Cada sociedad suele compartir temores que se han heredado por costumbres y hábitos. La información bien contrastada y la comunicación son la clave para superar las fobias colectivas.

Domingo 02 de Julio de 2017

EN LA PELÍCULA Vértigo (1958), de Alfred Hitchcock, el protagonista que encarna James Stewart sufre acrofobia. Un pavor al que tendrá que enfrentarse para resolver el misterio que envuelve la trama. El miedo a las alturas es solo uno más de muchas otras fobias que solemos sufrir los humanos. Existen temores de baja y de alta intensidad que no siempre están justificados. Tener pavor a las serpientes entraría en la segunda categoría. La probabilidad de encontrar un animal peligroso en una ciudad es ínfima y, aunque nos puedan aterrar, se consideran miedos de poso reducido. Se trata de un temor que no nos afecta o perjudica en el día a día. Por el contrario, los de baja intensidad, más cotidianos (como el pánico a sufrir un accidente de coche o un robo), están siempre ahí y, precisamente por eso, acaban influyendo en nuestro carácter.

El temor a hablar en público, el miedo a las arañas o a la oscuridad son algunos de los traumas de las sociedades más desarrolladas

Así como los miedos de alta intensidad pueden ser completamente personales (serpientes, arañas, atentado terrorista…), los cotidianos constituyen a menudo territorios comunes determinados culturalmente. Sin embargo, hay fobias que compartimos con mucha otra gente. Los usos y costumbres de cada sociedad forjan una serie de manías que se reiteran en los individuos. Por ejemplo, si hace el ejercicio de escribir en un buscador de Internet las palabras “miedo a…”, la propia herramienta completará la frase de acuerdo a las búsquedas que han hecho otras personas. A mí me ha sugerido: temor a conducir, a la muerte, al compromiso o a volar. Curiosamente, si lo escribo en inglés (Fear to), el buscador indica miedo a las alturas, al fracaso y a la oscuridad. Solo el pavor que nos da montarnos en un avión coincide en los dos idiomas. Por el motivo que sea, parece que a los anglosajones les aterrorizan otras cosas que a los castellanoparlantes.

Estados Unidos y Reino Unido suelen publicar en revistas especializadas de psicología o psiquiatría los miedos más comunes de su población. Los resultados varían, pero, sea cual sea la fuente consultada, hay una serie de temores compartidos en la cultura occidental. Uno de los más comunes es hablar en público, un temor casi inexistente en ámbitos rurales o países en vías de desarrollo. Volar es otra de las grandes fobias de la población de los países desarrollados. Le siguen la aracnofobia (a las arañas) y la mictofobia (a la oscuridad). Es curioso, porque todas estas estadísticas revelan que las principales fobias responden a cosas que difícilmente van a suceder. Si son fenómenos improbables, ¿por qué los tememos? Porque es la cultura lo que los determina y no los hechos.

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La analista de liderazgo profesional Pilar Jericó, en su magnífico libro No miedo: en la empresa y en la vida (editorial Alienta), explica que durante la construcción de los rascacielos de Manhattan a principios del siglo XX, los constructores tuvieron problemas para encontrar obreros que quisieran trabajar colgados a los andamios y tuvieron que recurrir a los cherokee. En este grupo de indios americanos no estaba tan extendido el miedo a las alturas como en las familias de inmigrantes europeos. Lo curioso es que cuando los rascacielos estuvieron acabados, esos mismos indios se negaban a tomar el ascensor que los subiera a las mismas plantas que ellos habían construido porque en su cultura estaba muy arraigado el temor a los artilugios que se movían por electricidad. Lo mismo sucede en otros entornos sociales. En una familia, por ejemplo, los hermanos suelen tener manías similares, fobias cotidianas determinadas por los hábitos de su hogar. Este tipo de sentimientos no tiene nada que ver con su personalidad, sino con la herencia que han recibido en casa. En las empresas y organizaciones, los miedos comunes determinados se elevan a la enésima potencia. Las posibles represalias, las actitudes de la jerarquía para con sus inferiores y un largo etcétera de acontecimientos y maneras de dirigir conforman temores organizativos que se contagian entre empleados.

Todos estos miedos se tratan de una sola manera. Con información contrastada, comunicación y tarea en equipo, ya sea con la familia o con los compañeros de trabajo. Las fobias heredadas culturalmente se superan mejor en compañía. Porque el miedo de un equipo de personas es inferior al de un individuo aislado.

POR Fernando Trias de Bes

Economista y escritor español nacido en Barcelona en 1967. Cursó Ciencias Empresariales y MBA en Esade y la Universidad de Michigan. Desde hace varios años dedica la mayor parte de su tiempo a escribir tanto ensayos como ficción. Ha recibido los premios: Shinpukai (Japón, 2005), Premio De Hoy de ensayo (España, 2009) y Premio Espasa de Ensayo (España, 2016).