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Jerónimo López: “La Tierra se adapta a todo. Los humanos, no”

José Luis Barbería
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Lupe de la Vallina

Geólogo y profesor universitario de geodinámica, es un hombre de retos que ha escalado el Everest y participado en decenas de expediciones a la Antártida y el Ártico, claves en su labor investigadora. En su opinión, el planeta responderá mejor a la amenaza del calentamiento global que sus 7.000 millones de habitantes.

Lunes 17 de Julio de 2017

ES EL PROTOTIPO del investigador antártico, el hombre que en su doble condición de científico y deportista de élite se vuelca en la misión de indagar y probarse en el terreno de lo desconocido, más allá de los caminos trillados del conocimiento y de la vida convencional. Jerónimo López escaló el Everest y El Capitán, la mítica roca granítica vertical de 900 metros de altura del valle de Yosemite, en California, antes de ascender al monte Vinson, el techo de la Antártida, con 4.892 metros. Geólogo y profesor de geodinámica en la Universidad Autónoma de Madrid, lleva consigo un enorme caudal de vivencias acumuladas en sus andanzas por los ochomiles del Himalaya y en la decena de expediciones por la Antártida y el Ártico. Entre 2012 y 2016 presidió el Comité Científico para la Investigación en la Antártida (SCAR), integrado por miles de investigadores de 43 países. Natural del pueblo gallego de As Pontes, pero afincado en Madrid desde niño, López, de 65 años, padre de dos hijos, se expresa con el sosiego del hombre de acción en reposo y el aplomo del científico de largo recorrido. “La Tierra ha conocido de todo en su historia y podrá también adaptarse a lo que acarree el cambio climático; el problema lo tenemos sobre todo nosotros, la humanidad”, afirma.

Siempre ha vivido entre la ciencia y el deporte. ¿Cuál de esas dos fuerzas magnéticas le resulta más poderosa? Las montañas y la naturaleza me atraen desde niño y eso me animó a estudiar geología. En el Everest ya hicimos nuestros estudios y publicamos un libro, pero en el ascenso al monte Vinson el objetivo principal era la investigación: estudiar las rocas y analizar los isótopos estables de oxígeno e hidrógeno de la nieve en un ambiente tan extremo de vientos y temperaturas. Mi compañero [el también alpinista y geólogo] Pedro Nicolás y yo tomamos mediciones y muestras de roca y de nieve a lo largo de una franja altitudinal de casi 3.000 metros. Mereció la pena. Nuestros datos se incorporaron a una publicación internacional. Por supuesto, hacer cumbre en el Vinson en 1990, cuando lo habían hecho muy pocas personas, ninguna española, era también una buena meta.

“Los humanos no somos la única causa del calentamiento global, pero sí la preferente. Ninguna otra especie ha producido semejante impacto en tan poco tiempo”

¿El Vinson fue más duro que el Everest? No tiene ni la dificultad técnica ni la altitud prohibitivas de los Himalayas, allí los factores clave son el frío, el viento y el aislamiento. No había nadie en cientos de kilómetros a la redonda y estuvimos siempre entre 18 y 40 grados bajo cero. Una pequeña avioneta nos dejó a 2.000 metros de altitud, así que tuvimos que ascender casi tres kilómetros en vertical, primero con esquís y luego con cuerdas. Usamos dos tiendas de campaña. Una la dejamos en el punto en el que nos depositó la avioneta, a modo de campamento base, y la otra la llevamos con nosotros. Cuando se desataban los vientos catabáticos [que descienden de grandes alturas, alcanzando a veces velocidades de huracán] y el polvo de nieve nos cegaba, nos encerrábamos en la tienda a esperar, a veces más de 24 horas, a que el temporal amainara. La protección de esa fina tela establecía la diferencia entre la vida y la muerte.

¿Qué está pasando en la Antártida para que el deshielo en este verano austral haya sido tan acusado? En marzo de 2017 se rompió la tendencia de aumento de la superficie de mar helado que venía incrementándose en aproximadamente un 1% por década desde 1979. Un buen número de glaciares de la península Antártica han acelerado su pérdida de hielo y, además, en los últimos años estamos asistiendo a las roturas y desprendimientos de plataformas de hielo de miles de kilómetros cuadrados. En algunos casos estas roturas responden a un fenómeno natural que se explica por el crecimiento mismo de las masas de hielo, pero su frecuencia hace sospechar que se deba al cambio climático. La entrada de corrientes marinas más cálidas por debajo de las plataformas de hielo parece ser un factor determinante.

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La pérdida de hielo marino se está produciendo de forma simultánea al enfriamiento y a la progresión del hielo en la parte continental. ¿Cómo se explica esta paradoja? En el centro de la Antártida existe un gran anticiclón con vientos catabáticos muy potentes que envían aire frío desde el centro hacia los bordes del continente, en forma radial. Esos vientos, que parecen haberse reforzado, expanden la superficie de mar helado e impiden que las borrascas, de aire cálido, penetren hacia el interior. Se piensa que la generación del agujero en la capa de ozono ha contribuido al enfriamiento en el centro del continente y, con ello, a reforzar esos vientos.

¿Y qué pasará ahora que el agujero de la capa de ozono ha empezado a cerrarse? Cabe esperar que la tendencia al calentamiento se acentúe a medida que se vaya recuperando la capa de ozono, pero eso no ocurrirá de la noche a la mañana, ni de forma lineal, porque la atmósfera es compleja. El restablecimiento de los valores de ozono previos a 1980 no se alcanzará, previsiblemente, hasta  pasado el año 2060. Lo ya emitido seguirá afectando un cierto tiempo, de la misma manera que eliminar de la atmósfera el exceso de CO2, metano y otros gases de efecto invernadero debidos a la acción humana llevará siglos. El gran reto es quebrar la tendencia al aumento y reducir las emisiones nocivas.

¿Estamos violentando el curso natural de la vida del planeta? Ninguna otra especie ha sido capaz de producir semejante impacto en tan breve periodo de tiempo y ya somos más de 7.000 millones de habitantes. Los ciclos cálidos y fríos se han ido alternando de forma natural cada 100.000 años aproximadamente. No somos la única causa del calentamiento global, pero sí la preferente. Sabemos que el planeta en su conjunto se ha calentado unos 0,8 grados desde finales de siglo XIX. Los modelos indican que de esos 0,8 grados, 0,6 corresponden estrictamente a la acción humana, y el 0,2 restante, a causas naturales.

“Los polos son lugares de observación extraordinarios por su lejanía de las zonas habitadas y su especial sensibilidad al cambio climático”

¿Podemos destruir la Tierra? Nuestro planeta ha conocido de todo. La Antártida ha tenido clima subtropical y lo que hoy es la cumbre del Everest estuvo en el pasado geológico en el fondo del mar. La Tierra es un planeta dinámico que ha asistido a la extinción de unas especies y la aparición de otras. Ahora somos nosotros, la especie humana, los directamente amenazados por la perspectiva de rápidos cambios que traerán consigo el aumento del nivel del mar, la salinización de acuíferos, la reaparición de enfermedades que se suponían erradicadas…

¿Qué pasará si la temperatura aumenta dos o tres grados? Cambiará la distribución de fenómenos naturales, como ciclones y huracanes. Las corrientes marinas se alterarán y modificarán el clima. Ya estamos viendo fenómenos atmosféricos atípicos: olas de sequía, calor y frío, nevadas inusitadas, que se producen con cierta frecuencia en lugares insospechados. Las zonas que más se han calentado en la Tierra en las últimas décadas son precisamente zonas polares: el norte de Alaska y de Canadá, un sector de Siberia y otro de la Antártida Occidental. Nos preocupa el deshielo del mar y de los glaciares, pero también debe inquietarnos el peligro que supone el del permafrost, es decir, los suelos que permanecen congelados de forma continuada un mínimos de dos años consecutivos. La degradación del permafrost, sobre todo en el hemisferio norte, está contribuyendo a liberar a la atmósfera gas metano, mucho más activo que el CO2.

¿Ambos polos están afectados por procesos similares?  Sí, pero existen grandes diferencias. En el Ártico hay un océano rodeado de continentes, y en la Antártida, un continente rodeado de extensos océanos. El Ártico es en gran parte un mar helado con pocos metros de grosor, mientras que la Antártida tiene una capa de hielo de unos 2.000 metros de espesor medio y que en algunos puntos se acerca a cinco kilómetros de grosor. Hace más frío en la Antártida, donde se han alcanzado los menos 89,2 grados, frente a los 75 bajo cero del Ártico. La Antártida nunca ha tenido población autóctona y, por tanto, muestra un alto grado de conservación, mientras que en el Ártico viven varios millones de personas y se han producido impactos humanos.

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¿Por qué es tan necesario investigar en los polos? Gracias a la investigación en la Antártida supimos del adelgazamiento acelerado de la capa de ozono y los Gobiernos pudieron reaccionar antes de que la situación fuera irreversible. Los polos son lugares de observación extraordinarios por su lejanía de las zonas habitadas y su especial sensibilidad al cambio climático.

¿Qué destacaría de los descubrimientos recientes? La detección de gran cantidad de agua líquida debajo de los casquetes polares. Se sabía que había agua debajo de los glaciares, a causa del calor geotérmico, que funde el hielo en su base, pero no de tal magnitud. Hay más de 400 lagos de tamaño considerable debajo del casquete antártico y uno de ellos, el Vostok, tiene unos 15.000 kilómetros cuadrados, el doble que el territorio de la Comunidad de Madrid, y varios centenares de metros de espesor de agua líquida. Además, hay corrientes subglaciales que embalsan y desaguan algunos de esos lagos; es decir, que hay interconexiones entre algunos de ellos. La investigación subglacial es un reto científico y tecnológico.

¿Esa interconexión de las aguas subglaciales no hace a la Antártida más frágil ante el calentamiento? Sí. Para empezar, permite que la contaminación pueda trasladarse de unos lugares a otros bajo el hielo. Estos descubrimientos están cambiando algunas ideas clásicas de la glaciología porque el agua interviene en la pérdida de hielo, aumenta la velocidad de flujo de los glaciares y afecta a la llegada de agua dulce a las zonas litorales en los márgenes glaciares.

¿Cuáles son los grandes retos del momento? El Comité Científico Internacional para la investigación en la Antártida (SCAR) ha identificado las 80 preguntas a las que habría que dar respuesta en las próximas dos décadas. Inciden en el campo de la interacción atmósfera-océano-hielo y abordan, sobre todo, el cambio climático, los impactos en los seres vivos y las consecuencias globales. La Antártida ofrece un observatorio excepcional a la astronomía por la altitud del plato central, la ausencia de fuentes lumínicas y la proximidad al polo magnético. Y, por supuesto, es un lugar privilegiado para estudiar la adaptación de vida a condiciones extremas.

El Tratado Antártico es un ejemplo único en el mundo. Consagra ese amplísimo territorio a la ciencia, a la paz y a la cooperación internacional

¿Todos los países con bases en la Antártida desarrollan una seria actividad investigadora, o algunos están allí presentes por razones de soberanía territorial? El Tratado Antártico es un ejemplo único en el mundo. Consagra ese amplísimo territorio a la ciencia, a la paz y a la cooperación internacional. Se firmó en 1959 y entró en vigor en 1961, con el objetivo de evitar que la Antártida se convirtiese en un territorio de discordia. Una pieza fundamental del llamado Sistema del Tratado Antártico es hoy el Protocolo para la Protección del Medio Ambiente Antártico, el llamado Protocolo de Madrid.

¿Qué aporta? Articuló la protección medioambiental de la Antártida y, entre otras cosas, trajo consigo la creación del Comité de Protección Ambiental y la prohibición de explotar minerales en la Antártida durante la vigencia del acuerdo, que es de 50 años desde su entrada en vigor, en 1998. El Protocolo obliga a evaluar el impacto ambiental de las actividades, reducir la contaminación marina, proteger la flora y fauna, limitar las actividades en áreas especialmente protegidas y gestionar adecuadamente los residuos, entre otras cosas.

¿Todas las investigaciones están efectivamente orientadas exclusivamente a la ciencia? Los países deben informar al resto de sus proyectos, actividades y campañas sobre el terreno. No hay una policía que vigile, pero, en virtud del Tratado, los países pueden inspeccionarse unos a otros. Es un territorio de todos y de nadie, y el respeto y la colaboración están en el ánimo colectivo.

¿Qué hace España? Nos incorporamos como miembro de pleno derecho al Tratado y también al SCAR en los ochenta. En estas tres últimas décadas se ha desarrollado en España una comunidad de científicos y técnicos con experiencia en la Antártida ampliamente reconocida en el plano internacional. La inclusión en 1998 de la investigación antártica dentro del Plan Nacional de I+D está dando sus frutos.

¿El consenso de las grandes potencias para preservar la Antártida hay que atribuirlo a la conciencia medioambiental o a que la explotación del continente no parece rentable? El Tratado Antártico ha logrado sobreponerse a todas las tensiones y se mantendrá mientras lo quieran los 29 países que poseen capacidad decisoria.

¿No sería bueno que la ONU se encargara de la administración de la Antártida y, de paso, también del Ártico? Este tema es complejo y no resulta viable una administración conjunta o incluso similar en el caso del Ártico y de la Antártida. Mientras que la Antártida nunca ha pertenecido a ningún país, en el Ártico hay ocho países que poseen derechos sobre territorios continentales y marinos. El Tratado Antártico tiene valores que pueden servir de ejemplo a la hora de abordar algunos de los problemas actuales del mundo que exigen acuerdos multinacionales. La solución de algunos retos dependerá en buena medida del conocimiento y la conciencia global que tenga la sociedad en su conjunto.

POR José Luis Barbería