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Los 'Demodex', en la imagen, son arácnidos que comen el sebo y las células muertas presentes en la piel del rostro humano. / Age Fotostock

Nuestras mejillas están habitadas por miles de animales. Ante un dato así, ¿es preferible enterarse o vivir en la ignorancia?

Jueves 13 de Abril de 2017

AHORA PARECE que todos ustedes lo sabían pero no me habían dicho nada. Me aterra imaginar con cuántas otras cosas pasa lo mismo; mientras tanto, me hundo en el horror de descubrir que soy el lugar donde miles y miles de arañitas viven y mueren sin parar.

Las llamó –me entero ahora– “Demodex” uno de sus descubridores, un científico inglés llamado Richard Owen, 1841. Era la época de los primeros microscopios serios y el mundo empezaba a ampliarse a toda máquina. Demodex viene de demo (que no sólo significa pueblo, sino también grasa, por algo será) y dex (gusano): podrían ser los gusanos del pueblo, pero son los gusanos de la grasa.

Porque viven en la nuestra: la grasa que se acumula en nuestra piel. Los más grandes, los folliculorum, se refugian en los folículos de nuestros –vuestros– pelos; los más chicos, los brevis, son los que me preocupan: viven en nuestras caras, hundidos cabeza abajo en nuestros bulbos sebáceos.

Viven en la grasa que se acumula en nuestra piel. Los más grandes, los 'folliculorum', se refugian en los folículos de nuestros –vuestros– pelos

Y técnicamente no son gusanos, sino arácnidos. Los machos son más estirados, las hembras un poco más redondas, pero ambos brevis tienen un cuerpo largo, agusanado, con sus cuatro patas de cada lado terminadas en garritas, la cabeza con su boca y sus dientes; miden un décimo de milímetro, como mucho dos. Son 15.000 veces más pequeños que un individuo medio. No es, entonces, de extrañar que vivan cómodos en las personas donde viven. Tienen espacio, posibilidades: un Demodex es a un cuerpo humano como ese cuerpo es a toda la ciudad de Buenos Aires.

No viven mucho: su ciclo dura dos semanas. Las aprovechan para comer nuestro sebo y nuestras células muertas con sus dientes filosos; para buscarlas se mueven lentos, nocturnos. Como tantos de nosotros, temen la luz, que los congela; las sombras les devuelven su movimiento lánguido. Pueden avanzar alrededor de un centímetro por hora; no es mucho, pero les alcanza para recorrer su hábitat. Y encontrar, al cabo, su pareja.

Dicen que su fornicio no es particularmente encrespado y que, a diferencia de otros arácnidos, no lo completan matándose o comiéndose. La hembra, ya preñada, se retira a un bulbo sebáceo; unas horas más tarde pone sus huevos, que maduran dos días. Entonces nacen los pequeños, que a su vez crecen, comen, cogen, mueren. Los científicos nos tranquilizan: no cagan. No tienen ano, así que guardan las sobras en su cuerpo –para que se desparramen por nuestra cara cuando palman. Hablemos de venganzas.

Y parece que todos los tenemos. No nacen con nosotros: vienen, van llegando. Pero dicen los estudiosos que no hay humano que carezca. Es cierto que a veces tenemos demasiados –y nos enferman la piel–; en general ni siquiera lo sabemos.
Yo me acabo de enterar: ahora sé que hay miles de animales viviendo en mi mejilla, y me impresiona. Calculo que, como tantas otras cosas, aprenderé a soportarlo. Y usted también, supongo: si puede vivir en un mundo con 800 millones de hambrientos y reyes y megamillonarios y Cristiano Ronaldo y Trump en un Gobierno y Putin en el otro, es probable que también pueda vivir con la conciencia de gusanos en la cara.

Más me preocupan las paranoias que esta noticia me produce. Al menos dos, digamos: primero, si no seremos –usted, yo, la humanidad entera– los microorganismos de un gigante tonto que mañana o pasado, leyendo lo que lea, se enterará de que vivimos en su cara y se pondrá a pensar qué hacer. Y, de nuevo: cuántas más cosas sabrán todos que yo ignore como un sapo. La próxima, por favor, cuéntenmela –que, pese a todo, prefiero saberla. O quizás tienen razón ustedes, y es mejor la ignorancia.

POR Martín Caparrós

Martín Caparrós es un periodista y escritor nacido en Buenos Aires en 1957. Abandonó su país a mediados de los 70 y se exilió en Europa. Estudió historia en La Sorbona de París y después se trasladó a Madrid donde vivió hasta que en 1984, con la llegada de la democracia a Argentina, regresó a su país natal. Desde entonces, su vida ha estado marcada por las constantes idas y venidas de un lado al otro del Atlántico. En su obra ‘Lacrónica’, de 2015, desgrana sus 30 años en el mundo del periodismo.