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Las pilotos Bronwyn Burrel (derecha), de 73 años, y Katrina Reynolds, de 78, posan con su vehículo Austin Maxi antes del rally de coches clásicos. / DAVIT RUIZ

Hace 47 años, las británicas Bronwyn Burrel y Katrina Kerriedge-Reynolds compitieron en la Copa del Mundo de Rally. Solo 12 mujeres participaron en 1970 en la carrera de coches más larga de la historia, de Londres a México. Hoy, septuagenarias, vuelven a la acción a bordo de su viejo Austin Maxi en un circuito de coches clásicos.

Sábado 09 de Septiembre de 2017

TODO EMPEZÓ CON unos viejos recortes de prensa. Una tarde de 2014, Bronwyn Burrel dio con ellos ordenando papeles en casa. Al verlos, el corazón se le encogió en un puño. Eran de 1970. Aquel año se convirtió en una de las doce mujeres que asumieron el reto de participar en la carrera de coches más larga de la historia, de Londres a México. En la primera página del periódico estaba ella de joven, con su larga melena rubia. Apenas pudo reconocerse en la imagen. Habían pasado más de cuatro décadas. A su lado aparecía su compañera de viaje Katrina Kerriedge-Reynolds y el Austin Maxi que pilotaron sin descanso durante seis intensas semanas. Después de aquella odisea, no había vuelto a verlos. Ante aquel recorte del periódico, sintió de nuevo un impulso: tenía que reencontrarse con ellos. Lograrlo se ha convertido en una historia de amistad, pasión y coraje.

“Las pilotos Bronwyn Burrel y Katrina Kerriedge-Reynolds fueron una inspiración para las mujeres en los años setenta”

Son las 8.45 de una nubosa mañana en el condado de Surrey (Inglaterra). Bronwyn Burrel y Katrina Kerriedge-Reynolds están listas para volver a competir. La cita es en el antiguo autódromo de Brooklands, el primero que se construyó en el mundo para carreras de motor, y hoy convertido en museo. Un apacible lugar donde habitualmente vienen familias con niños para conocer la historia del ­automóvil y que hoy alberga el arranque de la London to Lisbon Hero Cup, una de las carreras de clásicos más relevantes de Europa.

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Las pilotos Ozanne, Burrel y Kerriedge-Reynolds se preparan para el Mundial de 1970. cedidas por Bronwyn Burrel

Burrel y Kerriedge-Reynolds no han elegido este evento al azar. La ruta sigue los pasos, en su versión reducida, de la Copa del Mundo que afrontaron juntas hace casi medio siglo. La primera etapa iba precisamente de Londres a Lisboa, el trazado que empieza hoy. Lo recuerdan con todo detalle. En la capital lusa esperaba el barco con destino a Río de Janeiro (Brasil), donde arrancaría la segunda fase y para el que solo los primeros 70 vehículos tenían plaza. “Llegamos a conducir cinco días sin parar a comer ni dormir para asegurarnos un hueco en el buque”, dice Burrel. El esfuerzo valió la pena. Llegaron en el puesto 35º de 103 coches. “Mejor que muchos hombres”. En Latinoamérica se suponía que iban a encontrar buen tiempo, pero al llegar a la Pampa argentina una lluvia torrencial las sacó de la carretera. Y quedaron descalificadas.

Un par de años más tarde, aparcaron su pasión para centrarse en sus familias y trabajos. Pero su hito ya había quedado inmortalizado en los diarios de la época. Los mismos que Bronwyn Burrel guardó durante todos estos años y que en 2014 la empujaron a buscar a Tina y al legendario coche. Primero dio con su antigua compañera de aventuras. “Lo hice a través de Google”, cuenta emocionada ante la “magia” de las nuevas tecnologías. “Cuando me reuní con Tina, me dijo que un señor tenía el Austin Maxi”. Fueron a verlo y Burrel no pudo resistirse. Se lo compró al propietario, lo reparó conservando cada pegatina original y le propuso a su colega volver a competir. A eso han venido en este día de primavera.

A las nueve de la mañana, una bandera de Reino Unido dará la salida al primero de los 86 vehículos que participan en el rally. “A las 9.01 el segundo, a las 9.02 el tercero, y así sucesivamente”, dice Patrick Burke, organizador del evento. “No salen a la vez porque no gana el primero, sino el que más se ajuste a los tiempos establecidos en cada una de las nueve jornadas. La clave está en la destreza”.

Línea de salida en el antiguo autódromo de Brooklands. DAVIT RUIZ

Entre el público, un señor aplaude emocionado. Ha venido desde Cambridge, a dos horas y media, para ver a Burrel y Kerriedge-Reynolds. Se llama Vic ­Sticht y en 1970 era becario de ­Marshal, la escudería que puso el Austin Maxi a punto para el Mundial. “¡El coche está igual!”. Más le ha costado reconocer a sus pilotos. Hoy tienen 73 y 78 años, el pelo cano, y visten con un chándal azul. Nada que ver con sus vestidos y pantalones de campana de antaño. Mantienen intacta, eso sí, su vitalidad y espíritu competitivo. “¡Si quieres algo, vas a por ello!”. Ese ha sido el lema de sus vidas.

La primera vez que Bronwyn Burrel se sentó al volante tenía 17 años y asistía a su primera clase de conducir. En ese mismo instante quiso saber cuánto podía correr y pisó a fondo el acelerador. Cuando el cuentakilómetros llegó a 120, el profesor le ordenó frenar. “Pero me quedé enganchada a la velocidad”. Tanto, que a los 19 años tuvo un accidente en plena competición que la dejó semanas inmovilizada. No cejó en su empeño. Dedicaba todo su tiempo libre a entrenar. Llegó a coincidir en un circuito con Jim Clark, uno de los mejores pilotos de fórmula 1 de todos los tiempos, que le dio unas vueltas en su Lotus Cortina. “Él me enseñó que la velocidad no es lo más importante”.

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Burrel se asoma por detrás de su viejo Austin Maxi. Lo compró en 2016 y lo puso a punto para volver a competir con su colega Kerriedge-Reynolds en un circuito de nueve días, de Londres a Lisboa. DAVIT RUIZ

Katrina Kerriedge-Reynolds también sintió pronto la llamada del asfalto. Su marido era aficionado y ella solía verle competir. Hasta que un día decidió cambiar su papel de espectadora por el de piloto. Con 22 años se sacó el carnet, se alistó en un club local de coches y empezó a participar en varias categorías. “La verdad es que se me daba bastante bien”.

Años después, la experimentada Tish Ozanne se fijó en ellas y en noviembre de 1969 les propuso participar con ella y su Austin Maxi en el Mundial. Un recorrido de 26.000 kilómetros por 25 países de Europa y América Latina, casi el doble que el Dakar más largo de la historia (15.000 kilómetros). “Era la competición”.

No se lo pensaron. Katrina Kerriedge-Reynolds era madre de dos niños de cinco y siete años y sabía que iba a ser duro. “Tenía que hacerlo, aunque hubo quien me tachó de mala madre”. El 19 de abril de 1970 dejó a los niños con su marido y se embarcó en la mayor aventura de su vida.

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De izquierda a derecha, Reynolds (entonces se apellidaba Kerriedge, como su primer marido), Ozanne y Burrel, con su Austin Maxi en el Mundial de 1970. cedidas por Bronwyn Burrel

Si no hubiese tomado aquella decisión, Kerriedge-Reynolds no sería la mujer que es hoy. Menuda y de ojos azules, conoció allí a su segundo y actual marido, Tim, del equipo técnico de la carrera. Se enamoraron, pero después del rally ella regresó con sus hijos. “Tardé cinco años en irme con él”. Lo dice hoy mirando a Tim, que ha venido a Brooklands para apoyarla. “Como he hecho siempre”, dice él.

A Burrel la acompaña el recuerdo de su pareja, Rob, que murió en 2014. La hija y el nieto de él han venido a animarla. “Vivimos juntos 45 años, así que son mi familia”. Su muerte fue un duro golpe y la casa se le venía encima cuando se topó con aquellos viejos recortes de prensa que inspiraron el reencuentro con su vieja amiga, su viejo coche y su vieja pasión.

Burrel y Kerriedge-Reynolds ya no tienen veintitantos. Tampoco el Austin Maxi es la máquina de carreras que fue. Pero juntas se sienten invencibles. Les falta Tish Ozanne, que murió en 2009. Ella las unió. Su tercera copiloto será hoy Seren Whyte, de 28 años y tres de experiencia en el mundo de los clásicos, donde la media de edad supera los 50.

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Detalles de algunos de los vehículos participantes. / DAVIT RUIZ

Arranca la carrera. Los 137 concursantes sincronizan los relojes del último modelo de Zenith que llevarán en la muñeca durante el evento, patrocinado por la firma suiza. Cada segundo cuenta. Solo tres minutos de retraso en alguna de las pruebas implica una penalización. Llega el turno de Burrel y Kerriedge-Reynolds. “Fueron una inspiración para muchas otras mujeres de los setenta”, dice Patrick Burke.

Burrel gira la llave del contacto. Repite el que será su mantra durante los siguientes ocho días: “Vamos a conseguirlo. Vamos a llegar a la meta”. El motor ruge levemente. Pero se ahoga. Las dos abuelas se miran nerviosas. Otro intento frustrado y… ¡bruuum! El Austin Maxi despierta y devuelve la respiración a sus pilotos. Cuando la bandera se levante, enfilarán de nuevo la ruta de Londres a Lisboa que las unió hace 47 años. Burrel pisa el acelerador. Hasta el fondo, como en su primera clase de conducir. “Vamos a conseguirlo. Vamos a llegar al final”, repite. En ese momento, ella todavía no lo sabe, pero lo conseguirán. Burrel y Kerriedge-Reynolds llegarán con éxito a Lisboa nueve días después. Cumplieron su objetivo: “No ganar. No ganar en nuestra categoría. Si no llegar a la meta. Juntas”.

POR Sara Cuesta Torrado

Licenciada en periodismo, ha trabajado en ‘La Voz de Galicia’, enfemenino.com, en ‘Radio Madrid’ (Cadena SER) y en el periódico digital madridiario.es. También ha sido gestora de contenidos en Open Ideas. En la actualidad colabora con El País Semanal.