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Gisela Pulido, en la playa de Valdevaqueros (Tarifa, Cádiz). / FOTO: RUBÉN VEGA / VÍDEO: PABLO GRUBSZTEIN

Con solo 22 años, es diez veces campeona del mundo de kitesurf, un deporte convertido en fenómeno. Catalana de nacimiento y tarifeña de adopción, Gisela Pulido se prepara para dar un triple salto en su imparable trayectoria.

Domingo 10 de Julio de 2016

E S UN día con rachas de viento de Levante de unos 40 nudos. En la playa de Valdevaqueros apenas dos personas entran al agua, cuando lo normal es que haya decenas. Aun así, Gisela Pulido (Premià de Mar, 1994) despliega su cometa, la infla y comienza sus ejercicios de estiramiento. La ventolera levanta millones de granos de arena que se clavan como alfileres en el cuerpo. Gisela, sentada, se enfunda las botas enganchadas en su tabla. Una persona alza la cometa hacia el aire; ella maneja desde la arena las cuerdas, se pone en pie y con un saltito emprende el camino hacia el agua, deslizándose desde la arena seca hasta el mar, arrastrada por la cometa. “El kite exige mucha disciplina. Juegan muchos factores y la cabeza es superimportante. No se puede tener miedo porque, si no, las maniobras no salen y no progresas. El cuerpo hay que mantenerlo, estás todo el tiempo cayendo y los impactos en rodillas y tobillos son muy fuertes”, detalla Pulido minutos antes de empezar a hacer piruetas.

A sus 22 años, ha dejado atrás la niña tímida que una vez fue, aunque conserva intactas su capacidad de sacrificio y su perseverancia. Este curso afronta un año sabático después de 13 en la élite. Campeona de Europa júnior a los 9 años y del mundo a los 10, es probablemente la deportista más precoz de la historia y la absoluta dominadora del kitesurf femenino, con una decena de títulos mundiales desde 2004 (solo perdió los de 2012 y 2014). Tras recuperar la corona la pasada temporada, la deportista, catalana de nacimiento y tarifeña de adopción, ha decidido tomar un respiro: “Llevo mucho tiempo compitiendo. Necesito oxigenar mi cuerpo y mi mente, un descanso para continuar mi carrera”.

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Gisela Pulido, en el agua, practica kitesurf con 40 nudos de viento. Rubén Vega

“Mi familia, especialmente mi padre, siempre ha practicado todo tipo de deportes. Me enseñó a hacer skate, windsurf, longboard, snow, surf… El 24 de junio de 2002 [tenía 8 años] empecé a hacer kite. Llevaba dos años practicando en la arena con una cometa. Le dije: ‘Papi, por favor, déjame ir al agua’. Estábamos cerca de Barcelona, en Sant Pere Pescador”. Así rememora Gisela Pulido su bautismo en el kitesurf tras mucho insistir a su progenitor. “Ese día conseguí mi primer patrocinador, Rip Curl, la marca de neoprenos que después me ha apoyado toda mi carrera. En la playa había un representante y me dijo: ‘Gisela, lo que necesites”. Hoy, entre otras firmas, es embajadora de la relojera suiza Tag Heuer.

Su padre estaba “loquísimo”. Recuerda que en el año 2000 compró una cometa en Alemania que habían traído desde Hawái. Cuando empezó, era realmente una práctica pionera en España y peligrosa. “Las cometas no tenían la seguridad de ahora”, señala Pulido, que subraya que su padre le enseñó por su propia insistencia. “Cogía bolsas de plástico a las que les ponía dos cuerdas y trataba de volarlas, hasta que él me compró mi primera cometa. Durante dos años no paré de practicar en la arena y nunca dejé de insistir a mi padre para que me permitiera ir al mar. Hasta que cedió. Aquel primer día había una brisa supersuave, nadie alrededor y vigilamos que no hubiera rocas. Mi padre jamás fue imprudente”.

Gisela Pulido empezó su carrera deportiva con nueve años. Hoy tiene 22. En este tiempo ha logrado diez campeonatos del mundo de kitesurf. Rubén Vega

Un año después consiguió el primer puesto en el Campeonato de Europa y en dos llegó a lo más alto del mundo. “Al principio fue como un juego. No era consciente de a qué me enfrentaba ni tampoco lo que conseguía. Mi padre, que sabía coser muy bien porque teníamos una empresa familiar textil, adaptó las cometas a mi tamaño e íbamos a Francia para que me hicieran neoprenos a mi medida. Él dejó su trabajo para trasladarse conmigo a Tarifa. Mi madre se quedó en Barcelona. Solo teníamos los recursos económicos para hacer un campeonato del mundo, así mi padre me dijo: ‘No te preocupes, si consigues estar en el podio en las primeras pruebas, te llevo a las siguientes; si no, tendrás que esperar a ser más mayor’. Así empezamos. Fui tercera en Francia, primera en Turquía, luego llegó Portugal… En la última prueba estaba empatada a puntos con otra chica mayor que yo, de unos 25 años”. El resto es historia, Gisela se convirtió en campeona con 10 años.

“Al principio, a mis compañeras les hacía gracia que navegara siendo tan pequeña. Pero cuando empecé a ganar ya no me veían igual”. A ella aquello no le afectó tanto como sí lo hizo el cambio de ciudad y de colegio, de Barcelona a Tarifa. Y dejar a su madre atrás, que se quedó en Cataluña cuidando del negocio textil. “Vine en mitad del primer mundial, en septiembre, para empezar aquí las clases”, dice con su acento entre catalán y andaluz, mezclado con expresiones en inglés. “Sufrí un poco de bullying. Me costaba hablar castellano y porque me iba de viaje y los profesores me lo permitían. Eso generaba tensión en clase y yo era supertímida. Una vez llevé un trofeo a clase y los niños no se creían que fuera del campeonato del mundo. No tenía amigos. Al salir del colegio iba directa a navegar. Lo pasé mal, pero aprendí. Mi padre me aconsejaba: ‘Tienes que enfrentarte a ellos”.

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Gisela Pulido, diez veces campeona del mundo, en la playa de Valdevaqueros (Tarifa, Cádiz)

Hoy Gisela es una joven extrovertida que estudia Administración y Dirección de Empresas a distancia, en la UCAM de Murcia, especialista en facilitar carreras universitarias a deportistas de élite. Este año de parón en la competición no implica un paréntesis en su rutina diaria, plagada de horas de entrenamiento con vistas al próximo año y con un reto cercano, ilusionante, pero secreto. “Se anunciará pronto”, dice.

Gisela también disfruta del tiempo en Tarifa junto a su madre, la gran ausente durante su ­infancia, a la que solo veía tres o cuatro veces al año, pero que ahora vive en la ciudad andaluza. “Fue lo más duro. Pero vivir tanto tiempo alejadas ha hecho que, ahora que estamos juntas, nos sintamos muy unidas”, asegura Gisela. Su madre, Montse, tras cerrar el negocio que tenían en Barcelona, hoy regenta una tienda de kitesurf con el nombre de Gisela Pulido. Alrededor de su única hija, los padres, separados, gestionan también una escuela en Tarifa y otra en Panamá, recién abierta. En la cabeza de Gisela se adivinan planes para seguir emprendiendo: “Me encantaría abrir una más en Grecia”. Y participar en unos Juegos Olímpicos. Los de Tokio 2020 podrían contar con el kitesurf, aunque solo en la modalidad de race y no en la de freestyle que es la que Gisela domina con soltura. “Para cualquier deportista es una pasada representar a su país. Sería un sueño”.

POR Álvaro Corcuera

Licenciado en Periodismo por la Universitat Ramon Llull y Máster en Periodismo de EL PAÍS – UAM, trabaja en EL PAÍS desde 2004 y en EL PAÍS SEMANAL desde 2009, donde ha escrito reportajes sobre todo tipo de temáticas. Es codirector y coguionista de 'The Resurrection Club', corto documental nominado a los Premios Goya 2017. Actualmente es responsable del equipo de web y redes sociales de EL PAÍS SEMANAL.