Aizar Raldes (Getty)

La batalla legal entre Bolivia y Chile por pleitos territoriales exige una mirada del otro con alma.

jueves 20 de octubre de 2016

CHILE Y BOLIVIA entrecruzan demandas y contrademandas en el Tribunal Internacional de La Haya. Bolivia reclama un acceso al mar que perdió en una guerra incruenta que enfrentó a finales del siglo XIX a Chile con Perú y Bolivia. Chile ha pasado a la ofensiva reclamando sus derechos sobre el río Silala, una corriente de agua que riega el seco desierto altiplánico que los dos países comparten.

La anhelada soberanía marítima y la soberbia de los chilenos que la impiden han sido parte esencial del discurso de Evo Morales desde que era sólo un dirigente cocalero. Mientras tanto, el chileno de a pie se ha dado el lujo de ignorar la geografía, la historia y la cultura bolivianas. A lo más llega a preocuparse cuando su selección de fútbol tiene que jugar casi sin aire en las alturas de La Paz. Es casi imposible que un chileno cite otra ciudad boliviana, ni sepa el nombre de algunos de sus innumerables presidentes, sus platos favoritos, sus bailes, para qué decir sus poetas, sus músicos, sus pintores.

Para los Gumucio, mi familia, en cambio, Bolivia es el paraíso perdido, el lugar donde alguna vez fuimos ricos e importantes hasta caer en Chile a tentar una suerte que desde esa caída original nos ha sido esquiva. Hemos vivido siempre con el fantasma de unos Gumucios ricos, rubios y muy cultos que se quedaron allá. Más de una vez un Gumucio chileno ha terminado durmiendo en el hotel de lujo que pagaba el Gumucio boliviano. Más de una vez, por ejemplo, en Madrid o en Londres, me he beneficiado de la mítica sombra de Juan Carlos Gumucio Quiroga, corresponsal de este diario que no conocí, pero que ha hecho por mí más que muchos de mis tíos carnales.

Hemos vivido siempre con el fantasma de unos Gumucios ricos, rubios y muy cultos que se quedaron allá.

Bolivia es así para mí el Eldorado que tiene como centro neurálgico La Chimba, la casa de don Gil de Gumucio en Cochabamba, donde alguna vez habría dormido Simón Bolívar. Un caserón colonial perdido entre ­carreteras que pude conocer recién el año pasado. Fotografiando ese ­caserón desde la otra orilla del río Rocha, pensé que quizá esa era la razón de la eternidad de los diferendos que nos separan con Bolivia. Nadie, aparte de unas muy pocas familias que se pueden contar con los dedos de una mano, tiene a Bolivia en su geografía sentimental. Al revés, Chile ocupa un lugar injustamente grande en la geografía sentimental de los bolivianos.

No se puede en La Haya mostrar esos mapas, los de la geografía sentimental. Aunque geografía sentimental es quizá otra forma de llamar a la historia. Los chilenos nos hemos empeñado en pensar que no tenemos ninguna historia en común con Bolivia, cuando gran parte de la identidad de Bolivia nace precisamente de las consecuencias de la guerra con Chile. La utópica solución de esta guerra que nunca se declara y nunca se aclara del todo sería que cada chileno descubriera una casa en Cochabamba, Santa Cruz o La Paz que sea en el fondo también su casa.

POR Rafael Gumucio

Escritor chileno autor de novelas, relatos, ensayos y artículos. Ha escrito, entre otros, para ‘La Nación’, ‘El Mercurio’, ‘ABC’, ‘EL PAÍS’ y ‘The New York Times’. También ha sido animador, realizador y guionista de programas de televisión.