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Confidencias. Ciencia sin ficción

¿Por qué ya no quedan naranjas sanguinas en Valencia?

J. M. Mulet
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Señor Salme

La aparición del color rojo en la pulpa de esta fruta depende de la presencia de un elemento genético que se activa por el frío

sábado 14 de octubre de 2017

HACE UNAS DÉCADAS, el motor de la economía en regiones como Valencia, Murcia o Andalucía era la agricultura, y no el turismo. Uno de los cultivos principales era la naranja, y España formaba parte del equipo de los mayores productores del mundo, lugar que ahora nos han arrebatado, entre otros, Brasil y Estados Unidos. Entre las variedades más populares se encontraban las de sangre, también llamadas sanguina o sanguinelli. Producían un zumo de un característico color rojo, aunque la forma más frecuente de comérselas era ablandándolas con la mano, haciendo un agujero con el dedo pulgar y chupando. Sin embargo, su producción ocasionaba algunos problemas. El principal era que no todas las naranjas de un mismo árbol adquirían esa característica tonalidad, lo que obligaba a descartar la mayoría, y el cultivo se abandonó. Curiosamente, Italia no tenía este problema y siguió dominando el mercado europeo con denominaciones de origen como la arancia rossa de Sicilia. Hace poco, la ciencia descubrió cuál era el misterio del cambio de color. Y la respuesta tenía que ver con algo que se había descubierto muchos años atrás en el maíz.

La genetista Barbara McClintock descubrió que el cambio de color en los vegetales se debía a fragmentos de ADN capaces de replicarse y cambiar de posición

Seguro que han visto esas mazorcas en las que cada grano tiene un amarillo diferente. El patrón de herencia de estos pigmentos parecía escapar a todas las leyes de la genética conocidas hasta el momento. Fue en los años cincuenta cuando la científica estadounidense Barbara McClintock resolvió el enigma. La variación de tonalidades se debía a la presencia de transposones, fragmentos de ADN que son capaces de replicarse y cambiar su posición en el genoma. McClintock descubrió que los genomas de los organismos no son inmutables y estáticos, como se pensaba, sino que, además de mutaciones, tienen elementos capaces de ir cambiando de posición. Por este hallazgo recibió el Premio Nobel de Medicina en 1983, tres décadas después de la publicación de los resultados.

Nacida en Estados Unidos en 1902, la brillante genetista se graduó en Ingeniería Agrónoma por la universidad neoyorquina de Cornell en 1923. Se tuvo que doctorar en el departamento de botánica porque el de mejora genética no admitía mujeres. Tampoco pudo optar a una beca de estudios en el extranjero. El pretexto alegado fue que existía la probabilidad de que dejara los estudios en el momento en que se casara. Pero contraer matrimonio o abandonar la investigación fueron dos cosas que nunca hizo. Lejos de amilanarse con tal injusticia, se dedicó a estudiar las células del maíz, y a partir de ahí sacó conclusiones universales que se aplican en todos los organismos, incluyendo los seres humanos.

Este trabajo fue acogido con escepticismo por la comunidad científica, dominada por hombres

Este trabajo fue acogido con escepticismo —cuando no hostilidad— por la comunidad científica, dominada por hombres. McClintock era una mujer que trabajaba con las plantas, así que lo tenía todo en contra para que no fuera admitida por el establishment. Pero la ciencia se basa en las evidencias y todas confirmaron su descubrimiento. Hoy sabemos que los transposones tienen una gran influencia en la evolución. Por poner un ejemplo, aproximadamente el 3% del genoma del Homo sapiens debe su estructura a la acción de estos elementos. Su origen es incierto, aunque se sospecha que son restos de virus arcaicos integrados en el ADN del organismo.

En 2012, un grupo de investigadores liderado por la botánica inglesa Cathie Martin descubrió que la aparición del rojo en las naranjas depende de la presencia de un transposón en la región del ADN que controla la producción del pigmento. Además, comprobaron que este elemento se activa con el frío. Eso explicaba que en Valencia las naranjas del exterior del árbol acumularan el color mientras que las de dentro, más resguardadas, no lo hacían. En Italia no tenían este problema porque crecían a las faldas del Etna, a una altura pronunciada, lo que garantiza que la planta se enfríe más y la fruta coja la tonalidad que pide el consumidor. Así que ahora sabemos que las naranjas de sangre son de sangre fría.

Las vidas del rojo

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El tono rojo de la sangre se debe a la hemoglobina, que obtiene su color por el átomo de hierro que contiene el grupo hemo. Sin embargo, la naranja no tiene hemoglobina ni es especialmente rica en hierro. Por eso no sabe a morcilla. Adquiere esa tonalidad por la presencia de un pigmento vegetal perteneciente a la familia de las antocianinas, que da color a muchas flores y salud a nuestro cuerpo por sus potentes antioxidantes. El consumo de frutas ricas en estos compuestos se ha asociado con menor riesgo cardiovascular, prevención del cáncer y de la obesidad.

POR J. M. Mulet

Profesor titular de biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, Director del Máster de Biotecnología Molecular y Celular de Plantas (CSIC-UPV) e investigador en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (IBMCP). Divulgador de temas relacionados con la biotecnología y la alimentación. Autor de 'Comer sin Miedo' y 'Medicina sin Engaños' (Destino) y de 'Los productos naturales ¡vaya timo!' (Laetoli).