El caso de Yu Huan (en la imagen) ha abierto el debate sobre la corrupción policial y la indefensión de los ciudadanos en China. / AFP

Todavía sucede: una noticia sobre un tema del que nadie quiere que se hable atrae la atención de la gente y se hace justicia.

Jueves 27 de Abril de 2017

A VECES UNA NOTICIA importa. Si el Canard Enchaîné no hubiera contado en febrero que el señor François Fillon le dio un empleo público fraudulento a su señora, el señor tendría todos los números para ser el próximo presidente de Francia. Si el Southern Weekly no hubiera hablado de él, Yu Huan se estaría resignando a pasar toda la vida preso. El Southern Weekly tira millón y medio de ejemplares: el New York Times lo definió como “el periódico liberal más influyente de China”. Yu Huan, en cambio, es un provinciano de 23 años condenado por un asesinato.

La historia rebosa de ribetes: Su Yinxia, la madre de Yu, es una empresaria que inició una pequeña fábrica de discos para frenos en Liaocheng, provincia de Shandong. En 2014 tuvo problemas económicos y pidió un préstamo de un millón de yuanes –135.000 euros– a un usurero, Wu Xuezhan. La ley china no permite intereses mayores del 35% anual; el señor Wu le exigió el 10% mensual. La señora no conseguía saldar su deuda; Wu le mandó matones que la maltrataron hasta que tuvo que vender su casa. En marzo de 2016 la señora ya había pagado 210.000 euros y todavía debía 25.000.

El 14 de abril de 2016 10 matones entraron en su taller y la encerraron en una oficina junto con su hijo Yu y un empleado. El jefe, Du Zhihao, se bajó los pantalones y le mostró la verga: “Si no tienes el dinero, gánalo: te doy 80 yuanes por cada polvo”. Un tío de Yu consiguió llamar a la policía; llegaron unos agentes, les dijeron a los matones que siguieran reclamando su deuda sin violencias y se fueron. Muchos sospechan que la policía china tiene demasiados lazos con las mafias.

Los matones recrudecieron sus amenazas y Yu intentó salir a pedir ayuda; lo pararon, le pegaron, Yu manoteó un cuchillo e hirió a cuatro. Du se llevó la peor parte: murió en un hospital horas más tarde. Yu fue detenido y acusado de “heridas intencionales”: el 17 de febrero pasado un tribunal lo condenó a prisión perpetua. Su abogado apeló, sin muchas esperanzas, argumentando que si la policía hubiera hecho su trabajo nada habría sucedido; no le hicieron caso. En China los tribunales son máquinas de castigar: el 99,92% de los casos que trataron el año pasado terminaron en condena –y unas dos mil fueron a muerte.

En China los tribunales son máquinas de castigar: el 99,92% de los casos que trataron el año pasado terminaron en condena –y unas dos mil fueron a muerte

Entonces, a mediados de marzo, el Southern Weekly –controlado, como casi todo, por el Partido Comunista– publicó la historia: quizá lo hizo porque el Gobierno central está en campaña contra los errores judiciales. Fue un tsunami virtual: en 24 horas Weibo –el Twitter chino, sponsor de Messi– registraba 28 millones de mensajes sobre el tema, y Yu se había convertido en héroe popular, un grito justiciero. “Yu es inocente –escribió Yi Zhongtian, un autor con tres millones de seguidores en Weibo–; apuñalar a los que insultaron a su madre es un acto de legítima defensa”.

Si el tribunal acepta este argumento, la pena quedará en ocho años. No es fácil, porque los matones no estaban armados –pero, para muchos chinos, la defensa del “honor familiar” lo justifica todo, y convierte a Yu en un modelo de conducta, que debería ser absuelto y felicitado.

Ahora China espera con ansiedad la decisión. Es difícil decir “China” y adjudicarle un verbo. Pero es verdad que el asunto tuvo una difusión inusitada y puso en el tapete la corrupción policial, los préstamos usurarios, la indefensión de muchos ciudadanos. De vez en cuando una noticia verdadera atrae la atención sobre algo de lo que nadie quería hablar y convierte el silencio en clamor. Para eso –a veces, todavía– sirve el periodismo.

POR Martín Caparrós

Martín Caparrós es un periodista y escritor nacido en Buenos Aires en 1957. Abandonó su país a mediados de los 70 y se exilió en Europa. Estudió historia en La Sorbona de París y después se trasladó a Madrid donde vivió hasta que en 1984, con la llegada de la democracia a Argentina, regresó a su país natal. Desde entonces, su vida ha estado marcada por las constantes idas y venidas de un lado al otro del Atlántico. En su obra ‘Lacrónica’, de 2015, desgrana sus 30 años en el mundo del periodismo.