Anne Lacaton. / Paola de Grenet

La arquitecta francesa y su marido, Jean-Philippe Vassal, son los Bartleby de la arquitectura. Aplicando el “preferiría no hacerlo”, han revolucionado el coste de los edificios y la manera de vivir en ellos. Su cruzada por aprovecharlo todo les viene de su época en África. Lacaton asegura que jamás se ha excedido en un presupuesto y está convencida de que no interesa una arquitectura que cueste menos dinero porque genera suspicacia y se asocia a un peor resultado.

lunes 29 de mayo de 2017

EN BURDEOS, Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal rechazaron rediseñar la plaza Léon Aucoc alegando que solo hacía falta cuidarla y regarla. En París, reciclaron las ruinas del Palais de Tokio y pusieron de moda la estética povera. Con los 15 empleados de su estudio, han construido una alternativa y una crítica a la profesión de arquitecto. Su objetivo, mejorar la vida de las personas y la calidad de los lugares, está arraigado en los ideales sesentayochistas y en los años que vivieron en África.

La pareja ha conseguido, incluso, el viejo sueño de ver crecer un piso, ampliándolo físicamente. Lacaton (Dordoña, 1955) habló con cada una de las 513 familias de la Tour Bois-le-Prêtre, un bloque de viviendas levantado en París durante los años sesenta. La ­arquitecta se ganó su confianza. Consiguió los permisos y hoy, con el mismo dinero que hubiera costado arreglar la fachada, cada uno de esos propietarios tiene un piso mejor aislado y un 30% más grande. El tercer proyecto en esa línea, la ampliación de tres bloques en Burdeos firmados con Frédéric Druot, les valió el primer Premio Simon de Arquitectura (Living Places), que ­recogieron en Barcelona. Lacaton no quería responder a esta entrevista en solitario, pero su marido y Druot la convencieron: “Ella es la que mejor lo cuenta”. Y se fueron a comer.

¿Su arquitectura es una crítica a la sociedad de consumo? Tiene esa consecuencia. Pero lo que queremos dar al usuario es libertad: la posibilidad de usar un espacio de muchas maneras.

¿Cómo lograron ampliar edificios para aislarlos? Pudimos hacerlo porque tenía el mismo coste. La economía es lo primero que convence. En 2000, Francia decidió demoler lo irrecuperable y restaurar lo mejorable para que tuviera mayor eficiencia energética.

Se oponen a la demolición. Es un error. Nuestra alternativa es la reparación. Se consigue más si se cuida lo que se tiene que si se desprecia. El resultado es más económico, más lógico y más civilizado.

¿Es una ética? La ética se ha utilizado para calificar acciones poco éticas. Es la manera más razonable de actuar.

Con su marido, Jean-Philippe Vassal, comenzó su carrera ampliando la casa de sus padres en el sur de Francia. No fue fácil. Los padres nunca dejan de verte como una niña, y mi madre tenía, como casi todos, miedo al cambio. El miedo al cambio sucede por desconocimiento. Lo que hicimos fue acotar los problemas y ofrecer soluciones. Al final mi padre sentenció que debían confiar en mí. Para algo había estudiado.

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La arquitecta francesa Anne Lacaton, fotografiada en Espacio Simon 100 en Barcelona. Paola de Grenet

¿Ellos no estudiaron? No tenían estudios superiores. Mi padre vendía gasóleo a domicilio y mi madre lo ayudaba con la parte administrativa. Al final, mi madre me dijo que la ampliación de su casa había cambiado su vida. Y la tía de Jean-Philippe nos pidió que hiciéramos lo mismo con su vivienda. Así empezamos.

Sus padres fueron valientes. Ampliar una casa con plástico de invernadero es osado. Mi padre creía en sus ­hijas, también en mi hermana, que es profesora de alemán. Y mi madre dudaba, pero al final se convenció. Los vecinos encontraban la casa rara, pero solo hasta que entraron y vieron cómo se vivía dentro. Les parecía que era como vivir en un jardín. Tampoco fue fácil con los albañiles, eran del pueblo y me conocían desde niña. Aceptar órdenes de alguien que veían joven e inexperto les costó un poco. Pero solo un poco.

¿A su hermana le gustó la casa? Sí, sí.

¿No pensó que estaba utilizando a sus padres como conejillos de Indias? No creo, la combinación de chimenea y vistas es muy convincente. Mi padre murió, pero mi madre vive allí. Adora su casa. Le gusta tanto que cuando hablamos no recuerda haber dudado nunca…

¿Cómo se les ocurrió ampliar una vivienda con plásticos? Es lo que hacen los agricultores para proteger las cosechas. Es barato y eficaz.

No es lo más habitual ni parece lo más seguro… Eso dijo mi madre y encargamos al carpintero compuertas para cerrar la casa. Nunca las pusieron.

"DEMOLER ES UN ERROR. NUESTRA ALTERNATIVA ES LA REPARACIÓN. SE CONSIGUE MÁS SI SE CUIDA LO QUE SE TIENE QUE SI SE DESPRECIA. EL RESULTADO ES MÁS ECONÓMICO"

Defienden algo que debería ser básico en la arquitectura: escuchar al usuario, ahorrar su dinero… ¿Qué les dio ese punto de vista? Puede que crecer en el campo en una familia de clase media dé esa perspectiva. También estudiar arquitectura en Francia después de Mayo del 68 marcó un antes y un después en una generación. Entre 1968 y 1978 en Francia hubo una enorme apertura mental. Todo parecía posible.

Otros colegas formados entonces hacen una arquitectura muy distinta a la suya… Para nosotros ir a la escuela era una sorpresa continua. Había colaboración, los profesores escuchaban a los alumnos… Ese clima de todo es posible duró una década. Pero en ese tiempo aprendimos experimentando y probando. Nos quedó esperanza en la gente y en el futuro.

¿Vivir en África también los marcó? Claro. Jean-Philippe nació y creció en Casablanca y luego regresó para hacer el servicio social —y evitar el servicio militar—. Tenía que estar en Nigeria 16 meses y terminó quedándose cinco años. Yo lo visitaba en verano, en invierno trabajaba en Burdeos.

¿Temió que no volviese? Nunca dijo que se quedaría ese tiempo. Lo iba decidiendo año tras año. Éramos pareja, pero una pareja joven [risas].

¿No pensó en mudarse? No había trabajo. Pasaba dos meses al año, me era difícil mantenerme.

¿Qué aprendió? Llegar a África en los setenta con la cabeza formada en una universidad occidental era darse de bruces con otra realidad que te obligaba a cuestionar lo que habías aprendido. Eso te amplía la mirada. Te cambia la escala de valores: empiezas a ver arquitectura en cosas muy pequeñas.

¿Su cruzada por aprovecharlo todo deriva de lo que aprendieron en África? Sin duda. Aprendimos a cuestionarlo todo. Esa es la vía para tratar de conseguir libertad mental para pensar desde cero y para diseñar sin prejuicios. Al lado de nuestra casa había un tipo que hacía sombreros. La tienda era una mesa, la silla en la que se sentaba, un montón de paja y el molde para ir tejiendo los gorros. Cuando el sol se movía, se quitaba la camisa, la colgaba entre dos ramas y con eso evitaba el sol y podía seguir trabajando. Mover esas ramas convertía su puesto de trabajo en un lugar mejor, más cómodo. Nos costó un poco, pero entendimos que ese tipo estaba haciendo arquitectura.

Son como los Bartleby de la arquitectura. ¿Cuántas veces han respondido a un encargo con “preferiría no ­hacerlo”, como el célebre personaje de Melville? Lo hicimos en Burdeos, cuando nos pidieron remodelar la plaza Léon Aucoc y tras estudiarla concluimos que solo necesitaba agua y mantenimiento.

También en la Bienal de Venecia, propusieron dedicar el dinero a construir un pozo en África. El lema era Menos estética y más ética. Jean Nouvel, el comisario del pabellón francés, nos dio 10.000 euros para que hiciéramos un proyecto. Propusimos colgar imágenes de los pozos que se excavan en África para encontrar agua y gastarnos ese dinero en hacer uno de verdad. Nuestra intención era demostrar que lo que es más ético y menos estético es hacer lo necesario, elegir bien cómo gastar el dinero. Nouvel estuvo de acuerdo, pero el ministro de Cultura lo tachó de actitud colonialista. No pudimos convencerle y declinamos la invitación.

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Remodelación del Palais de Tokio en París Philippe Ruault

¿Colonialistas? A pesar de que la escasez no es siempre deseable y de que la inequidad nos retrata como sociedad, lo que es pobre y lo que es rico es una cuestión relativa. Tener acceso al agua altera radicalmente la vida de las personas y la forma de los poblados y las ciudades. Nos parecía que contar esa historia era enriquecedor para todos.

¿Un pozo también es arquitectura? Claro. Un nómada se mueve constantemente. El agua puede convertirlo en sedentario: tras el agua llegan los ingenieros, los trabajadores y luego los habitantes. Los pozos en África son un espacio público, la clave para que la arquitectura pueda existir y la ciudad pueda desarrollarse.

¿No interesa una arquitectura que cueste menos dinero? No parece que mucho.

¿Quién se resiste a rebajar los beneficios? Se dice mucho aplicado a la educación de los hijos, pero en la vida profesional sucede lo mismo: cargar de confianza es cargar de responsabilidad. Cuando decimos que podemos hacer más cosas por el mismo precio, en general nos rechazan. En nuestra profesión lo habitual es exceder el presupuesto, por eso el recorte económico genera suspicacia. Piensan que el resultado va a ser peor.

¿Cómo consiguen que confíen en ustedes cuando no los conocen? Vivimos en una sociedad en la que hablar de dinero es un problema. Es hipócrita e irresponsable hablar de él con eufemismos. Se ha de tratar con claridad. En algunos proyectos los políticos necesitan gastar más porque hacerlo prueba su poder. Ahorrar es menos interesante.

¿Nunca se han excedido en un presupuesto? Jamás.

"Un arquitecto no es un político ni un sociólogo. La capacidad de intervenir y de modificar esas situaciones es política"

Su arquitectura es a la vez revolucionaria y lógica. El Palais de Tokio en París… Cuando nos invitaron a participar en el concurso, el interior ya estaba destrozado. El Ministerio de Cultura quiso transformarlo en el Palais du Cinema. Tras un año de obras cambió el ministro y un asesor creyó que era una pena que un museo que llevaba más de 100 años en activo se convirtiera en un espacio oscuro. Se intentó recuperarlo con el menor coste posible.

Convirtieron en icono la ruina de un edificio. Hicimos muy poco.

El problema es que hacer la ruina visible se convirtió en una moda perversa porque obligaba al destrozo. El problema es de las modas y de quienes las crean. La prensa y los críticos de arquitectura juegan un papel clave. No defendimos la estética de la ruina, defendimos su pragmatismo.

¿Qué es lo más importante en un edificio? La clave es no empezar por el final, por la forma. Entender cuál es el problema es el 60%. Hay muchos problemas. Conseguir que no se noten y que la arquitectura tenga ligereza es una lucha. Tener claro lo que uno sabe y lo que no es clave para poder tomar decisiones. Cuando frente a un proyecto das con una idea poderosa debes cuidarla porque es como una flor. O la proteges o no la puedes conservar. Si la metáfora de la flor es ­cursi, sirve también comparar la idea con Super Mario, el protagonista del juego de consola. Se pasa todo el rato expulsando lo que no le conviene. A eso mismo se dedican los arquitectos, a sacar del barco lo que amenaza con hundirlo.

¿Es aficionada a las consolas? No, no.

¿Tiene hijos? Tampoco, pero Super Mario es cultura general. Es como la Torre Eiffel, todo el mundo la conoce. Lo más importante en arquitectura es no hacer la pregunta equivocada. La capacidad de escucha es uno de los atributos más importantes para un arquitecto.

¿La arquitectura llegará alguna vez a los menos poderosos? Un arquitecto no es un político ni un sociólogo. Como persona claro que hay situaciones que te afectan: los refugiados, los suburbios. Pero la capacidad de intervenir y de modificar esas situaciones es política.

Cualquier arquitectura es también política. Que existan diversas categorías de vivienda es la excusa perfecta para los constructores que deciden edificar barato. Como arquitectos no deberíamos diferenciar entre diseños para ricos y diseños para pobres. Es inaceptable.

¿Cómo consiguió tener voz propia en un campo tan ­machista como el suyo? Con Jean-Philippe siempre he tenido una relación de igual a igual. No es una relación al 50%, es una relación al 100% y 100%.

¿No tener hijos la ha ayudado a tener una relación profesional más equitativa? No sé. Creo que hoy las chicas confían menos en sus capacidades. Lo veo entre los jóvenes de nuestro estudio. Cuando empiezan el reparto del trabajo, la relación es de igual a igual. Pero no sé qué sucede luego… Alguna vez lo hablo con las estudiantes. Les aconsejo que tengan confianza en sí mismas. Y que traten de hacer lo que quieran. Confiar en uno mismo es un paso previo a cualquier reclamación. Mis padres nos educaron como iguales. Sé que a mi padre le hubiera encantado tener un hijo. Pero no lo tuvo. Y nos educaron como personas. Ni como chica ni como chico.

¿Qué más le interesa? Hacer arquitectura se parece a hacer una película: el cine consigue un espacio nuevo a partir de un lugar existente. Y eso es lo que hacemos nosotros con nuestros edificios.

"Todos los días Europa está presente en mi vida. Soy hija de la idea de Europa. La Europa de los políticos ha fracasado; la de los ciudadanos, no"

Koolhaas dijo que el mundo occidental había cambiado los valores franceses de igualdad, libertad y fraternidad por comodidad, seguridad y sostenibilidad. Los cambios no llegan de un día para otro. Todos somos responsables de lo que sucede. Lo mínimo que podemos hacer es creer en la libertad. Y defenderla como algo básico. No darla nunca por hecho. A lo mejor eso es lo que ha ocurrido con nuestra sociedad. Que no la hemos cuidado pensando que se iba a quedar para siempre. Pero ver a tanta gente sin libertad te hace menos libre. Es imposible vivir cómodamente ante la falta de confort de los demás.

Brexit en Reino Unido, ultranacionalismo en Francia, ¿qué está pasando en Europa? Puedo entender el desen­canto. ¿Qué ha hecho la izquierda cuando ha tenido el poder? Se ha convertido en el establishment. Me resisto a creer que no se puede hacer nada para mantener las conquistas sociales que tanto costó conseguir. Para empezar se puede hacer autocrítica. ¿Quién defiende hoy la UE? Nos hemos beneficiado tanto de esa unión que no es justo que los europeos no la defendamos. Ya no hablo de políticos, hablo de nosotros. En los últimos 30 años todos los países europeos han mejorado.

¿Qué hacer? Ni me siento bien ni estoy orgullosa de mi contribución. La ciudadanía no hace nada porque nos hemos acostumbrado a vivir las protestas como fiebres pasajeras. Soy hija de la idea de Europa. No recuerdo otra vida. Vengo a España y me siento en casa. Doy clase en Holanda y lo mismo. Cojo el tren a Alemania y disfruto de no tener que atravesar una frontera. Hemos hecho algo grande. Todos los días Europa está presente en mi vida. En nuestra oficina hay una chica irlandesa, otra rumana, varios españoles y algunos alemanes. No se conocían. Se han hecho amigos. Tienen más en común que diferencias. ¿Queremos perder eso? La Europa de los políticos ha fracasado; la de los ciudadanos, no. Hemos creado una unión de verdad. Nos toca movilizarnos por mantenerla.

Ampliación de tres bloques de viviendas en Burdeos (antes y después) que Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal han firmado con Frédéric Druot y Christophe Hutin. La obra ha ganado el Premio Simon de Arquitectura.

POR Anatxu Zabalbeascoa

La periodista e historiadora Anatxu Zabalbeascoa escribe sobre arquitectura y diseño en El País y en libros como ‘The New Spanish Architecture’, ‘Las casas del siglo’, ‘Minimalismos’ o ‘Vidas construidas, biografías de arquitectos’.