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El paraíso argentino está en el Iberá

Raquel Garzón
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Un paisaje clásico de los Esteros, las zonas pantanosas de la provincia de Corrientes, al noroeste de Argentina. / Paula Teller

Hace un cuarto de siglo, una pareja de millonarios estadounidenses, Douglas Tompkins y Kristine McDivitt, decidieron salvar un pedazo del planeta. Viajaron a Chile y Argentina y compraron miles de hectáreas para restaurar en ellas su ecología primigenia, antes de regalarlas al Estado. Este es su sueño cumplido en el corazón de América.

sábado 11 de febrero de 2017

ACABA DE ENGULLIR medio pollo como si fuera un aperitivo y espera el resto. Antes tiene que ir a la escuela para aprender a cazarlo. Cuando suena el silbato y se abre la puerta de la jaula de control, Tobuna sale disparada con velocidad de jaguar hacia el corral donde rastreará los menudos entre pastizales. Huele la sangre, pero aún tardará unos segundos en hallar lo que queda de la presa. Tobuna es la primera hembra yaguareté (“gran felino”, en la lengua guaraní) que participa en el proyecto de reinserción de esa especie extinguida en la zona, dirigido por la ONG Conservation Land Trust (CLT) en San Alonso, en la provincia de Corrientes, al noreste de Argentina.

“mucho de lo que hacemos en estos proyectos puede convertirse en modelo de reintroducción de especies en américa latina”

Este proyecto, localizado a 700 kilómetros de Buenos Aires, es uno de los que CLT despliega en ocho áreas de la Reserva del Iberá, donde entre 1997 y 2002 fue adquiriendo fincas privadas y hoy administra 150.000 hectáreas. El objetivo es restaurar el paisaje y la fauna originales antes de ceder los terrenos al Estado.

San Alonso, en concreto, comenzó a gestionarse hace 20 años en los Esteros, una de las grandes reservas acuíferas de la región. Son 13.000 kilómetros cuadrados de agua dulce (un poco más que la superficie de la provincia de Salamanca) que ofrecen un abanico de paisajes −lagunas, embalses, palmerales, pastizales, bosques− que forman uno de los humedales más grandes del mundo, con poco que envidiar a los Everglades de Florida. En este lugar, “silencio” se escribe en verde y se puede contemplar el atardecer sobre la laguna Iberá (“aguas que brillan”, en guaraní) rodeado de yacarés (cocodrilos), monos, ciervos y aves zancudas a muy pocos metros de distancia y en paz con el cosmos.

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Un yacaré (cocodrilo) en Iberá, una de las lagunas recuperadas y uno de los refugios integrados en el territorio destinados al avistaje de las aves de la zona. / PAULA TELLER

Fundada por el filántropo estadounidense Douglas Tompkins, un empresario textil fallecido en 2015, que amasó sus millones con marcas como North Face y Esprit, y su esposa, Kristine McDivitt, antigua Ceo de Patagonia, CLT es un proyecto ecologista inspirador. Acaba de obtener el Premio Fundación BBVA en su XI edición por el trabajo de conservación de la biodiversidad en Latinoamérica y convoca a biólogos y científicos de todo el mundo. Entre ellos, cuatro españoles que viven en los Esteros e intentan aprender a bailar el chamamé, un ritmo típico de la zona, donde manda la música del acordeón. “Es alegre, pero con una lentitud engañosa; todavía necesito clases a pesar de mis casi cuatro años aquí”, cuenta Jorge Peña Martínez, veterinario de CLT, que trabajó durante nueve años en el zoológico de Madrid, minutos antes de que la conversación derive hacia las 12 pastillas de antibióticos que acaba de recetarles a dos tapires en cuarentena.

La reintroducción del jaguar, cuya idea fascinó a Tompkins desde que compró la estancia de San Alonso en los años noventa, comenzó en 2013. El proyecto tiene como protagonista al mayor felino de América, del que solo quedan unos 200 ejemplares en Argentina, y es uno de los planes más complejos que CLT ha encarado. Solo la construcción de los corrales llevó dos años y una inversión millonaria. Entre sus benefactores está Leonardo DiCaprio, que aporta anualmente 300.000 dólares. Los municipios cercanos ven en la recuperación de esa especie extinguida el regreso a lo mejor de sus raíces y una promesa de trabajo y desarrollo: un hotel, llamado Tobuna Suites, acaba de abrirse en Concepción, una de las localidades más antiguas de la provincia de Corrientes, con una población de 4.800 almas según el último censo.

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Una imagen aérea de este territorio recuperado en su ecosistema original gracias al trabajo de la ong Conservation Land Trust (CLT). Paula Teller

De ojos ambarinos y caminar eléctrico, Nahuel, el jaguar macho, espera su comida y se pasea como un péndulo nervioso de un extremo a otro del corral. Su rutina es similar a la de Tobuna: medio pollo y luego a entrenar el olfato. “Llegan de zoológicos o de centros de rescate de fauna y tienen que reaprender su hábitat y cómo valerse por sí mismos. Si la hembra queda preñada, será ella quien enseñe a cazar a los cachorros, que ya no tendrán contacto alguno con nosotros. Los felinos conservan el instinto de perseguir y matar, pero hoy, cuando atrapan un armadillo o un roedor llamado carpincho, no saben cómo abrirlos y comerlos; ahí entramos nosotros”.

Quien describe este proceso es Karina Spørring, una terapeuta de comportamiento animal oriunda de Dinamarca, responsable del centro de cría de yaguaretés. Llegó, recuerda, porque le habían dicho que en Iberá se estaba haciendo algo nuevo. “Solo sabía que había un valenciano loco [Ignacio Jiménez Pérez, hoy director de conservación de la fundación] que trabajaba con osos hormigueros gigantes. Y vine”. De eso hace más de seis años, recuerda Karina mientras muestra las cámaras de vigilancia desde las cuales se monitoriza a los animales. Todo en San Alonso funciona con energía solar y hasta el detergente es ecológico y carece de fosfatos. “La señora Kris [McDivitt] no admite otro”, confían.

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Un armadillo y una hembra de ciervo avistada en los panatanos Esteros. / PAULA TELLER

CLT trabaja en Chile y Argentina des­de hace un cuarto de siglo y ha creado y ampliado ocho grandes áreas protegidas que ocupan un millón de hectáreas, compradas a manos privadas y donadas a los Estados para su gestión pública (esa superficie equivale casi a un tercio de Cataluña). “En Iberá estamos en esa etapa”, precisa Sofía Heinonen, una bióloga porteña que vio crecer a sus dos hijos, hoy adolescentes, en los Esteros y que preside CLT Argentina. “El 6 de noviembre vamos a entregar al ente Parques Nacionales la primera de las áreas, Cambyretá”. Son 23.700 hectáreas cuya administración pasará al Estado argentino según los deseos originales de los Tompkins, que la muerte de Doug, ocurrida en un accidente de kayak al sur de Chile en 2015, no alteró. CLT conservará durante 10 años el manejo de la vida silvestre en el parque, garantizando “la transición y acompañamiento” del modelo de gestión que creó. Le seguirán después San Alonso, San Marcos, San Nicolás y Carambola.

los tompkins invirtieron 450 millones de dólares, la mayoría en tierras, a lo largo de 25 años en chile y argentina

El objetivo de CLT, que al final de su tarea en Iberá habrá donado las 150.000 hectáreas para que se conviertan en áreas protegidas, es ambicioso y no se limita a la flora y la fauna. En los Esteros y en sus emprendimientos en Patagonia se subraya la noción de “producción de naturaleza” para promover el desarrollo humano local. Si otros producen trigo o autos, remarcan, hay que aprender a producir venados, yacarés, jaguares… y crecer desde allí gracias al ecoturismo.

“Lo emocionante es sentir que cada acción contribuye a restaurar un ambiente completo. Mucho de lo que hacemos en estos proyectos se intenta por primera vez y puede convertirse en modelo de reintroducción de especies en América Latina”, explica Sebastián Di Martino, un biólogo que trabajó 18 años en Parques Nacionales y hoy coordina la conservación y el manejo de las especies en todas las reservas de Iberá. El camino es de doble vía, pues para restaurar el ecosistema se requiere devolverle a la naturaleza los animales que desaparecieron por la caza indiscriminada o la alteración de su hábitat y, a la vez, recuperar la naturaleza en especies que han vivido en cautiverio y que deben reaprender sus instintos, multiplicarse y enseñar a sus crías a vivir en libertad. Embarcados en estas tareas, CLT emplea a unas 70 personas en Iberá.

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Un pequeño retrato de la pareja formada por Douglas Tompkins y Kristine McDivitt, filántropos y alma de este proyecto, en las oficinas de CLT en El Socorro. Paula Teller

Otra de las reservas de la organización es la Estancia Rincón del Socorro. El pueblo más cercano es Colonia Carlos Pellegrini, de 700 habitantes y calles de tierra, donde los Tompkins se construyeron una casa. “Gran parte de la economía se mueve en torno al yetapá”, explica Di Martino: un pajarito diminuto, de pico y cuello anaranjados y cuerpo blanco, cuya larga cola rematan dos plumas negras larguísimas, muy apreciado por el turismo asociado a la observación de aves. “Ayer hizo las delicias de un grupo de ingleses que al verlo pudieron incluirlo en su cuaderno de especies raras”, comenta. El de los osos hormigueros fue el proyecto inicial de reintroducción de especies que emprendió CLT, liberando los primeros en 2007. Se estima que ya hay entre 50 y 60 en libertad. El programa sigue adelante como uno de los seis que desarrolla la ONG: jaguares, tapires, pecaríes de collar, guacamayos rojos y venados de las pampas completan esa lista.

Mishky, una osa que llegó desde una reserva de rescate de fauna en Tucumán con media cola destrozada, aún vive libre en Rincón del Socorro, una de las cinco reservas de la fundación en Iberá. La encontramos con su cría sobre la espalda, tras seguir el sonido del radiotransmisor que lleva colgado de un arnés y que permite monitorizarla al equipo de CLT. Enfundados en botas de caucho, los miembros del equipo caminan tras ese bip, parecido al latido de un corazón, sorteando pastizales amarillos de un metro sesenta de altura (el paisaje en esta área es más parecido al de la sabana africana que al de la selva), con sumo cuidado para no pisar ninguna serpiente (“yararás”, especifica el guía) y deseando que las nubes negras que acompañan la jornada desde el amanecer no se conviertan en lluvia. Al final se avista a la osa, tranquila y curiosa. Se acerca y saca una lengua fina y larguísima como un hilo rojo de medio metro de largo (desde el hocico hasta la cola, esta especie puede llegar a medir dos metros).

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Un carpincho, el roedor de más tamaño y peso del planeta, que alcanza los 50 kilos, y turistas que hacen el recorrido por la laguna Iberá. / PAULA TELLER

“Muévanse lentamente”, aconseja Emanuel Galetto, de oficio guardaparques y hoy responsable del manejo de monitorización de especies reintroducidas, que mantiene a Mishky a distancia mediante un bastón largo con el cual la rasca de vez en cuando el lomo. El animal agradece cada mimo. No son agresivos, explica, pero, si se sienten amenazados, sus garras cortan como navajas. “Por eso les disparan algunos vecinos. Al defenderse, los osos matan a sus perros y reciben un balazo como venganza. La gente, con todo, no se atreve a matar a las crías y las derivan a centros de rescate; así llegan a nosotros”, cuenta.

En Cambyretá, situada en la localidad de San Ignacio, a 25 minutos de avioneta desde San Alonso, los animales son otros, pero el fervor del equipo, idéntico. A Noelia Volpe no parece importarle que cada centímetro cúbico del aire que la rodea zumbe con las alitas frenéticas de todos los insectos imaginables. Esta bióloga treintañera llegada desde Buenos Aires es responsable de campo del proyecto guacamayos y prepara su tesis de doctorado sobre la reintroducción de esa especie desaparecida en la región. Habla de los pájaros y sus logros con afecto: “Entrenamos sus músculos para que tengan resistencia en vuelo; volaron solo en zoológicos hasta ahora”. Gnocchi se llama la tromba de 1.052 gramos de plumas rojas, turquesas, verdes y blancas que vuela ahora de una punta a la otra de una manga de entrenamiento apenas suena el silbido que manda iniciar el ejercicio. Sabe que con cada cruce se gana el derecho a meter la cabeza en un comedero y a embutirse una ración de semillas de girasol, manjar supremo en esta pajarera selvática.

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Un yaguareté hembra, también denominado jaguar, en su corral de la reserva de San Alonso. El trabajo de sus cuidadores consiste en enseñarle a cazar antes de soltarlo en los Esteros. Paula Teller

Douglas Tompkins, el empresario archiexitoso y activista ambiental seguidor del filósofo noruego Arne Naess y su concepto de “ecología profunda”, que considera a la humanidad como parte de su entorno, fue un amante de la naturaleza y los deportes extremos. Se enamoró de la Patagonia en los años sesenta y escaló los 3.405 metros del monte Fitz Roy, en la cordillera de los Andes, cuando no había allí nada más que viento, hielo y adrenalina, dos décadas antes de que se fundara El Chaltén, el pueblo más joven de Argentina.

Su radicación en el sur de Chile, hace ya un cuarto de siglo, despertó suspicacias, críticas y polémicas. A “los gringos” (como todavía nombran algunos en Iberá al matrimonio Tompkins) los acusaban de querer quedarse con miles de hectáreas en zonas estratégicas y de atentar contra el progreso y la producción locales. La finalidad que declaraba −la entrega desinteresada de tierras a los Estados tras la recuperación del ecosistema original− sonaba demasiado bien para ser real.

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El equipo de investigadores y trabajadores de CLT en San Alonso. Paula Teller

“Doug Tompkins siempre decía que la gente lo juzgaba sin atender a la tradición, muy común en su país, en Estados Unidos, de donar dinero a causas en las que uno cree profundamente. La idea de legado era esencial para él”, explica Sofía Heinonen, mientras atraviesa Rincón del Socorro en una camioneta todoterreno (es imposible moverse de otro modo por este lodazal cuando llueve). Al cruce salen, como si cobraran aquí el peaje, docenas de carpinchos −el roedor más grande del mundo, que puede llegar a pesar 50 kilos−, familias de ñandúes (aves corredoras con muchas similitudes a los avestruces) y corzuelas (cervatillos). Sin contestar a las acusaciones, los Tompkins invirtieron 450 millones de dólares (la mayoría en tierras) a lo largo de 25 años en Chile y Argentina. El reconocimiento internacional y la muerte trágica de Doug abrieron una nueva etapa. “Es como si tras su ausencia lo hubieran revalorizado y se hubieran dado cuenta de que no quería ‘robarse el agua’ de Iberá, sino generar un modelo nuevo de áreas protegidas”, cuenta Sofía.

A pesar de que ha pasado ya un año desde su muerte, la gente en Rincón del Socorro (donde vivían seis meses al año y donde Kristine regresa puntualmente) habla de ellos en un plural sin final: “Cuando Doug y Kris vienen…”. De él recuerdan especialmente su perfeccionismo, sus vuelos diarios en avioneta sobre los campos, su respeto por lo artesanal y una frase que inspiraba todo lo que hacía: “Lo bello es bueno”.

POR Raquel Garzón