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Confidencias. Visionarios

Manuel Franquelo, el genio de la copia

Jordi Pérez Colomé
4 min.
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James Rajotte

A medio camino entre el artista y el inventor, su gran obra se llama Lucida: un escáner 3D capaz de replicar con precisión los lienzos de los grandes maestros. Ha despertado el interés de la National Gallery y el Prado.

Jueves 23 de Febrero de 2017

E L INGENIERO y artista hiperrealista Manuel Franquelo calca la realidad. No solo en sus lienzos. Una de sus obras cumbre es el escáner Lucida, capaz de reproducir con exactitud, en tres dimensiones, cualquier pieza de arte, ya sea una pintura romántica o la tumba de un faraón. Se trata de un láser con dos cámaras acopladas que recorre sobre unos raíles la superficie de una obra sin tocarla. El sistema registra detalles de hasta la décima parte de un milímetro y los convierte en información digital. El relieve es la vida de una obra: las pinceladas, el polvo, los rasguños, los deslices de restauradores. Ahí está buena parte de la originalidad. Ningún otro escáner capta esos pormenores con la delicadeza de Lucida. Luego una fresadora esculpe ese relieve hasta el detalle más microscópico. Otro sistema recoge el color del cuadro, que se imprime aparte y se pega sobre el molde esculpido gracias a Lucida.

“me gusta extraer la historia de todos los objetos, pero no sé hasta qué punto es bueno deificar el pasado”

La National Gallery de Londres compró uno de estos artefactos por 20.000 libras para escanear su colección permanente. El Prado la ha usado para analizar las pinturas negras de Goya. El objetivo de Lucida no es solo copiar una obra, sino permitir investigar la vida y la piel de un lienzo. Franquelo aspira a desmenuzar el proceso por el que la realidad se convierte en realidad: ¿qué hace que un cuadro tenga esa textura dos siglos después?

Detalle del estudio. Altavoz casero.
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Invento del artista para calcar la realidad. Objetos acumulados en el taller del pintor. / JAMES RAJOTTE

Franquelo comenzó a obsesionarse con la copia de obras de arte junto al inglés Adam Lowe. Juntos fundaron en 2001 la empresa Factum Arte. Ningún escáner 3D del mercado cubría entonces sus expectativas. Franquelo se puso a fabricarlo. Así nació Lucida, que le llevó cuatro años. Diseñó el hardware y el software en código abierto y Factum desarrolló el prototipo a partir de 2010.

Factum está dedicada a archivar y reproducir el patrimonio artístico mundial y hacer encargos para artistas contemporáneos, como Marina Abramovic. La primera gran copia de Factum, de 2007, fue una réplica de Las bodas de Caná. Napoleón arrancó el cuadro de su lugar original en un refectorio de Venecia y lo llevó al ­Louvre. Nunca se había rellenado el hueco, hasta que Factum instaló su copia. También se encargaron de la réplica de la tumba de Tutankamón. Inaugurada en 2014 a un kilómetro de la original, en el Valle de los Reyes de Egipto, es uno de los mejores facsímiles digitales. Lucida aún no había entrado en juego.

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Franquelo trabaja con este enorme trípode y un sistema de fotografía que elimina la profundidad de campo. James Rajotte

Nacido en Málaga en 1953, Franquelo comenzó a estudiar ingeniería de telecomunicaciones en Madrid. Pero se aburría. Tras cuatro años, lo dejó para ir a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. “Entré al arte por las portadas de los discos de Jimi Hendrix”, dice. A la ingeniería había llegado porque su abuelo, padre y hermano eran ingenieros de caminos. Pero él era más hippy. Ahora ya no lleva el pelo largo como en su juventud, pero tiene un aire atareado, desaliñado, despistado, con el infalible cordel para sostener las gafas: “Le pasan terabytes de información por el cerebro”, dice su excolaborador Leonardo Villela. Su formación de ingeniero es indispensable para llegar a desentrañar qué ha ocurrido en el ambiente para que un objeto acabe siendo como es. Para Franquelo, la perfección no es una quimera, sino una aspiración razonable: “Me gusta llegar a los límites de las cosas. Llevarlo al extremo es importante. Puedo ser obsesivo”, dice.

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Franquelo suele pintar en sus obras los objetos de su estudio. James Rajotte

Y tiene dudas sobre la finalidad artística de su labor: “Me gusta extraer la historia de todos los objetos mediante los detalles, pero no sé hasta qué punto es bueno deificar el pasado”, dice. La copia perfecta no pretende solo adorar el pasado. Puede usarse para preservar obras de arte en riesgo por violencia o degradación o para devolver al lugar original piezas que están en museos. En los últimos tiempos, un escáner Lucida viaja por el mundo para captar las tablas del políptico Griffoni, de Francesco del Cossa. La obra, de 1473, solía decorar la basílica de San Petronio de Bolonia. Se desmanteló en el siglo XVIII y se vendió por piezas. Gracias a su reproducción, volverá a verse reunida.

En su obra artística, Franquelo sigue un proceso parecido. “¿De qué depende el color de una vena?”, se pregunta. Es sencillo ver el tono de una vena a través de la piel. Pero Franquelo quiere saber el porqué: “Es verdosa porque dentro tiene el rojo oscuro de la sangre y por encima está cubierta por capas blancuzcas, y eso azulea, y mezclado con el pigmento amarillento de la piel acaba siendo verde”, dice. Y así lo pinta: sus cuadros emergen capa sobre capa. La labor para copiar los colores también empieza en la realidad: “Cogí sangre de mi mujer”, aclara.

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La obra Things in a room (Untitled #6). James Rajotte

“Pinto un trozo de madera como si fuera nuevo”, explica, y hace una lista de cosas que le han podido pasar: le ha caído agua, cal, manchas. La pintura no tiene suficientes herramientas para reflejar el nivel de realidad que Franquelo requiere. Así que inventa artilugios para hacer microlíneas o sombras transparentes. Hay, por ejemplo, en una obra suya una chincheta en la que se ve su reflejo en diminuto. Y ha utilizado instrumentos que se emplean en la investigación de células madre o un microchorro de arena para borrar. Son artefactos de una perfección asombrosa, destinados a un uso puntual, único, individual. Ahora ha creado un programa de software que es capaz de superponer cientos de fotografías para eliminar la profundidad de campo. Sus fotografías parecen pinturas.

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El taller de ingeniería donde trabaja el artista y un prototipo original del escáner Lucida. / JAMES RAJOTTE

La Galería Marlborough vende esas fotos a partir de 42.000 euros. No hay disponible en el mercado ninguna pintura de Franquelo, excepto algún dibujo en blanco y negro. En los noventa dedicaba un año a cada obra: “Era un problema serio para la galería”, dice Franquelo. En Marlborough lo recuerdan: “Uno de los momentos más deseados llegaba con Arco, cuando por fin conocíamos esa nueva joya que aceptaba poner a la venta”, dice Blanca Herrera, directora de ventas.

POR Jordi Pérez Colomé