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Unos visitantes con un orangután. / Vanessa Montero

Gerald Durrell intuía que la capacidad del ser humano para extinguir especies era una amenaza real. El autor de ‘Mi familia y otros animales’ levantó en Jersey, junto a la casa familiar, algo más que un zoo: un centro pionero de la conservación. Primera entrega de esta serie de relatos en torno a la pasión por los animales.

lunes 18 de julio de 2016

LA INMENSA mayoría de los niños se conformarían con visitar un zoo de vez en cuando. En el caso de Gerald Durrell (Jamshedpur, India, 1925 – Saint-Helier, Jersey, 1995), tuvo claro desde su infancia que quería poseer uno, incluso vivir en él. El autor de Mi familia y otros animales, un relato sobre su niñez en la isla griega de Corfú antes de la II Guerra Mundial que ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo, montó su primer zoológico en el jardín trasero de la casa de su hermana en Bournemouth, al sur de Inglaterra. La ubicación no resultaba muy apropiada para los animales ni, sobre todo, para su hermana. Lo solucionó en 1959. Compró para sus animales una antigua hacienda en la isla de Jersey, situada en el canal de la Mancha frente a las costas de Francia. Desde el principio pretendía que fuera algo más que un zoo; su idea era que se convirtiese en un centro pionero de reproducción en cautividad. Seis décadas después, ese parque sigue existiendo bajo el nombre de Durrell Wildlife Conservation Trust y ha logrado salvar especies tan raras como la paloma rosa de las islas Mauricio.

Lee Durrell, segunda esposa del escritor, en la puerta de la mansión donde está el zoo, en la isla de Jersey. Vanessa Montero

Pese a ser considerado un instituto puntero, dos problemas sobrevuelan esta institución: el descenso de visitantes que padece toda la isla desde que el turismo masivo se desplazó al sol del Mediterráneo con el boom de los vuelos baratos y el creciente debate en torno a qué sentido tienen los zoos en una época en la que existen muchas posibilidades de contemplar animales sin necesidad de mantenerlos enjaulados. Los zoos se hicieron populares en los siglos XVIII y XIX en un momento en el que los animales exóticos eran tan fascinantes como difíciles de ver. El zoo del jardín botánico de París se inauguró en 1793, con el traslado de la colección real desde Versalles durante la Revolución Francesa, y sigue abierto (pese a que sufrió una notable merma en 1871 cuando, durante el asedio que sufrió la ciudad en la Comuna, los parisienses se comieron a todos sus inquilinos). El de Regent’s Park, en Londres, fue inaugurado en 1828 y en 1847 comenzó a cobrar a los visitantes; esto es, a convertirse en un negocio.

“Vamos a necesitar los zoos para salvar muchas especies”, replica a los críticos Lee Durrell, la viuda del naturalista y directora honorífica de la fundación, en la casa que compartieron, una mansión alrededor de la que se fue construyendo y ampliando el parque, entre árboles centenarios, humedales y praderas de hierba rabiosamente verdes. “Creo que es un poco hipócrita decir que algunos animales, como los grandes simios, no pueden vivir en cautividad y no preocuparse por algunas especies de loros, por ejemplo, que son muy inteligentes. Algunos zoos son terribles, pero otros son imprescindibles para conservar especies y para la reproducción en cautividad”.

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Escultura en el parque que Durrell creó con especies amenazadas. V. M

Lee y Gerald Durrell se conocieron en 1977 en la Universidad de Duke (EE UU), cuando él era ya un famoso escritor y naturalista de 52 años en proceso de separación, y ella, una estudiante estadounidense de 24 que preparaba su tesis después de pasar una temporada en Madagascar como investigadora, y que se había enamorado del personaje, antes de conocerle, a través de sus libros. La conversación tiene lugar en el acogedor, aunque un poco destartalado, salón de la segunda planta de la mansión, llena de recuerdos familiares, desde figuras de animales hasta una primera edición, dedicada a su madre, de ‘Justine’, el primer tomo del Cuarteto de Alejandría, la obra maestra de su hermano, Lawrence Durrell, uno de los grandes personajes de Mi familia y otros animales (y uno de los clásicos de la narrativa del siglo XX).

“Los dos hermanos siempre se llevaron muy bien, nunca existió esa rivalidad de la que se ha hablado a veces, de hecho le visitábamos a menudo en Francia”, explica Lee Durrell, quien, sin embargo, reconoce que Gerald se tomó una cuantas licencias para enriquecer el relato. En el libro, la madre, viuda, agobiada por las deudas y el clima británico, se traslada a Corfú con sus cuatro hijos, tres chicos y una chica, de los que Lawrence, el impertinente y deslenguado Larry del libro, es el mayor. El tipo de relación que establece con su madre está resumido en un cuento titulado Un novio para mamá (Alianza Editorial). En él, el futuro escritor decide que no pueden ser unos niños normales mientras su madre no encuentre una nueva pareja. “¿Cómo podemos tus hijos desarrollar un sano complejo de Edipo sin un padre al que odiar? ¿Cómo puede Margot odiarte bien si no tiene un padre del que enamorarse? Estás haciendo que nos convirtamos en monstruos de depravación. ¡Como madre, tienes el deber de volverte a casar!”, le espeta Larry a su progenitora en este relato, que en cierta medida es un resumen de toda la novela. La decepción llega cuando Lee Durrell confiesa que en los años de Corfú, el escritor ya estaba casado y no vivía con ellos en la misma casa, aunque sí en otra villa de la isla. “Tal vez exageró algunas historias, pero básicamente todo es verdad y, desde luego, los personajes eran tal y como los describe”, asegura.

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En la primera foto, una caja de cerillas con un escorpión dorado. En la segunda, la primera copia de ‘Mi familia y otros animales’. / V. M

El animal que mejor encarna su legado ya no existe: se trata del dodo, el símbolo de la fundación Durrell, presente en todos los rincones del parque, cuya imagen más conocida es la de las ilustraciones de Alicia en el País de las Maravillas. Solo se conservan en el mundo cuatro esqueletos completos de esta ave que no podía volar y que se encontraron los primeros europeos que alcanzaron las islas Mauricio en el siglo XVII. Uno de ellos está en una vitrina, justo en la entrada, y es lo primero que ve el visitante. Su importancia radica en que fue el primer animal que el hombre moderno extinguió –básicamente, lo mataron a palos por diversión porque no temía a los humanos–. El dodo marca un antes y un después en nuestra relación con la naturaleza porque nos demostró que cuando muere el último ejemplar de una especie, esta desaparece –puede parecer una obviedad, pero no lo es: hasta el dodo, se daba por hecho que siempre había más animales en algún lado por muchos que se matasen–.

Como relata en su libro El arca inmóvil, Gerald Durrell tuvo claro que su objetivo no era fundar un zoo, sino algo mucho más complejo. “Mi idea era ayudar a su conservación. En todo el mundo, muchas especies están siendo exterminadas o reducidas brutalmente en su número ante el avance de la civilización”, escribió en el libro, que, no obstante, es tronchante como todos los suyos. En eso, como en tantas otras cosas –por ejemplo, la utilización de los medios de comunicación de masas como naturalista–, Durrell fue un adelantado a su tiempo. La periodista estadounidense Elizabeth Kolbert ganó el Pulitzer hace dos años con el libro La sexta extinción (Crítica), cuya tesis es que nos enfrentamos a una desaparición masiva de especies a causa de la intervención humana que puede tener efectos sobre nuestra propia supervivencia. Durrell sintió que algo así podía ocurrir y esta idea sobrevuela muchas de sus obras, como Filetes de lenguado, donde relata sus aventuras en busca de animales para su zoo (hasta bien entrado el siglo XX, era fácil y legal capturar o comprar animales exóticos, sobre todo cuando eran raros, amenazados y poco deseados por otros parques) o para rodar documentales.

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Un gorila. Hace 30 años, uno de estos primates protegió a un niño que cayó a su zona. Vanessa Montero

Salvo algunas excepciones, el zoo de Jersey solo alberga especies en peligro de extinción. Los animales disponen de espacios muy amplios, y algunos, como los tamarinos (unos pequeños primates de América), habitan un bosque en semilibertad. Uno de los reproches recurrentes que los naturalistas dirigen a los zoos no es solo que mantengan a los animales en cautividad, sino que lo hagan para mero disfrute de los visitantes, sin otro objetivo científico. Un informe sobre los zoos de la UE de la Born Free Foundation, una sociedad británica dedicada a investigar la situación de los animales en cautividad, concluía que solo el 0,23% de los animales enjaulados en Europa están extintos en la naturaleza, el 3,53% está en grave peligro de extinción y el 6,28% en peligro. Las estadísticas en el zoo de Durrell son completamente diferentes: el 90% de sus criaturas están en peligro.

Los murciélagos de Rodrigues y de Livingstone campan a sus anchas en un gran recinto. Aunque son inofensivos para el hombre –se alimentan de frutas y son muy dóciles–, cuando despliegan sus enormes alas negras resultan bastante inquietantes. Estos animales llegaron a Jersey hace 24 años. De los murciélagos de Living­stone sobreviven 62 ejemplares en cautividad en tres parques y un millar en las Comoras, cerca de Madagascar. “El esfuerzo más importante no está aquí, sino sobre el terreno, donde mantenemos un proyecto que ayuda a los habitantes de la isla a promover un desarrollo sostenible, que es la única forma de conservar el hábitat de estos animales”, asegura la naturalista Gale Glendewar, que lleva 14 años en la fundación. El Durrell Wildlife Conservation Trust mantiene proyectos en 18 países y en algunos casos, como el del cerdo pigmeo de India, ni siquiera tiene ejemplares en Jersey. En sus 60 años de existencia, numerosas especies han sido reintroducidas en la naturaleza, como el del tamarino león dorado, la paloma rosa de Mauricio, los murciélagos de Rodrigues, los ibis calvos de Marruecos o criaturas de la fauna local de Jersey.

En el zoo de Durrell también viven grandes primates, gorilas y orangutanes, los animales que mayores protestas han provocado por parte de las asociaciones ecologistas, que han llegado a plantear (y ganar, en el caso de un tribunal de Buenos Aires) demandas para que sean considerados personas no humanas con derechos; entre ellos, el de no sufrir cautividad. Sin embargo, el parque de Jersey protagonizó una de las imágenes más importantes en la percepción positiva de estos simios. En 1986, un niño cayó en el recinto de los gorilas y Jambo, el macho dominante entonces, protegió al pequeño del resto del grupo. Alguien lo grabó en vídeo y ha sido visto millones de veces en YouTube. Treinta años después, otro niño volvió a precipitarse en el recinto de los gorilas, esta vez en Cincinnati, y los cuidadores tuvieron que abatir al macho de espalda plateada. La muerte de este simio, Harambe, ha renovado la polémica sobre los zoos.

Los encargados de los grandes simios en la fundación Durrell ven la cautividad como una garantía de que no les ocurrirá lo mismo que al dodo. “Son como mi familia, paso más tiempo con ellos que con la mía”, asegura Chris Davis, uno de los encargados de los gorilas. “Tienen que confiar en ti para que puedas trabajar con ellos. Solo así puedes conseguir que, por ejemplo, tengan tratamiento médico sin anestesiarles”, prosigue, mientras, al fondo, Bodongo, el macho dominante, realiza un despliegue de fuerza ante el resto de los gorilas. Gordon Hunt, encargado de mamíferos, se ocupa hoy de los orangutanes y en una charla a los visitantes insiste en que la deforestación en Indonesia, por la presión para producir aceite de palma, pone a esta especie en peligro de desaparición.

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Una vista del zoo. A la izquierda. Vanessa Montero

El primer gorila que llegó al zoo de Jersey fue en los años sesenta a través de un traficante de animales: Durrell viajó hasta Londres, pactó un precio y regresó con el animal. Hoy, afortunadamente, ese tipo de transacciones son imposibles, aunque la vigilancia internacional no ha logrado frenar la paulatina desaparición de numerosas especies. Durrell nos ha legado maravillosas historias de animales, y no sólo de criaturas en peligro de extinción (es difícil olvidar a bichos como aquella cerda trufera perfumada llamada Esmeralda que se encontró en Francia). Pero, sobre todo, a través de su zoo, nos ha dejado una profunda sensación de fragilidad, de que la naturaleza es más efímera de lo que pensamos. Ahora es el propio parque el que se encuentra en peligro. Pese a que en una mañana laboral de junio parece muy animado, hay un claro descenso en la venta de entradas: en 10 años han pasado de 380.000 a 180.000, y el diario local, Jersey Evening Post, se preguntaba hace poco si se vería forzado a cerrar. Con 180 empleados y ocho millones de libras de presupuesto, Lee Durrell cree que la situación es preocupante, pero no dramática, que el sueño de aquel niño que recorría Corfú en busca de animales tiene futuro. La gran duda es si muchas de las especies que alberga lo tienen en la naturaleza.

POR Guillermo Altares

Trabajó en la agencia France Presse en Madrid y en el desaparecido diario El Sol. Fue reportero bélico en países como Afganistán, Irak o Líbano para la sección de Internacional de El País de la que más tarde fue redactor jefe. Dirigió durante un tiempo Elpais.com y Babelia. En la actualidad lidera la sección Ideas en el mismo periódico.