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Aristides de Sousa Mendes, el fascista justo

Martín Caparrós
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Aristides de Sousa Mendes (1885-1954) fue expulsado del cuerpo diplomático por ayudar a los judíos a escapar de la Francia ocupada por los nazis. / Sousa Mendes Foundation

Aristides de Sousa Mendes, cónsul portugués en Burdeos en 1940, entregó entre 10.000 y 30.000 visas a judíos fugitivos y salvó sus vidas.

jueves 02 de marzo de 2017

NO, NO se ha descubierto nada nuevo sobre él. Ni se cumple ninguna de esas fechas redondas que solemos usar cuando el silencio acecha. Pero, en estos tiempos en que ciertos Estados parecen en estado de descomposición, en que tantos hombres han decidido ser ni siquiera lobos para el hombre, me gusta recordar al señor Sousa Mendes.

Aristides de Sousa Mendes nació en julio de 1885 en Carregal do Sal, un pueblito del centro de Portugal, poco después que César, su hermano gemelo. Tenían muchos hermanos, un padre juez, una madre señora, una familia católica, monárquica, ligeramente noble. Cuando los mellizos cumplieron 18, se fueron a Coimbra para estudiar Derecho; cuando se recibieron, entraron, comme il faut, en el servicio diplomático.

Aristides de Sousa tenía todo para vivir una vida placentera, olvidable. Se casó con su primera novia, se puso a hacerle hijos –llegaron a 14– y fue encadenando destinos consulares. Su carrera no terminaba de despegar: no siempre era discreto. En 1919, en Río de Janeiro, lo suspendieron por renegar de su Gobierno liberal; en 1923, en San Francisco, por pelearse con sus empleados. Estaba estancado, hasta que la historia vino a su rescate: el 28 de mayo de 1926 un general Gomes da Costa se levantó contra la república e instauró las bases del Estado Novo fascista cuyas proclamas católicas y nacionalistas le sonaron a gloria. Además, su profesor António de Oliveira Salazar era ministro de Finanzas; poco después sería presidente vitalicio.

Nadie sabe bien qué le pasó: por qué ese señor inquieto pero serio, fascista convencido, se fue del otro lado. Algunos dicen que fue amor

En 1929 Sousa fue nombrado cónsul en Amberes y allí vivió 10 años casi calmos; en 1939 lo transfirieron a Burdeos. La guerra amenazaba, los acosos. El presidente americano Roosevelt convocó a los Gobiernos eu­­ropeos a una conferencia en Evian para convencerlos de recibir refugiados; ninguno le hizo caso. Miles de judíos centroeu­ropeos rodaban por el continente, escapando, escapando. Portugal podía ser, para muchos, el puerto de embarque para completar su fuga a América, pero en noviembre de 1939 sus autoridades mandaron una circular –la 14– a sus cónsules diciéndoles que no debían emitir, sin consultar, visas a “apátridas, rusos y judíos”.

Todo se precipitaba. En junio de 1940 los alemanes avanzaron sobre Francia y cundió el pánico. De pronto, miles y miles de refugiados desbordaron Burdeos; buscaban cómo huir, y se corrió la voz de que el cónsul portugués les daba visas.

Nadie sabe bien qué le pasó: por qué ese señor inquieto pero serio, fascista convencido, se fue del otro lado. Algunos dicen que fue amor: se había prendado de una joven francesa, Andrée Cibial, con la que tuvo una hija que terminó reconociendo –sin por eso dejar a su señora. Él arguyó que fue un comando de su dios: “Si tengo que desobedecer, prefiero que sea una orden de los hombres y no una del Señor”, dijo entonces, místico.

Y desobedeció: “A partir de ahora daré visas a todos; ya no hay nacionalidades, razas o religiones”, dijo. Se discuten las cifras exactas, pero se sabe que en esos días de junio, febriles, terminantes, Sousa entregó entre 10.000 y 30.000 visas a judíos fugitivos: que les salvó las vidas.

Su Gobierno lo suspendió, lo juzgó y lo echó del servicio. Pero honró aquellas visas: un papel sellado era, todavía, un compromiso. Aristides de Sousa murió en 1954, arruinado; recién en 1966 el Yad Vashem –Memorial del Holocausto, en Jerusalén– lo declaró “justo entre los hombres” y plantó 20 árboles para su memoria. Desde entonces los homenajes se suceden con regularidad casi burocrática; los brindan Estados que siguen, como entonces, forzando a los justos a desobedecerles.

POR Martín Caparrós

Martín Caparrós es un periodista y escritor nacido en Buenos Aires en 1957. Abandonó su país a mediados de los 70 y se exilió en Europa. Estudió historia en La Sorbona de París y después se trasladó a Madrid donde vivió hasta que en 1984, con la llegada de la democracia a Argentina, regresó a su país natal. Desde entonces, su vida ha estado marcada por las constantes idas y venidas de un lado al otro del Atlántico. En su obra ‘Lacrónica’, de 2015, desgrana sus 30 años en el mundo del periodismo.