Garbiñe Muguruza
Documentos. Entrevista

Garbiñe Muguruza: “Yo soy tenis”

David Álvarez
9 min.
Leer noticia

James Rajotte

Ha conseguido ser la mejor tenista del mundo. La segunda española que alcanza el número uno del ‘ranking’, dos décadas después de Arantxa Sánchez Vicario. Hoy cumple 24 años. Temperamental y peleona, ha ganado madurez y su juego se ha vuelto temible para sus rivales. Una evolución marcada por su imparable sed de victoria.

domingo 08 de octubre de 2017

CUANDO SCARLETT Blanco estaba embarazada de Garbiñe Muguruza, sufrió un breve sobresalto en una visita al médico. “Hay algo que no es normal”, le dijo. El bebé tenía el fémur demasiado largo. Ella lo tranquilizó: “No se preocupe, los hermanos también son altos”. La niña se lanzó pronto a perseguirlos. Con seis meses empezó a caminar. “Nadie lo creía”, recuerda Blanco. Y antes de aprender a hablar, con menos de dos años, ya iba tras ellos montada en unos patines de ruedas. “Tenían que ser en línea, no le valían de otro tipo, porque eran los que llevaban los hermanos. Les metíamos tres calcetines, porque los más pequeños eran del 36”. Después, fue el tenis. Cuando aún vivían en Caracas, donde nació Garbiñe el 8 de octubre de 1993, su madre le daba los biberones mirando a la cancha del club Mampote, donde jugaban sus hermanos, Igor y Asier, 10 y 11 años mayores que ella. Enseguida los imitó: “Lo que ellos hacían quería hacerlo yo”, recuerda. Pero cuando con tres años intentó entrar a la pista, el monitor, Amable Plaza, le dijo que debía esperar a cumplir cuatro. Ella lo mantuvo al tanto de la cuenta atrás con visitas frecuentes: “Me faltan tres meses. Me faltan dos meses. Me falta un mes”. Hasta que entró. “Estaba siempre pendiente de ellos, no quería quedarse atrás”, recuerda su madre. “Y jugaba con sus juguetes: con el lego, el ajedrez, lo que fuera. Eso sí, nada de muñecas”.

“Si me va a ganar la otra, quiero que se deje la piel en el partido, que sude. Eso es ganarte el respeto. Yo me acuerdo de las jugadoras que me dan guerra”

En la mudanza de la familia —padre español, madre venezolana— a Barcelona cuando ella tenía seis años, también fue a remolque de los hermanos. Buscaban una buena escuela de tenis para ellos, entonces los escogidos para jugar en serio. “Ni un duro daban por mí”, bromea Muguruza. “Y al final, mira”. Al final, ellos han ido a la universidad y ella ha ganado dos Grand Slam (Roland Garros en 2016 y Wimbledon en 2017), y el pasado 11 de septiembre hizo cumbre en el tenis mundial al alcanzar el número 1 del ranking de la WTA, la segunda mujer española que lo consigue, después de Arantxa Sánchez Vicario en 1995, cuando Muguruza tenía dos años y patinaba por Caracas. Y no tiene intención de detenerse. “No va a perder a nada. No te va a dejar ganar a nada”, cuenta su madre, que el día de la entrevista se ha unido a ella en el hotel Santo Mauro de Madrid, donde la tenista hace escala recién llegada del US Open, antes de volar hacia la gira asiática. En la cancha, Muguruza es una depredadora volcánica cada vez más controlada. Fuera, se mueve y habla con suavidad y dulzura. Su madre recuerda la primera vez que reventó una raqueta en la pista: “Si te vuelven a pitar un warning por tirar la raqueta, te quedas aquí, no te llevo a casa”, la amenazó. “Tiene mucho temperamento, pero está más calmada, más asentada”, dice su madre, que vio asomar la señal definitiva de la madurez hace unos meses, cuando Muguruza conoció la ONG Room to Read, dedicada a la educación de niñas en Asia, África y Latinoamérica, y le dijo: “Mamá, quiero ayudar”.

¿Se recuerda sin raqueta? No. Yo soy tenis. Nací casi para jugar. No recuerdo haber hecho otra cosa, ni sabría.

De niña, ¿le gustaba verlo por televisión? Sí, me acuerdo de ver a las Williams, a Martina Hingis, a Agassi, a Sampras. Sobre todo a las Williams. Es gracioso, porque las veía y pensaba: “¿Te imaginas, Garbiñe, tú, dentro de 10 años jugando la final de Wimbledon, la final de Roland Garros?”. Era una locura, porque en Venezuela, cuando empezaron mis hermanos a jugar con una raqueta de aluminio en un club normalito, no sabíamos nada. Yo veía lo que hacían por la tele y luego iba a la pista e intentaba igualarlo, copiar…

Y en 2013, con 19 años, se encuentra por primera vez con Serena Williams en el Open de Australia. Puf, qué horror de partido. La verdad es que impone. Yo entonces miraba los cuadros y vi que si ganaba en primera ronda jugaba contra Serena, así que no quería ganar. Era uno de mis ídolos. No paraba de pensar: “Ay, Dios, que como gane me toca Serena”. Después de eso nunca más he mirado un cuadro, para que no me afecte. Luego jugué con ella y sentí que no era para tanto, que no estaba tan lejos.

James Rajotte

Al año siguiente se encontraron en segunda ronda en Roland Garros. Entonces fue diferente. Pensé: “Ya he jugado con ella, ya sé cómo es, no es para tanto, es tierra, me gusta la tierra, me gusta Roland Garros”. Ya no estaba pensando: “Voy a jugar contra Serena, a la que he visto tantas veces desde que era pequeña”.

Ganó usted. ¿Qué le dijo ella al acabar? Que si seguía jugando así podía ganar el torneo. Serena defendía el título. Yo creo que me cogió manía desde aquel día.

Un año después, en 2015, se la encontró en la final de Wimbledon. ¿Cómo es jugar allí? Sé que va a sonar mal, pero desde el principio he sentido una especie de amor/odio hacia Wimbledon. No había jugado en hierba en mi vida. Entonces, me planté allí y no podía jugar. Perdí.

¿Por qué es tan distinto? La pelota bota diferente. A veces no bota, a veces bota mal, a veces hay un agujero. Además, cuando corres en hierba no es lo mismo que en cemento. Y tardé en acostumbrarme. Pasaba un año: “Esta superficie no la acabo de pillar”. Siguiente año: “Nada, a la caja otra vez”. Y un año me dije: “Venga, ya está, deja de pensar esto porque, si no, no vas a ganar un partido”. Y llegué a la final.

¿Eso lo hizo usted sola o con ayuda? Sola, y con mi equipo. Salí y gané un partido. Bien. Dos partidos, tres partidos… Y me planté en la final con Serena. Fue un partido muy apretado que acabé perdiendo y me dolió bastante, porque era una final de Grand Slam.

¿Le dio muchas vueltas? Aún le doy vueltas a ese día porque, si no ganas, no se acuerda nadie. O ganas o no hay nada.

¿Piensa en algo que hubiera hecho distinto? No. Siempre digo que preferiría haber estado más tranquila, pero eso es imposible. A veces me pregunto por qué estaba tan nerviosa. Estaba fatal todo el partido. Con ella no hay ningún punto tonto, ningún momento en que te puedas relajar. Si lo haces te saca a 200 y ya no ves la pelota… Luego, en Roland Garros [en 2016 Muguruza le ganó la final] estuve un poquito más tranquila y este año en Wimbledon un poquito más tranquila. Y así voy…

¿Habla consigo misma durante los partidos? Sí. Como una loca. Todo el rato. Este es un deporte individual, es psicológico. Estoy ahí solita y tengo que lidiar conmigo, contra la otra…

¿Quién es peor: Serena o Garbiñe? Antes yo siempre decía que era mi peor enemiga. Me liaba yo misma. Pero ahora eso lo tengo ya bastante superado.

La volea, el saque se pueden entrenar. ¿Cómo se simula la presión para entrenar la cabeza? Eso suelo hablarlo con mi equipo. Pero nadie te puede enseñar. Te pueden aconsejar, pero cuando estoy en una final de Grand Slam, ¿a quién le pregunto?, ¿cómo sé yo…? Eso es algo con lo que tienes que lidiar tú, aprender tú. Ahí te aguantas y haces lo que puedes.

¿Practica meditación, yoga, acude a alguna ayuda? Nada específico. He ido descubriéndome a mí misma. Soy cabezota. ¿Yoga? Y digo: “¡Bah!”. Yo soy yo. El aguante es por mis narices. Voy a poder con esto. Soy más así.

James Rajotte

¿Qué se dice cuando se habla durante los partidos? Me animo, me envío mensajes positivos, me recuerdo qué tengo que hacer: “Venga, tengo que sacarle a la derecha, concentrada, porque seguro que te va a restar a tu derecha”.

Desde fuera la vemos tranquila. Sí, sí, yo poker face [cara de póquer] mientras me digo: “Venga, ahora es un momento importante, ahora no te pongas nerviosa”. Pienso en cómo jugar, en cómo preparar el punto…, porque esto es táctica todo el rato. Y si fallo: “Venga, olvídate, siguiente punto, no te enfades, siguiente punto”. Es un trabajo.

¿En esos momentos echa de menos a alguien al lado o prefiere que no la molesten? Alguna vez se ha visto algún choque intenso con su entrenador. Sí, alguna vez… Me gusta la Copa Federación cuando el capitán entra en la pista, porque así en la silla no estás solo. Te puedes quejar y hay alguien que te escucha. Aunque no sé si en todos los partidos sería así.

¿Cómo la ha ayudado Conchita en Wimbledon? Ella también ha sido jugadora, también ha vivido momentos de tensión, y encima ha ganado Wimbledon. Te ayuda que te diga: “Pues yo, Garbiñe, también estaba nerviosa”. Te ayuda saber que no estás sola, que no eres la única, que Venus [rival en la final de 2017] está tensa también aunque haya jugado 10 finales en Wimbledon.

En situaciones límite, ¿cuál es la diferencia entre rendirse y seguir? La ambición que tengas. Si dices: “Venga, va, da igual, no pasa nada”, eso es terrible. Pensar eso no es de top. No puedes. No hay un partido tonto. Si me va a ganar la otra, quiero que se deje la piel. Yo me acuerdo de las jugadoras que me dan guerra. Si juego con María [Sharapova] y todos los partidos son difíciles, ella sabe que cuando se encuentre con Garbiñe, se enfrentará con una persona dura. Ese es el respeto que te ganas. El que le tienen a Rafa [Nadal]. Muchos jugadores, cuando van a jugar con él, ya han perdido en el calentamiento.

¿Usted ya asusta? Creo que sí. Intento hacer sudar a la otra y no dar nada fácil. Si me ganas, me ganas, pero me tienes que ganar. Me gusta más esa mentalidad. Hay jugadores que ganan ya en el vestuario, como Serena y Federer. Saben cómo intimidar.

¿Qué hace usted en el vestuario? Escuchar música en los cascos. Me pongo de todo: música pachanguera, disco, reggae… y una lista de Rocky.

Siempre animada. Sí. Si me pongo a Adele, me hundo.

Garbiñe Muguruza vestida de Hugo Boss. James Rajotte

¿Duerme la noche antes de una final? Sí, y muy rápido, porque normalmente estoy muy cansada. Pero me levanto pronto. A las seis de la mañana, a las siete, ya estás así [abre mucho los ojos] aunque juegues a las dos de la tarde. El cuerpo se pone alerta.

¿Cómo ocupa el tiempo hasta el partido? Me ayuda mucho hablar, decir si estoy nerviosa o no lo estoy, hacer bromas… Me relaja compartir con mi equipo. Somos un grupo y todos queremos ganar.

¿Le ayuda estar en Wimbledon en una casa en lugar de en un hotel? Sí. Voy a casa, cocinamos, tenemos una barbacoa, un salón grande… Eso ayuda mucho, no estar en la soledad de una habitación. Siempre que puedo lo hago. A la hora de jugar busco seriedad y profesionalidad, pero fuera no quiero estar en tensión todo el día, busco estar relajada.

Ha dicho que la lesión del tobillo derecho que la tuvo parada varios meses en 2013 fue importante. ¿Cómo lo recuerda? Fue difícil, porque si eres un deportista profesional y te lesionas, ¿qué haces? Tienes que estar parado, no puedes hacer nada. No podía andar. Tenía mucha ansiedad por ver a mis compañeras compitiendo. No me sentía tenista. Así que planté una silla en mitad de la pista, empecé a jugar sentada y poco a poco fui subiendo hasta que estaba de pie, hasta que ya pude competir. Fue un periodo muy difícil, pero que me aclaró muchas cosas que antes no valoraba, en las que no pensaba.

¿Como qué? Uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde. Ya sé que suena típico, pero pasó exactamente eso. Cuando volví a jugar, con muchas ganas, fue diferente. Me di cuenta de que el tenis era lo mío, de que si no jugaba me sentía vacía.

¿Lo recuerda a menudo? Me ayuda a saber que tengo que cuidar mi cuerpo. Es muy importante. Sé qué puedo hacer y qué no. Al final esto [se toca la pierna] es un fórmula 1. Y no puedo jugar con ello.

¿Piensa en lo que puede perder? Si no te cuidas no vas a ser top 1, ni top 10. Serás una jugadora muy buena, pero nada más. Si quieres ser top, tienes que hacerlo todo top: dormir como una top, comer como una top, vivir como una top.

¿Eso es lo que quiere ser? Sí. Lo tengo muy claro. Siempre lo he tenido. Ser cinco es increíble, pero mi sueño siempre ha sido ser la número uno. Yo quiero estar ahí arriba. Además, si quieres ser cinco, serás ocho. Siempre lo he pensado así.

“ES MÁS FUERTE EL DOLOR QUE SIENTO POR PERDER QUE LA FELICIDAD QUE TENGO AL GANAR. SIEMPRE TUVE CLARO QUE QUERÍA SER LA NÚMERO UNO”

Ahora que es la número uno, ¿se lo recuerda o se lo recuerdan? No, lo recuerdo yo, porque digo: “Tengo que aprovechar, es un momentazo”. Muy poca gente lo consigue. Sabes que no hay nadie más por encima de ti, que ahora eres la mejor jugadora. Pero también recuerdo que tengo que prepararme bien e intentar mantener este nivel, porque si no vienen otras y te comen.

¿Cuánto tiempo quiere quedarse ahí? Si puedo firmar ahora para ser número uno durante tres años, o cinco, o toda mi carrera, lo firmo [ríe]. Me gustaría mantenerlo, porque significaría ser buena no solo un día, sino ser buena de verdad, dominante, constante. Querría verme ahí, compitiendo, ganando. Sentirme la mejor.

¿Le gusta jugar o le gusta ganar? No hay que olvidar que es un juego, pero… yo quiero ganar. Es más fuerte el dolor que siento por perder que la felicidad que tengo al ganar. Porque yo entreno a tope, y cuando voy a jugar y pierdo pienso: “¿Por qué? ¿Qué he hecho mal? Llevo aquí entrenando de lado a lado, corriendo, 1.200 saques, y no ha salido”. Es un poco chof. Cuando ganas te dices: “Vale, lo has hecho bien”, pero cuando pierdes tienes que volver a hacerlo todo.

Gana torneos, premios, dinero. ¿Se acuerda en medio de toda la presión? Sí, sí, claro que me acuerdo [ríe]. De vez en cuando me doy caprichos cuando gano. Pero como viajo tanto, tengo que comprar cosas que me pueda poner: zapatos, un bolso, ropa, una pulsera, un anillo.

Y le gustan los coches. Me gustan los coches. Me gusta conducir, y conducir rápido. En el torneo de Stuttgart nos regalan un Porsche, y tengo dos y un tercero que va en camino. Pero conduzco poco, porque viajo y nunca estoy. Tienen solo como 1.000 kilómetros.

¿Cómo ve la situación de Venezuela? La mitad de mi familia está en Venezuela. Uf. La gente que vive allí está mal y tiene muchos problemas para comer, para conseguir medicamentos, para vivir, la inseguridad. Lo que veo es que la gente está sufriendo mucho, y es un país rico, petrolero, que no debería estar así. A mí me duele. Y es una cosa que no cambia, que no mejora. No puede ser.

Y Cataluña, el otro sitio donde se crio: ¿qué sentimiento le provoca lo que está sucediendo? Es muy triste lo que está pasando. Espero que se encuentre una solución.

POR David Álvarez