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Confidencias. Visionarios

Marian Goodell, la mujer detrás de Burning Man

Javier Martín
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Marian Goodell, la directora de Burning Man. / João Henriques

Dirige el festival veraniego más excitante del planeta. Cada año crea en el corazón del desierto de Nevada una ciudad autogestionada para 70.000 personas que desaparece en una semana. Esta es su historia.

Viernes 20 de Enero de 2017

ES UN EXPERIMENTO socialista”, suelta de primeras Goodell, con esa inocencia norteamericana muy libre de prejuicios. “Llega la gente al desierto sin nada, a un lugar donde no hay nada, y sobrevive gracias a otras personas en las mismas condiciones. Se ayudan, crean sus propias comunidades y, una semana más tarde, se van”.

En el solsticio de 1986, a Larry Harvey y Jerry James se les ocurrió quemar un monigote de madera en una playa de San Francisco para divertirse. La ceremonia continuó anualmente hasta que, en 1990, la policía les prohibió hacerlo y se animaron a llevarse su burning man hasta el desierto de Nevada. Ahí empezó todo.

An aerial view as approximately 70,000 people from all over the world gather for the 30th annual Burning Man arts and music festival in the Black Rock Desert of Nevada, U.S.
Imagen aérea de la ciudad que crea y destruye.

Goodell no estuvo en aquel iniciático Burning Man de 1986, pero desde 1995 se convirtió en fija. Dos años después ingresó en su consejo de administración y hoy es su directora. El próximo 27 de agosto se celebrará la 32ª edición con una asistencia estimada en más de 70.000 personas. Maneja un presupuesto de 35 millones de dólares que, una vez deducidos gastos e impuestos, dedica a labores sociales. Aparte de los ingresos por la venta de entradas, la organización recibe donaciones; gracias a ellas, el pasado año compró Fly Ranch, unas 1.600 hectáreas de terrenos vírgenes en el desierto de Nevada. “Está al lado de la playa del festival y es un lugar muy bonito. Era una fórmula de no pagar impuestos por las donaciones. No sabemos qué haremos con él”.

Marianna Phillips sits near the Temple Project as approximately 70,000 people from all over the world gather for the 30th annual Burning Man arts and music festival in the Black Rock Desert of Nevada
Katapult Sandra and Divine Mustache, their Playa names, dance on stilts as approximately 70,000 people from all over the world gather for the 30th annual Burning Man arts and music festival in the Black Rock Desert of Nevada
Asistentes del Burning Man y uno de sus espectáculos.

Burning Man es una cita única en el panorama de los festivales veraniegos. “No hay escenarios ni actuaciones musicales programadas. No hay publicidad, no hay restaurantes ni bares, no se venden recuerdos ni camisetas”, explica Goodell. “Lo único que vendemos es hielo y café. No tenemos papeleras; cada uno se lleva a casa lo que ha traído”. Lo que sucede en el arenal de Black Rock City corre a cuenta de los asistentes, que pagan (si se dan prisa, porque la taquilla se acaba de abrir) 425 dólares por estar siete días colgados en pleno desierto.

“Hay menos borrachos y menos droga que, por ejemplo, en el festival de Bonnaroo, en Tennessee”. “La única autoridad eres tú; tú eres el único responsable y, si no, el grupo con el que vas, o si no la comunidad a la que pides ayuda. Ningún ser superior te va a socorrer; tienes que sobrevivir con tus propios recursos. En esa situación, la gente crea sus comunidades y sale adelante. Y el reto funciona”.

The Catacomb of Veils is burned as approximately 70,000 people from all over the world gather for the 30th annual Burning Man arts and music festival in the Black Rock Desert of Nevada, U.S.
La pira final que le da nombre al festival.

Aquellos tardohippies que dieron origen a Burning Man en 1986 se han multiplicado por miles en el desierto de Nevada. El evento está de moda. Desde hace unos años, la cita de Black Rock City supone el desfogue obligado de yuppies y techies, de los chicos listos de Silicon Valley. “Bienvenidos sean; más gente significa más ideas, más variedad, más creatividad”.
Marian Goodell ha visitado todos los festivales del mundo; todas las rarezas de las que es capaz la humanidad en nuestros días para divertirse, pero tiene aún un sueño que espera cumplir este marzo: asistir a las Fallas de Valencia. Una ciudad de 800.000 habitantes en llamas le suena mejor que incendiar un monigote en el corazón del desierto.

POR Javier Martín

Licenciado por la Universidad de Navarra, trabaja en EL PAÍS desde noviembre de 1981, cuando ingresó en el área de Deportes. Formó parte del equipo fundacional del suplemento tecnológico Ciberp@ís y desde 2014 es el corresponsal del periódico en Lisboa.