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El futuro del planeta se decide en la Antártida

José Luis Barbería
Raúl Belinchón
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vista aérea de un glaciar próximo a la base chilena Bernardo O’Higgins, en la península Antártica. / Raúl Belinchón

Este gigantesco páramo helado, con temperaturas que llegan a alcanzar los 90 grados bajo cero, se ha convertido en un gran laboratorio mundial. Nos embarcamos en el ‘Aquiles’ durante un mes con una expedición científica internacional que trata de despejar las incógnitas sobre el futuro de la Tierra.

domingo 26 de marzo de 2017

CAMINO DE LA ANTÁRTIDA, el buque Aquiles de la Armada chilena cabecea gravemente por los canales patagónicos y se agita, espasmódico, como si un coloso invisible lo meneara a capricho mientras nos sopla sus vientos al oído. Diseñado para el transporte de tropas, con 103 metros de eslora, el barco alberga una expedición científica internacional organizada por Chile con un ambicioso programa de toma de muestras de flora, fauna, tierra, hielos y atmósfera, orientado prioritariamente a evaluar el impacto y ritmo del cambio climático. Zarpamos para un mes de travesía, instalados mentalmente en la paradoja de que el agujero abierto en la capa de ozono ha contribuido a enfriar en los últimos años la masa continental antártica al tiempo que el aumento de la temperatura del agua descongela grandes plataformas de hielo y amenaza con desgajar inmensas extensiones heladas. La incógnita por despejar es qué ocurrirá ahora que la capa de ozono ha empezado diligentemente a cerrarse, cómo repercutirá en esta gran llave de paso del cambio climático mundial que es la Antártida.

esta es la gran llave de paso del cambio climático mundial. la incógnita por DESPEJAR ES QUÉ OCURRIRÁ AHORA QUE LA CAPA DE OZONO HA EMPEZADO A CERRARSE

Un silencio contemplativo, reverencial se instala entre los pasajeros a la vista de las imágenes que desfilan ante nuestros ojos: cascadas turbulentas, picos cortados a cincel y penacho blanco, acantilados de hielo azul lejía mordidos por gigantes medio desdentados, bloques cúbicos congelados arrancados de cuajo y varados en la orilla, pingüinos, ballenas jorobadas que se alejan del estruendo de nuestros motores, petreles, gaviotines, albatros… Es un anticipo de lo que nos espera, pero ya resulta imposible sustraerse a las leyendas y mitos que evocan estos parajes; imposible resistirse al magnetismo de estas rutas pobladas de historias reales e imaginadas tejidas en torno al cabo de Hornos y al llamado, ¿mal llamado?, paso Drake, el tramo de mar que separa América del Sur de la Antártida.

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La científica Carla Gallardo se acerca a los restos de un esqueleto de ballena en la isla Rey Jorge. Raúl Belinchón

¿Cómo deshacer la aleación forjada con La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe; La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson y En las montañas de la locura, de H. P. Lovecraft, por ejemplo, y los relatos que testimonian las extraordinarias vivencias de los primeros exploradores? Mientras el viento aúlla como alma en pena en los canales y las sombras de las nubes sombrías corren velocísimas delante del buque, uno se imagina sin esfuerzo la escena de Los confines del mundo en la que Harry Thompson describe el encuentro entre la Marina británica y los indígenas del estrecho de Magallanes: “De vez en cuando, grupos de hombres desnudos se apiñaban en la costa y gritaban una sola palabra: yammerschooner, mientras agitaban jirones de piel ante los forasteros; pero cuando FitzRoy enviaba unos botes para entablar contacto, los indios huían, se adentraban en la vegetación mucho antes de que los marineros tomaran tierra”. Contra lo que los británicos creyeron durante bastante tiempo, yammerschooner no significa “dámelo”. La actitud de los indios no era amenazante.

El científico Andrés Marcoleta, en la isla Rey Jorge. Raúl Belinchón

“Amarren sus pertenencias y quédense en sus camarotes; no salgan a cubierta, sobre todo de noche, porque un golpe de mar puede arrojarlos por la borda y morirían congelados en menos de cuatro minutos”, advierte el comandante del Aquiles antes de que el buque, arrendado por el Instituto Antártico Chileno (INACH), promotor de la expedición, salga a mar abierto para enfrentarse al paso Drake. “¿Y cuándo sabremos que es de noche?”, preguntamos. “Cuando se les comunique por el altavoz”, responde el comandante, Edgardo Acevedo. Un sol pálido maquillado con los colores más inverosímiles del arco cromático languidece en el firmamento. De madrugada, amaga durante un par de horas con desaparecer, pero luego, en un quiebro inverosímil, resurge sobre la raya curvada del horizonte y declara proscrita la noche en el verano austral.

Esta vez, el Drake –también denominado “mar de Hoces” por algunos países hispanos en atención al marino español Francisco de Hoces, que franqueó el cabo de Hornos en 1525, medio siglo antes de que lo hiciera el pirata inglés– no se ha presentado en modo huracán madre de todas las tormentas, sino, simplemente, como temporal de olas de cinco metros. Empopado, con la ola a favor, el barco ha aprovechado una ventana de oportunidad climatológica y soslayado el impacto mayor del brutal choque de corrientes y vientos entre el Atlántico y el Pacífico. Tras dos días de navegación por este paso de 900 kilómetros por el que circula una masa de agua equivalente a 600 veces el caudal del Amazonas, el mando del barco declara superada la prueba: semblantes de cera y algunos vómitos pese a la ingesta masiva de comprimidos y parches antimareo y ligeros desperfectos en objetos y mobiliario mal amarrados; poco más, cuando llegamos al continente helado y nos ponemos al abrigo de las islas Shetland del Sur.

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Iceberg fotografiado desde el buque Aquiles. Raúl Belinchón

“Nos hemos ganado el viejo derecho a llevar un arete de oro en la oreja izquierda y a cenar con un pie sobre la mesa que le corresponde a todo el que haya bordeado el cabo de Hornos”, bromea el meteorólogo del barco, Luis Romero, pero añade: “El Drake no perdona. Si no te castiga a la entrada, te castiga a la salida”. Bajo el aire circunspecto con que se repite este aforismo marinero bullen historias no inventadas de travesías infernales, barcos zarandeados como juguetes y marineros amarrados a sus puestos luchando también contra el pánico y el desvarío.

La Antártida nos recibe en blanco y negro, con cielos lóbregos y una niebla espesa que obliga a los pilotos de la zódiac a orientarse por GPS para cubrir la milla marina que separa las aguas profundas de la bahía Almirantazgo, donde ha fondeado el buque, de la costa en la que se asienta la base polaca Arctowski. La chaqueta y el pantalón impermeables, obligada tercera capa de la vestimenta antártica, nos protegen de la mojadura de las olas que lamen el casco neumático, pero no evitan que los guantes cerrados en torno a la cuerda longitudinal de seguridad terminen empapados. Uno aprecia entonces, en su justa medida, el consejo imperativo de llevar prendas de repuesto junto a una colación nutricional básica: agua, barritas energéticas, frutos secos.

“la antártida es el campo ideal, porque el aislamiento y las condiciones extremas favorecen las adaptaciones en situaciones límite”

Hace un frío glacial, en efecto, y nieva en horizontal, pero nada enturbia la emoción intensa que suscita pisar suelo antártico, penetrar en los espacios reservados exclusivamente a la investigación científica, traspasar la barrera que durante millones de años y hasta hace bien poco mantuvo a este continente fuera del alcance humano. El biólogo chileno Andrés Marcoleta busca un terreno virgen para tomar muestras de tierra y cree haberlo encontrado en la base del corte reciente de un glaciar situado a unos kilómetros de la base polaca. “El incremento de bacterias resistentes a los antibióticos nos exige descubrir los mecanismos biológicos que explican esas resistencias y crear nuevos antibióticos”, explica. “La Antártida es el campo ideal, porque el aislamiento y las condiciones extremas favorecen las adaptaciones en situaciones límite. Buscamos bacterias de suelo antártico que puedan producir nuevos antibióticos”.

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Grupo de pingüinos en la isla Doumer, en la península Antártica. Raúl Belinchón

Caminamos envueltos en la bruma, pero la excursión no puede ser más placentera. Grupos de pingüinos nos salen al paso en la playa con sus cómicos andares y el inconfundible rastro oloroso de sus pestilentes pingüineras. Aunque no parecen temernos –no tienen motivos, como no sea por los investigadores de la gripe aviar, que capturan con red a algunos de ellos para extraerles sangre y heces–, se mantienen por lo general a un metro de distancia. Una escúa, el ave depredadora más agresiva de estas latitudes, ataca y hiere a un pingüino que, huyendo del acoso, busca refugiarse entre nosotros. ¿Debemos abandonarlo a su suerte como dicta la norma antártica? Eso hacemos, con un punto de mala conciencia. El dilema volverá a presentarse una y otra vez, particularmente a la vista del festín que se procuran las focas leopardo con los pingüinos y el resto de focas, forzados a emigrar ante la llegada del invierno antártico.

Una foca de Weddell. Raúl Belinchón

El regreso resulta accidentado. El mar se ha encrespado y el oleaje zarandea las zódiacs y compromete la ascensión al buque por la inestable escala de cuerda desplegada. “Soy hombre de laboratorio, no estoy preparado para actividades físicas exigentes”, comenta Andrés Marcoleta. Comprendo, entonces, que pese a encontrarse lejos del perfil que exigía el explorador Ernest Shackleton –“se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de oscuridad completa. Peligro constante. No es seguro volver con vida”–, estos científicos siguen, en cierta manera, la estela de aquellos hombres intrépidos. ¿Acaso no buscan también en lo desconocido? ¿No palpita igualmente en ellos la necesidad de saber, la curiosidad que animó a Gabriel de Castilla (llegó a los 64 grados de latitud sur del continente en 1603), James Cook (alcanzó los 67 grados en 1773), Roald Amundsen (primero en pisar el Polo Antártico en 1911), Robert Scott, Fabian Gottlieb von Bellingshausen, Dirck Gerritsz y tantos otros?

“El problema para los investigadores de la Antártida es llegar hasta el lugar donde deben tomar las muestras, porque no todos aguantan largas caminatas y ascensiones en circunstancias extremas de frío y viento”, constata Jorge Gallardo, científico él mismo y habitual guía expedicionario. Al igual que Pablo Espinoza, experto logístico del INACH, sabe lo que es sobrevivir en el hielo en carpas a 30 y 40 grados bajo cero y conoce el proceso que comienza con el congelamiento de las pestañas y continúa con los lagrimales, la nariz, las orejas, los dedos… Ha visto congelarse la orina dentro de los envases sellados –los expedicionarios no pueden abandonar nada en la Antártida, tampoco sus deposiciones–, y constatado de cerca el riesgo de vulnerar la regla de oro –“nunca saldrás solo”– y el peligro que supone el mínimo corte en la piel, ya que el tejido húmedo se congela y los cristales de hielo hacen que la herida se abra más y más. “Cuando el viento sopla con fuerza hay que evitar que te tumbe de un golpe y te arrastre”, indica Cristian Ferrer, responsable de logística del INACH. “Lo mejor es arrojarse a tierra y permanecer agarrados de las manos unos a otros. Claro que, si el vendaval dura, puedes morir congelado”.

El 98% de este territorio de 13,5 millones de kilómetros cuadrados, 27 veces el tamaño de españa, no ha sido jamás hollado por el hombre

El paleobiólogo Marcelo Leppe y su equipo acaban de inspeccionar los glaciares de la bahía Almirantazgo, a 62 grados de latitud sur, y han regresado al barco alarmados. “El mundo tiene que hacerse a la idea de que el clima en la Tierra ya no es permanente y que el cambio es irreversible”, sostiene Leppe, impresionado por el derretimiento de enormes masas polares y el desmoronamiento de grandes diques de hielo. “Ahora se trata de refrenar ese cambio y ganar el tiempo suficiente para poder adaptarnos a lo que venga. Hemos contrastado las imágenes actuales con las de hace 30 años, y la transformación es espectacular. El aumento de la temperatura está generando ríos caudalosos allí donde hasta ahora solo había hielo y hay glaciares que han retrocedido un centenar de metros. Urge medir el ritmo de aceleración y el alcance del cambio”.

La pérdida masiva de hielo, estimada en unos 147 gigatoneladas/año, activa el temor al aumento del nivel del mar en todo el planeta y a la propagación del efecto mariposa que puede reducir el albedo terrestre (la cantidad de radiación solar devuelta a la atmósfera tras chocar con la superficie terrestre) y alterar aún más el sistema global. Es un panorama que genera directamente cambio climático, aunque no se puede cerrar de forma concluyente el debate por lo contradictorio de los datos: la pérdida masiva de hielo, principalmente marino en la parte occidental, se produce de forma simultánea al enfriamiento estratosférico causado por el agujero de la capa de ozono en las áreas centrales y al aumento del hielo en esas latitudes. Lo que se sabe es que la temperatura del agua y los niveles de gases de efecto invernadero están estrechamente conectados. “El incremento del dióxido de carbono en la Tierra se ha disparado a partir de la revolución industrial iniciada en 1800”, subraya Pamela Santibáñez.

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Lago Cráter, en la isla Decepción, un volcán activo que forma parte del archipiélago de las Shetland del Sur. Es uno de los pocos lugares de la Antártida que no se congela nunca. Raúl Belinchón

Experta glacióloga y coordinadora científica de la expedición del INACH, Santibáñez confía en los experimentos relativamente exitosos que han conseguido secuestrar dióxido de carbono en piedra basáltica y en el proyecto compartido entre la UE y Estados Unidos para extraer un testigo de hielo –muestra cilíndrica que se obtiene mediante la perforación de casquetes polares o glaciales– que permita leer la evolución climática de la Tierra durante el último millón de años. “Una sola gota de ese hielo recogido a 3.000 metros da cuenta de la temperatura de la época, de la misma manera que una burbuja de aire nos muestra los gases entonces imperantes”, sostiene. “La inventiva humana es nuestro rayo de esperanza porque, si conocemos el pasado, sabremos cómo afrontar el futuro. Ahora, las mediciones y los modelos matemáticos ya nos permiten crear el mapa de las previsibles pérdidas de masa helada”.

Estos días, las olas no revientan impetuosamente contra el casco del Aquiles. El agua dividida por la quilla del buque crepita ruidosamente en contacto con los hielos flotantes que nos visitan, y es como si su proximidad al punto de congelación –varios grados por debajo de cero en el caso del agua salada– les revistiera de mansedumbre y densidad. Pronto asistimos, extasiados, a una grandiosa exhibición de icebergs. Paralelepípedos de 40 metros de altura y toda suerte de cuerpos geométricos y dimensiones desfilan silentes, fantasmales, majestuosos ante nuestros ojos, escoltando a la más completa muestra de esculturas de hielo que pueda imaginarse. El mar es un caprichoso espectáculo de figuras fabulosas, un regalo para la vista y una pesadilla para los pilotos que desde el puente de mando vigilan la trayectoria de los “contactos” en el radar y avizoran el horizonte con los prismáticos, muy conscientes de que la parte sumergida del iceberg, el verdadero peligro, es ocho, nueve, diez veces más que lo que permanece a la vista. “Con los icebergs hay que actuar con el mismo cuidado que cuando te encuentras de frente con un conductor borracho”, apunta el comandante. De vez en cuando, estas fantasías flotantes chocan con estrépito entre ellas; de vez en cuando se oye y se siente cómo las garras del hielo sumergido arañan la panza del barco con rasponazos amenazantes y largos crujidos. Me pregunto cómo serán las cicatrices del Aquiles y si estos cascotes a la deriva son indicativos de un mundo que se derrumba.

Expedición de científicos dirigiéndose al glaciar Collins, en la isla Rey Jorge, archipiélago de las Shetland del Sur. Raúl Belinchón

el terreno tiene una capa de hielo de 1,9 kilómetros de espesor. Durante la estación más fría, la media de temperatura es de 63 grados bajo cero

Siempre que las condiciones del oleaje y viento lo permiten, y provistos de sus imprescindibles autorizaciones, los científicos bajan a tierra a tomar sus muestras de acuerdo con el programa de localizaciones previsto. Puede ocurrir que las contingencias del buque los obliguen a permanecer largo tiempo a la intemperie nocturna y que, medio en serio, medio en broma, traten de emular a los pingüinos, que combaten el viento y el frío agrupándose y turnándose regularmente en el círculo exterior, el más expuesto. Un problema no menor es que el barco de la Armada solo puede ofrecer cámaras frigoríficas para la conservación de las muestras, pero no laboratorios donde procesarlas o, al menos, fijarlas y asegurarlas. La falta de conexión a Internet y de comunicación telefónica supone otra dificultad para el aprovechamiento profesional de tan largas travesías.

Más allá de los desprendimientos visibles, mensurables de las grandes masas de hielo, lo que preocupa son los cambios que el aumento de la temperatura del agua puede estar produciendo en los fondos marinos, en los ecosistemas terrestres y en la llegada de plantas y fauna invasoras. Especies depredadoras como los cangrejos, la sabrosa centolla y, esporádicamente, los tiburones han empezado a aparecer en aguas oceánicas que rodean la península Antártica, al norte, al tiempo que en las Shetland, donde se concentra el 70% de la biodiversidad, se detectan plantas invasoras más competitivas que las nativas. Las investigaciones en curso muestran que algunos ecosistemas están experimentando rápidos cambios ambientales mientras otros permanecen estables.

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Un grupo de científicos en la isla Rey Jorge. Raúl Belinchón

Buena parte de los científicos trabajan directamente sobre el escenario hipotético de que la temperatura media ambiental aumente en dos o cuatro grados. La pregunta es cómo reaccionarán los organismos excepcionales que crecen en la Antártida, en los límites de la vida, y que tan provechosos pueden resultar en los tiempos venideros. Hay peces y artrópodos que sobreviven bajo los glaciares, peces adaptados a temperaturas inferiores al punto de congelación gracias a las glicoproteínas anticongelantes que poseen en la sangre, organismos que no dependen de la fotosíntesis, hongos que degradan la madera en frío, plancton con moléculas anticancerígenas, bacterias que comen glucosa y pueden descontaminar los ríos, bacterias especializadas en controlar patógenos de salmones y truchas, en hacer soluble el fosfato para que pueda ser absorbido por las raíces de las plantas… ¿Cómo es posible que el pasto antártico pueda seguir verde todo el año y evitar las formaciones de cristales interiores que en el resto del planeta acaban con las cosechas sometidas a heladas? Con la vista puesta en el estrés hídrico que acarrearía previsiblemente el cambio climático, se estudia el comportamiento de las bacterias antárticas que hacen que las plantas no necesiten tanta agua, que sean más eficaces con los nutrientes y más resistentes a las plagas.

La Antártida se ha convertido en un gran laboratorio mundial orientado a despejar las incógnitas mayores sobre el futuro de la Tierra. El nivel de agua de los océanos, las corrientes marinas profundas, los fenómenos tormentosos del Niño y la Niña y hasta el florecimiento de los cerezos japoneses; todo parece depender de la poderosa corriente circumpolar antártica y de la función de congelador planetario que ejerce el continente gracias a que conserva el 85% del hielo glaciar existente en la Tierra. Aunque no hay evidencia científica de tal conexión, algunos investigadores dan por hecho que el aldabonazo más serio de lo que puede llegar ocurrió el 25 de marzo de 2015. Ese día, la temperatura en la Antártida, a 64 grados de latitud sur, alcanzó un pico de 17,5 grados centígrados (positivos). Cuatro días más tarde, a 5.000 kilómetros, al norte del desierto chileno de Atacama, llovió en 24 horas el equivalente a la lluvia caída en ese punto en los 14 años anteriores.

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Un científico se dispone a extraer sangre a un pingüino para analizar un posible contagio de gripe aviar en la isla Ardley, archipiélago de las Shetland del Sur. Raúl Belinchón

buena parte de los científicos trabajan sobre el escenario hipotético de que la temperatura media ambiental aumente en dos o cuatro grados

Casi 200 años después de que el navío español San Telmo, con 644 hombres y 74 cañones, fuera arrastrado al continente y sus tripulantes náufragos se convirtieran en los primeros, y efímeros, pobladores antárticos en 1819, la inmensa mayoría de la superficie antártica sigue conservando su carácter impenetrable y despiadado. El 98% de este territorio de 13,5 millones de kilómetros cuadrados, 27 veces España, no ha sido jamás hollado por el hombre a causa de las temperaturas extremas, que en la estación más fría alcanzan una media de 63 grados bajo cero, aunque han llegado a superar los 90. Esto es un gigantesco páramo helado batido frecuentemente por vientos superiores a los 200 kilómetros por hora y cubierto por una capa media de hielo de 1,9 kilómetros de espesor que, pese al deshielo, todavía podría ofrecer a cada habitante del planeta una pirámide congelada del tamaño de la más grande de la necrópolis egipcia de Guiza. Nunca hubo población autóctona porque la vida humana es imposible y la animal queda constreñida al mar y a las áreas menos hostiles. Focas, lobos (también llamados leones) y leopardos marinos, pingüinos y otras aves migran cuando se congela el mar adyacente a la costa. Solo el pingüino emperador es capaz de resistir a 77 grados de latitud sur. Pingüinos y lobos no procrean más allá de los 62º S.

No puede haber vida humana, sí microbiana, salvo que te encapsules artificiosamente con material y suministros traídos del exterior. Es lo que hacen los dos centenares y medio de científicos y militares que aguantan el invierno en las bases –algunas habitadas de forma permanente y otras de uso temporal– construidas por casi una treintena de países. Del centenar de instalaciones existentes, 65 están dedicadas exclusivamente a la investigación científica. Siempre al límite, la Antártida impone entonces la reclusión bajo el hielo y la sombra. No por casualidad, estadounidenses y alemanes ensayan aquí modelos de supervivencia susceptibles de ser aplicados a 500 años vista en la atmósfera marciana.

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A base polaca Henryk Arctowski, en la costa oeste de la bahía Almirantazgo (isla Rey Jorge, archipiélago de las Shetland del Sur). Raúl Belinchón

En su expedición a la península Byers, isla Livingston, el equipo de Jorge Gallardo ha encontrado una cueva que sirvió de asentamiento ballenero hace 200 años y que todavía conserva platos y otros útiles hechos con hueso de ballena. Han vuelto sobrecogidos. “¿Cómo podían sobrevivir?”, exclama Gallardo. “Pese al moderno equipamiento que llevábamos, hemos estado día y noche empapados por el frío y la enorme humedad”. Me vienen a la memoria las palabras que dejó escritas Robert Scott antes de fallecer junto a sus compañeros tras haber conquistado el Polo Sur en 1912: “Esta extraña sensación de humedad en el aire que te congela hasta los huesos. Es terrible. Santo Dios, este es un lugar espantoso (…). Nuestros cadáveres tendrán que contar la historia, cuando Dios limpie las lágrimas de nuestros ojos”.

¿Puede haber Dios en este territorio en el que la belleza abrumadora, que hiere los ojos y aturde, convive con la desolación que arrasa las almas por dentro? Porque de la misma manera que el espíritu se regocija con la magnificencia de la naturaleza, si hay un lugar abandonado de la mano de Dios, debe ser este. En Villa de las Estrellas, en bahía Fildes, donde se concentran buena parte de las bases de los distintos países, hay, además de una iglesia católica, una capilla ortodoxa con su pope para atender a la base rusa. Es habitual que los enclaves tengan un diminuto oratorio dedicado a los compañeros que cayeron en las grietas de hielo o se perdieron en la niebla y murieron congelados, a veces, a escasos metros de las instalaciones. La plegaria es aquí, para algunos, un asidero frente al miedo, la desesperanza y los problemas de una convivencia forzada.

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Barco frente a la base española Gabriel de Castilla, en la isla Decepción. Raúl Belinchón

Durante sus investigaciones sobre los lobos marinos de pelo fino, el biólogo Renato Borrás ha llorado, dice, “lágrimas de miedo”. Cuando creía haber vomitado en el paso Drake las servidumbres de la vida ciudadana y “la angustia generada por esta sociedad enferma”, ha descubierto en la Antártida que el humano no está hecho para la soledad. “Sufrí mi primer colapso emocional en la jornada del día 56, a la luz de una vela, el día de Navidad. Pero mis terrores empezaron el día 74. Volvieron mis problemas de espalda y somaticé el miedo hasta el punto de que tuve un ataque de pánico. Aunque no soy creyente, rogué para que no ocurriera lo peor”. Explica que encontró la serenidad “socializándose” con los animales objeto de su estudio.

estadounidenses y alemanes ensayan aquí modelos de supervivencia susceptibles de ser aplicados a 500 años vista en la atmósfera marciana

“Encontré una piedra perfecta entre dos hembras y un macho que me aceptaron sin demasiadas reservas”, recuerda. “Pasaba horas inmóvil, observándolos y reflexionando sobre el fenómeno de la vida. Todo vale en la sociedad animal, no hay castigo para el macho que trata de violar a una cría y acaba matándola por aplastamiento. Allí, el macho dominante hace de las hembras su harén particular y convierte al resto de los machos en súbditos”. Dice que cuando la ciudad le agobie, cerrará los ojos y se trasladará mentalmente a aquella piedra de la meditación. Ha acariciado a crías de lobo marino. Asegura que huelen como nuestros bebés.

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De izquierda a derecha y de arriba a abajo, personal de la armada chilena fumando en la popa del Buque Aquiles; Alejo Contreras Staeding, encargado de los vuelos comerciales de la compañía DAP entre Chile a la Antártida; la base polaca Henryk Arctowski, en la Isla Rey Jorge; y la base Yecho, en la isla Doumer.

Los científicos han detectado un descenso notable de kril, un crustáceo que en estas aguas de la abundancia alcanza el tamaño de un cangrejo. Atribuyen la pérdida de este elemento básico del ecosistema a la reducción de la banquisa, el hielo marino donde el kril pone sus huevos y se alimenta, pero también a la pesca incontrolada. Una pregunta siempre procedente es si el Tratado Internacional Antártico de 1959 y su complementario Protocolo de Madrid de 1991, que consagraron este continente exclusivamente a la paz y a la ciencia, podrán resistir el empuje de los grupos de presión de la pesca, la explotación minera y el turismo. A los cruceros, cada vez más numerosos, hay que sumar la oferta comercial de “viaje al Polo” que permite hacerse la foto de ocasión con botella de champán a cualquiera que esté dispuesto a gastar 48.000 dólares y a viajar durante una decena de días en aviones y avionetas. Un dato a no perder de vista es que el 70% de las reservas de agua dulce del planeta se encuentran aquí, congeladas. Aunque el término “soberanía”, fuente de múltiples litigios entre países, ha sido sustituido por el de “presencia” en el lenguaje oficial antártico, cabe siempre preguntarse si la instalación de bases con fines científicos y el apoyo militar responde únicamente al interés por prever el cambio climático o si continúa imperando la lógica de las soberanías nacionales.

“No sé si podremos pasar”, nos informa el piloto de la lancha neumática que trata de conducirnos a la orilla donde se asientan la base chilena O’Higgins y el centro polar de investigación alemán GARS. El enclave alemán es importante en las comunicaciones antárticas porque dispone de estación meteorológica y radiotelescopio para captar las ondas de radio de las estrellas y realizar observaciones geodésicas, además de una antena de nueve metros que les permite recoger y enviar datos de satélite. Volver al buque es tan problemático como tratar de abrirse paso a través del mosaico laberíntico de icebergs y témpanos que nos cercan. La situación exige extremar las precauciones, pero todos sentimos que una oleada de entusiasmo nos empapa los sentidos. El techo plomizo claustrofóbico de los últimos días ha sido horadado por rayos refulgentes y el incendio del firmamento ilumina el tesoro antártico. Tumbadas sobre los témpanos que nos circundan a pocos metros, las focas leopardo se desperezan y nos miran con expresión desdeñosa, mientras los pingüinos bailotean y, a distancia, salta un grupo de ballenas. Petreles, cormoranes y palomas antárticas completan el catálogo de nuestra travesía a ras de hielo.

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Base naval Prat en la isla Greenwich. Raúl Belinchón

En este territorio, la belleza abrumadora convive con la desolación que arrasa las almas. la plegaria es a menudo un asidero frente al miedo

Son las imágenes con que nos acostaremos esa noche, trufadas de relatos de zódiacs volcadas por ballenas azules de 30 metros que cantan nanas a sus ballenatos, fumarolas volcánicas, flores de hielo formadas con el vapor de agua, arcoíris de fuego con el sol en su cenit, vientos catabáticos que se generan con suma celeridad en los glaciares y se enfrían y compactan al descender por las laderas para precipitarse como tormenta de hielo y vientos de extrema violencia.

“¿Les gusta viajar en helicóptero?”. Como la respuesta es afirmativa, el piloto de helicóptero del Aquiles realiza un descenso en picado hacia el lago Cráter de la isla Decepción y nos regala la vista contorneando las paredes cónicas de esa abrupta depresión del terreno. Tras depositarnos en un paraje yermo, pedregoso, regresa al barco a recoger a científicos interesados en bacterias, pequeñas mosquitas y copépodos de agua dulce. Un silencio sobrecogedor se abate sobre nosotros cuando el ruido del rotor desaparece. Por primera vez en el viaje experimento la sensación especial, única, de la soledad antártica y tengo la necesidad vital de adentrarme por este paisaje lunar de suelo extremadamente blando de diminutas piedras volcánicas. El aire es puro y transparente y el crujido sonoro de mis pisadas alimenta la tentadora conjetura de que puedo ser el primer humano en acceder a este lugar. Una sensación de complacencia íntima y hasta de euforia me embarga por momentos, pero pocos cientos de metros más adelante esa emoción se desvanece de golpe, entre risas, a la vista de huellas de pisadas que se cruzan en mi trayecto.

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Del centenar de de instalaciones que hay en la Antártida, 65 están dedicadas en exclusiva a la investigación. De izquierda a derecha y de arriba a abajo, distintas imágenes de científicos: el chino Pei-Hu en su muestreo de piedras en la base Yecho, en la isla Doumer; un científico atrapa con una red a un pingüino en la isla Ardley para extraerle sangre y analizar el posible contagio de la gripe aviar; científicos buscan muestras en el Lago Crater, en la isla Decepción; y científicos observan el vuelo de una skúa, un ave depredadora caracterizada por su gran tamaño y agresividad, en la base Yecho, en la isla Doumer.

“Deben ser los españoles, que tienen cerca de aquí una de sus dos bases”, explica, más tarde, un responsable logístico del INACH. El imponente silencio de los cráteres se quiebra en la bahía de la isla Decepción, donde se asienta la base española Gabriel de Castilla, con la ruidosa algarabía de las focas, los elefantes marinos y las aves. “También las ballenas nos visitan a menudo”, señala el comandante Daniel Vélez, jefe de la base en la que conviven militares e investigadores. “Bordean la bahía y pasan tranquilamente delante de nosotros”.

Una luna salvaje como el ojo de Sauron se abre paso en el muro uniforme de hielo y cielo y nos despide de la Antártida con una llamarada. Cumplido más o menos el programa, siempre al albur del tiempo, imprevisible, el Aquiles hinca de nuevo la proa de regreso a Punta Arenas con la doble fortuna de que logra adelantarse por horas a un gran temporal que barre el paso Drake. De nuevo en los canales, recuerdo que yammerschooner no significa “dámelo” como creyeron inicialmente los británicos, sino “por favor, sé amable conmigo”. Es el grito que emite la Antártida ahora que el futuro climático está comprometido.

Un mes de travesía

El viaje a bordo del Aquiles partió del puerto chileno de Punta Arenas el 20 de enero. Tres días después, tras atravesar el paso Drake, hizo su primera parada en la isla Rey Jorge, en las Shetland del Sur, un archipiélago del océano Glacial Antártico formado por 11 islas principales y otras menores, a unos 120 kilómetros de las costas de la península Antártica. Durante 18 días el buque recorrió distintas bases internacionales en las islas Rey Jorge, Greenwich, Livingston, Robert y Decepción, e hizo tres paradas en la península Antártica para visitar la base chilena O’Higgins, en Rada Covadonga, y la base de verano Yelcho, también chilena, en la isla Doumer, cercana a la península. El 10 de febrero emprendió el regreso por el paso Drake y el canal Beagle del estrecho de Magallanes. El 14 de febrero, tras casi un mes de travesía, llegó de nuevo a Puerto Arenas.

POR José Luis Barbería

FOTOGRAFÍA DE Raúl Belinchón