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Mike Krieger, cofundador de Instagram: “Navegar en Internet no es perder el tiempo”

Patricia Fernández de Lis
8 min.
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James Rajotte

En 2010 cofundó en Silicon Valley una sencilla red social en la que los usuarios podían colgar y compartir sus fotos. Se llamó Instagram. Dos años después la compró Facebook por mil millones de dólares. Hoy la usan 700 millones de personas en el planeta y se ha convertido en uno de esos rincones de la Red plagados de ‘likes’, comentarios e ‘influencers’. Brasileño de 31 años, este emprendedor explica así el secreto de su negocio: “O cambias, o mueres”.

lunes 10 de julio de 2017

NUNCA OCHO semanas de trabajo fueron tan productivas. Cuando Mike Krieger y Kevin Systrom lanzaron Instagram, la noche del 6 de octubre de 2010, solo sabían que tenían entre manos una bonita aplicación que permitía a sus usuarios conectar con otros a través de la fotografía. Menos de siete años después, la usan 700 millones de personas, entre ellas actores, deportistas, modelos e influencers, esa extraña palabra que sirve para describir a chicos y chicas que se hacen de oro con los me gusta que reciben sus vídeos e instantáneas. Los dos jóvenes, por su parte, se hicieron millonarios solo 551 días después de lanzar su app, cuando Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, decidió gastarse mil millones de dólares en comprarla.

Michel Mike Krieger (São Paulo, 1986) se encuentra en Madrid para conocer a algunos instagrammers españoles, obsesionado por mostrar que el hecho de que los adolescentes estén en Internet “no es una pérdida de tiempo; puede ser una aventura y conectarles con gente que tiene intereses similares sin importar el lugar del mundo en el que estén”. El joven dejó Brasil en 2004 para estudiar en la Universidad de Stanford, en el corazón de Silicon Valley (California). “Me llevó más tiempo conseguir mi visado que desarrollar Instagram”, recuerda. Ahora se muestra “preocupado” por que la nueva Administración de Trump pueda dañar las posibilidades de jóvenes como él.

¿Cuándo supo que Instagram iba a ser un éxito? Si nos hace esa pregunta a mí y a mi cofundador, daremos respuestas diferentes. Yo, durante mucho tiempo, no estuve muy seguro. Había mucha gente usándola [se inscribieron 25.000 personas en las primeras 24 horas] y eso era muy emocionante, pero cada mañana me decía: “Hoy es el día en el que la gente se va a aburrir y va a dejar de usarla” [se ríe]. Creo que me costó un par de años acostumbrarme. En cambio, Kevin [Systrom] se volvió hacia mí a la semana y me dijo: “Mike, no sé cómo va a salir esto, pero creo que hemos hecho algo grande”.

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Pero ¿por qué ese éxito entre tantas apps y redes sociales? Cuando hablábamos con inversores, muchos nos decían: “¿Qué va a pasar cuando Twitter incluya fotos, o cuando Facebook lance una app de fotografía?”. Y yo siempre pensaba que lo que nos hace fuertes es la simplicidad, y el hecho de que la experiencia sea totalmente visual. Viajo mucho en autobús, porque creo que es la mejor forma de saber cómo usa la gente tus productos, y veo a nuestros usuarios inmersos en esa experiencia visual. Creo que la clave ha sido la simplicidad.

De hecho, la app no ha cambiado demasiado desde que la lanzaron. ¿Por qué? A cada persona que se incorpora a la compañía le hago una presentación, porque quiero que entiendan qué significa trabajar en Instagram. Les enseño un borrador de nuestra primera versión y les digo: “El objetivo de Instagram no es hacer una app con 50 pestañas, sino tomar la idea original y profundizar en ella”. En la primera versión solo había fotos; no había vídeos, ni historias, ni transmisiones en vivo. Hemos ido profundizando en la experiencia, en lugar de tratar de añadir un millón de cosas.

“Cuando era pequeño me gustaba montar y desmontar cosas, como a todos los niños. Pero en mi caso era ‘software’. Ser un ‘nerd’ no era guay. Ahora lo es mucho más”

Cuando Instagram comenzó a crecer hubo mucho interés de compañías como Twitter o Facebook en comprarla. ¿Cuándo empezaron a pensar en vender? Lo gracioso de Silicon Valley es que si una compañía consigue mucha atención en su lanzamiento, recibe infinidad de llamadas. En una semana, todas las empresas quieren hablar contigo. Te dicen: “Ey, qué tal, queremos conoceros”. Tuvimos bastantes encuentros de este tipo, muy informales, en las primeras semanas. Pero Kevin y yo sabíamos que había mucho trabajo que hacer y mucho terreno sobre el que crecer. Después de dos años, de hecho, surgió la oportunidad de cerrar otra ronda de financiación. Una semana después Mark Zuckerberg nos llamó y nos dijo: “Dadme una oportunidad, vosotros tendréis todo el control de la compañía, podéis crecer dentro de nuestro paraguas”. Esa fue la primera vez que escuchamos algo que tenía que ver con lo que habíamos imaginado para… Bueno, creo que puedo llamarlo “nuestro bebé”. Instagram es nuestro bebé, queríamos verlo crecer naturalmente. Y ha ido muy bien. Llevamos en Facebook cinco años y aún tenemos una voz independiente.

Vendieron su empresa por mil millones de dólares, pero dos años después la propia Facebook compraba Whats­App por 19.000. ¿Se arrepienten de haberla vendido tan barata? [Se ríe] Nos arrepentiríamos si la operación hubiera salido mal, si la compañía no fuera por donde esperábamos. Hemos crecido mucho en Facebook, podemos hacer lo que nos gusta y seguimos viendo cómo crece. Ser accionista ayuda, pero lo más importante es que aún tenemos el control de Instagram y que sigue siendo un éxito. Quizá lo seguiría siendo si nos hubiéramos mantenido independientes, pero sería diferente.

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¿Podría haber creado su compañía en su país, Brasil? Pienso que cuando la creamos, probablemente no. Estuve hace un mes en Brasil y ha cambiado mucho desde que dejé el país. Hay más energía en el emprendimiento, se están generando muchas start-ups locales, y lo bonito de las apps móviles es que no tienen que originarse en un lugar determinado. Así que no, no creo que hubiera podido fundar mi compañía allí en 2010, pero me parece que ahora es posible hacer cosas interesantes sin estar en Silicon Valley.

Pero ¿por qué es Silicon Valley el lugar en el que hay que estar para crear compañías tecnológicas? Los modelos, las referencias, desempeñan un papel muy importante. Recuerdo que al mes de llegar a la Universidad de Stanford, algunos estudiantes fuimos invitados a cenar con emprendedores. Conocí a Jerry Yang, que fundó Yahoo!; al fundador de Skype… Toda esta gente creó grandes compañías, y eso resulta muy inspirador para los estudiantes. Me entusiasmó la posibilidad de ser capaz de seguir ese camino. Por eso intento volver siempre que puedo a Brasil y decir: “Esta es mi historia, y también puede ser la tuya”.

Usted empezó a trabajar muy joven con ordenadores, a la edad de cuatro años… Sí, era un niño muy nerd [se ríe al usar esta expresión intraducible que se aplica a los expertos en tecnología]. A los niños les gusta desmontar y montar cosas. A mí me gustaba hacer eso, pero con soft­ware. Era un buen momento para hacerlo porque los programas eran más simples. El código fuente venía con el programa, así que podías ver cómo estaba hecho, por qué las cosas funcionaban como lo hacían, cuál era el resultado, podías cambiarlo… Pero lo interesante es que solo lo vi como una carrera cuando llegué a California. Hasta entonces lo veía como un hobby; nunca pensé que escribir soft­ware podría ser mi forma de ganarme la vida.
 
En España estamos intentando que los niños aprendan a hacer lo que usted hacía de forma natural: programar. ¿Qué sugeriría para conseguir que nuestros niños sean más nerds? Cuando yo era pequeño, ser un nerd no era guay, para nada. Ahora lo es mucho más. Y creo que lo especial de la educación que yo recibí, y que se echa en falta en algunas de estas clases de informática que reciben hoy los niños, es que, si tienes un utensilio en tu caja de herramientas, debes saber qué construir. Una de las cosas que perseguí en mi educación fue combinar diseño de producto y emprendimiento, es decir, entender las necesidades tanto como poseer la habilidad de crear grandes productos. En demasiadas ocasiones el mensaje es “tienes que programar”. Sí, pero ¿programar qué? Hay que comprender el mercado y saber cómo dirigirse a los usuarios para averiguar cuáles son sus necesidades. De otro modo, vas a construir productos que nadie use.

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¿Cómo manejan en Instagram y Facebook el famoso dilema del innovador, es decir, asegurarse de que siguen innovando, pero también de que no pierden la esencia que causó su éxito? Es una de las cosas más duras. Creo que tener a los fundadores dentro de la compañía ayuda mucho porque aún somos quienes tomamos las decisiones. Un ejemplo de eso son las fotos cuadradas. Durante mucho tiempo fue una de las señas de identidad de Instagram. Pero hubo un momento en que reflexionamos que si los extraterrestres llegaran un día al planeta y visitaran la oficina de Instagram, pensarían que estamos locos, porque nuestros usuarios estaban usando apps de terceros para que sus fotos tuvieran el tamaño que deseaban. En algún momento no sintonizas con lo que la gente quiere. Y es duro, porque internamente muchos empleados pensaron: “¡Oh, no! Van a cargarse Instagram, la gente se va a ir, el cuadrado es importantísimo”. Y no. Instagram es comunicación visual. El cuadrado es un detalle. Al final lo modificamos y no puedo imaginarme a Instagram solo con fotos cuadradas. Tenemos que hacer todos estos cambios porque, de lo contrario, moriremos. O cambias, o mueres.

Si tuviera que dar un solo consejo a un emprendedor que va a lanzar una app, ¿cuál sería? Creo que lo más importante es centrarte en resolver un problema. Es muy fácil perderte en lo que te permite la tecnología, o en lograr un diseño impresionante, pero lo que mi cofundador y yo siempre nos preguntamos es: “¿Qué problema vamos a resolver?”. Has de buscar la manera de solucionar nuevos problemas o de resolver mejor los que ya existen. Se trata de no trabajar en un millón de ideas al azar. Nosotros lo llamamos “el síndrome de la idea cool”. Intentamos huir de ello.

“Los domingos, mi mujer y yo guardamos los móviles y pasamos un par de horas completamente desconectados de la tecnología”

Un informe de la Universidad de Cambridge dice que Instagram es la peor red social para la salud mental de los adolescentes porque les crea ansiedad y depresión. ¿Qué opina? Estamos muy preocupados por el bienestar de nuestros usuarios. Desde el principio, Kevin y yo nos dedicamos a borrar manualmente los comentarios negativos, e incluso ahora nos preocupa mucho. De la forma en que yo lo veo, Instagram puede crear conexiones entre gente que de otra manera no tendría una voz. Y permitir que si una persona tiene algún problema, pueda encontrar el apoyo de la comunidad. Además, queremos darles a nuestros usuarios todo el control que sea posible para evitar el acoso. Tu espacio es tu espacio, así que, si no quieres comentarios en tus fotos, puedes desactivarlos, y puedes decidir quién te sigue.

En España se ha reunido con jóvenes que han lanzado iniciativas en Instagram. ¿Por qué? La idea es mostrar al mundo su creatividad. Que se vea que el rato que pasan los adolescentes navegando en Internet no es una pérdida de tiempo; puede ser una aventura creativa y conectarles con una nueva audiencia y con gente con intereses similares sin importar el lugar del mundo en el que estén.

Algunos informes dicen que consultamos nuestro móvil 243 veces al día. ¿Estamos demasiado ansiosos por lo que ocurre en nuestros teléfonos? Sí, aunque creo que es una decisión individual. Mi mujer y yo hemos decidido que los domingos guardamos nuestros móviles en una bolsa y pasamos un par de horas totalmente desconectados de la tecnología. Creo que lo más importante es el control. En EE UU, por ejemplo, hay adolescentes que suspenden su cuenta de Instagram durante una semana, porque tienen que estudiar u otras obligaciones, y luego vuelven. Lo importante es seguir dando a los usuarios el control sobre esas herramientas.

En el libro Internet no es la respuesta, el periodista inglés Andrew Keen plantea que las pequeñas start-ups de la Red están matando grandes negocios del mundo real, y pone el ejemplo de Kodak: despidió a 47.000 empleados en la época en que Facebook compró Instagram, que tenía solo 13. ¿Estamos creando un nuevo mundo de empresas muy poderosas, como la suya, pero que en realidad no generan el empleo y la riqueza de aquellas que han venido a matar? Es muy interesante. Hay dos cosas aquí. Como empresa, al ser pequeños, podemos crecer más rápido. Éramos 13 personas cuando nacimos, sí, pero ahora somos más de 500. Hay un punto en el que te conviertes en global y tienes gente en todo el mundo, diseñadores y programadores en diferentes países, y nosotros no paramos de crecer. Y hay que tener en cuenta la cantidad de negocios que Instagram permite que se creen y que crezcan. Hay emprendedores que están lanzando negocios cuya ventana de venta es Instagram, y que pueden generar oportunidades de negocio usando las herramientas de promoción que ofrecemos. Tenemos identificados, por ejemplo, 50 emprendedores de menos de 25 años, y estos jóvenes han podido establecer sus negocios sin las típicas barreras de entrada que tiene el mundo real gracias a las herramientas que ofrecemos, sin las grandes inversiones que necesitan otros negocios.

Usted se convirtió en  millonario a los 26 años. ¿Cómo afectó eso a su vida? Mi obsesión fue no cambiar, porque he visto a gente pasar por ello y volverse un poco loca. No cambié absolutamente nada de mi vida en un año y medio, viví en el mismo sitio en el que residía, y lo más importante es que tus amistades sigan siendo las mismas, aunque a veces pueda parecer raro y convertirse en algo difícil. Eres la misma persona que eras. Te ha pasado esta cosa demencial, pero sigues trabajando, y nada más ha cambiado. Afortunadamente, fue un año y medio algo extraño y ya lo hemos dejado atrás. Eso es una parte. La otra, y esto es más reciente, es que mi mujer y yo hemos tenido tiempo de pensar un poco y decir: “Vale, hemos tenido este éxito loco y brutal, ¿cómo podemos devolver algo?”. Así que nuestro principal interés filantrópico [han creado una ONG llamada Open Philanthropy Project] es lograr una ­sociedad más justa y con más oportunidades. Eso puede incluir desde educación en ciencias informáticas hasta que el sistema de justicia sea más justo, porque no siempre lo es.

¿Cómo será Instagram en cinco años? Cada vez que pienso en algo así, reflexiono sobre cómo éramos hace cinco años y todo lo que nuestro producto ha ­evolucionado y cambiado. Me resulta muy difícil ­predecirlo. Volviendo la vista atrás, creamos Instagram porque queríamos acercarte al mundo, a la gente que te importa y también a la que aún no conoces. Esta es la misión, y luego solo es cuestión de cómo encaja la tecnología. En el futuro creo que veremos más cosas relacionadas con la realidad virtual y aumentada. Pero todas estas tecnologías para nosotros solo tienen un sentido: conseguir que sirvan para acercarte más al mundo.

¿Planea usted trabajar en Instagram el resto de su vida, o tiene alguna otra idea que quiera lanzar? [Suelta una carcajada]. Creo que si hiciera el mismo trabajo constantemente me aburriría, pero mi papel dentro de la compañía sigue cambiando. Al principio estaba en los detalles, luego trabajé en el sistema, luego la plantilla y luego la tecnología. Cambia un poco. Si alguna vez deja de cambiar, ahí sí, quizá me aburra.

POR Patricia Fernández de Lis