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Ricardo Sicre, la huella de un agente secreto

Álvaro Corcuera
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Ricardo Sicre, con uniforme de la OSS –la precursora de la CIA– a finales de la II Guerra Mundial en La Bastide-de-Sérou (Francia)

Fue espía de EE UU en la España franquista durante la II Guerra Mundial. Un exiliado republicano que terminó su vida como un millonario, amigo de los poderosos del régimen y anfitrión en Madrid de las estrellas de Hollywood.

sábado 28 de enero de 2017

Su primera misión como agente secreto fue entrar clandestinamente en la Embajada de España en Washington y reventar la caja fuerte de la misión diplomática franquista, donde se guardaban claves telegráficas para comunicarse con Madrid, y averiguar las intenciones de España en la Segunda Guerra Mundial. Ricardo Sicre se cameló a una secretaria de la Legación y cumplió las órdenes que le habían dado. Aunque el riesgo era alto –los americanos le advirtieron de que, en caso de ser descubierto, no podrían mover un dedo por salvarle–, el espía pasó la prueba con nota.

Hijo del médico de Bellver de Cerdanya, un pueblecito leridano de 2.000 habitantes, militante de Esquerra Republicana, espía de la OSS –la agencia precursora de la CIA– y exitoso hombre de negocios durante la dictadura de Franco. Ese es el resumen de la apasionante vida de Ricardo Sicre, aunque su trayectoria a lo largo de medio siglo está llena de misterios. “Mi padre fue una persona fuera de lo normal porque vivió una época excepcional. No estudió porque cuando tenía 17 años estalló la guerra. Pero tenía una cabeza privilegiada”, recuerda uno de sus cuatro hijos, Emilio Sicre, en el salón de su chalé de Port de Pollença, en Mallorca. Ofrece café con leche, ensaimada. Le acompaña en el salón uno de sus 10 perros. En la estancia hay un piano de cola y multitud de libros de historia. Junto a los sofás sobresalen dos colmillos de elefante, un trofeo de caza con el que se retrató su padre en Kenia, en 1958. La imagen forma parte de un documental de 2013 titulado Agente Sicre, el amigo americano, que relataba la vida de este hombre que pasó del idealismo al pragmatismo y falleció en 1993. La película contaba, entre otros episodios, cómo durante la Segunda Guerra Mundial Sicre reclutó a comunistas españoles exiliados en el norte de África para introducirlos en España como agentes secretos. Es solo una parte del relato que Pablo Azorín Williams y Marta Hierro, directores del documental, han convertido en una secuela bajo el nombre de Espías en la arena. Objetivo España.

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Sicre, con los colmillos de un elefante cazado por él en Kenia en 1958.

Si se juntaran las dos películas en una sola gran producción, el relato comenzaría en la guerra civil española, en la que Sicre militó con el bando republicano. “Era una época muy abierta, liberal y progresista. Todos estaban emocionados, los sistemas educativos eran muy avanzados y la cultura muy creativa”, describe su hijo Emilio. En 1937, cumplida la mayoría de edad, Sicre fue reclutado y enviado al frente. Dos años más tarde, con la guerra perdida, huyó al sur de Francia. Allí fue a parar a un campo de refugiados: “Había diarrea, enfermedades…, morían a diario. Por suerte, mi padre tenía un amigo que se ligó a una enfermera inglesa y gracias a ella lograron huir a Reino Unido”.

Mientras, miles de republicanos se agolpaban en el puerto de Alicante esperando el momento de huir al norte de África. En barcos como el Stanbrook escaparon algunos de los españoles fieles a la República a los que Sicre reclutaría años más tarde. En la Argelia bajo dominio francés, muchos fueron forzados por el régimen colaboracionista de Vichy a trabajar en la construcción del ferrocarril Transahariano. Hasta la invasión de los Aliados en 1942, permanecieron prisioneros.

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Ava Gardner y el embajador de Estados Unidos, John Davis Lodge, en la plaza de toros de Valencia. Entre ellos, Ricardo Sicre.

Nada más llegar exiliado a Reino Unido a principios de los años cuarenta, Sicre fue reclutado para la Home Guard, una fuerza civil que tenía que resistir a una más que probable invasión alemana. Al mismo tiempo, trabajaba en una peluquería. En aquellos días conoció a uno de sus grandes amigos, el escritor y poeta Robert Graves, al que comunicó su enorme interés de marchar a Estados Unidos. “Mi padre no estaba dispuesto a vivir otra guerra, así que se enroló en un barco con destino a Nueva York como pinche de cocina”, relata Emilio. Según su testimonio, al llegar a EE UU, Sicre se tiró al mar antes de que el barco atracase en Ellis Island y las autoridades comprobaran su documentación. Llegó a la costa sin papeles y con lo puesto. Solo contaba con los contactos que su amigo Graves le había proporcionado, personas involucradas en movimientos de izquierda.

Todos estaban controlados por la policía estadounidense y no pasó mucho tiempo hasta que las autoridades localizaron a Ricardo Sicre y descubrieron su pasado como miliciano republicano. Le detuvieron, le interrogaron y le ofrecieron dos únicas opciones: ser extraditado a España, donde iría a prisión, o… colaborar con EE UU en labores de espionaje. Eligió la segunda. Estados Unidos tenía motivos para andar preocupado con España. Más aún cuando entraron en la II Guerra Mundial en 1941. En el frente europeo, Franco se mantenía neutral, pero Washington y Londres temían que se uniera al Eje y peligraran Gibraltar, el Estrecho y el control del Mediterráneo.

Frente a ese escenario estratégico, los Aliados diseñaron, en primer lugar, la Operación Torch, que supuso el ­desembarco de 70.000 soldados en las costas de Marruecos y Argelia. En tan solo ocho días, se hicieron con el control del territorio y aseguraron la orilla sur del Mediterráneo para la causa de los Aliados. Entre los miles de soldados desplegados en el norte de África se encontraba Ricardo Sicre, que se había convertido en Richard Sickler. Bajo esa doble personalidad se escondía un agente de la Office of Strategic Services, la OSS, fundada a instancias de Franklin D. Roosevelt, presidente de Estados Unidos, descontento con los servicios secretos de la Army y la Navy, en seria crisis de credibilidad tras el fiasco de Pearl Harbor, el ataque relámpago de la aviación japonesa sobre la flota estadounidense que supuso la entrada de EE UU en la II Guerra Mundial.

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Sicre con su esposa, Betty Lussier, piloto británica, en 1945.

Con el Mediterráneo sur en sus manos, los norteamericanos y británicos diseñaron a continuación la Operación Backbone, un plan para invadir España en caso de que Franco entrara en guerra junto a Hitler. Aquella misión estaba muy bien vista por el Partido Comunista de España, que, aunque se encontraba en las antípodas ideológicas de EE UU y Reino Unido, compartía un mismo objetivo con los Aliados: el derrocamiento de Franco. Dentro de aquella estrategia, unos y otros colaboraron para reclutar a los españoles republicanos que acababan de ser liberados de los campos de concentración argelinos. La idea pasaba por montar una red de espionaje de la OSS –al frente de la cual estaban Donald Downes y Ricardo Sicre– en España. Se planificaron siete operaciones con nombres en clave: todas eran frutas, que se correspondían con siete ciudades españolas. Solo dos se llevaron a cabo: Banana, en Málaga, y Albaricoque, en Melilla.

Gran Vía madrileña. Finales de 2016. Jean-François Bueno, de 68 años, sonrisa perenne, bajito, moreno, ha viajado desde Marsella para acudir al estreno de Espías en la Arena. Objetivo España. Bueno vivió en Orán (Argelia) hasta los 17 años. Su padre, Francisco Bueno, un republicano malagueño, era uno de los agentes que reclutó Sicre en el norte de África para trabajar en favor de los Aliados. “Ricardo convenció a mi padre de la operación”, cuenta hoy. La OSS sabía qué personas necesitaba como agentes. Francisco Bueno, entrenado durante la Guerra Civil en el Servicio Español de Información Periférico, el contraespionaje de la República, era un espía con experiencia: “Entre 1937 y 1939, mi padre se convirtió en un experto en adentrarse en las líneas fascistas y conseguir información”.

Emilio Sicre, hijo de Ricardo Sicre posa en el jardín de su casa de Mallorca.
Emilio Sicre, hijo de Ricardo Sicre posa en el jardín de su casa de Mallorca. Carlos Spottorno

A lo largo de 1943, la OSS siguió reclutando hombres y entrenándolos en territorio argelino, en connivencia con el PCE. Los tres primeros agentes enviados a España llegaron en junio de ese año a la costa malagueña para llevar a cabo la Operación Banana a bordo del Prodigal, un barco de la Armada británica. A continuación se inició la fase Albaricoque, a través de la infiltración en Melilla de otros dos comandos. Durante ese verano, la red de Sicre transmitió información detallada a los Aliados. Una comunicación que se interrumpió cuando la radio desde la que emitían desde Málaga se averió. Desde el norte de África, Downes y Sicre planearon un nuevo desembarco para enviar piezas de repuesto y más material secreto. Sin embargo, el Prodigal no llegó a puerto. Los británicos abandonaban así la operación, dejando a los estadounidenses solos con sus agentes españoles contra Franco.

A partir de ese momento, Reino Unido y su embajador, Samuel Hoare, iban a apostar por la diplomacia. “Lo subordinaron todo a los sobornos. El más importante, con gran diferencia, fue a través del banquero Juan March. Compraron a varios generales franquistas, incluso al hermano del general Franco, Nicolás, para que influyeran sobre el jefe del Estado y le inclinaran a no entrar en la guerra al lado de la Alemania de Hitler”, explica el historiador Ángel Viñas en Espías en la arena. En julio de 1943 los Aliados desembarcaron en Sicilia y en septiembre dieron el salto a Italia. Downes, que se encontraba entre ellos, abandonaría la Operación Banana para ser sustituido por Franklin Holcomb. Sicre seguiría liderando su red de republicanos españoles, aunque estos nunca llegaron a saber su verdadera identidad y, menos aún, su nacionalidad.

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Francisco Bueno (de pie, el tercero por la izquierda), junto a un grupo de exiliados españoles en Argelia obligados a trabajar en la construcción del ferrocarril Transahariano.

En aquel septiembre de 1943, Ricardo envió a otros tres agentes hacia España en un segundo viaje a bordo de un barco francés, dentro del dispositivo de la Operación Banana. Francisco Bueno era uno de ellos. Era de Málaga, conocía cada recoveco de la costa y tenía contactos sobre el terreno. Le acompañaban el comandante de tanques Jaime Pérez Tapia y el radiotelegrafista Manuel Lozar. ­Desembarcaron con armas, una nueva radio y 50.000 pesetas (en aquella época, una fortuna), que entregaron al PCE. Durante dos meses, los espías en territorio español se dedicaron a obtener y transmitir información.

Un día, Francisco Bueno presintió que algo iba mal. Como cada noche, fue a ver a su mujer a casa del padre de esta, en Málaga. Una cortina de la vivienda estaba corrida y la luz encendida: señal de peligro. Emprendió la huida. Pero la Brigada Político-Social detuvo a su esposa y a su suegro: les condenaron a 15 años de cárcel y a pena de muerte, respectivamente. Al final cumplirían 2 y 12 años de prisión tras la revisión de sus condenas.

En 1943 el PCE estaba dividido. Jesús Monzón era partidario de la alianza con los americanos. Por contra, Dolores Ibarruri y Santiago Carrillo, desde el exilio en Moscú, ordenarían el cese inmediato de la colaboración con los Aliados. Para ellos, EE UU era un enemigo igual de peligroso que Franco. La puntilla a las operaciones de espionaje de la red Sicre llegó cuando la policía detuvo a un militante comunista, Antonio Rodríguez López, conocido como El Chato, que delató a decenas de agentes. Fueron cayendo uno tras otro. Doscientas personas fueron detenidas.

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Sumario de la Brigada Político-Social con los nombres de ocho espías españoles de la OSS: cinco fueron ejecutados; entre ellos, Manuel Lozar, otro hombre de Sicre.

Llegaron los juicios sumarísimos y las condenas a muerte. En la cárcel de Alcalá de Henares, siete de los hombres de Sicre pensaron que Estados Unidos haría algo por salvarlos. Pero no fue así. Fueron fusilados como tantos otros prisioneros y enterrados en una fosa común, la número 39 del cementerio alcalaíno. Entre los espías ajusticiados estaba un compañero de Francisco Bueno en aquel desembarco de Málaga de 1943: Manuel Lozar. En 2007, a raíz de la Ley de la Memoria Histórica, Jorge y Alfonso Lozar, sus sobrinos, comenzaron a interesarse por la historia de su tío Manolo, al que nunca habían conocido, pero del que su madre conservaba cartas. Al tirar del hilo, consiguieron que en el Archivo de Defensa les dieran el expediente de la causa. Y descubrieron que Manuel Lozar había sido uno de aquellos espías de la OSS fusilado por “auxilio a la rebelión”.

En la última misiva que escribió desde el penal de Alcalá, Manuel Lozar se despide de su familia con un mensaje: “Besos y valor”. Es consciente de que ni EE UU ni el Partido Comunista del que es miembro han querido (o podido) hacer nada. Solo su madre realizó un intento a la desesperada: “Se echó encima del coche de la mujer de Franco, Carmen Polo, llorando y diciéndole: ‘¡Usted es madre, yo soy madre, por favor!”, recuerda César Lozar, hermano del ejecutado. Después de su fusilamiento, la cabeza de familia trató de proteger el apellido Lozar del escándalo y mandó callar: “Impuso la ley del silencio. Que nadie se enterase de nada. Era el franquismo”.

“Lo triste de esta historia es que ellos lucharon por la libertad y la democracia, teóricamente igual que los americanos y comunistas, pero estos les abandonaron”, sentencia Jorge Lozar. “La Operación Banana tuvo un efecto demoledor para mi padre”, asegura por su parte Emilio Sicre. “Entró en el juego de los servicios secretos, donde la vida tiene poco valor; lo que importa es lo que llaman en América la foto grande”. Estados Unidos, en una posición de realismo pragmático, decidió no intervenir para salvar a sus agentes. España ya no suponía un peligro, Franco no iba a entrar en la guerra. El dictador acabaría siendo un aliado de los americanos (en 1953 se firmaban los Pactos de Madrid y EE UU instaló sus bases en España).

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Archivo desclasificado de la Operación Backbone, un plan de Estados Unidos y Reino Unido para invadir España. National Archives and Records Administration (NARA)

En 1944, Sicre es trasladado al sur de Francia para desarticular la red de espías nazis allí infiltrados tras la retirada alemana. En su unidad trabajaba Betty Lussier, piloto británica de la Royal Air Force (RAF), a la cual había conocido en África y de la que se enamoró. “El roce hizo el cariño y se casaron”, cuenta Emilio Sicre, hijo de ambos. Tras una breve estancia en EE UU, la pareja llegó a España para trabajar para la World Commerce Corporation, una compañía dirigida por Frank Ryan, agente de la OSS. La empresa era un nido de espías. “Parece obvio que debía estar ligada a la CIA –fundada en 1947, retomó las funciones de la vieja OSS–. Era una empresa, pero sus actividades eran una tapadera para otros objetivos”, dice el historiador Ángel Viñas.

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Cementerio de Alcalá de Henares. Cristina Lozar Castillo, César Lozar Feliz y Jorge González Lozar posan frente al lugar sin lápida en el que está enterrado su tío, hermano y tío respectivamente, Manuel Lozar, espía republicano, fusilado por el régimen franquista el 16 de Enero de 1945 en el lugar. Carlos Spottorno

Sicre dudó en volver a España. “Temía las represalias que pudieran venir por su pasado republicano”, relata Emilio. Pero a través de un contacto en la Brigada Político-Social tuvo la certeza de que no irían tras él. Era 1948. “Mis padres fueron primero a Barcelona, que es donde (Ricardo) se sentía más cómodo. Enseguida vio que el meollo de los negocios estaba en Madrid”. A partir de ahí, y con muchos dólares de la World Commerce, Sicre se dedicó a la exportación e importación. De arroz con Japón, de divisas con los emigrantes españoles en América del Sur… Más adelante, trajo a España la pepsicola, el whisky JB, el gresite… Hizo fortuna, fue uno de los primeros en construirse una casa en La Moraleja, se compró un barco… Y empezó a entablar relaciones con los más poderosos. “Conocía a ministros, subsecretarios, directores generales… En torno a él todo el mundo se forraba, los intermediarios, los funcionarios. Era una Administración muy corrupta”, explica Viñas.

Ricardo Sicre se convertiría en uno de los principales anfitriones de la vida social madrileña de aquel entonces. Fiestas, cacerías, corridas de toros…, siempre estaba él detrás. “Era muy habilidoso, socialmente encantador, y en aquel entonces había pocos americanos en España. Cuando empezó a surgir la industria del cine y llegaron todos esos actores y actrices…, no tenían nada con qué divertirse. Y aquí estaba Sicre, con una mansión en La Moraleja. Era el año 1958 y apenas había tres o cuatro chalés. Mi padre sabía entretener. Paul Newman, Charlton Heston y Ava Gardner venían a nuestra casa. También Lola Flores a bailar. Organizaban tablaos. Era una sociedad muy elitista y cerrada”, explica Emilio, que vio pasar por su vida a todo tipo de personajes durante y después de la dictadura: Dalí y Gala, Juan de Borbón, Miguel Dominguín, Ernest Hemingway, Raniero de Mónaco, Juan Antonio Samaranch, Narcís Serra, Rafael Alberti…

“Para mi padre tuvo que ser una tragedia ver cómo los americanos abandonaban a los espías españoles. También tuvo que ser una desilusión ver cómo los partidos de izquierdas se mataban entre ellos por una posición de poder”, resume Emilio Sicre. Sobre su madre, Betty ­Lussier, que aún vive en Estados Unidos, dice que siempre fue “una idealista pura”. Al contrario que Ricardo, del que se acabó separando cuando los hijos habían terminado sus estudios. “Mi padre tenía ideales que fue perdiendo y al final fue a lo práctico. Amigos de verdad tenía muy pocos. Eran más bien relaciones que convenían mutuamente”.

POR Álvaro Corcuera

Licenciado en Periodismo por la Universitat Ramon Llull y Máster en Periodismo de EL PAÍS – UAM, trabaja en EL PAÍS desde 2004 y en EL PAÍS SEMANAL desde 2009, donde ha escrito reportajes sobre todo tipo de temáticas. Es codirector y coguionista de 'The Resurrection Club', corto documental nominado a los Premios Goya 2017. Actualmente es responsable del equipo de web y redes sociales de EL PAÍS SEMANAL.