Uno de los implantes tejidos por las 30 mujeres aimaras que trabajan a las órdenes del médico Franz Freudenthal. / Yolanda Salazar

En la empresa boliviana PFM, ciencia y artesanía aimara son aliados: forman una simbiosis perfecta para corregir, sin cirugía, cardiopatías congénitas.

jueves 25 de mayo de 2017

JACKELINE CHÁVEZ aprendió a tejer cuando era niña. Primero, con su madre. Luego, en el colegio con la asignatura de labores. Hoy, a sus 28 años, es asistente de gerencia de producción en PFM, una empresa boliviana que se dedica al diseño y fabricación de singulares dispositivos para pacientes con cardiopatías congénitas: los implantes son una simbiosis perfecta de ciencia y artesanía aimara. “La tecnología por sí sola no serviría de nada. Es la combinación de ambas la que ha dado resultados tan positivos”, asegura con orgullo Franz Freudenthal.

en Bolivia nacen cada año entre 2.500 y 3.000 niños con enfermedades cardiovasculares. La incidencia es mayor en regiones por encima de los 3.000 metros sobre el nivel del mar

Este cardiólogo pediátrico de padres alemanes nacido en La Paz empezó a diseñar los primeros implantes cuando aún era estudiante: una especie de tapones que sellan los conductos arteriales de los pacientes, que deberían haberse cerrado tras el nacimiento. Freudenthal continuó su formación en Alemania y, al regresar a Bolivia en 2003, fundó Kardiozentrum, un centro de diagnóstico y tratamiento de cardiopatías congénitas, y PFM, consagrada al desarrollo de los dispositivos, que solo se pueden realizar manualmente: 30 mujeres se las arreglan para tejer sobre un molde circular un solo alambre –“sin soldaduras”– de nitinol, una aleación de níquel y titanio que tiene “muy buena biocompatibilidad” para evitar la corrosión, explica la coordinadora de control de calidad de PFM, Olga Murguía. Por su delicadeza, el trabajo no se puede automatizar, de ahí que Freudenthal decidiera recurrir a las habilidosas manos de las mujeres aimaras, que durante siglos han dominado la técnica textil.

Chávez y sus compañeras despachan un promedio de 250 dispositivos al mes. La mayoría de ellos irán destinados a Europa, Oriente Próximo y Latinoamérica. Su trabajo, dice, le proporciona “una gran satisfacción”: a ella, que convive con una cardiopatía, la llena de alegría saber que niños y adultos tendrán una solución de por vida. Ya han ayudado, apunta, a más de 10.000 personas en el mundo. Y en su país aún queda mucho trabajo por hacer: según los datos que proporciona Murguía, en Bolivia nacen cada año entre 2.500 y 3.000 niños con enfermedades cardiovasculares. Y la incidencia es mayor en aquellas regiones que se encuentran por encima de los 3.000 metros sobre el nivel del mar, como La Paz, Potosí, Oruro o El Alto.

El trabajo en las instalaciones de PFM es meticuloso. Cada implante pasa por hasta ocho controles de calidad para evitar cualquier contaminante. Ese concienzudo cuidado en la manufactura les valió la máxima certificación para equipos médicos, además de la autorización de “venta libre” en la Unión Europea. En 2014, Freudenthal recibió el premio Innovadores de América en la categoría de ciencia que concede el CAF, Banco de Desarrollo de América Latina. Los problemas más complejos de nuestro tiempo, suele repetir el pediatra, pueden solucionarse con técnicas sencillas. Tan solo hay que ser capaz de soñar.

POR Andrés Rodríguez