Documentos. El pulso

Malos tiempos para ser vaca

Use Lahoz
2 min.
2093ElPulso2

La emblemática portada del disco Atom Heart Mother, de Pink Floyd.

Se multiplican las denuncias de maltrato en granjas y mataderos de Francia. La ley exije que se les evite todo dolor posible.

Jueves 10 de Noviembre de 2016

Aunque a algunas les va mejor que a otras, ser vaca hoy día no es fácil. Hubo un tiempo en que aparecían libres en las portadas de discos (como aquel Atom Heart Mother, de Pink Floyd) y en poemas de Rimbaud. Ahora lo hacen en algunos libros, pero presas. Christian Laborde acaba de publicar en Francia el ensayo La cause des vaches (la causa de las vacas), en el que denuncia la existencia de una granja de la Picardie donde viven encerradas más de mil vacas conectadas a una ordeñadora sin poder moverse, cabeza contra el hormigón y patas sobre cemento podrido.

Sí, ya se sabe que el arte del paseo está demodé, pero cualquiera que se haya dejado ir sin prisa por los montes de Aubrac o por los valles pasiegos de Cantabria entenderá que las vacas no pueden ser sólo máquinas expendedoras de leche y carne. Coincide la salida del libro con el escándalo destapado por la asociación L214 (numero de un artículo del Código Rural que define a los animales como seres sensibles), que ha difundido unos vídeos escalofriantes sobre el maltrato en diferentes mataderos de Francia.

Laborde reivindica un país que no genere robots agros y denuncia el elevado número de cárceles para animales que proliferan en Europa y la presión en los precios que ahogan al pequeño granjero. Compara el matadero de Sisteron, que Franz-Olivier Giesbert alaba en el libro Un animal es una persona, donde todo está concebido para que el animal no sufra, con el de Alès, uno de los que han sido cerrados temporalmente tras la difusión de los vídeos. Según Laborde, la élite del agrobusiness antepone el beneficio al animal e impone a las vacas un trato degradante.

“El objetivo de los mataderos era siempre proteger al torturador antes que evitar el dolor animal”

En mayo, en el diario Libération, rompía su silencio Martial Albar, exinspector de los servicios veterinarios, donde trabajó 12 años antes de renunciar: “El objetivo de los mataderos era siempre proteger al torturador antes que evitar el dolor animal”. Además, sostenía que muchos mataderos utilizan el desvanecimiento para acabar con el animal (lo que prolonga el sufrimiento) y usan cámaras de CO2 para asfixiar a los cerdos, aunque generalmente, tanto para ellos como para los corderos y las cabras, se usa la electronarcosis, que los fulmina a través de electricidad.

Sébastien Arsac, cofundador de la asociación L214, grabó camuflado –¡consiguió que lo contrataran!– la mayor parte de los vídeos que ya suman decenas de miles de visionados en YouTube. A finales de junio, la edición digital de Le Monde publicó las escalofriantes imágenes en el matadero de Pezennas. Era ya la cuarta vez en ocho meses que la asociación sacaba a la luz casos de maltrato. Al mismo tiempo que la web fermons-les-abattoirs.org (cerremos los mataderos) echaba humo, el ministro de Agricultura, Stéphane Le Foll, llevó el tema al Parlamento y encargó investigaciones.

Ha habido ciertos resultados: el 20 de septiembre, el diputado Olivier Falorni –quien meses antes dijo: “Hoy día es más fácil visitar un submarino nuclear que un matadero”– celebró la nueva obligación de instalar cámaras en todos los mataderos.
Vuelvo a ver el espantoso vídeo y recuerdo el final de un capítulo de Giesbert: “Un matadero no es nuestra mala conciencia, es la vergüenza de la jungla”, y me viene a la cabeza el Código Rural francés, que desde 2009 estipula: “Todo dolor o sufrimiento evitables les serán ahorrados a los animales en su sacrificio”. ¿En qué quedamos?

POR Use Lahoz

Use Lahoz es licenciado en Humanidades. Como novelista es autor de varias obras, entre las que destacan 'Los Baldrich' (Premio Talento FNAC 2009) , 'La estación perdida' (Premio Ojo Crítico 2012) y 'Los Buenos amigos' (Destino, 2016). Es profesor de lengua y literatura española en la Universidad Sciences Po de París y colabora habitualmente en El País y en Radio Nacional de España.