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Aprender a aprender

Use Lahoz
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Un grupo de alumnas en la clase de agricultura de la escuela en Arlés. / Gaël Bichon

Una escuela en la ciudad francesa de Arlés ha puesto en marcha un método de enseñanza que tiene como fin “educar sin herir”.

Jueves 29 de Diciembre de 2016

E N ARLÉS, la radiante ciudad que tanto fascinó a los pintores impresionistas, Françoise Nyssen y Jean Paul Capitani, responsables de la prestigiosa editorial francesa Actes Sud, han decidido dar un paso más en su labor cultural y compaginar edición y educación creando su propia escuela: École Domaine du Possible.

Desde el nombre, escuela del dominio de lo posible, es un proyecto diferente. Los cursos no se organizan en horas, sino en periodos. No hay notas. Los alumnos se pueden levantar a la pizarra sin cortapisas para explicar sus razonamientos, y la agricultura, asignatura importante, se explica en el campo y en la granja, en contacto con animales y plantas. Los profesores se presentan como investigadores, potencian las ciencias del desarrollo y transmiten conocimientos dando a elegir al alumno lo que quiere saber, conscientes de que un enseñante es un descubridor de mundos. Henri Dahan, director pedagógico, matemático y partidario de la educación Steiner-Waldorf, defiende una pedagogía de lo real, de la experiencia que cultiva el impulso de atención duradero contra el inmediato, y cuya preocupación es posibilitar a los estudiantes la cimentación de “vida interior”. Es una escuela no concertada que no se beneficia de ninguna financiación pública. Las tarifas son proporcionales a los ingresos. El mínimo serían 420 euros al año, y el máximo 6.200 por alumno, con las comidas aparte.

No es extraño que uno de los propósitos de la nueva escuela sea “educar sin herir”.

El germen del proyecto no es en absoluto alegre. En diciembre de 2012, Antoine, hijo de la pareja de editores, alumno atento pero insensible a la educación tradicional y agobiado por la presión, decidió suicidarse. Tenía 18 años. En una entrevista con Anne Crignon en Le Nouvel Observateur, Françoise Nyssen lamentaba los años desesperantes de un centro a otro sin hallar más que nervios, ansiedad, deberes y decepciones. No es extraño que uno de los propósitos de la nueva escuela sea “educar sin herir”.

En una época en que la escuela vive una profunda crisis como institución con sus continuos cambios de planes educativos, se ha dado libertad a Henri Dahan con la intención de formar alumnos con los que compartir saberes y, tal vez, llegar algún día a lo que recibió García Márquez en la escuela montessoriana de Cataca y que dejó por escrito en su libro de memorias Vivir para contarla: “Las maestras estimulaban los cinco sentidos y enseñaban a cantar. Estudiar era algo tan maravilloso como jugar a estar vivos”. Y es que, como sostiene Massimo Recalcati en su reciente ensayo La hora de clase, una simple hora puede cambiar la vida de un alumno.

El 19 de noviembre de 1957, Albert Camus, el intelectual más luminoso del siglo XX, recibió el Premio Nobel de Literatura. Días después envió una carta a Louis Germain, viejo profesor que tuvo en su Argel natal, en la que decía: “He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. El corazón generoso que usted puso continuará vivo en uno de sus pequeños escolares, que no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

POR Use Lahoz

Use Lahoz es licenciado en Humanidades. Como novelista es autor de varias obras, entre las que destacan 'Los Baldrich' (Premio Talento FNAC 2009) , 'La estación perdida' (Premio Ojo Crítico 2012) y 'Los Buenos amigos' (Destino, 2016). Es profesor de lengua y literatura española en la Universidad Sciences Po de París y colabora habitualmente en El País y en Radio Nacional de España.