La poeta brasileña Ana Cristina César, en una imagen de 1982. / Fotografía de archivo de IMS

Las escritoras tienen que guardar las formas y son sometidas a otro escrutinio para que su trabajo no sea considerado literatura de segunda.

martes 18 de octubre de 2016

AL LADO de la tienda de autores de la Flip –el festival literario internacional más importante de Brasil–, me sorprende ver una serie de fotos desde las que me mira una mujer joven con gafas de sol, que sonríe o mira melancólica la vida pasar. Lleva un biquini a rayas o monta en bicicleta. Podría ser cualquier chica, pero es la poeta brasileña Ana Cristina César, una de las grandes voces líricas de la década de los setenta, a la que este año la Flip rinde homenaje. Ana C. se suicidó arrojándose desde un octavo piso en el barrio de Copacabana, donde vivían sus padres. Como alguna vez dijo, la poesía no es más que un tipo de locura cualquiera. La contemplo fumar estilosamente y pienso en todas las poetas marginales que como ellas son reconocidas cuando ya se han lanzado al vacío. En las 14 ediciones de festival, es la segunda mujer a la que se le rinde tal honor. La primera fue Clarice Lispector.

“Hay un intento de fetichizar a las escritoras, como si su imagen y misteriosa biografía se valorara más que su obra”

Ocurre algo con las mujeres escritoras, y Laura Folgueira, traductora, lo sabe mejor que nadie: “Hay un intento de fetichizar a las escritoras, como si su imagen y misteriosa biografía se valorara más que su obra”, me dice sentada en uno de los restaurantes del centro histórico de Paraty, construido sobre las piedras que arrastraron con sangre los esclavos. “Con los escritores hombres no ocurre lo mismo, ellos posan delante de su máquina de escribir y con eso basta”. Laura no está sola en esta gesta. La acompaña Marta López, junto a la cual fundó en 2014 el colectivo literario y feminista KDMulheres, dedicado a fiscalizar la presencia de mujeres en el mundo editorial, un entorno del que suelen ser excluidas. Su primera acción fue de guerrilla: llevar panfletos durante la Flip, presionando para que hubiera más escritoras en la programación principal. Finalmente lo lograron. Este año la organización apostó fuerte por ellas: más del 40% de autoras frente al 15% de años pasados; aunque queda mucho por hacer en un país en el que la primera presidenta mujer de su historia acaba de ser destituida. “La Flip es el gran escaparate literario del país y un espejo de la situación de las mujeres”, dice Laura, y reclama que se haga lo propio con las mujeres negras y las indígenas.

En un recital de slang, la joven poeta Mel Duarte deja claro que las mujeres no van a esperar a ser homenajeadas en biquini después de una vida de ostracismo y suicidio. Arenga contra el estupro, dice la palabra “vagina” y el vídeo se convierte en  viral. En tanto, en la cacareada mesa sobre sexo, la escritora brasileña Juliana Frank lleva al escenario todos los ancestrales temores del patriarcado. Hace todo lo que no debería hacer una mujer, menos si es escritora: gesticula, provoca, se desnuda, interactúa con el público, lanza mensajes encriptados y no, no se comporta. Por esto será agredida por algunos medios y viandantes, tachada de loca y drogadicta. Vuelvo a preguntarme si no hubieran tildado de genios a Easton Ellis, a José Ángel Mañas o al propio Dalí por algo parecido. Pero ellos eran payasos que podían permitirse serlo. Nosotras somos las locas que tenemos que guardar las formas para que nuestro trabajo no sea considerado literatura de segunda. Ya se lo reconocerán cuando esté muerta.

POR Gabriela Wiener

Es una escritora peruana, cronista, poeta y periodista, afincada en España desde el año 2003. Es columnista del diario peruano La República, corresponsal de la revista Etiqueta Negra y colaboradora frecuente de El País Semanal y Tentaciones.