Una fosa común en la provincia de Sinjar.

El Estado Islámico cometió hace dos años una matanza étnica en Sinjar. Asesinaron a miles de yazidíes en el noroeste de Irak. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha reconocido en junio este genocidio. Regresamos a la región, hoy liberada, donde permanecen las huellas de la barbarie.

Domingo 25 de Septiembre de 2016

SILENCIO. El silencio de las calles vacías. El silencio de las casas sin vida y de las escuelas sin niños. El silencio de las fosas comunes que atestiguan la barbarie que ha sufrido Sinjar ante los ojos de un mundo tan interconectado como impotente frente al llamado Estado Islámico (ISIS). Solo hay silencio y destrucción en esta tierra quemada a la que sus habitantes no quieren regresar. Los recuerdos son demasiado duros, demasiado recientes.

Sinjar, en el noroeste de Irak, es la patria ancestral de los yazidíes, una minoría que se ha convertido en exponente de la crueldad del ISIS. Se trata de un grupo etnorreligioso, de cultura y habla kurda, cuyo credo se remonta al zoroastrismo. Desde la época otomana han sido víctimas del prejuicio popular que les considera adoradores del diablo. Veneran al ángel caído que otros credos llaman Lucifer o Satán. Los seguidores de esa fe sincrética y secretista, de raíces preislámicas, rondan el medio millón, la mitad de ellos en Irak y el resto repartidos entre Siria, Turquía y el Cáucaso.

Sinjar sufrió el asedio de los yihadistas en 2014 y fue liberada de su barbarie a finales de 2015.

Sinjar, o Shingal en kurdo, es el nombre de su monte sagrado, de la ciudad al pie de su ladera meridional y de la comarca salpicada de aldeas que se extiende a su alrededor. Allí vivían unas 300.000 personas, en su mayoría yazidíes, pero también suníes arraigados y turcomanos que se habían refugiado del avance yihadista. Hasta el 3 de agosto de 2014.

Un emblema del Estado Islámico, aún presente en los muros de una ciudad reducida a escombros.

Aquel día, el ejército de fanáticos islamistas que poco antes se había hecho con el control de Mosul, la tercera ciudad de Irak, avanzó sobre ese rincón del país pegado a Siria. Las fuerzas encargadas de proteger la zona y sus habitantes, los Peshmerga kurdos, se retiraron hacia frentes de mayor valor estratégico para el Gobierno de la Región Autónoma de Kurdistán. Se produjo una matanza.

Los atacantes, alentados por su interpretación apocalíptica del islam suní, entraron a sangre y fuego en la ciudad de Sinjar. Luego, persiguieron a quienes lograron escapar y refugiarse en la montaña. Les ofrecían un ultimátum: convertirse al credo de los invasores o morir. Muchos, sobre todo los más viejos, ni siquiera tuvieron alternativa. Centenares fueron asesinados. Las mujeres, tras ser golpeadas y violadas, eran regaladas o vendidas como esclavas sexuales. Los chavales, alistados forzosamente y utilizados como carne de cañón.

Retrato de Busra, una yazidí local de 16 años. Fue capturada por el ISIS y vendida como esclava sexual.

“Aún estamos recopilando las cifras del genocidio”, declara Ali Alkhayat, de la ONG Yazda, dedicada a mantener viva la cultura yazidí. Han logrado pruebas de que el ISIS mató a unos 2.000 miembros de esa comunidad en los primeros días. A ellos se añaden dos grupos de 280 y 740 hombres sobre los que solo hay testimonios indirectos de su muerte, pero de quienes no se ha vuelto a tener noticia. Otras 400 personas, sobre todo niños y ancianos, murieron en la huida por falta de agua o medicinas.
El pasado diciembre, los Peshmerga, con ayuda de la aviación estadounidense y una simbólica participación de milicianos yazidíes, lograron expulsar al ISIS de Sinjar. Durante meses, los soldados han trabajado en desactivar las minas que los yihadistas dejaron en su retirada. Aun así, los habitantes se muestran reacios a volver.

“HABÍA MÁS DE 300 PERSONAS. LAS OBLIGARON A PONERSE DE RODILLAS. LAS ASESINARON A SANGRE FRÍA Y LAS REMATARON EN EL SUELO”, RELATA UN TESTIGO

No se trata solo de que sus casas estén destruidas y sus cosechas arrasadas. Podrían volverlas a levantar. Pesan los recuerdos del horror. Y la desconfianza: en algunos casos, fueron sus vecinos árabes (suníes) quienes los delataron al ISIS e incluso los atacaron.

Además, sienten como una traición la retirada de los Peshmerga. Aunque el Gobierno de Kurdistán los reconoce como kurdos y les había asegurado protección, ante la amenaza a su capital, Erbil, y a la ciudad petrolera de Kirkuk, sacrificó esta zona. Aquí no hay petróleo, solo una cultura milenaria en vías de desaparición.

“En el caso de que quisieran volver, no hay servicios y nadie garantiza su seguridad”, resume Alkhayat por teléfono desde Dohuk, donde Yazda tiene su base en Irak. Este investigador recuerda que el ISIS sigue controlando varias aldeas yazidíes más al sur.

Hadu, esposa del jeque Murad Pishi Rasu, huyó con su familia de Sinjar a la ciudad de Dohuk. Su hijo murió deshidratado en el camino.

Incluso quienes lograron ponerse a salvo siguen traumatizados. Miles de personas quedaron atrapadas casi dos semanas sin víveres en el monte Sinjar antes de que milicianos kurdos sirios abrieran un corredor seguro para sacarlos y los Peshmerga enviaran helicópteros con comida y medicinas que evacuaban a los más necesitados. Algunos, como el jeque Murad Pishi Rashu y su familia, vieron morir deshidratado a uno de sus hijos por el camino, cuando no cosas peores.

“Desde una colina cercana observé con los prismáticos cómo llegaron cuatro camiones llenos de gente. Había más de 300 personas. Las bajaron y obligaron a ponerse de rodillas para después asesinarlas a sangre fría. Cuando los cuerpos yacían en el suelo, les dispararon un tiro de gracia en la cabeza”, relató Adil, uno de esos yazidíes que se salvaron abandonando todo y tomando el camino de la montaña, a Diego Ibarra Sánchez, el autor de las fotos que acompañan este reportaje. En ese lugar donde Adil vio asesinar a sus vecinos hay ahora un improvisado camposanto: cinco montículos de tierra rodeados de alambrada. “Respeten la valla. Las víctimas tienen derecho a descansar en paz”, reza un cartel. Yazda ha localizado 35 fosas comunes como esta en los alrededores de Sinjar.

Una patrulla de los Peshmerga kurdos que liberaron Sinjar del terror del ISIS en diciembre de 2015 con la ayuda de la aviación estadounidense; a su lado, una fosa común en Hardan (Sinjar).

Los vivos también desearían descansar, pero no pueden. Ni se ha encontrado a todos los desaparecidos, ni se han identificado todos los cadáveres. Rara es la familia que no sigue buscando a un ser querido. De las 4.000 mujeres y niñas esclavizadas, algunas de apenas nueve años, Yazda ha contabilizado el retorno de 2.070. Unas cuantas lograron escapar de sus captores; otras han sido compradas por sus familias a través de intermediarios; las menos fueron liberadas durante las operaciones militares. Y hubo quienes no pudieron soportar el horror y se suicidaron, según el relato de las supervivientes.

“las mujeres siguen siendo esclavizadas sexualmente y los niños adoctrinados y utilizados en combate”, según la oNU

El Consejo de Derechos Humanos de la ONU, que en junio concluyó que “el ISIS ha cometido genocidio contra los yazidíes”, cifra en “al menos 3.200” las mujeres y niños de esa minoría que permanecen cautivos. Según su investigación, “la mayor parte se encuentra en Siria, donde las mujeres siguen siendo esclavizadas sexualmente y los niños adoctrinados, entrenados y utilizados en combate”.

Una de las pocas familias yazidíes que aún viven en la zona. Huyeron 50.000 personas.

En un esfuerzo por visibilizar su causa, Yazda ha logrado que la mediática abogada Amal Clooney acepte representar a Nadia Murad, una joven superviviente que ha dado testimonio de las vejaciones que sufrió a manos del ISIS. “Necesitamos encontrar vías legales para encausar a los responsables de los crímenes y Amal puede impulsar el caso en la dirección adecuada”, explica Jameel Chomer, director de operaciones de la organización.

De momento, los yazidíes están pidiendo ayuda para ser aceptados como refugiados en países seguros. Es humanamente comprensible. Pero si abandonan Sinjar, será un triunfo de los intransigentes que niegan la diversidad de un país mosaico de etnias y confesiones.

POR Ángeles Espinosa

(Logroño, 1962). Actualmente es corresponsal en Dubái. Desde que llegó a EL PAÍS en 1984 ha cubierto todos los conflictos y grandes acontecimientos políticos de Oriente Próximo. Ha sido galardonada con dos Ortega y Gasset por la cobertura de las guerras de Afganistán y de Irak, y en 2003 recibió el Premio del Club Internacional de Prensa al mejor trabajo en el extranjero.

FOTOGRAFÍA DE Diego Ibarra Sánchez / MeMo