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Guadalupe Sabio: “Los políticos han de entender la ciencia”

Patricia Fernández de Lis
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James Rajotte

A los 39 años, sus colegas de profesión ya la consideran una de las mejores investigadoras de España. Ha fraguado su prestigio compitiendo en un “sistema muy masculino” al tiempo que criaba a tres hijos. Y su gran tarea actual es identificar los factores genéticos que favorecen enfermedades como la obesidad o la diabetes.

Miércoles 30 de Noviembre de 2016

G UADALUPE SABIO, Guada para sus amigos, estudiaba Veterinaria en la Universidad de Extremadura cuando comenzó a hacer prácticas en una clínica. Un día, la dueña de un perro con un problema que ella no recuerda, pero cuyo diagnóstico no era obvio, fue a consultar a su jefe. El veterinario, resolutivo, dio su opinión sobre la dolencia que aquejaba al animal. Cuando la mujer se marchó, Sabio le preguntó a su jefe cómo sabía que aquella era la enfermedad de la mascota. El veterinario respondió: “No lo sé, pero tienes que darle un diagnóstico. Cuando venga porque te has equivocado ya le darás otro”.

Sabio (Badajoz, 1977) decidió aquel día que aquello no era lo suyo. Ama a los animales, pero ama aún más la precisión, el conocimiento, el poder explicar por qué determinados procesos provocan determinadas consecuencias. “Para mí, saber la respuesta de lo que yo me preguntaba era lo más importante del mundo”, reflexiona ahora sobre la razón por la que orientó su carrera hacia la investigación bioquímica. “Me daba igual que la respuesta fuera saber que esta proteína estaba compuesta por tres trozos o si este aminoácido era el que hacía lo que fuera. En ciencia somos muy minimalistas, trabajamos en pequeñas áreas de especialidad. Para mí, todo lo que importaba era encontrar esa respuesta”.

Las explicaciones que ahora busca Sabio se encuentran en un campo de la investigación que recibe el complejo nombre de señalización celular de quinasas implicadas en el estrés y enfermedades metabólicas. La científica, que dirige un grupo de investigación en el prestigioso Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), explica que, en un futuro, su trabajo puede hacer que descubramos por qué somos más o menos propensos a sufrir enfermedades como la diabetes.

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James Rajotte

¿Por qué es relevante su investigación? Es importante porque nos da pistas sobre algo que no conocemos. Hay gente obesa que está sana, es decir, que no desarrolla enfermedades. Eso indica que hay algo intrínseco, que son los genes los que provocan que una persona tenga más probabilidad de desarrollar enfermedades secundarias que otra. Si somos capaces de saber cuáles son y cómo bloquearlos, podremos desarrollar nuevas terapias para esas personas. Hoy día se sabe que hay distintos tipos de cáncer; nosotros también sabemos ahora que hay distintos tipos de obesidad. Si somos capaces de entenderlo, podremos también encontrar los tratamientos adecuados para cada dolencia.

La Organización Mundial de la Salud calcula que 1.300 millones de personas en todo el mundo sufren sobrepeso y 600 millones más están obesas. ¿Por qué esta epidemia? Hay varias razones. Primero, tomamos muchísima grasa, incluso en alimentos que no sabemos que la contienen. Además, en los países desarrollados comemos lo que queremos, y es más caro llevar una dieta sana que otra menos saludable. Por si fuera poco, cogemos mucho el coche y se hace muy poco ejercicio. Si unes todo eso, tienes una sociedad cada vez más obesa. Y el problema principal es que la obesidad cada vez llega a edades más tempranas. Un niño con sobrepeso tiene menos interés por hacer deporte, porque es el que menos corre, y eso propicia que sea cada vez más obeso, y al final es un ­círculo que lo convierte en un gran problema.

“MUCHOS PIENSAN QUE EL OBESO LO ESTÁ PORQUE QUIERE. Y NO ES ASÍ. HAY UN FACTOR GENÉTICO IMPORTANTE. SERÍA INJUSTO NO FINANCIARLES EL TRATAMIENTO”

La industria farmacéutica está a la búsqueda de una píldora milagrosa que nos libre del sobrepeso. ¿La va a conseguir? Yo creo que no. Hay píldoras que favorecen que tu organismo absorba menos grasa, y eso puede ayudar a adelgazar, pero una pastilla que te quite el hambre… es muy difícil, porque además no debería tener efectos secundarios. Con el cáncer puedes tolerar efectos secundarios; con la obesidad, no. ¿Vas a soportar el hecho de sufrir vómitos o que se te caiga el pelo solo para adelgazar? La mayoría de las investigaciones en obesidad no están destinadas a que la gente reduzca su peso de manera fácil, sino a intentar entender cómo, aunque seas obeso, puedes reducir los efectos secundarios de esa obesidad; es decir, cómo conseguir que tengan menos diabetes o menos enfermedades cardiovasculares. Ese tipo de dianas terapéuticas van a ser mucho más rápidas que una píldora. El metabolismo es muy inteligente. Estamos diseñados para poder usar lo que comemos en tener la energía necesaria para nuestro día a día. Y ahora lo que queremos es lo contrario: quemar sin esfuerzo todo lo que ingerimos.

Los problemas relacionados con la obesidad generan enormes gastos a la sanidad pública, así que Reino Unido ha decidido dejar de financiar tratamientos a obesos. ¿Es eso justo? No, no es justo. Hay una parte de la población que piensa que el obeso lo está porque quiere. Y no es así. Hay un componente genético importante. En la mayoría de los casos no es un solo gen, son muchos que se alían para que alguien sienta que tiene mucha hambre. Y la sociedad tiene que saber que esta gente realmente tiene mucha, mucha hambre. Para ellos, comer no es un capricho. Una de estas píldoras para la obesidad se diseñó para que actuara contra el centro de recompensa que recibes cuando comes. Porque para los obesos mucha de su felicidad se basa en esa gratificación. Cuando les daban esta pastilla no tenían compensación y, efectivamente, comían menos. Pero hubo varios suicidios y tuvieron que retirarla. Hay una parte de la población obesa para la que comer lo es todo.

Tal y como lo explica, parece que para estos obesos la comida es como una droga. ¿No habría que tratarlo como una adicción? Sí, por supuesto. La pastilla de la que hablábamos antes estaba diseñada contra el mismo receptor del cannabis. Por eso hay que entender que un obeso no va a dejar de comer aunque le quites el acceso a la sanidad. El problema es que las complicaciones asociadas a esta enfermedad se producen a largo plazo. El tabaco o la bebida tienen efectos muy significativos y casi inmediatos, pero los obesos siempre tienen a ese amigo gordito al que no le ha pasado nada o al muy delgado que muere de un infarto. Es difícil concienciar cuando existe tanta variación. La obesidad no provoca una sola enfermedad; te puede atacar al hígado, al corazón, a las arterias, a las articulaciones. Como son muchas las posibilidades, es difícil ver clara la relación causa-efecto.

La obesidad no provoca una sola enfermedad; te puede atacar al hígado, al corazón, a las arterias, a las articulaciones

Elisa Manieri es una estudiante de doctorado que trabaja desde hace seis años en el laboratorio de Sabio, donde investigan otras 10 personas. Se marcha dentro de dos meses y lo hace con pena. “Lo mejor de este laboratorio es que nos llevamos muy bien”, explica. “No sé cómo [Sabio] lo ha conseguido, pero todos los que trabajamos aquí encajamos”. Y lo que más le gusta es que a la pregunta de cómo es un día normal en el laboratorio puede responder: “No hay días normales”.
“Un día normal…, depende”, coincide Sabio. “Pasamos mucho tiempo observando a los ratones. Descubres cómo a uno que le falta una proteína tiene menos diabetes, o cómo a otro le falta otra y le encanta hacer ejercicio. Al ratón lo tienes que tener muy bien cuidado, mimarlo, porque si él está mal, tus resultados también lo estarán”.

Así que en su trabajo hay mucha prueba y error. Hay, sobre todo, error [risas]. Pero eso también es una droga… Es decir, tú tienes una idea y siempre partes de frases como: “Yo creo que esto se produce por esto”. Y entonces ya no puedes parar, tienes que saber cómo funciona, por qué eso es así. Muchas veces se te olvida que la respuesta puede ser inmediata, o puede tardar tres meses o un año. Cuando eres niño piensas que ser científico es tener un “momento eureka”, pero no, es una vez eureka y muchas veces darte cuenta de que esto no ha salido y que hay que volver hacia atrás. Es importante destacar que, en ciencia, un resultado negativo no es un error. Siempre te informa de algo.

Sabio ha cometido pocos errores en su carrera. Francisco Centeno, profesor de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Extremadura, recuerda que su alumna publicó su primera investigación (lo que en el argot se conoce como paper) antes de terminar su tesina, “y eso es muy poco común”. “Es una investigadora muy puntera metodológicamente”, explica Centeno, que sigue colaborando con Sabio en distintos trabajos. “Piensa en grande y tiene una enorme capacidad de liderazgo y de observación. Se hace y nos hace preguntas. Es excepcional y va a ser una de las grandes”, añade con admiración. “Es una de las mejores científicas que hay en España”, dice, contundente, Ángel Nebreda, líder del Laboratorio de Señalización y Ciclo Celular del Instituto de Investigación Biomédica (IRB Barcelona), “tiene un enorme talento y un gran futuro, siempre que se le apoye, claro”. De 2010 a 2014, el descenso acumulado en los presupuestos de I+D+i en España ha sido del 10%. “Los políticos piensan en las próximas elecciones cuando deberían estar pensando en las próximas generaciones”, remacha Nebreda.

los políticos son muy cortoplacistas en todo. Ven las cosas a cuatro años. Y es que la ciencia nunca va a ser en cuatro años

¿Por qué cuesta tanto entender que la ciencia funciona a largo plazo y que precisa de financiación constante para seguir haciéndolo? Yo creo que el problema es que los políticos son muy cortoplacistas en todo. Ven las cosas a cuatro años. Y es que la ciencia nunca va a ser en cuatro años. Alcanzar el nivel de conocimiento al que hemos llegado ha sido un camino muy, muy largo. Yo creo que tampoco entienden que la ciencia básica es extremadamente importante, que los grandes avances de la humanidad siempre se han producido gracias a ella. A veces nos preguntamos para qué sirve esto que están haciendo en ese laboratorio. Y realmente no se sabe para qué sirve. Por ejemplo, estudiar cómo cristaliza el ribosoma. Nadie sabía para qué servía. Hasta que se vio que gracias a ello somos capaces de crear antibióticos muy potentes.

Quizá a la sociedad le cueste entender por qué, si se cierran colegios y hospitales, hay que invertir dinero en ribosomas o en la exploración del espacio. Cuando hablamos de sanidad y de cuánto cuesta un medicamento, hay que explicar también cuánto ha costado desarrollarlo. Normalmente se hace en Estados Unidos, hay muy pocos en España. EE UU invierte en ciencia, pero esa ciencia revierte en el país, porque el medicamento que le venden a España provoca que suba su PIB. Si tenemos que pagar todos los fármacos al exterior, nos va a salir más caro que intentar investigar aquí. Por eso se necesita un pacto de Estado por la ciencia. Que decidan cuánto, pero que lo decidan. Y que lo mantengan. Es como si tienes un jardín, empiezas a cuidarlo y a los cuatro años, cuando lo tienes precioso, decides que ese año no lo riegas porque te cuesta un montón. Pues morirá. Y tendrás que empezar de cero para recuperarlo.

Tras licenciarse en Veterinaria con premio extraordinario, Sabio consiguió en 2005 el doctorado europeo del Medical Research Council y después trabajó en el Instituto Médico Howard Hughes de la Universidad de Massachusetts por su investigación sobre las proteínas quinasas del estrés. Ha recibido decenas de premios; entre ellos, el Impulsa de la Fundación Príncipe de Girona y el Premio Joven Investigador de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (SEBBM). Ha sido reconocida por la Fundación L’Oréal-Unesco por su estudio sobre la obesidad y su relación con el cáncer hepático y la diabetes, y ha recibido el premio Estrella de la Comunidad de Madrid por su labor en favor de los derechos de la mujer. Y además tiene tres hijos.

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James Rajotte

Directora de un puntero laboratorio de investigación, premiada por diversas instituciones y madre. ¿Por qué son tan pocas? Porque es difícil. Necesitas que la pareja que hayas elegido te entienda y que se dé cuenta de que tu parte es la misma que la suya [su marido es el también investigador del CNIC Alfonso Mora]. Creo que somos las madres las que debemos educar a nuestros hijos para que cambien el sistema. Yo tengo tres niños y a los tres intento, por todos los medios, enseñarles que la casa es de los dos y que las responsabilidades son las mismas. Además, el sistema es muy masculino. A las mujeres nos cuesta un poco más, nunca nos han educado para que, por ejemplo en un congreso donde hay muchos hombres, vayas de tú a tú a hablar con ellos. No nos han educado para ser líderes. Aún quedan muchos obstáculos.

¿Como cuáles? El otro día, en una conversación de mujeres, comentábamos que tenemos diferentes caracteres. En el trabajo, los hombres tienden a pedir subidas de salario. Las mujeres, más tiempo libre. Tenemos una serie de roles asumidos que cuesta mucho romper; una mujer que pida más salario o un hombre que pida más tiempo libre no están bien vistos. Por eso yo creo que la baja maternal debería ser igual para ambos sexos. Como madre, te sientes en la obligación de cogértela, porque si lo hace un hombre le miran mal. Piensas: “O me la cojo yo, o me la cojo yo”.

“cuando algo sale mal, las mujeres tendemos a hundirnos y los hombres lo ven como un desafío. tenemos que aprender de su seguridad”

Se ha debatido mucho sobre cómo romper esa dificultad que impide a las mujeres acceder a carreras científicas. ¿Qué se puede hacer? Todo es educación. Que cuando eduquemos a nuestros hijos, lo hagamos igual a niños y niñas. Pero es muy complicado, son roles fortísimos. Los tenemos en el día a día, en la tele. Es la niña la que juega con el bebé y le da el biberón, nunca es un niño. Ayer [en un encuentro de mujeres de distintos sectores] comentaban que las niñas, a los 14 o 15 años, cuando nos sale algo mal, tendemos a hundirnos, mientras los chicos lo ven como un desafío. Tenemos que aprender de la seguridad de los hombres. Para llevar a cabo un proyecto de investigación en Europa, al principio teníamos que realizar un resumen de la carrera científica. En EE UU también. Cuando yo hice el mío, el jefe que tenía entonces me miró y dijo: “¿Esto es lo que has hecho?”. No me había echado suficientes flores [risas]. En Europa se dieron cuenta de que las mujeres, cuando explicamos nuestra trayectoria, somos más planas, más descriptivas; los hombres siempre destacan la importancia de sus logros. Al final eran mejor valorados sus proyectos. Entonces dejaron de pedir ese resumen porque era intensificar esa barrera.

¿Dónde está el futuro de su investigación? ¿Qué espera conseguir? Yo siempre digo que los investigadores solo aportamos pequeños granos de arena a una enorme montaña. Y lo digo porque lo siento. Espero que el granito de arena sea importante, pero es solo un grano; otros tendrán que seguir aportando más granos para que crezca la montaña. Nuestro laboratorio nunca va a ser el que consiga el medicamento para paliar el cáncer. Pero yo quiero ser la persona que descubra la diana terapéutica sobre la que una farmacéutica pueda desarrollar después un medicamento. Ese es mi límite. Y llegando ahí, seré feliz.

POR Patricia Fernández de Lis