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Cayetana Guillén Cuervo: “Más que ambiciosa, soy perseverante”

Merche Yoyoba
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James Rajotte

Actriz, presentadora y rostro protagonista de la vida pública española de los últimos dos decenios. Descendiente de ilustres comediantes, en la televisión ha encontrado su casa. Hoy es también una celebridad en las redes sociales y acaba de estrenarse como escritora con un libro en el que habla sobre la pérdida de su padre, el inolvidable actor Fernando Guillén.

lunes 25 de septiembre de 2017

PERIODISTA Y presentadora, actriz de teatro, cine y televisión, a sus 48 años Cayetana Guillén Cuervo puede decir que es una artista con suerte y una gran comunicadora. No solo ha heredado las tablas de sus padres, los actores Fernando Guillén y Gemma Cuervo. Su prolífica carrera es su mejor carta de presentación. Se formó en la radio con Iñaki Gabilondo y en el teatro con Cristina Rota. Ha sido la voz y el rostro durante casi 20 años del programa de TVE Versión española. También presenta Atención obras, la agenda cultural de La 2. Guillén Cuervo se declara madrina y defensora del cine patrio. Una chica pop, como cuenta que le dijeron hace poco. Y multimedia. Lo mismo se mueve en un plató que en un escenario, publica un tuit o sube una foto a su cuenta de Instagram.

Después de haber interpretado a la destructiva Hed­da Gabler, de Henrik Ibsen, y a la calculadora Marta en El malentendido, de Camus, Guillén Cuervo se ha convertido en un icono lésbico gracias al papel de Irene Larra en la exitosa serie de televisión El Ministerio del Tiempo, que interpreta desde 2015. Este personaje le ha abierto las puertas del olimpo en redes sociales y ella se refiere a sus nuevas fans como sus cayetaners. Su última aventura ha sido su estreno en literatura con el libro Los abandonos (La Esfera de los Libros), ilustrado con acuarelas del pintor José Luis Massó. La enfermedad de su padre la llevó a reflexionar obsesivamente sobre esos momentos en los que perdemos algo tan valioso, que, dice, cambian nuestra vida y a los que inevitablemente nos tenemos que acostumbrar porque algún día volveremos a sentir ilusión. Guillén Cuervo viene de una familia donde las palabras tienen mucha importancia y reconoce que no se atrevía a lidiar con un libro. Pero el fallecimiento de Fernando Guillén le puso en el disparadero. Solo después de aquella pérdida aceptó enfrentarse al papel en blanco.

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Usted dice que su padre se marchó sin calma y con decepción. ¿Por qué? Él hablaba sobre el deterioro de nuestro modo de vida, de cómo el ciudadano se ha sentido desprotegido en los últimos años. Entonces se ponía triste y decía: “No puede ser verdad, después de lo que hemos vivido, luchado, de los que han muerto”. Él hizo un paralelismo de esta situación con su enfermedad.

¿Él utilizó la cultura para cambiar las cosas? Perteneció a una generación de actores muy activa. Vivieron la guerra, la posguerra, la dictadura, la Transición. Intentaron poner en escena muchas funciones prohibidas entonces. Toda la obra de Sartre, de Camus. Cuando le diagnosticaron la enfermedad, le pregunté qué texto le serviría de homenaje y él me dio la idea de recuperar para el teatro El malentendido. [La obra de Camus es una tragedia moderna y existencialista que fue representada en los años cuarenta en una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial]. En su oficio, mi madre fue más apolítica, pero él siempre fue un hombre de izquierdas. Vivió ese activismo desde el teatro, desde su posición de artista. Siempre fue un hombre profundamente culto, inteligente.

“La generación de mi padre fue muy activa. Defendieron siempre la cultura. En sus últimos días, él hablaba mucho de la decadencia del sistema y la asociaba a su propia enfermedad”

¿Y mientras le visitaba en el hospital ensayaba El malen­tendido? Cuando murió estrenábamos la obra. Para mí fue una tremenda catarsis, pero el texto de Camus me alivió. Unos años después decidí volcar mis reflexiones sobre las distintas pérdidas de la vida en un libro; la de los seres queridos, la del amor, la del nido vacío, la vejez, o la de Dios. Marta, el personaje de El malentendido, pegaba unos gritos desde el fondo de su alma preguntándose por el sentido de la vida. De alguna manera, en el libro sobrevuela la fatalidad del destino, los vínculos entre los seres humanos, la relación causa efecto, porque no todo vale. Todo lo que haces tiene una consecuencia. Por eso es importante controlar tu estado de ánimo y lo que provocas en los demás.

En el libro habla de creencias religiosas. Lo que hay es una búsqueda. Yo he ido a un colegio católico, he hecho la comunión y estoy bautizada, y por supuesto convivo con ello. Lo que pasa es que la pérdida te lleva a muchas incógnitas. De cualquier forma, estoy más cerca de una espiritualidad que de una religión. Respeto todo tipo de credos, tengan el modo y la apariencia que sea. Yo he tenido mi época de viajar a India, de quedarme en un ashram, de meditar, y todo eso también está en mí. Sentirte protegido de cualquier forma, poder rezar y mirar al cielo es más reconfortante que no poder hacerlo.

Con Los abandonos puede conectar con mucha gente. Todos hemos perdido algún ser querido. Me están pasando cosas muy bonitas. Mensajes de amigos, abrazos, ponernos a llorar en cada firma de libros. Porque al que más o al que menos le han pasado cosas, con una edad, a partir de los 40…, eso está en las conversaciones de todos. Desearía que la gente se identificase con algunas palabras, emociones. He querido compartir también las reflexiones de varios autores, que en alguna lectura me han sobresaltado, marcado. Me refiero a escritores como Fernando Pessoa, Mario Benedetti, Kafka, Marguerite Yourcenar, Graham Greene, Salinas, Cernuda.

Llama la atención que aborde el tema de la vejez descarnadamente. Vivimos en una sociedad que vive de espaldas a los ancianos, no se les respeta ni venera como sí se hace en otras culturas. La vejez me produce mucha ternura, las personas mayores están llenas de experiencia y sabiduría. Les dedico un capítulo porque me impresiona mucho el dolor físico, la soledad. Esas personas que están pidiendo un poco de tu tiempo y nosotros los visitamos con prisas. Ver que puedes tener un coco fantástico y tus facultades cada vez más mermadas. Que después de todas las etapas lleguemos a eso, unas cajas de pastillas y la puerta del ambulatorio. Me parte el alma.

¿Qué opina su madre de su faceta de adicta al trabajo? Lo entiende perfectamente, porque a ella le ha pasado lo mismo toda la vida. Sucede que en mi familia siempre hemos colocado el trabajo entre nuestras prioridades. Llevamos en las venas la cultura del esfuerzo. Somos muy conscientes de pensar que eres un privilegiado si te llaman a ti y no al de al lado. Tenemos una profesión muy inestable.

¿Cómo era la vida familiar en casa de los Guillén Cuervo? La de una familia muy unida, marcada por los horarios del trabajo de mis padres, que se levantaban a las seis de la mañana para grabar Estudio 1 y luego tenían dos funciones en el teatro. Porque hasta 1975 no había día de descanso. La hora en la que la familia estaba junta era durante las comidas. Por eso siempre íbamos a colegios que estaban cerca de casa. Los teatros solo cerraban los lunes, y para mí era importante porque mi padre venía a buscarme al colegio.

¿Tuvo una niñez feliz? Tengo el recuerdo de una vida familiar muy intensa y completa. Me sentí muy querida por mis padres y con una infancia muy feliz. Sí que es verdad que a mi hermana mayor le tocó asumir un papel quizá excesivo con nosotros. Porque las giras teatrales de mis padres eran de estar meses fuera de casa. Yo tengo solo un hijo y la conciliación me parece algo muy complicado, con que mis padres, con tres hijos y en aquella época, conciliaban como podían.

Alguna vez ha dicho que usted tiene un máster en saber huir de los conflictos porque no compensan. Los sé llevar, aunque depende de la otra persona. Que yo recuerde nunca he tenido problemas en el trabajo. Reconozco que tengo mucha capacidad de empatía. Cuando alguien me trata mal, me pongo triste. Pienso que no merece la pena, que siempre hay otros caminos.

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¿Es muy diplomática, también? Soy cautelosa, no me gusta hablar mal de los demás, hacer humor a costa del otro. No es que yo sea una monja, de hecho, soy muy gamberra, pero no me hace gracia lastimar a alguien. Cuando veo a una persona enfadada digo: “¡Ostras, ha perdido la batalla!”.

¿Es usted luchadora? Soy perseverante, más que ambiciosa. Siempre llamo a la puerta, no tengo de verdad ningún orgullo.

¿Qué me dice de Cayetana Guillén Cuervo como madrina televisiva del cine español? Santiago Tabernero me llamó, me buscó hace 17 o 18 años, y ese encuentro me marcó la vida. Y yo, como soy tan perseverante y tan poco pasota, me tomé eso de defender el cine español como una bandera.

“Me gusta comunicar, y todo lo que hago, ya sea en televisión, en el escenario de un teatro o en el papel de una serie, es precisamente eso”

Después de casi una década, quizá esté algo cansada del formato de Versión española. Soy muy inquieta y me parece que la vida me está poniendo por delante cosas preciosas. Se me superponen y no sé decir que no. Voy siempre con la cultura del esfuerzo, de no bajar la guardia. Me parece que es un milagro que me llamen a mí e intento hacerlo todo lo mejor que sé. Después de tanto tiempo en Versión española los directores me encasillan. Es como una relación de pareja, sabes los pros y los contras, pero a mí me compensa. Es tan bonito ese trabajo. Siempre estoy estudiando. Lo mismo me sucede en el programa Atención obras, me da la oportunidad de ver teatro, exposiciones, estar al día, activa. Es un privilegio. Me gusta comunicar, y todo lo que hago, ya sea televisión, teatro o series, es precisamente eso. Estoy muy agradecida a Televisión Española, que ha depositado mucha confianza en mí y yo me siento responsable de corresponder profesionalmente.

Hábleme de sus maestros Cristina Rota, Iñaki Gabilondo, José Luis Garci. Cristina Rota ha sido una maestra maravillosa para mí en el ámbito del teatro. La admiro por su historia personal, me encantan las mujeres como ella, solidarias, fuertes, por su capacidad para remontar, de matar al mundo por un hijo, por una pareja. Gabilondo se cruzó en mi camino cuando salía de la facultad y me dijo: “Yo te quiero a mi lado”. Estuve ocho años trabajando con él en la cadena Ser. Aprendí mucho de su actitud, de la capacidad que tiene gente poderosa como él de combinar alma con cabeza.

¿Y con Garci? Tuvimos una relación personal y con el tiempo he sabido valorar todo lo que me aportó como ser humano. Como pareja con una diferencia de edad no funcionamos, pero es un tío listísimo, cultísimo, muy buen amigo, y me puso también unas pautas en mi vida que han sido muy importantes. Faltaría un cuarto maestro o el primero, mejor, que fue mi padre.

¿Y su madre, la actriz Gemma Cuervo? Nadie me va a entender nunca ni a quererme como ella. Su respeto y su comprensión y entendimiento me conmueven.

Sabe que tiene fama de intensa, de estirada. Ya lo sé, muchas veces me dice gente que no me conocía: “Pero si eres muy maja, con lo borde que pareces”. Yo creo que a ese cliché contribuyó la imitación que me hizo Silvia Abril en el programa Homo Zapping. Me encanta que me imiten, pero es solo una caricatura. Yo soy una chica pop, como me dijeron hace poco. Una chica multimedia.

Y transmedia. En lo que al telespectador se refiere, sabe dirigirse al público más minoritario de La 2 con el mayoritario de TVE-1. Efectivamente.

La serie de Televisión Española El Ministerio del Tiempo ha impulsado aún más su televisiva carrera. El personaje de Irene Larra es una pasada, estoy encantada de ser un icono lésbico. Por ella ahora vivo en una dimensión de realidad virtual, en un cómic, en un juego de mesa. Han surgido las cayetaners, las fans, y una gran respuesta de los espectadores en las redes sociales.

¿Es también community manager de sus cayetaners, de sus seguidoras en la serie? Sí, lo llevo yo junto con Omar, mi chico, que también me ayuda. Recibo mucho feedback y respuesta de todo un colectivo de lesbianas que gracias a El Ministerio del Tiempo han podido salir del armario y contárselo a sus padres. A Irene Larra la trataron como a una enferma y tuvo una segunda oportunidad de vivir su vida libremente.

POR Merche Yoyoba