Hay personas que tienen modales y otras, simplemente, carecen de ellos. La buena educación va más allá de los conocimientos o el estatus social de la persona. Es cuestión de civismo y respeto hacia el otro.

domingo 08 de octubre de 2017

LA CAMPAÑA de la red municipal de transportes de Madrid para evitar el despatarre masculino, es decir, la postura en la que el individuo se sienta completamente abierto de piernas, suscitó el pasado verano un debate acerca de la igualdad de género en los espacios públicos. No son pocas las voces que se alzan para denunciar que tan molesta costumbre no es una cuestión de machismo, sino una falta total de educación. De civismo. De modales. Ahora bien, ¿qué son y para qué sirven las buenas formas? ¿Tienen que ver con el protocolo? ¿Qué es eso del saber estar? Como vemos, no son preguntas sencillas de responder y seguro que formarían parte de cualquier tertulia animada. Así que lo mejor será recurrir a una anécdota que se le atribuye a Ferdinand Foch, mariscal francés y comandante en jefe de los ejércitos aliados durante la Primera Guerra Mundial, que tuvo que escuchar, en boca de un norteamericano, que los franceses, tan henchidos con sus modales, parecían estar rellenos de aire caliente.

Devolver el saludo, dar los buenos días o no hablar a gritos son algunas de las reglas más básicas de la buena educación

Foch, sin perder el autocontrol ni la elegancia, le dio la razón al estadounidense, aunque añadió que los neumáticos también iban repletos de aire y que, gracias a ello, podían avanzar por caminos difíciles sin demasiadas complicaciones. También añadió que lo mismo pasaba con los buenos modales, pues a uno le permiten salir de las situaciones más comprometidas sin excesivos sobresaltos. Luego, suponemos, el mariscal se fue realmente henchido, tanto por su ingenio como por saberse vencedor del combate verbal. Sea o no cierta aquella historia, sí nos ofrece el verdadero sentido de la buena educación. La clave de cualquier manual del buen comportamiento es no molestar y tratar al otro como nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Hay que hacer que la persona se sienta cómoda, mostrar respeto y cierta sensibilidad hacia sus sentimientos, creencias o formas de vida. Algunas normas se quedan obsoletas y otras valen en un país y no en otro, sin embargo, devolver el saludo, estornudar con moderación, no hablar a gritos, no devorar la comida o dejar salir antes de entrar son gestos universales que todo el mundo aprecia. Y que llevamos siglos poniendo en práctica, como demuestra el libro De la urbanidad en las maneras de los niños, que escribió Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI. Este ensayo fue un auténtico best seller de la época, lo que indica que los ciudadanos del Renacimiento ya estaban muy interesados en todo lo relativo a la convivencia. Porque de eso se trata. De coexistir. Sobre todo de adaptarse y no imponer tus reglas.

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ilustración de señor garcía

El secreto de los buenos modales

Para ofrecer lo mejor a los demás tenemos que empezar por nosotros mismos. Lo primero que debemos hacer para ser educados es no autoflagelarnos y buscar la armonía interior. Si no estamos contentos o nos creemos que nuestros problemas son más importantes que los del resto, difícilmente veremos lo que pasa a nuestro alrededor y, menos aún, nos preocupará cómo actuar de cara al exterior. El secreto de los buenos modales y su poder transformador es justamente ese: estar bien con uno mismo. Tratarnos con corrección para luego comportarnos así con el otro. Pero ¿cómo lo ponemos en práctica? Estas cinco pistas nos pueden ayudar a interiorizar la importancia que tienen algunos gestos en nuestra rutina.

1. Dar los buenos días. Tal vez sea la regla más básica del civismo, pero cada vez se practica menos. Vivimos tan angustiados y estresados, o tan metidos en nuestro mundo, que nos olvidamos muchas veces de saludar al compañero de trabajo o al vecino. Lo primero que debemos hacer para cambiar de actitud es darnos los buenos días a nosotros mismos. Desearnos lo mejor, llenarnos de buenos propósitos, de gratitud ante la jornada que empieza. Esto nos ayudará a encarar de una manera más amable el día.

2. Hablar con corrección. En no pocas ocasiones usamos expresiones como “qué tonto soy”, “lo he hecho fatal” o “me siento un inútil” para referirnos a nosotros mismos. El lenguaje autodestructivo refleja inseguridades. Y esos complejos nos vuelven personas amargadas, tristes. También utilizamos consciente o inconscientemente palabrotas que pueden generar mal ambiente. Hay que quererse más para querer más al otro. Si no, entraremos en una espiral de resentimiento que repercutirá en nuestro comportamiento.

3. Saber escuchar. Lógico. Una persona educada es aquella que no solo habla con pulcritud y utiliza un lenguaje apropiado. También escucha atentamente y presta atención a las necesidades y sentimientos de los demás.

4. Sonríe. Cuando lo hacemos demostramos comprensión y empatía. Tal vez sea la manera más simple de comunicarse entre los seres humanos. Aunque no hablemos la misma lengua, todos entendemos una sonrisa. Si nos esforzamos por sonreír más, en el fondo, estaremos generando un buen ambiente interior que se trasladará al exterior.

5. Sé detallista. Hay que tener presentes esas pequeñas cosas que poco a poco van construyendo un buen clima. Para eso hemos de prestar atención a lo que acontece en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, ceder el asiento a una mujer embarazada es una cuestión de fijarse en quién se tiene alrededor. Será más fácil si nos olvidamos un minuto de mirar el teléfono móvil y observamos a la gente que viaja con nosotros en el metro o en el autobús. O abrir la puerta a aquella persona que va cargada con la compra. O regalar unas flores solo porque sabemos que a ese amigo nuestro le encantan. Con nosotros pasa lo mismo, si nos damos ese pequeño capricho, ese momento de calma, de mimo y cuidado, nos sentiremos mejor y, a su vez, haremos sentir mejor a los demás.

POR Gabriel García de Oro

(Barcelona, 1976). Licenciado en Filosofía y Director Creativo Ejecutivo en Ogilvy Barcelona, escritor de literatura infantil y juvenil así como de temas de no ficción, siempre y cuando estén relacionados con la creatividad en cualquiera de sus formas. Esta pasión le lleva a desarrollar una actividad pedagógica que se materializa en cursos y talleres en, por ejemplo, la prestigiosa Brother Escuela de Creatividad.