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Maylis de Kerangal: “Francia vive un periodo sombrío”

Guillermo Altares
Jordi Socías
7 min.
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Es una de las voces más prestigiosas de la literatura gala, premiada con galardones de primera fila en su país. El cine y el teatro se disputan la adaptación de sus obras. Los atentados yihadistas que sacudieron su barrio parisiense hace un año son su nueva obsesión.

Miércoles 07 de Diciembre de 2016

UN TRANSPLANTE  de corazón es una de las operaciones más complejas que se pueden llevar a cabo no solo en un quirófano, sino en una sociedad. Empieza con una tragedia y termina con el mayor regalo que se puede conceder a una persona: la muerte de un joven surfista de 19 años en un accidente de tráfico desemboca en la vida de una mujer de 51 años. En medio, todo debe funcionar de forma perfecta y rápida: médicos, expertos en trasplantes, transportistas… Sobre este proceso, que describe con minuciosidad, construyó Maylis de Kerangal (Tolón, 1967) Reparar a los vivos (Anagrama), la novela que le ha convertido en una de las escritoras más famosas de Francia. Desde su publicación en 2014, ha ganado siete premios literarios de primera fila y ha sido adaptada al teatro y al cine (esta última, dirigida por Katell Quillévéré y protagonizada por Tahar Rahim y Emmanuelle Seigner, llegó a las pantallas francesas en noviembre).

Tras una sólida carrera como editora y haber publicado varias novelas como Corniche Kennedy o Nacimiento de un puente, que alcanzaron el reconocimiento de la crítica, Reparar a los vivos supuso un cambio ­radical en su vida como escritora. Y los atentados ­yihadistas del 13 de noviembre de 2015 en París, que afectaron al mismo barrio en el que vive con su familia (es madre de cuatro hijos), trastocaron su forma de ver el mundo y también la novela en la que estaba trabajando, ­centrada en la reproducción de la cueva prehistórica de Chauvet. Entre los dos acontecimientos, los atentados y un trasplante, existe una conexión muy fuerte: el azar y la tragedia, y también el hecho de que ambos recorren el corazón de la sociedad, unen a personas de todo tipo.

De forma global, la atmósfera de París ha sido muy sombría y todavía no se ha recuperado. Todo el país ha quedado herido

De Kerangal acaba de publicar en castellano Lampedusa (también en Anagrama), un pequeño libro de no ficción que es a la vez un homenaje a El Gatopardo, la película de Visconti y la novela del escritor Giu­seppe Tomasi di Lampedusa sobre los últimos días de la nobleza siciliana –“Todo debe cambiar para que todo siga igual”– y una reflexión sobre lo que el nombre de Lampedusa significa ahora: una isla a la que llegan miles de inmigrantes que se juegan la vida en el Mediterráneo. La conversación con la autora tuvo lugar en el Instituto Francés de Madrid.

¿En qué medida cambió París tras los atentados de noviem­bre? Fue traumático, sobre todo en el distrito en el que tuvieron lugar los ataques. Ocurrió en nuestros espacios cotidianos, que comparten cada día miles de personas. Se trata de barrios muy festivos, en los que vive mucha gente joven. De forma global, la atmósfera de París ha sido muy sombría y todavía no se ha recuperado. Todo el país ha quedado herido. Vivo muy cerca del lugar donde se produjo uno de los ataques. Nos afectó muchísimo. Los altares espontáneos, las fotos, los recuerdos, las flores siguieron allí durante meses y la ciudad nunca recuperó su ligereza. El invierno de este año ha sido muy oscuro. No solo por los atentados, especialmente violentos y terribles, sino también porque se produjeron tensiones políticas muy fuertes. Además de la crisis económica, brutal en Francia, hemos tenido que enfrentarnos con el miedo y la tentación de encerrarse, junto a los populismos en alza. Un año después, las llagas están todavía abiertas, no se han reparado y continúa el estado de emergencia.

Parte de esa oscuridad está presente en su último libro, Lampedusa. No es una novela, es un texto muy particular porque lo escribí partiendo de un encargo sobre la noción de paisaje y escritura. Quise llevar a cabo un experimento en torno a un nombre propio y reflejar todo lo que sugiere. Pero también fue un gesto político: lo escuché por primera vez como un nombre que evocaba la ficción y el cine por la novela escrita por Lampedusa, pero que ahora solo evoca los naufragios. Quise relatar la migración de un nombre propio en la lengua; es un nombre que se ha vaciado de la ficción, solo queda lo real. Cuando escuchamos en la radio que se han producido otros 500 muertos, es una cifra enorme. Y es un libro que escribí antes de la gran crisis de la inmigración. Fue publicado en francés hace dos años. Cuando lo escribí, los naufragios llevaban 20 años provocando víctimas. Ahora vienen de otros lugares. Mi objetivo era escuchar todo lo que sugiere una palabra.

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Sus dos últimas novelas, Nacimiento de un puente y Reparar a los vivos, reúnen a personas totalmente diferentes en torno a una misma historia. Es lo mismo que ha ocurrido en los atentados de París, donde una tragedia de repente cruza las historias de personas muy diferentes. Sin duda. Ese tipo de atentados son terroríficos porque pueden afectar a cualquiera en cualquier lugar a cualquier hora: es el destino el que te golpea. Vas a un concierto y mueren decenas de personas. Es como un corte longitudinal de la sociedad, gente que viene de lugares totalmente diferentes y lo que les une es ese acto atroz, es lo que acaban por tener en común, ser víctimas o testigos. Todos hemos sido testigos en cierta medida. En París, durante semanas, no hablábamos de otra cosa y es algo que nos unía. Esos atentados crearon una comunidad. Fue algo muy fuerte y muy íntimo.

¿Transformó el enorme éxito que ha logrado su última novela su forma de escribir? Creo que no ha cambiado. La relación que tengo con mi trabajo no cambia. Pero desde que la novela salió, en enero de 2014, he escrito tres textos que no son de ficción, uno de ellos es Lampedusa. El segundo se llama Un chemin de tables y es un ensayo cercano al documental sobre la vida de un joven cocinero, y además una reflexión sobre lo que significa ser un chef un poco pobre en el país de la gastronomía. También quise narrar la salida de la juventud. Tienen algo de ficción, pero ambos están basados en entrevistas. Son libros muy documentales. Y escribí un tercer texto sobre un reportaje en una mina en Laponia, al norte del círculo polar. Ninguno de los tres son realmente ficciones. He hecho muchos viajes, mi obra ha sido adaptada al cine, a la televisión. Y durante todo este periodo no he podido abrir un espacio mental para comenzar una ficción.

Pero sus libros de ficción tienen también mucho de realidad, de investigación. Se basan en un trabajo intenso de investigación y documentación, pero están filtrados por personajes, por situaciones totalmente inventadas. La ficción es otro planeta, otra realidad distinta. Mi próximo libro quiero que sea diferente a los anteriores, porque tratará de dos epopeyas colectivas. No quiero tener la impresión de que vuelvo a escribir la misma novela. Creo que evocaré lo ocurrido en Francia. Ha sido algo tan increíblemente fuerte que no veo cómo no podía estar presente. Escribir es poner una distancia con los hechos, pero también enfrentarme a ellos.

No cambia mi forma de escribir, creo que será la misma, pero tengo ganas de escribir un libro acercándome más a ciertos personajes e incluir ciertos elementos de la actualidad

Una de las historias más terribles de los atentados fue la del conductor portugués que llevó a un grupo de turistas al estadio. Se quedó fuera esperando y allí le mató uno de los suicidas. Un cúmulo de casualidades trágicas. ¿Refleja lo ocurrido en París aquel viernes por la noche? Es la idea del fatum griego, del destino que te golpea. Cuando piensas en ello impresiona mucho: gente que llegó tarde y murió y otros que se escaparon por las mismas casualidades. No cambia mi forma de escribir, creo que será la misma, pero tengo ganas de escribir un libro acercándome más a ciertos personajes e incluir ciertos elementos de la actualidad. En principio será un libro sobre la prehistoria, sobre la reproducción de la cueva de Chauvet y los facsímiles. Tengo ganas de volver a una ficción que invente un mundo paralelo en el que la gente vive historias.

Varios críticos han señalado que la literatura francesa vive ahora una explosión de creatividad, después de unos años en los que estuvo demasiado marcada por la Nueva Novela. ¿Está usted de acuerdo? La Nueva Novela representó un periodo muy rico, pero de formalismo. La reflexión sobre la lengua ocupó todo el espacio. Desde mi punto de vista, existía una especie de hiperpresencia de la forma y el fondo se empobreció un poco. Ahora vivimos un periodo en el que hay autores que trabajan mucho el lenguaje, no se trata solo de contar una historia; para mí la literatura es sobre un todo una experiencia del lenguaje, tiene que tener una experiencia musical, poética. Ahora mismo existen escritores muy buenos en la forma, pero en sus libros ocurren también muchas cosas. De Patrick Modiano lees tres frases y sabes que es él, lo que prueba la dimensión de su escritura. Pero también trabaja siempre sobre los mismos temas: París, la ciudad, la ocupación, la desaparición. Tiene algo de novela negra melancólica y nos describe lo que ha sido Francia.

Usted también hace una apuesta fuerte por el estilo, sobre todo a través de la puntuación, que es muy peculiar… ¿Le cuesta muchas peleas con sus correctores? Pienso que la puntuación representa la parte más íntima del autor en el texto. Es allí donde respira, donde acelera… Y es verdad que cambio las reglas. No debe haber varios dos puntos seguidos y yo lo hago muchas veces, porque es una forma de profundizar en la frase en vez de poner un punto. Para mí la acción es muy importante: concibo la frase como un momento de la acción, y si esta se prolonga, la frase también. Lo mismo ocurre con el deseo, porque tampoco se puede detener. Lo que no tiene sentido es hacer frases muy largas cuando no se corresponden con nada.

¿Y cómo trabaja el vocabulario técnico tanto en el libro sobre la operación de corazón como en el de la cocina? Lo que me interesa es sobre todo la investigación. Es un vocabulario que la literatura ha ignorado mucho, son zonas de la lengua que no se consideran literarias, portadoras de emoción y de belleza. Las palabras técnicas, porque están menos vistas, menos presentes en las novelas, las encontramos raras, pero contienen una ambición poética, creadora. Y ofrecen otro aspecto importante: la precisión.

¿Usted persigue esa precisión? Soy muy dura con las novelas que se parapetan detrás de la ficción para moverse en una especie de flujo artístico, como si escribir te eximiera de ser preciso. La novela es un lugar en el que parece que tienes bula para hacer lo que quieras. Pero eso no te puede hacer olvidar la precisión. Muchas veces me choca su ausencia. Si es un texto preciso, es mucho más fuerte. La precisión tiene que ver con la ética y muchas veces la potencia de la narración está en su precisión. Para mí, cuanto más preciso sea el texto, más se liberan las imágenes, más rico eres en las visiones. La precisión libera la imaginación, no es algo que te pegue a la realidad, sino que desata la ficción. Las novelas tienen que captar la vida, la pregunta que nos plantea una novela es siempre la cuestión de la vida. Lo que me gusta en la ficción, cuando es realista, es que te proporciona un acceso profundo al mundo. Conoces el mundo por los libros, la ficción te da acceso a otras realidades, a otras épocas, a otros mundos. Vivo en una gran capital europea, tengo una familia y las novelas me permiten entrar en otras realidades. Es algo muy fuerte. Por eso me gusta el realismo.

POR Guillermo Altares

Trabajó en la agencia France Presse en Madrid y en el desaparecido diario El Sol. Fue reportero bélico en países como Afganistán, Irak o Líbano para la sección de Internacional de El País de la que más tarde fue redactor jefe. Dirigió durante un tiempo Elpais.com y Babelia. En la actualidad lidera la sección Ideas en el mismo periódico.

FOTOGRAFÍA DE Jordi Socías