Nora Ayanian, retratada en su laboratorio de la Universidad de Southern California (Los Ángeles). / kyle monk

Esta ingeniera aspira a enseñar a los robots a trabajar en equipo. ¿Su meta? Que sean capaces de acometer tareas demasiado complejas o peligrosas para el ser humano.

Jueves 06 de Julio de 2017

LOS QUE CONOCEN a Nora Ayanian ya no se sorprenden cuando, al referirse a uno de los robots de su laboratorio, dice frases como “esta persona ya es capaz de realizar tareas sencillas”. Es comprensible. Al fin y al cabo la misión de esta ingeniera mecánica consiste en crear algoritmos para que los robots aprendan a trabajar en equipo. Como los humanos. “A las personas se nos da muy bien coordinarnos para resolver problemas. Cuando trabajamos juntos, cada uno aporta sus distintas fortalezas y experiencias, y es la suma de ambas la que nos permite acometer tareas de gran envergadura y complejidad: las dividimos en parcelas y cada uno hace lo que mejor se le da”, explica Ayanian. “Pero en robótica no es así. Ante un problema, se desarrolla una solución y esta luego se aplica a todos los robots. Es decir, no existe esa diversidad que tan bien nos funciona a los humanos”. Y eso es lo que ella aspira a cambiar.

Ayanian es pionera en su campo de investigación: coordinación de múltiples robots

Ayanian es pionera en su campo de investigación: coordinación de múltiples robots. Todavía no había terminado sus estudios en la Universidad de Pensilvania, en su Filadelfia natal, cuando se le ocurrió que, al igual que en los humanos, en robótica también la unión hacía la fuerza. “Si tienes un robot que se encarga de dirigir al resto y deja de funcionar, estás perdido. En cambio, si tienes muchos con distintas habilidades y uno se estropea, no pasa nada”, señala.

El año pasado, el Massachusetts Institute of Technology (MIT) incluyó a Ayanian en su lista de los 35 innovadores menores de 35 años por su trabajo, que desde el verano de 2013 desarrolla en la Universidad de Southern California, donde divide su tiempo entre la investigación y la docencia. Allí lidera un pequeño equipo con el que, por ejemplo, el pasado febrero presentó el proyecto Crazyswarm: habían conseguido sincronizar a un grupo de drones para que volaran como una bandada de pájaros sin chocarse los unos contra los otros. Es probable que a muchos no les parezca una gran hazaña, pero representó un gran paso adelante, defiende, y detrás había largas jornadas de trabajo hasta dar con el código y los algoritmos acertados. Con el tiempo, espera que sus progresos puedan tener usos “más relevantes”. Ella imagina ejércitos de drones que ayuden a sofocar fuegos, examinar edificios en ruinas o encontrar aviones perdidos en mitad del océano. “Yo quiero que los robots sean capaces de asumir tareas muy difíciles para el hombre o simplemente muy peligrosas que prefiera evitar. A ellos puedes enviarlos por todas partes para recabar los datos necesarios y, en definitiva, que sustituyan a los humanos en situaciones extremas que se cobran vidas con frecuencia”.

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Y no. Ayanian no cree que los robots sean una amenaza para los humanos. “Eso queda para las pelícu­las de ciencia-ficción”, zanja. Al contrario: está convencida de que pueden ser buenos aliados para hacer nuestra vida más fácil. “El cerebro humano es fascinante, misterioso y complejo. Tardaremos mucho en trasladar a los robots las destrezas cognitivas que poseemos. En estos momentos, tenemos que trabajar muy duro para que sean capaces de realizar tareas que para una persona no revisten ningún tipo de dificultad”.

El gigante del comercio electrónico Amazon ya tiene en plantilla a más de 45.000 robots que preparan sus pedidos a gran velocidad. Según Ayanian, hemos de ir acostumbrándonos a su presencia en nuestra vida cotidiana. Ella no se ha puesto plazos. Pero duda de que sus investigaciones vayan a dar frutos en un futuro próximo. Es el precio que tienen que pagar los pioneros: queda todo por hacer. “Soy consciente de que voy a estar toda mi vida dedicada a esta misión. Este trabajo requiere una gran dosis de paciencia”.

POR Virginia Collera