Documentos. El pulso

China contra el mundo

El país más beneficiado por la globalización de las mercancías lucha contra la globalización de la información.

Martín Caparrós
2 min.

jueves 14 de septiembre de 2017

EL PRIMER CHOQUE —el primero de tantos choques— llega en el aeropuerto. Cuando el viajero, hecho un desecho por catorce horas de avión, viciado y vicioso, intenta volver en sí: conectarse, aprovechar el wifi para saber qué ha sido de él en esa larga ausencia. Lo encuentra, entra, todo parece fácil, piensa claro, Shan­ghái, el mundo del futuro. Hasta que intente abrir el face o el tuiter o el gemail: ni modo. Entonces probará otra vez, insultará en su lengua bárbara, terminará por resignarse. Después, ya en la ciudad, algún alma piadosa le contará que aquí no se permiten esos vicios.

China es la segunda o quizá ya la primera economía del mundo, es una de cada cinco personas en el mundo, es la nación más antigua del mundo pero es, sobre todo, lo que viene: el futuro achinado. Entender a China ahora puede ser entender el mundo en unas décadas. Y una de las primeras cosas que se entienden es que China prefiere que sus súbditos no entiendan ciertas cosas del mundo.

Por eso hace cinco años sus jefes entraron en conflicto con las gigantes de la Red: ni Google ni Facebook ni YouTube ni Amazon ni Twitter les permitían controlar lo que hacían sus usuarios. Acostumbrados a controlarlo casi todo, los jefes les dijeron que para funcionar en China tenían que aceptar las leyes chinas —que dan al Estado ese derecho. Como no lo aceptaron, las bloquearon. Y cada red social tiene un equivalente chino que acepta la vigilancia del Gobierno, que todos los chinos utilizan. Así, además, refuerzan la burbuja china: una forma de hablar sólo entre ellos, de separarse del resto del planeta.

El bloqueo, al principio, fue férreo; después, como siempre, apareció la trampa de la ley. Las VPN —virtual private networks— permiten que un usuario se conecte desde una dirección IP distinta de la suya. En principio servían para mantener la privacidad y la seguridad en la Red, pero la censura china les dio alas: ahora te conectan desde aquí como si estuvieras en Tokio o San Francisco, y esquivas el bloqueo. Una VPN es un servicio que se contrata por 10 euros al mes y no siempre funciona, pero es la única forma. Las autoridades las toleraron porque las usaban sobre todo extranjeros; ahora anuncian que las van a bloquear.

Será un nuevo problema: hay empresas, universidades, representaciones varias que necesitan entrar en las redes globales, que funcionan a través de ellas. Así que se discuten soluciones, como que el Estado les otorgue autorizaciones individuales para conectarse, manteniendo el control; otros buscan la próxima trampa. Por el momento las autoridades chinas exigieron a ciertos proveedores que retiraran las aplicaciones de VPN de sus aparatos. Apple lo hizo el mes pasado y fue muy criticado por “ayudar a la censura china”.

Es una rara paradoja: el país que más se ha beneficiado de la globalización de las mercancías pelea a brazo partido contra la globalización de la información. El combate no da cuartel, y puede marcar rumbos: es técnico, político, policial, ideológico, económico.

Y va más allá de la China. En un mundo con pocos modelos, China ofrece un ejemplo de éxito levemente siniestro, un pacto fáustico: si los ciudadanos entregan ciertas libertades, el Estado les da cierta prosperidad. En estos tiempos de incertidumbres laborales y económicas, de miedo del futuro, la fórmula puede ser tentadora. Por eso vale la pena seguir, con toda atención, cómo se desarrolla esta pelea entre el mayor globalizador y los efectos de la globalización, entre la ¿libertad? y el Estado, entre las técnicas de control y las técnicas para eludir ese control. De cómo se resuelva dependen, quizá, ciertas maneras del futuro.

POR Martín Caparrós

Martín Caparrós es un periodista y escritor nacido en Buenos Aires en 1957. Abandonó su país a mediados de los 70 y se exilió en Europa. Estudió historia en La Sorbona de París y después se trasladó a Madrid donde vivió hasta que en 1984, con la llegada de la democracia a Argentina, regresó a su país natal. Desde entonces, su vida ha estado marcada por las constantes idas y venidas de un lado al otro del Atlántico. En su obra ‘Lacrónica’, de 2015, desgrana sus 30 años en el mundo del periodismo.