“, repite como eslogan.

Un 6 de noviembre de 2002, a nueve días de cumplir los 15 años, un torbellino pasó por el polideportivo municipal de Alayor. “Nos jugábamos la liga en casa del segundo clasificado y me salió un partido redondo. Anoté 71 puntos, repartí 19 asistencias y ganamos ­105-117. La noticia salió en Internet y comencé a entrar en las convocatorias de las categorías inferiores de la selección”, recuerda. Semejantes cifras hicieron saltar los radares de la Federación Española de Baloncesto (FEB). “Le localizamos y le convocamos a una miniconcentración. No pasó el corte, pero se quedó bien apuntado en la agenda”, cuenta Ángel Palmi, ex director deportivo de la FEB. “En 2004, poco antes del Europeo Júnior de Zaragoza, se lesionó el base titular y nos acordamos de él, aunque era un año más joven que el resto. Físicamente no era ni la mitad de lo que es hoy, pero corría y corría sin parar y tenía la misma voluntad que ahora. Se esforzó siempre por mejorar en su oficio, se propuso hacer historia y lo está consiguiendo”, añade Palmi. “Ya entonces era un caballo desbocado. Llegaba antes que nadie al campo contrario. Disfruta de lo que hace y lo deja todo en la cancha. Vive en el último segundo”, refrenda Luis Guill, técnico ayudante en aquel campeonato.

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El jugador de pequeño disputando un partido en su colegio de Mahón.

Un año antes, Llull había dejado la casa familiar en busca del gran desafío de su vida. “Me fui a Manresa en 2003 para intentar que el baloncesto fuera mi profesión. Era una de las mejores canteras de España, allí se habían formado grandes jugadores y me parecía el mejor sitio para crecer. Soñaba con dar el salto a un equipo profesional”, confiesa. “Fue difícil. Me fui a vivir a un piso compartido con otros dos compañeros de equipo. Y ahí te toca madurar muy rápido, por pura supervivencia. Tuve que aprender a poner lavadoras, a planchar, a cocinar, a limpiar…”. En Manresa le adoptó el que aún considera su hermano mayor en el baloncesto, Rafa Martínez. “Dio el estirón y quemó etapas muy rápido. En su cuarto año aquí le cambió la vida. Esa temporada empezó jugando muchos minutos, pero con el cambio de entrenador ficharon a otro base y dejó de contar. En esas edades son épocas de muchas dudas, de seguir o no seguir, pero él es un currante y se refugió en el trabajo. El que le llegara tan pronto un momento tan crítico quizá le hizo coger carrerilla. De ahí en adelante ya no paró”, explica el ahora jugador del Valencia Basket. “En unas semanas pasó de ser el tercer base del Manresa en la Liga Española de Baloncesto Oro (de segunda división) a ganar con el Madrid la ACB, la principal liga profesional. Le llegó su sueño con 19 años y lo ha aprovechado al 100%. Un día nos íbamos por la tarde a Los Barrios (Cádiz) a jugar el play off y me llamó al mediodía para decirme que no iba a venir, que había firmado por el Madrid, habían pagado la cláusula y el Manresa estaba de acuerdo. Me quedé helado. Me alegré por él, pero me fastidió que se marchara. No pudimos celebrar el ascenso juntos. Llevaba unos días raro, supongo que porque estaba concretando el fichaje y no quería decir nada. Estaba ilusionadísimo”, rememora Martínez.

Debutó con el Real Madrid en la Liga ACB el jueves 17 de mayo de 2007, disputó 2 minutos y 15 segundos y no lanzó a canasta; solo una asistencia figura en su primera ficha como madridista. Pero apenas un mes más tarde estaba celebrando el alirón blanco ante el Barça en el Palau. Llegar y besar el santo. “Su verdadera carta de presentación fue el partido amistoso contra el Toronto en octubre. Fue la primera victoria del Real Madrid ante un equipo de la NBA y él hizo un partidazo con 17 puntos. Allí apareció el grito de la afición: ‘¡Llull, Llull, Llull…!’. Ahí comenzó su conexión con la grada. La gente vio en él un chico entregado y humilde que se ha ganado a pulso todo lo que le ha sucedido. Es un currante, un jugador a la antigua usanza, de los que les apasiona su trabajo. Por eso le quieren tanto”, analiza Joan Plaza, su técnico entonces. “Tenía velocidad y dureza, pero se trataba de darle confianza para que perdiera los complejos. Había que liberarle del miedo al error. Antes o después de cada entrenamiento hacía series de lanzamiento de 30 a 45 minutos todos los días. Le grabábamos desde todos los ángulos, sacábamos sus estadísticas e intentábamos encontrar similitudes entre su mecánica de tiro y la de otros jugadores, buscábamos la biomecánica más parecida a grandes tiradores de la NBA como Ray Allen o Kyle Korver”, prosigue Plaza, que atisbaba semejanzas entre el estilo de Llull y el del base estadounidense Chauncey Billups. “Jamás vi un joven con esa ambición. Desbordaba energía en el equipo y no se arrugaba ante ningún rival. Se hizo uno más del grupo en apenas unas semanas. Ahora está a un nivel solo comparable al del mejor Juan Carlos Navarro”, explica Álex Mumbrú, uno de los líderes de aquel vestuario madridista.

Eurobasket 2015 Group B- Germany - Spain
Llull y Pau Gasol en un partido de la selección contra Alemania en 2015.

Heredero de la capitanía de Felipe Reyes por casta y entrega, las resoluciones memorables de Llull ya tienen su eco en la eternidad del club blanco. “En el Madrid comencé con el papel de revulsivo y eso me ayudó a ganar carisma entre la afición, a crecer como profesional y a familiarizarme con los momentos clave. No tengo ningún miedo. Algunos jugadores sienten pánico en los últimos minutos de los partidos. Pero en esas situaciones yo me siento cómodo. Va con mi carácter”, retoma Llull. Hasta llegar a su idilio con la cuenta atrás y los tiros de gracia recorrió un largo camino de repeticiones. Primero fue el trabajo con Miquel Nolis en Manresa: tres días a la semana, a las ocho de la mañana, antes de entrar al instituto. Después, en el Real Madrid con Randy Knowles, técnico especialista en perfeccionar el lanzamiento, que refinó su mecánica con largas tandas de tiros sentado en una silla a la altura de la línea del 6,25 entonces, para enseñarle a alinear los brazos y la espalda frente a la canasta. Más tarde continuó ese seguimiento con Alberto Codeso, mientras que Juan Trapero y Joan Ramón Tarragó pulían físicamente a la fiera. “Se trata de buscar la perfección. De sentir que lo estás haciendo todo bien. Si quieres hacer historia, no vale conformarse”, explica Llull sintetizando su ideario.

“Algunos jugadores sienten pánico en los últimos minutos de los partidos. pero yo me siento cómodo”

“Como entrenador, te enamoras muy pronto de él. Tenía un punto de locura en el sentido más positivo. No había que ser un genio para saber que iba a ser un jugador importantísimo en el Madrid. Era puro talento. Ahora representa un icono para la afición por su afán ganador. Ha adquirido ese estatus de estrella por la que merece la pena pagar una entrada cuando actúa. Sabes que te lo va a devolver con algo extraordinario”, señala Ettore Messina, entrenador del Madrid entre 2009 y 2011 y ahora técnico asistente en los San Antonio Spurs de la NBA. “Con Llull nos centramos en trabajar la toma de decisiones en la pista. En saber manejar los tiempos de los partidos. Cuándo arriesgarse y cuándo no. Asumir la responsabilidad en los instantes finales no está al alcance de cualquiera, te encumbra o te mata. Una vez Sasha Djordjevic me dijo: ‘Míster, todos los jugadores del mundo tenemos miedo, la diferencia entre unos y otros la marca el saber transformar esa sensación en agresividad”, cuenta Messina. “Llull no solo acaba con su miedo, sino también con el de sus compañeros y sus entrenadores. No tengo ninguna duda de que Sergio triunfaría en la NBA. Especialmente en Houston, porque tiene un estilo de juego que le encaja mucho. Pero el que decide es él”.

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Retrato de Sergio Llull. Sofía Moro

Con el entrenador italiano, Llull protagonizó una de sus primeras hazañas. Fue ante el Montepaschi en la Euroliga de 2010, con 17 puntos en 11 minutos y su primer triple de videoteca. Después llegaron muchos más, con la canasta de la victoria en la Copa del Rey de Málaga en 2014 con su particular last shot. “Ese momento marca un punto de inflexión”, reconoce el jugador, que tiene clavada la espina de la que falló con la selección frente a Turquía. “La adrenalina de los instantes finales de un partido no es comparable a nada terrenal. Cuando encestas es un subidón indescriptible. Te sientes especial. Te sale un grito de rabia, de éxtasis. Es muy difícil de explicar, hay que hacerlo y vivirlo. Ganar en el último segundo es lo mejor del mundo”.
Icono de la era de Pablo Laso, Llull ha sido el jugador más valorado (MVP) en 6 de los 13 títulos logrados por el Real Madrid en los últimos cinco años. Y ha sido decisivo en todos. Con la selección suma seis medallas en ocho campeonatos y representa la inagotable genética de podio que da continuidad a la generación de 1980 liderada por Pau Gasol. “Representa el espíritu de un club y la pasión por un deporte”, sintetiza Laso, que le entregó el mando de su equipo para hacer historia. Sus trances de liderazgo y puntería abruman a los rivales y rescatan victorias imposibles. Su mezcla de inteligencia y fortaleza mental le ha abierto la enciclopedia madridista. “Desde que llegó Pablo [Laso] estamos compitiendo como leones. Cuando juegas en el Madrid no tienes presión, es directamente responsabilidad. No queremos dejar de ganar nunca”, cierra Llull.

POR Faustino Sáez